(Mi ánimo viaja en subte y va cómodo entre las melodías de blues de artistas callejeros. Si fuera menos terrenal, flotaría y no pagaría boletos, mi cartera no se llenaría de cartoncitos que dificultan cualquier búsqueda. Soy mujer y me vació sobre la cama, dejo la cartera a un lado, por fin lo encuentro; el teléfono que nunca sonó pero no importa, eso no es lo importante. Seria mejor pasar a otro tema, hace tiempo busco una historia coherente pero después de buscar en google: “maneras de suicidios rápidas” y ¡¡encontrar respuestas!! Ya ni mi ánimo me cree. Entonces simplemente les voy a hablar de Ella)
La conocí el año pasado. Vivimos juntas una semana. Fueron unos días maravillosos. Entre sus compañeros de casa, yo era feliz, me adoraban… Desde el momento de mi llegada, todos se acercaron a regalarme un pedacito de sus historias como una ofrenda y quizá para que sus vidas no mueran con ellos. También hubo rechazo, es cierto, pero termino con una persona muerta, y no quisiera contar los detalles escabrosos.
A Ella le gustaba caminar y charlar hasta por la medias, tenía una voz muy dulce, escucharla era agradable. Caminaba lento porque no quería agitarse, eso dificultaría la conversación.
A las cinco de la tarde, tomabamos el té frente a la tele y ocasionalmente mirabamos a través del ventanal, un patio inmenso, al que casi no salíamos. Las tardes eran calidas a pesar del invierno, lo de afuera no importaba, todo lo recibíamos por teléfono. Y el noticiero, alimentaba nuestras discusiones sobre lo de fuera, eso que para entonces apenas recordabamos, lo digo en plural, porque si bien yo iba a la facultad, fui parte de la abstracción de su mundo.
La casa era muy antigua, tenia en medio un patio cubierto, era el pulmón-corazón del hogar, ahí les daban las inyecciones y medicamentos, había habitaciones alrededor, un living, dos baños, una cocinita y muchísimas ventanas de todos los colores y tamaños posibles. Eran vitrales emparchados con vidriecitos, década tras década, variaban las tonalidades de los azules y los verdes. La claridad del día en esas ventanas era una obra de arte y todas las mañanas, con un té en mano, yo estaba ahí para apreciarla.
Ella tenía una mejor amiga, una tanguera que en otros tiempos había sido alcohólica. Por esas cosas de la vida, el destino había puesto a una porteña milonguera y a una ama de casa del interior de Buenos Aires, bajo un mismo techo y eso, las hacia tremendamente felices, porque no faltaba tema de conversación, todo lo que decía una era sorprendente para la otra.
Me encantaba verlas de noche sentadas de espalda con la luz tenue del velador sobre sus faldas, mostrándose fotos o cartas de parientes. Se decían cosas al oído que nunca pude escuchar, luego de aquel acto íntimo, la Tanguera usaba sus manos arrugadas para limpiar las lágrimas de Ella, Ella era la más sensible de todas y de todos.
Un día les propuse sacarles fotos con una cámara AGFA del 60 (una antigüedad que había adquirido cerca del lugar), me parecían dos abuelas hermosas, las hice posar y eso las divertía, en una de las fotos que nunca salieron, las vi tomarse de la mano y sonreír, como si la otra fuera un barandal donde sostenerse entre la vejez, la vida y la muerte. De alguna manera era así, porque todos lo años sus familias olvidaban cumpleaños, día la madre, año nuevo, navidad y las dos sabían muy bien que las olvidarían pronto o que ya las habían olvidado, pero que si volvían a visitarlas era por otras razones.
En un día más me iría, esa noche lloré un poco al sentir el abrazo calido de Ella diciéndome: no te olvides de mí.
Me fui, la verdad es que no volví al geriátrico, ni siquiera cuando me entere que iba a cerrar, pero que podía hacer, ¿volver para despedirme otra vez?
Pero eso si, no la olvide, aunque con el paso del tiempo yo también voy a envejecer y habrá ciertas caras que no voy a recordar. Si hubiera salido alguna foto, en el futuro este relato tendría cara, quizá un nombre, alguna fecha, pero no, ni siquiera eso.
A Amelia y a Hilda, por el tango y los abrazos.