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| Sobre la antologia |

“Queerentena” está disponible online gratis y se puede descargar. Compila 26 poetas, escritorxs e ilustradorxs: Euge Murillo, Sofía Vaisman Maturana,Lara Tufaro, Nicolás Samuel Illuminati, Michelle Lacroix, Neu, gaita nihil, Nadia Sol Caramella, Dafne Pidemunt, Gabriela Borrelli Azara, Moyi Schwartzer, Alejandro Jedrzejewski, Clau Bidegain, Leticia Hernando, Rosa Rodríguez Cantero, Rusia, Camila Sosa Villada, Julián Chacón, Vir Cano, Celina Eibuszyc, Chana Mamani, Lin Pao, Lucas “Fauno” Gutiérrez Morena García, Ese “el Negro” Montenegro, Juan Duncan y Femimutancia.

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¿Comerán carroña?
¿se arrodillarán?
¿esperarán la hostia
en la boca?
¿se saciarán entre
tus piernas?
¿beberán en arroyos
tranquilos?
¿me sobarán 
la carne?
¿caminarán por el mar
mis poemas
para ahogarse?

... 

Hoy
que fumo
con las manos entumecidas
en blancas habitaciones de hospital
y una sombra
me vació con su pico
los ojos.
Hoy que los días
corren sin sentido
como caballos ciegos
Todavía tu cuerpo se abre
como una vía negra,
que voy pateando
para llegar.

... 

Esta manera de preguntar por vos
se siente a veces
como comerciar con moneda falsa
como pagarle al tipo del Cementerio de Chacarita
para que no te pasen a los nichos.
Tiene que haber un
nombre para esta sobrevida negra que
te compro,
como esos nombres de los hoteles viejos.
Algo parecido a "paraíso".
... 


Si tuviera otro rostro,
suave
firme
conquistador
Y si tuviera otras manos
más blancas
más amables
más
asesinas
podría, como vos, creer
que el placer tiene un nombre
que sólo se puede escribir
con un pucho
sobre la piel
de lo que se ama
Pensaría
a lo mejor como vos
que se puede falsificar
los hechos,
la vida
de todos
y de todas las cosas.
Trataría, 
como vos
de gobernar
sobre los muertos.

... 

40 minutos
arrinconado
en una pensión
en Barracas
Cuando se le acabó
el papel
la única arma que había
conocido
escribió en su cuerpo
una carta desesperada
Cuando cayó al río
no hizo ruido,
apenas salpicó
un poco de
agua embarrada
Pero toda la semana
la ciudad se despertó
por un ruido
como de teclas en la noche
... 

En Buenos Aires,
a cualquier hora, 
viajando en colectivo
o caminando debajo de los toldos,
los porteños no ven pasar
palomas formadas en
cuadrillas,
triángulos,
y las más variadas
estrellas
de punta plana.
Cuando era chico imaginaba
que todo esto tenía algo que ver
con El Palomar,
ese distrito
que no podía dejar de pensar
como un altísimo edificio
de jaulas de estaño,
cautividad frágil.
Una ciudad siempre amenazada,
porque 
no había duda,
algún día la jaula 
que subía oscura hasta el sol
se iba a dejar de sostener
y un ejército silencioso de palomas,
formadas en
cuadrillas,
triángulos,
o en una estrella
de punta plana
que nadie ve pasar
lloverían mierda,
blanquísima y pura,
hasta enterrar para siempre
nuestra casa
y todas 
las rutinas.


| Sobre el autor


Soy Marco Ceccardi Pons. Nací en Haedo en 1988. Soy Antropólogo y poeta, cuentista pero eso todavía fuera de la vista.
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| sobre la autora |

Hago fotografía desde el barrio, el conurbano y la fragilidad de lxs cuerpxs que se preguntan. Imágenes como amuletos que politizan nuestra existencia y la convierten en un altar único y satánico. 

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I

Son las cuatro de la tarde
      ya es de noche
cierro la puerta por última vez:
el frío se instala a mi lado
junto al fuego.

         Busco la ebullición perfecta
apilando leña por leña en el horno
el único calor de esta cabaña.

A lo lejos
un oso polar se baña en el agua
a temperaturas inauditas.
Su pelaje se lo permite
la naturaleza ha sido buena con él

y el decisivo color negro
                 de esa laguna
donde juega
           no le sugiere una profundidad terrible
sino pureza.


VII

La mañana del oso polar
mi perro siberiano
aprendió una lección:

no es el animal más grande
no es el animal más feroz
no es el animal más hermoso

La mañana del oso polar
mi perro siberiano
     y yo 
aprendimos una lección. 

XXI

Vine en busca de silencio
y me la paso escribiendo estas cosas
que se leen en voz alta.

Cuando hablo
mi perro siberiano me mira extrañado.

-¿Ves? No soy mudo
le dije
y me reí.

XXIII

Esta noche
preparo la cena para dos
y ese número
     dos 
se derrite en mi lengua.

Preparo dos platos
y los enfrento
como si esta casa
pudiera albergar una conversación.

Mi perro siberiano no es tonto
    y sabe
lo que estoy haciendo.

En el cielo veo 
una estrella fugaz como un tajo
cortar la noche:

         ¿podrían dos
estrellas fugaces

hacer lo mismo?

*Selección de poemas de Estadía en el polo norte 
(Alción Editora, 2020)


| sobre el autor |

Timoteo Rinaldi nació en 1997. Estudia el Profesorado Universitario en Letras de la UNSAM. En 2019 publicó su primer libro, Estadía en el polo norte (Alción Editora, 2019). Algunos poemas suyos forman parte de la antología Otras nosotras mismas(Aguaviva Ediciones) libro que fue pensado en homenaje al centenario del nacimiento de Olga Orozco, con Cantos a Berenicecomo horizonte temático. Asiste a los talleres de Osvaldo Bossi desde el 2018 y colabora en el ciclo de lecturas El Rayo Verde.
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Capítulo 1


–Los muertos no ranchan donde los vivos. Tenés que entender.
–No me importa. Mamá se guarda acá, en mi casa, en la tierra.
–Aflojá de una vez. Todos te esperan. Si no me escuchan, trago tierra.
Antes tragaba por mí, por la bronca, porque les molestaba y les daba vergüenza. Decían que la tierra es sucia, que se me iba a hinchar la panza como a un sapo.
–Levantate de una vez. Lavate un poco.
Después empecé a comer tierra por otros que querían hablar. Otros, que ya se fueron.
–¿Para qué está el cementerio? Para enterrar a las personas. Vestite.
–No me importan las personas. Mamá es mía. Mamá se queda.
–Parecés un bicho. Ni siquiera te acomodaste el pelo.
Miro la pieza, las paredes de madera que mamá quería ir forrando desde adentro con ladrillos. Las chapas del techo, bien altas, grises. El suelo, mi cama y el lado de la pieza donde ella se tiraba a dormir si el viejo andaba pesado.
«No va a haber nadie de ese lado», pienso, y me tapo la cabeza con la almohada. Mamá me peinaba, mamá me cortaba el pelo. 
–¿Vos querés que te llevemos a la rastra? No seas pendeja.
Tendrías que tener vergüenza de hacer caprichos hoy.
Me paro de una, el pelo me tapa casi toda la musculosa, una cortina que llega a arañar la bombacha. Me agacho. Busco las zapatillas, el pantalón de ayer que andará tirado. Y guardo las lágrimas para y para que quede, sola, una furia que parece acalambrarme.
Para ir al baño tengo que salir de la pieza. Pasar por donde la gente está revoloteando mi casa como moscas. Vecinos chusmas, que fuman y hablan pavadas.
El Walter se habrá amotinado. A él no lo mueve nadie. Nunca más mamá y yo.
Me pongo el pantalón, me acomodo la musculosa aden- tro. Prendo el botón, subo el cierre mientras le clavo los ojos a mi tía. A ver si por un rato me deja de joder.
Si me paro, si salgo de la pieza y camino detrás de esas manos que llevan el cuerpo en la tela, es porque estoy harta. Porque quiero que se vayan de una vez.
El Walter no quiere venir.
Verla en silencio caer en un agujero abierto en el cementerio, al fondo, donde están las tumbas de los pobres. Ni lápidas, ni bronce. Antes del cañaveral, una boca seca que se la traga. La tierra, abierta como un corte. Y yo tratando de frenarla, haciendo fuerza con mis brazos, con este cuerpo que no alcanza siquiera a cubrir el ancho del pozo. Mamá cae igual.
Mi fuerza, poca, no cambia nada.
La tierra la envuelve como los golpes del viejo y yo pe- gada al suelo, cerca como siempre de ese cuerpo que se me llevan como en un robo.
Mientras, las voces rezan.
¿Para qué? Si al final, removida, solo está la tierra.
Nunca más mamá y yo.
Entra. La tapan. Oreja en tierra, miro. Todavía puedo respirar. Pensé que no, que las costillas se me hundían ara- ñándome los pulmones.
Guardo en pesadillas el sonido de ese lugar, un desperdicio de dolor y pestilencia.
Hasta el sol me confunde, me sangra en la piel caliente. Y los ojos, ardidos como si me hubiesen echado ácido, luchando por no llorar.
Un amarillo basura, fiebre, o un gris, gris chapa, gris enfermo el dolor. Solo el dolor parece no morir nunca.
Van a dejarte acá, mamá, todos, aunque no quiera. Aunque mis manos no los dejen, te vas a quedar.
Creo que puedo poco, solo tragar tierra de este lugar y que no sea más enemiga, la tierra desconocida de un cementerio que jamás pisamos, ni mamá ni yo.
Ella se queda acá y yo me llevo algo de esta tierra en mí, para saber, a oscuras, mis sueños.
Cierro los ojos para apoyar las manos sobre la tierra que acaba de taparte, mamá, y se me hace de noche. Cierro los puños, atrapo y la llevo a la boca. La fuerza de la tierra que te devora es oscura y tiene el gusto del tronco de un árbol. Me gusta, me muestra, me hace ver.
¿Amanece? No. Es el sol que me enciende los ojos y la piel.
La tierra parece envenenarme.
Dicen:
–Levantate, Cometierra, levantate de una vez. Soltala, dejala ir.
Pero sigo con los ojos cerrados. Lucho contra el asco de seguir tragando tierra. No me alcanza, no me voy a ir sin ver, sin saber.
Alguien dice: 
–¿Ni para el jonca hay?
Y me obliga a abrir los ojos.
Mamá, vas al agujero en una tela que es casi un trapo.
¿Quién va a hablarme ahora? Sin vos no soy nada, no quiero ser. ¿La tierra va a hablarme? Si ya me habló:
La sacudieron. Veo los golpes aunque no los sienta. La furia de los puños hundiéndose como pozos en la carne. Veo a papá, manos iguales a mis manos, brazos fuertes para el puño, que se enganchó en tu corazón y en tu carne como un anzuelo. Y algo, como un río, que empieza a irse.
Morirte, mamá, y cortarte fresca de nosotros dos.
–Levantate, Cometierra, levantate de una vez. Soltala, dejala ir.





| sobre la autora

Dolores Reyes nació en Buenos Aires en 1978. Es docente, feminista, activista de izquierda y madre de siete hijos. Estudió letras clásicas en la Universidad de Buenos Aires. En la actualidad, vive en Caseros, pcia. de Buenos Aires. Cometierra es su primera novela.


sobre la editorial |

Editorial fundada en Buenos Aires en 2014 para todo el mundo.  Editores: Maximiliano Papandrea y Adam Blumenthal. Más de la editorial en https://www.sigilo.com.ar