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Guarania
                  
Mi padre guaraní tocaba el arpa 
y cantaba como un canario blanco
venía de la selva, ese lugar
donde viven los cantos
era el hombre pequeño que podía
convertirse en un ave, mi madre 
hija de un cocinero de barco, mascador de tabaco
que se mecía para arrojar especias
en las ollas
vino de Paraguay soltando carambolas
rambutanes
papayas
esas frutas extrañas
que no crecen en árboles
de Merlo Gómez
Los dos tenían frío, siempre
frío: _ro´y,  ro´ yitepá,  ro´yeteikó
rezaban
un idioma secreto que no me compartían
el sonido dulzón como sopa
eterei, purahéi, cuñataí
les dije un día para sorprenderlos.
Me miraron con miedo, pellizcaron
mis brazos de choguí, me dijeron
No hables nunca más
en guaraní



Soñar durante años con un hombre



soñar con un hombre

soñar, durante años, con un hombre

con el mismo hombre

de tanto en tanto

no todos los días, no

todas las semanas

pero sí a veces

en invierno

ese hombre

dentro de ese sueño

un hombre como un pulóver

tejido por mis manos

que me mira

de cierta forma

en la que me miraba 

otro

que fue real



|Sobre la autora|

Pola Gómez Codina nació en 1982 y se crió en Ramos Mejía (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Es profesora en Castellano, Literatura y Latín por el ISP “Dr. Joaquín V. González” y especialista en Literatura y Lenguajes Audiovisuales por el IES “Mariano Acosta”. Cursa una Maestría en Escritura Creativa en la UNTREF. Coordina espacios de lectura y escritura en cárceles de menores y dicta clases de literatura en secundarias para adultos. Integra el colectivo de poetas máspoesía cuyo objetivo es difundir poesía contemporánea argentina. Trabajó en la curaduría del ciclo “Cuerpa Poética”. Ha sido antologada en la plaqueta “Ellas por ellas”, Clara Beter Ediciones (Argentina, 2019) y en el libro “Sayana: voces del agua”, por Sombragrís (Ecuador, 2019). Actualmente trabaja en la escritura de su primer poemario. 
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Aclaración

No voy a mentir
escribir no me salva
es apenas un leve grito
una mínima pausa 
y la mayoría de veces   

una absurda repetición del dolor 


Muerte a la musa 

Quería ser el fantasma 
entre los poetas llorones
quería mi nombre apareciendo
en las noches de embriaguez
y coleccionar cada poema 
en mi guarida de lágrimas
pero las musas son tan solo instrumentos 
me rehúso a ser la madre de los poetas
a acariciarles la vida cada vez que sufren
el amor es hermoso porque muere
y no hay que quedarse siempre 
aunque haya sido promesa 


Huelga

Me rompieron las ventanas a piedrazos
los vecinos están hartos de mi
y del basurero de la esquina
que está siempre hasta el tope

Yo les digo que no puedo hacer nada
con todos estos frascos
llenos de días muertos


Consecuencias del encierro

Un silencio angustiante se toma la habitación
escucho aullidos de lobos que no existen
es este juego 
esta vida abandonada
a la que lleno de cualquier cosa

de manos 
                         pieles 
           gente

aullidos de lobos que no existen


Retrato final 

Seré la mujer rota
seré la mujer sin cabeza
te haré los platillos de mamá
y sonreiré al verte llegar 

Me masturbaré en la cocina
mientras echo tus calcetines a lavar
pensaré en otros hombres 
en los que estuvieron antes
en los que me esperan

Me disfrazaré 
seré otra 
voy a ser esta comedia 
esta trampa que te aniquile 
una llama que lo queme todo 

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| sobre la serie |

"Colecciono retratos, les asigno una palabra y, por una cuestión de gusto, la escribo en japonés, generando un misterio, un sigilo escondido."


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A mamá la internaron un sábado a la tarde. Yo estaba haciendo compras y me llamó Guillermo desesperado. Llegué al hospital con bolsas de verduras que después tuve que tirar. Cuando prendí el primer cigarrillo atrasado del día tuve la certeza de que me quería quedar ahí con ella, pero Guillermo insistió. Le ofrecí pasar por la casa a buscar ropa para él y mamá que si se despertaba en ese estado se iba a poner como loca. Aceptó. 
 Cuando abrí la puerta de la casa la imagen me alivió. Donde esperaba encontrar torres de cajas, encontré los muebles tal como los recordaba. Solo habían vaciado los placares y una parte de la alacena. Unas pocas cajas de cartón se apilaban en un rincón de la cocina. Me agarró hambre. En la heladera había restos de comida comprada, y en el freezer un pote de helado a la mitad. Lo terminé tirada en el sillón, como hacía en la adolescencia, cuando volvía a casa en la madrugada. Después fui al cuarto de ellos a buscar la ropa.
La persiana estaba casi cerrada. Entré y la subí. Me tiré en la cama para sentir el olor de las sábanas, siempre un lavanda suave, siempre más intenso en la almohada de mamá, donde se mezclaba un poco con su perfume. Abrí el placard y saqué un camisón de algodón, ropa interior y una remera para Guillermo. Lo cerré tan fuerte que no sentí el momento en el que la madera me apretó el dedo.
Corrí a la canilla del baño a dejar que me aliviara el agua fría. El dedo sangraba y me latía. Agarré unos hielos del freezer y me los puse directo, sin repasador ni nada. Los tuve que tirar cuando empezó a sonarme el celular. Lo agarré con las manos mojadas: vi que había varias llamadas perdidas desde un teléfono de larga distancia, y dos mensajes. El dedo me dolía y no me daban ganas de escribir. 
Abrí la puerta de mi cuarto. Estaba intacto, aunque un colchón viejo, apoyado contra la pared, le daba aspecto de abandono. Pasé la mano por la biblioteca vacía y sonreí al mirarme la palma prácticamente limpia: era polvo de unos pocos días; mamá seguía limpiando mi habitación. Me puse a abrir los cajones del escritorio. Encontré agendas viejas, fotos con amigas del secundario, apuntes de la facultad que nunca había tirado. En el último cajón había algunos útiles escolares, paquetes de brillantina sin abrir y pomos de acrílico de la época en la que me gustaba imitar los dones artísticos de mamá. Cuando terminé de vaciarlo noté que los útiles estaban encima de un cuaderno de tapas rojas. Lo abrí y empecé a hojearlo.
En las primeras páginas solo había unas flores de acuarela. Después se sumaban el sol o la luna, y más adelante un animal que parecía un gato doméstico pero que seguramente había querido ser un tigre. Había algunas páginas en blanco, dos, tres, siete. Después los colores y las acuarelas daban lugar al marcador negro. Las páginas blancas se llenaban de dibujitos en marcador negro de trazo grueso. Siempre los mismos monstruos de cuerpo pequeño y cabeza desproporcionadamente grande, con ojos enormes y sin boca. Los Kudis. 
La familia Platz y los Kudis. Guillermo y mamá me habían llevado al cine, y en la película una familia tipo, los Platz, era separada por un terremoto que dejaba tras de sí una extensa y profunda rajadura en el suelo: de un lado de la ciudad quedaban el padre y el hijo, y del otro la madre y la hija. La historia se centraba en la nena y en los planes que iba elaborando junto a su madre para encontrar a la otra parte de la familia. En un momento, la nenita descubría una cueva que la conducía a un mundo subterráneo. Allí vivían unas criaturas mágicas que hablaban en un idioma incomprensible. Se llamaban Kudis y ayudaban a la protagonista a unir nuevamente las mitades separadas de la tierra. Cuando ella subía a la superficie, su familia entera la estaba esperando. Después intentaba conducir a todos hacia el mundo de los Kudis, para que vieran qué criaturas amigables y bondadosas la habían ayudado en la misión, pero nunca más podía volver a hallar la cueva.  
Cuando tenía siete años dibujaba Kudis por todas partes, compulsivamente. En los cuadernos de la escuela, en el banco, en las cartulinas de los trabajos grupales. En las mochilas y las cartucheras. Recordé uno que le había dibujado a una compañera en la zapatilla, sin que se diera cuenta. 
El dedo latía bajo las gasas y las arranqué de un tirón. Me hubiera gustado arrancar también el dedo. Cerré el cuaderno pero sentí que igual ellos se quedarían ahí, mirando con sus ojos gigantescos, mugiendo en su idioma intraducible. Arrodillada en el piso revolví los cajones en busca de un marcador negro. Después pasé las hojas del cuaderno hasta encontrar una en blanco y con la mano temblorosa ensayé la figura de un Kudi. 
Pensé que sería fácil, que la mano respondería al impulso, pero no pude. No pude dibujar un Kudi. Sostuve el marcador entre los dedos y volví algunas páginas para atrás. Entonces los empecé a tachar, uno por uno, hasta que el cuaderno se volvió un libro de páginas negras, y mis dedos estuvieron manchados hasta las uñas. Tiré el colchón en el piso y me acosté con el cuaderno entre las manos. Pensé en la ropa que tenía que llevar al hospital. El olor a tinta indeleble me mareaba, y cerré los ojos.
La llamada de Guillermo me despertó de golpe.


| Sobre la autora |

Lucia Igol, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1993. ​Estudió Letras en la U.B.A y trabaja como docente de Literatura en escuela media. Desde 2015 participa como organizadora del ciclo de lecturas Noche Equis. En 2016 escribió y produjo junto a "Compañía La Sombra" la obra teatral Una habitación así y participó como parte del "Colectivo Siete" de la curaduría del evento "Videografía de la pampa" para el ciclo literario Radar Literatura (Centro Cultural Recoleta, 2018). Desde 2017 asiste al taller del escritor Bruno Petroni. Fue seleccionada en la Bienal de Arte Joven por su cuento “Princesa”, que integrará una antología editada por Mardulce en septiembre de este año.



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poemas tristes para chicos tristes y chicas sinceras

daniela me despertó con un mensaje 
preguntándome si los había visto
“¿a quiénes?”
pero no supo qué decir o en realidad no supo cómo 
completar la frase
para que pudiera entenderla
afuera llovía y se nos dijo que otra fiesta sería imposible 
porque el tiempo de las fiestas había acabado en el 99 o algo así
que las discos habrían cerrado que ni nos asomáramos
así que le escribí que de todas formas llegaría y salí
el presidente tenía una manzana por cabeza
en el banner sobre mi avenida favorita
y un niño se me acercó con una carta donde se decía
que el país había muerto 
con fotos de gatitos en unos postes
sobre un fondo pastel
“pero los has visto?” me preguntó de nuevo en el bar
si había visto a los chicos que bailan
pasearse por las calles cuando yo y ella y otras personas paseábamos también
un poco distraídos por las luces en las manos
y yo le dije “hey, tal vez”
recordando a un par de personas que iban del brazo desde 2004
y que habían dejado un mural azul en una de las fiestas del centro
pero no podía decir si ellos pensaban en ahorcarse cuando los reflectores se apagaban
o afirmar que solo eran felices en invierno
sin sentir que mentía así que solo repetí
las cosas que pensé o me habían dicho que hacían los
chicos que en algún momento dejaron de mirar hacia el sol 
y empezaron a saltar por las ventanas 
rosadas de una cabina de internet
y chicos que hablaron tan insistentemente sobre su corazón que todos creyeron
era lo único que tenían
y todos se burlaron de ellos porque llevar el corazón así
era un tumor en la frente
los he visto
en la puerta de mi casa
en el sofá de mi sala
en las fiestas luego que todos se vayan
en las fiestas antes que todos se vayan
escupiendo luego de haber tragado
lo que nadie debiera tragar
y sin embargo estar aptos para sonreír y desearte un buen día
gritándote
“suerte, campeón!”
con el rostro escondido debajo de una gorra rosada
llevando la camisa como una blusa hasta la mitad del jean
y así es imposible odiarlos
en sus fiestas de corazones en el techo
con sus cerquillos y ropa de segunda mano
(y así es imposible odiarlos)
¿los has visto?
los he visto
la calle enciende la urgencia de la mañana
y ellos han prometido partir
nunca


tilsa otta

ojalá todos pudiéramos bailar 
ojalá todos pudiéramos ir a comprar el pan cantando
y si aprendiéramos a bailar y silbar al mismo tiempo
que cantamos esto
por las calles del centro subiendo y bajando
podríamos crear un planeta cada fin de semana
pintarlo de guinda y ponerle un nombre gracioso pero

no te vayas, la historia comienza en la siguiente línea

chica neón frente a un bar en el toque de queda
con la belleza amarga sentada en las piernas
y ella le dice “cállate cállate que quiero cantar”
mientras un ministerio vuela en pedazos  
ojalá todos pudiéramos decir nuestra vida en una tonada
tonta o en una balada con un piano de fondo
ojalá todos pudiéramos hablar como si fuéramos una luz
en las pestañas de los que pintan
algo que se mueve 
arriba

mamá,
mamá quiero ser como tilsa otta
mamá quiero ser el póster
en el cuarto del solitario
mamá quiero ser el escolar soñando con los ojos abiertos
quiero tener una rave en el cráneo
quiero llevar una guitarra tatuada en la espalda
y tener los iris de un color gemelo
mamá quiero ser como tilsa otta
y que los niños lleven a todos lados mi corazón
dentro de un cofre rosado

¿por qué esto tendría que cambiar el gobierno?
¿por qué esto tendría que ejecutar el mal
en una plaza pública?
¿por qué hay un señor del cual nunca he oído
intentando cortar los cables de mi radio 
mirándome a los ojos y poniendo el índice en el cuello?
yo nunca he bailado para matar 
y dudo que lo haga ahora
que solo quiero saltar y moverme hasta perder mi forma
no por miedo sino por risa
cerrando los ojos para ser una bomba
que se abra en dos como un huevo
mamá quiero ser 
como tilsa otta
mamá quiero besar a los 15
y escribir diarios con los besos
mamá quiero subir a un bus 
y bajar donde el cobrador decida
mamá quiero ser como tilsa otta
y grabar bandas con una cámara chiquita
quiero vivir sobre una caja musical
bailando pop de los 80
mamá quiero inflar mi corazón tanto
que los niños lo lleven a todos lados
dentro de un cofre rosado


*estos poemas son parte del poemario “Poemas Tristes para chicos tristes y chicas sinceras” que estará disponible gratuitamente de manera digital desde el 17 de Agosto a través del perfil de gumroad del autor (https://gumroad.com/robertovaldivia)


| sobre el autor |

Roberto Valdivia (Lima. 1995) Dirige la revista Sub25 (www.poesiasub25.com) Ha publicado los poemarios [MP3]. (Editorial Gigante, Entre Ríos, 2014) el poemario virtual Salinger (www.salingerpoesia.tumblr.com) y Poemas Tristes para chicos Tristes y chicas Sinceras (C.A.C.A Editores, 2019) Puedes revisar los videoclips de su último libro en su canal de youtube (https://www.youtube.com/channel/UC9DhZ59dtuv5T7Hx3XYieSA)


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Entro en la casa, detrás de mí, la Ely y última mi vieja puteando porque no apagamos la luz de adelante. Dejo la campera en una silla y me meto rápido en el cuarto. Sé lo que se viene. Aunque cierro la puerta la escucho.
me van a matar, ustedes me van a matar, yo no sé qué mierda van a hacer con sus vidas, pero a mí me va a dar algo, si no me matan ahora, laputamadrequelasparió, no me matan más, al final, doña María tiene razón, todo esto es un payé
La Ely se lo dijo, habló de más. La estúpida se mete donde no se tiene que meter y ahora está muda. Ella no tiene nada que ver en esto, pero mi vieja hoy, cuando nos dijo que iba a solucionar todo, no le dio la opción de quedarse en casa. Mi hermana y yo somos muy distintas,  pero para mi vieja somos la misma cosa. La llevó para que aprenda. Quiero fumar. Como una boluda dejé los cigarrillos en el bolsillo de la campera y prefiero no salir del cuarto. Busco en el roperito algún paquete escondido, se me viene el quilombo de la ropa encima. No logro evitar que caiga todo al suelo. No aparece ni un pucho.
No hizo falta que le dijéramos al médico por qué estábamos ahí. Nos miró con la seguridad del que nunca va a estar sentado de nuestro lado del escritorio. Ser hombre le da ese privilegio.
—Ustedes ya saben que lo hago porque las conozco– dijo, aunque era la primera vez que la Ely y yo lo veíamos en nuestras vidas.
Estoy casi segura de que mi vieja tampoco lo conoce. Anoche, después de enterarse pidió recomendación en el geriátrico diciendo que el problema lo tenía la hija de la vecina.
—Lo vamos a hacer cuando reúnan el dinero. Es un procedimiento rápido, sin complicaciones. Traten de que no pasen más de dos semanas.
Mi vieja, que ahora no para de gritar, con el tipo enfrente estaba muda. La ropa tirada en el piso me parece una tragedia.
La Ely entra en el cuarto con un cigarrillo prendido y me lo alcanza. Se lo agarro. Pendeja por qué no te encargás de averiguar de dónde saliste en vez de meterte en mi vida, pienso. No le voy a hablar, voy a seguir guardando la ropa en este armario de mierda. Cuando logro hacer un bollo, se vuelve a caer todo. La Ely levanta una remera y se la prueba.
—¿Por qué nunca te ponés estas cosas? Me queda enorme –dice mirándose al espejo. Se la saca–. Probatelá.
A mí me queda bien, no sé por qué no la uso. La Ely revuelve entre la ropa del piso y elije un jean.
—Con éste te va a quedar re piola.
de qué se van a ocupar, si no saben nada ustedes, nada de la vida, de todo me tengo que ocupar yo
Cuando el tipo se dirigió a mí sola por primera vez, me preguntó la fecha de mi última menstruación. La estúpida de la Ely, que ahora espera para ver cómo me queda el jean, no me miraba. Como si tuviera miedo de contagiarse. Mi vieja y el médico me clavaban la pregunta con los ojos. Quise tragar saliva. Moví los dedos como si estuviera contando, no tenía idea ni la más puta idea. 
—No sé –dije.
Todos seguimos en silencio. Traté de relacionar: imaginé las toallitas en el bolsillo, en la cartera, en el baño, pero no las pude unir a ninguna fecha. Nada. Él por fin dijo:
—Pensá un poquito, es un dato fundamental.
Otra vez me miré los dedos y conté por contar. La boca y la memoria seca.
—Pobrecita. Si no saben ni la fecha de su última menstruación, cómo no van a quedar embarazadas. –El médico me señaló la camilla sonriendo. –Es una pena que no se acuerden porque eso facilitaría muchísimo las cosas.
Tuve ganas de decirle que no hablara de mi hermana y de mí como si fuéramos la misma persona y como si no estuviéramos. También me hubiera gustado decirle que es un dato que él nunca, en su puta vida de macho, tendrá que recordar y que gracias a las pelotudas que no recordamos la fecha, su negocio tiene clientas en la sala de espera. Seguí en silencio, preferí que mantuviera esa sonrisita falsa. 
—El dieciocho del mes pasado –dijo la Ely.
El médico me preguntó si era cierto y me ordenó que me acostara en la camilla con el pantalón desprendido, tan desprendido como este jean en el que trato de meterme y no me entra ni en pedo. Ecografía. Ninguna de las tres miramos la pantalla.
—Sí, la fecha coincide. Pero habría que hacerlo lo antes posible.
Me miro en el espejo. Todo el orto afuera del jean. Mi hermana se acerca y empuja desde la cintura del pantalón hacia arriba.
—Hundí la panza y no respirés –dice mientras hace fuerza.
El médico tiró un precio, no sé si alto o bajo, igual no llegamos. Mi vieja, muda. Las tres, mudas. El médico entendió que no teníamos un peso. 
—Quédese tranquila que la consulta no se la cobro.
Mi vieja no le respondió y eso me dio mucho miedo, más miedo que la mano del médico extendida para saludarnos. 
con qué cara voy al trabajo a hablar de este asunto, pero, claro, dónde van a conseguir a alguien que las ayude si la única que frega como una burra soy yo, ni las luces de afuera apagan, igual que la Verónica van a terminar
Largo de golpe el aire que vengo conteniendo para que el pantalón abroche. La Ely y yo nos miramos. Ella deja de forcejear conmigo y con la ropa.
—¿Cómo terminó la Verónica? –me pregunta.
—No sé. 
—¿Qué mierda quiere decir con eso?
—No sé, nena, ahora tengo que pensar cómo voy a hacer para conseguir la guita y para aguantar dos semanas con esto. 
—Seguí pensando, Jesi. Si no fuera por mí, todavía ni te pones pilla de que estás preñada –la Ely sale de la habitación y le grita a mi vieja.
—¿Cómo terminó la Verónica?
estas chicas andan todo el día en la calle, una se rompe el alma para darles lo mejor y así es como le pagan, que tengan cerraditas las piernas, es lo único que se les pide y no lo hacen
La Ely da un portazo en el baño. Me tiro en la cama y sigo tratando que el cierre suba. No hay caso, revoleo el pantalón a la pila de ropa en el suelo y me quedo acostada en bombacha. Al rato, mi hermana vuelve. 
—La Loreta nos puede dar una mano.
—No, olvidate, no voy a dejar que esa vieja sucia me toque. Ya me voy a arreglar.
—Claro, si vos te las sabés todas. Tomatelás, Jesi -hace una pausa y revuelve la pila de trapos en el piso–. Si el jean no te entra, me lo quedo.

—Sí que me entra, estúpida. Dejá eso ahí.

| sobre la autora |
Mariana Komiseroff nació en Don Torcuato, provincia de Buenos Aires, en 1984: es escritora, directora y crítica de teatro. Publicó el libro de cuentos Fósforos mojados (2014) y la novela De este lado del charco (2015; seleccionada por el Frente Editorial Latinoamericano para la Hot List en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt en 2017). Acaba de publicar Una nena muy blanca.