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por Enrique Decarli

Es la tercera vez que escribo sobre la obra de Ariel Bermani. Creía conocerla. Al menos leí todo lo que publicó y una parte inédita. Pero la edición de No sé nada de ballenas (Santos Locos, 2017) viene a confirmarme que no. Que me equivoqué. Porque es verdad eso que decía mi viejo: “Los amigos, igual que los jueces, fueron hechos para fallar”.
Antes de conocer a Ariel, leí Leer y Escribir y Veneno. Me acuerdo (acabo de chequearlo y es así), que la solapa de Leer y Escribir decía: narrador y poeta. Y fue cuando me enteré que se publicaba este libro que caí en la cuenta: a lo largo de su obra, que incluye libros tan disímiles como Inochi Wa Takara (crónicas) y el inclasificable Procesos Técnicos, no aparecía la poesía. Tampoco, nunca, salvo escasas excepciones (“Querosén”, por ejemplo, incluido en Ciertas Chicas), en las reuniones de escritura que compartimos durante años surgió nada parecido a un poema.
Sin embargo tengo la prueba enfrente mío, desde la frase inicial de Darío Cantón: “Me prometo desde ya no nombrarte / hacer que mis poemas / te sean fieles de otro modo”. Bermani siempre fue un excelente lector de memoria prodigiosa. La primera sensación que me deja un libro de él (éste no es la excepción), es que me robó el epígrafe.
La poesía de Ariel Bermani se ocupa de los instantes mínimos que cualquiera se negaría a escribir; incluso a reparar; apenas dejarlos pasar, dejarse vivir, y que él descubre, procesa y devuelve convertidos en poemas. Béla Bartók transcribía, e incluía en sus composiciones, el canto de los pájaros: Nada puede perturbar este momento. Pareciera que Ariel se escribe a sí mismo (o al instante en que la poesía –o el canto de los pájaros- se le revela); pero no: el poema tiene una destinataria: Quiero estar ahí / donde vayas / Llegar antes / Esperarte. 
Borges, en el epílogo a El libro de arena, declara que el tema del amor es común en sus versos; no así en la prosa, que no guarda otro ejemplo que “Ulrica”. Con la obra de Bermani pasa algo similar. No es que en los otros libros no aparezca el amor. Aparece en clave imposible. Un problema irresoluble. La más barata de las religiones. En ese sentido, No sé nada de ballenas es, en el contexto de esta obra de diez volúmenes, un libro revolucionario que celebra el amor (Estás más cerca / de lo que imagino / Por eso voy preparando el mate) en un mundo de ventiladores, libros, amigos, cervezas y no mucho más. Eso, tal vez, alcance. Y en una sociedad posmoderna donde el norte es el consumo, esa postura es más filosófica que poética. Ética, diría. La aspiración de que las cosas, al fin, se vuelvan más naturales: como ir hasta el kiosco / de la esquina a comprar chocolates, hacen de este nuevo libro una apuesta audaz.
Y así llega, Bermani, al fatal cruce de caminos al que una noche llegó Henry Jekill. Hasta hace unos días, que compré el libro en la última feria, Bermani, para mí, era uno; ahora es dos. En ejercicio de una buena alquimia, la aspereza que alguna vez supo darle a los personajes de su narrativa, fue transmutada en este yo poético: Todo lo que escribí hasta ahora / se fue desvaneciendo.
Volviendo a Borges: Felizmente, no nos debemos a una sola tradición. Podemos aspirar a todas; a mirarse de reojo, por ejemplo; a espiarse, haciendo el esfuerzo de que nadie se dé cuenta. En esa línea, No sé nada de ballenas inaugura (al menos de manera pública), una nueva senda en la literatura de Ariel Bermani, que, incluso, proporciona pistas acerca del carácter de sus personajes de narrativa: No sé, en realidad, si se trata de frialdad / o es sólo la distancia necesaria / para preservarte, / para protegerte de mí. Esos versos, descontextualizados, bien podrían servir de interpelación del autor a Basilio Bartel. A Quique Domingo “Veneno”: Hacés bien, al cuidarte, un poco, de todos / pero, en especial, de mí.     
Me acuerdo que, en primer año del conservatorio, cuando me dieron El libro de Ana Magdalena, de Bach, por la sencillez de las piezas supuse que Bach lo había escrito de joven. Me equivocaba: si bien se trata de un libro didáctico, fue escrito por Bach en plena madurez. La sencillez tampoco era tal: era la condensación de su experiencia en un nivel de síntesis que permitía acercar, al estudiante inicial, una de las músicas más hermosas e inspiradas que se hayan escrito. 
Lo mismo ocurre con este nuevo libro de Ariel Bermani. Está lleno de cosas de antes / imágenes, palpitaciones / que reconcilian los años, la austeridad de lenguaje, la economía de recursos y el arte de elegir la imagen justa (total). Ese ojo envidiable, de arquero o halcón. Desprovisto de ornamentos que enturbiarían la máxima aspiración que creo descubrir en él, No sé nada de ballenas hace que las cosas sean más simples. Más lindas. Más felices. 
Otra cosa, no sé.

Rafael Calzada,
16 de junio de 2017.    
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sobre la autora |

Julieta Feresin nace en 1990 en Bernal, zona sur de Buenos Aires. Desde muy pequeña realizó distintos talleres de pintura y cerámica. Su inclinación por el arte y la fotografía la llevaron a estudiar diseño gráfico en la Universidad de Buenos Aires y fotografía en el Museo Fotográfico Simik. Fue después de un viaje por Europa que decidió dedicarse de lleno a la fotografía como medio de expresión privilegiado. Actualmente reside en Capital Federal y trabaja en distintos proyectos.

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Un trepidante viaje al Perú donde en cada escala la poesía desborda las fronteras del tiempo y el espacio y escapa del texto para convertirse en voz. Publicado originalmente en la Revista Bardo #6, abril 2017.


por Juan Manuel Corbera





1972, el auditorio del Instituto Nacional de Cultura revienta de vítores y aplausos cuando el joven Jorge Pimentel termina de recitar el último de sus poemas. Frente a él, Antonio Cisneros, en su mejor momento editorial, prepara mentalmente otro poema para responderle. Todo el mundillo intelectual limeño está allí siguiendo de cerca los versos, golpes de un mano a mano poético único en su clase. Enfrentémonos en un duelo, pero no de opiniones sobre la poesía, sino con poemas, así el público elige la propuesta más sincera, había dicho Pimentel, semanas atrás. Cisneros aceptó, no podía no aceptar, un Premio Casa de las Américas no podía negarse a tal reto, menos viniendo de uno de los mozuelos entusiastas de Hora Zero. El viejo contra el chibolo, se murmuraba antes de empezar, uno tenía tres libros premiados y el otro un montón de papeles que recién empezaban a tomar forma. En el público se amontonan los cuerpos, entrando en éxtasis con cada intervención, celebrando cada impacto. Van sesenta minutos de contienda ininterrumpida y no hay un ganador definido. Alguien grita. La policía, se escucha. Pero no es la policía, son disparos. Uno, dos y un tercero a quemarropa contra el poeta, ya no importa cuál. Un hombre en traje y cabello al ras del cráneo muestra la pistola en el aire. En su espalda las letras “C.I.A.” resaltan más que el humo de sus manos. Ha muerto, Pimentel ha muerto, musitan con miedo. ¡No! Le dio a Cisneros, ¡ha muerto el poeta Antonio Cisneros! chillan otros. El infiltrado escapa entre atropellos y embestidas. Los gritos no paran, los aplausos emergen con violencia, el auditorio entero está enloquecido. Levantan en brazos al poeta, más vivo que nunca. Este sonríe sabiéndose victorioso.

2016, el frío barranquino agolpa dentro de un bar cualquiera a medio centenar de poetas y otro número similar de asistentes. No nos damos abasto pero seguimos. Los poemas no duran más de tres minutos, no deben durar más de tres minutos. Lo performático iguala en peso a lo escrito. Sobresalen voces que silencian a las de la ciudad y sus balnearios. Aplausos, poema, aplausos. En la entrada hay más gente queriendo ver, queriendo entrar. No se puede ni caminar pero seguimos. Intervención musical, rap en quechua, rimay pueblo, carajo, dice Liberato blandiendo su bufanda verde ayacuchana. En el entretiempo preguntamos en la puerta por la posibilidad de alojar más público. No pueden entrar más, si lo hacemos nos cierran el local, miren cuánta gente ya hay dentro, aparte, en un rato empieza otro evento, mejor apúrense. Nos quedamos helados ¿Otro evento? Karen escapa a las calles a preguntar de bar en bar quién puede prestarnos un escenario, solo una o dos horas. Los demás mantenemos el slam andando como si no supiéramos que en algún momento todo esto se va a ir al carajo, pueblo o no pueblo. Encontré un local, a dos cuadras, podemos terminarlo allá. Respiramos. Lo informamos al público. Los asistentes parecen hasta alegrarse del cambio, caminan con nosotros, discuten cuál poema les gustó más, algunos poetas se ponen nerviosos, otros desaparecen. Llegamos y a los segundos la dueña del nuevo bar me encara: no son setenta, a mí me dijeron que eran setenta, aquí ya conté cincuenta y mira cuántos aún hay afuera. Tenía razón, éramos muchos más, y la gente seguía llegando. Nos miramos, evaluamos opciones. Otro bar ni pensarlo, cancelar el evento, menos. ¿Y si vamos a la plaza? dice Efraín. ¿La plaza?, respondo. Sí, la plaza, papacho, tomemos la plaza. Lo miro con firmeza, sonrío: vamos, tomemos la plaza. ¡Todos a la plaza, todos a la plaza! Nos siguen una amalgama de poetas, curiosos y espectadores; el evento va pareciéndose más a una marcha que a un recital, y en rigor esto era un slam, pero era la segunda vez que se hacía en el Perú y lo estábamos haciendo así. Llegamos, vamos llegando de a pocos. Esto tiene que arrancar de nuevo, pienso, y tiene que arrancar con fuerza. Trepo al escalón más alto que veo, saco del pecho un rugido: ¡bienvenidos al segundo slam de poesía oralizada en el Perú! Varios transeúntes voltean al verme presentando algo que no entienden pero les atrae. Se agrupan los nuevos y viejos asistentes bajo la pérgola de la plaza de Barranco y otra vez se alinean el público, los cronómetros, los jurados, las presentaciones de cada participante y su debido poema, esta vez a capela, en la calle, tomando un territorio que siempre sentimos nuestro: la noche. El slam sigue.

1545, Isabel Chimpu Ocllo le canta harawis en quechua a su hijo mestizo. El niño habría de recordar durante toda su vida aquellos versos que contaban cómo el dios Viracocha, quien salió del mar, creó al mundo y al tiempo. Estos poemas existieron desde siempre, wawita, desde que la Pachamama tiene memoria y los Apus todavía eran jóvenes, mucho antes que nosotros existiéramos. Isabel recuerda otro harawi, uno que cuenta cómo hace incontables cosechas Viracocha dio a los hombres una profecía que no ignoraron pero tampoco pudieron detener: enormes seres, armados de truenos, también llegarían del mar y acabarían con el imperio de los cuatro suyos. Isabel contenía las lágrimas, ella había escuchado esos truenos, ella había sido desposada por uno de sus portadores. Eligió seguir cantando, sabía en su corazón que las cosas nunca más volverían a ser como antes y que con el asesinato de los últimos amautas, estos harawis que su niño escuchaba atento se perderían con los años.

2014, dentro del marco del FILBA en el Centro Cultural Matienzo entra a escena una poeta argentina con ascendencia guaraní llamada Alicia Aquino; le gusta que la llamen Dolo Trenzadora pero en ese momento se presenta junto a dos mujeres como “Cabaret Literario”. Una de ellas la acompaña en la percusión con la parte trasera de una guitarra y la otra con una caja de madera que simula un cajón peruano. Ella recita de memoria el poema “Me gritaron negra” de Victoria Santa Cruz, una de las mayores exponentes de la cultura afroperuana en el mundo. Las décimas de su hermano, Nicomedes Santa Cruz, son de las primeras cosas que nos hicieron aprender en la escuela primaria. Recuerdo no recordar yo mismo ninguna de esas décimas y ese poema de Victoria Santa Cruz solo lo conocía de nombre. Ver esa identidad tan negra y latinoamericana, fusionada y difundida fuera del Perú, me conmueve: alguien encontró una voz poética que siente suya en versos que mi memoria de mal peruano había borrado.

2023, bajo el intenso calor de la amazonía, una poeta elabora versos en la lengua que sus padres le enseñaron. El poema trata sobre el olor certero de las fresas, sobre las riquísimas tonalidades que ve en el verde, sobre la tranquilidad de algunos árboles ancestrales al posar sus inmensas raíces en el río, sobre cómo estos versos naufragarán de manera irremediable apenas salgan de su boca. La poeta se detiene. Aquí quizás sobrevivan, pero en la ciudad, en todas las ciudades, nadie entiende, nadie nunca entenderá. Todo sería muy distinto si estuviera escribiendo poemas en español, incluso en inglés. Sonaba gracioso pero en este país parece que fuera de la ciudad uno no existe, ¿qué poeta que no escriba en español se enseña en las escuelas? El Perú no es para nosotros, se dice, pensando en sus hermanos a los que sus padres ya ni se dieron el trabajo de enseñarles a hablar en asháninca. Si cuando los ríos se ennegrecen de petróleo nadie hace nada, ¿por qué lo harían cuando en algún meandro del Amazonas una poeta crea, decide crear, en lengua nativa? El Perú no llega hasta acá, piensa. Esto no es el Perú, acá estamos solos. Si ni al quechua le hacen tanto caso los mismos peruanos, aún después de todo lo que hizo Arguedas, la poesía en lengua asháninca, o en alguna de las otras cuarenta y siete lenguas originarias, jamás tendrá cabida en el canon literario peruano. La poeta contiene la ira, sabe que lo peor que podría hacer es detenerse. La poeta sigue escribiendo, sigue cantando. No importa qué. En el futuro aún no la hemos leído. Aquellos versos están allí, esperando.
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Jorge Alejandro Vargas Prado (Cusco, Perú-1987) Licenciado en Literatura y lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Se dedica a escribir y a la música.

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"Bouquet" by Adria Mercuri


EL PIBE QUE ERA EL FUEGO


el otro día viajé.
en el viaje zarpaba
a un campito donde había
tres pibitos pateando.
me acercaba y uno de ellos
me miraba la mano donde tenía un porro
me miraba y me decía:
yo soy el fuego.
entonces le daba una seca
y él era el fuego. 
con la pelota bajo el brazo aspiraba
mientras los otros dos
miraban de lejos
como esperando el regreso.
después el pibe que era el fuego
le daba otra seca y juntos
-como si estuviéramos juntos de toda la vida-
nos mirábamos y fumábamos
él parado, como si estuviera de paso
después sin soltar el porro
tiraba la pelota al suelo
y se la pateaba a sus amigos
para que no esperasen más
y con sus ojos verdes me decía
– me quedaría fumando con vos pero tengo que 
                        /volver a patear con los guachos
después me ofrecía ir a jugar y yo
tímido me reía y contestaba
– jaaaa no, no juego fútbol
entonces el pibe que era fuego
me miraba y decía
– bueno cuando pases x acá y yo esté pateando y vos fumando, 

                                               /acordate de que yo soy el fuego
después me daba un beso corto corto
casi sin lengua
y se iba agarrando el short con tierra
después yo seguía con mi viaje por el campito
mirando cada tanto para atrás
para ver al pibe que era el fuego
haciendo jueguito con la pelota
o quedando suspendido en el aire
agarrado del arco y dejando ver
su piel tostada y su ombligo
él ya no miraba para mi lado.
él era el fuego.



CARNAVAL

me gustaría decir que
hablo las cosas sin pensar
pero la noche está tan
tensa la noche está tan
pesada las nubes van
a estallar y ay mamá
que cocina tuco casero
en la cocina húmeda
pienso tantas cosas tan
pocas cosas cuerdas y tantas
cosas crueles que me gustaría
no pensar tanto todo
voy a creer en el olvido
mientras se acerca el
clima de carnaval
y colores más tristes
voy a bailar por vos
una cumbia rica una
cosa desprolija pero
feliz una cosa loca
mientras en las calles 
hay olor a fuego
hay olor a peligro
y todos tenemos miedo
cuando descubrimos
que el carnaval no es
carnaval y el amor
no es recíproco el amor
no se sabe qué es, salvo
una cosa rara una cosa
loca una cosa tierna faltan
más enamorados sobran
los pibes tinder los pibes
que chamuyan en bóxers
y después nada
un acústico en la cocina un
acústico en la playa
de la pedrera 
un vino tinto como
tus labios esos
labios tristísimos que
corrompían hasta la lluvia
esos labios que no quiero
recordar que no quiero
ver más que no quiero
pensar voy a borrarlos
mientras bailo en tu nombre
y digo tantas cosas pensando
un violín de fondo
una tormenta de verano pura
unos treinta y siete grados
a la sombra unos 
vinilos que suenan fuerte
porque me gustaría, sí
me gustaría decir que
hablo las cosas sin pensar
pero esta cabeza no
tiene ni puntos ni comas
pero tranqui que
acá está todo bien 
de este lado la tristeza 
se va yendo y
está todo raro todo
movido todo
como se está
un fin de año:
más o menos bien.

sobre el autor |

Tomás Litta nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1997. Cursa la carrera de Letras en la UBA y participa de espacios de debate literario y talleres de lectura y escritura. En 2014 obtuvo el segundo premio en el Concurso Literario Julio Cortázar con su cuento Al otro lado del río, que forma parte de la antología Otra vuelta de letras, editada por Eudeba. En 2016 obtuvo la Primera Mención honorífica en Narrativa en el XXXIV Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve, publicando algunos relatos y poemas suyos en la antología Poetas y Narradores Contemporáneos 2016, editada por De Los Cuatro Vientos. En Twitter es @tomaslitta.

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Jacinta fue siempre un misterio, pero a la vez, la sola imagen de su presencia —bajo la luz claroscura del umbral— logró despertar intriga entre los transeúntes urbanos, amantes del teatro, entre otros lectores y navegantes de este mundo. Gracias a la buena acogida que tuvo durante su estreno en Setiembre de 2016, la obra del dramaturgo Arístides Vargas vuelve por segunda temporada a los escenarios del CELCIT. Un encuentro exquisito para rescatarnos del olvido.

por Luis Federico Cisneros
(Artesanos del Espacio)


foto: Soledad Ianni

Una gama muy variada de historias se entrelazan en el transcurso de estos 65 minutos. Como piezas inequívocas de un mismo laberinto, transportándonos a otras épocas con atmósferas que giran y cambian de color, de aromas y de voces, pero que mantienen vivo el suspenso por los relatos de una abuela narradora que profundiza en los secretos que aún habitan en su memoria. Desde esos territorios familiares irán emergiendo personajes despojados que se enfrentan al dolor del abandono, a la vida sin sentido cuando no hacemos más que resignarnos a la infelicidad, o a vivir bajo la sombra de las cosas que callamos para siempre.

foto: Soledad Ianni
A través de pasajes reinventados, los viajes imaginarios entre el presente y el pasado suceden constantemente en la imaginación de una anciana que convive con su nieta y los fragmentos sobrevivientes de los años. Son justamente esos recuerdos los que iluminan sus miradas; pasajes surrealistas que dan vida a los relatos, inmersos en asuntos de familias resquebrajadas, relaciones humanas que en algún instante se acabaron —ante la partida y las ausencias— o que inevitablemente se perdieron en el humo de la distancia. La soledad, las injusticias de la vida o de la época, los roles, las jerarquías, los sentimientos reprimidos, las palabras que se fueron porque nadie las nombró, todo se fusiona en el universo de lo narrado.

Las metáforas del fluir con los procesos de la vida, los personajes fronterizos, afantasmados, reaparecen o se reinventan desde la ficción para volver a esos momentos que se escaparon de sus manos, para recorrer los escenarios de los libros usados, las memorias de Lázaro, las fiestas de los hombres militares y todos esos otros pequeños acontecimientos que enriquecen las tramas y revelan las herencias. Una telaraña enlazadora de mundos que se comenzó a tejer desde los reinos internos de la dramaturgia de Arístides Vargas.
foto: Soledad Ianni


Poco a poco las miradas, los bailes, las situaciones de pobreza, los golpes del mal tiempo, las peleas, la desolación y las risas de los corazones exiliados irán fabricando profundas reflexiones en la conciencia de los presentes. Y será ahí, en esos momentos de magia y de silencio, donde la memoria vuelva a cobrar vida para enfrentar las cosas que jamás se hicieron, y nombrar los nombres y los sentimientos, y revivir las voces —o los gestos— de aquellos que alguna vez se amaron en secreto.


FUNCIONES |

Sábados, 20hs. (hasta el 08/07/17)
CELCIT - Moreno 431
Entrada: $ 200 / $ 100
Reservas:  4342-1026


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sobre la autora |

Femimutancia nació para abortar. Femimutancia aborta el patriarcado, la heteronorma y el binarismo. Cada ilustración expresa que existo, que no me voy a callar, que soy visible.

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Algunas reflexiones sobre literatura y feminismo.

por Nadia Sol Caramella


ilustración de María María Acha-Kutscher.

En su nuevo libro El otro lado de las cosas, la poesía como restauración de una voz en la obra de Diana Bellessi, Natalia Romero habla de la poesía como un camino para la restauración de las voces silenciadas, este libro que además de ser muy recomendable por la estructura del texto, entre crítico y autobiográfico y el paneo por distintas teorías del feminismo, abre una puerta al diálogo y a un debate al cual me gustaría darle espacio.

Como sostiene Natalia existe la restauración de una voz, ella habla de una voz femenina, la voz de la literatura escrita por mujeres (particularmente la obra de Diana Bellessi). El amanecer de nuevas teorías dentro del feminismo dio lugar a otras identidades y el género mujer, así como lo concebimos en tanto género, está en disputa. Ya no podemos hablar de género si no de identidades. La experiencia nos demuestra día a día que las identidades existen y están ahí vivenciando y produciendo nuevos sentidos y formas de vincularse.

Lo femenino entonces también necesita un cambio de enfoque, ya que muchas mujeres no se identifican con lo femenino y construyen sus identidades de otra manera. Lo femenino también es una construcción, un concepto que debemos revisar. Si hablamos de literatura femenina, de una u otra manera estamos dejando afuera a una serie de identidades que mucho tienen que ver con nuestras identidades silenciadas, con nuestro lugar como productoras de sentido dentro de un sistema opresivo y patriarcal.

Leyendo este libro, me surgió una pregunta, ahora que la voz se ha restaurado, ¿qué hacemos con esa voz? los años de lucha y de escritura nos han llevado a construir una voz propia, como dice Simone de Beauvoir: “no se nace mujer se llega a serlo” y no se nace feminista también se llega a serlo, no nos queda más que aceptar esta restauración, ese “ahora que si nos ven”, para escribir una literatura feminista. Literatura feminista y no femenina, porque el feminismo ha logrado en el interior de sus discusiones teóricas establecer un diálogo en el que todas las identidades oprimidas por el patriarcado encuentran su lugar. Y seguir aportando así a los nuevos y no tan nuevos debates que hagan de nuestras vidas vidas vivibles. 

La literatura no es menos que ese espacio donde miles de sentidos y expresiones conviven y los discursos van convocando a otros discursos. Existe en la literatura una anarquía que de por sí  es inherente al quehacer literario, cada vez que escribimos construimos nuestra libertad y en esto coincido plenamente con Natalia, cuando piensa en la poesía como restauración. 

Por otra parte, durante muchos años escribir y publicar poesía o narrativa escrita por mujeres era de por si era un acto de reivindicación dado que democratizaba y corroía de alguna manera la literatura hegemonizada por las voces de los hombres. Esto está cambiando lentamente, pero en la industria editorial sigue predominando el papel masculino, y no hablo solamente de los espacios editoriales sino también de los sectores de producción del libro. Basta con preguntarse cuantas imprenteras y distribuidoras conocemos para seguir desarmando esa maquinaria relacionada con la industria literaria, que aún hoy sigue invisibilizando a muchas de sus trabajadoras. 

Por lo general las etiquetas producen dogmas, y justamente eso quita libertad. Cuando hablamos de literatura  feminista, no podemos hablar de una forma, de una estética o de una temática porque justamente nuestras miradas y expresiones son múltiples y cada una produce arte desde una subjetividad que transita el feminismo y ese devenir individual y colectivo, de una u otra manera, se verá reflejado en nuestras expresiones literarias.

Cuando construimos poéticas y ficciones desde nuestras identidades, privilegios, y otros etc, no deben quedar excluidas otras libertades, nuestras poéticas y ficciones a diferencia de las que ha construido el patriarcado, buscan libertad. Escribir es poner en acto nuestra libertad  y a  la vez es una manera de hacer fuerte nuestra identidad e interioridad.

Pero, ¿cómo se construyen esas poéticas o ficciones feministas? si algo es el feminismo es un camino hacía, un deconstruir para construir. La literatura feminista es la expresión de ese camino, de esa búsqueda de libertad y sororidad, entonces esta literatura se está escribiendo mientras existimos y cuestionamos nuestros micromachismos, vivenciamos nuevas maneras de vincularnos con otrxs escritorxs (mujeres cis, lesbianas, personas trans) y generamos espacios de sororidad y afinidad intelectual. Pero, por sobre todas las cosas, es la puesta en acto de la escritura cuando una voz se vuelve colectiva, con la misma intensidad que encuentra la voz que se une a otras en los cánticos  de las marchas y el grito en medio de la noche se vuelve colectivo, nunca estuvimos solas, por eso cantamos, por eso escribimos, desde la orfandad impuesta, pero furiosas y corrosivas, la expresividad ética y estética de un devenir.
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|sobre la autora|


Valeria Román Marroquín (Perú, 1999). Estudia filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En el 2016 publicó "Feelback", su primer poemario.

|contacto|

valeria.roman99m@gmail.com
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III

Beccar empieza a inundarse
es justo la hora
de volver a casa
las chicas salen del edificio
llueve y no tienen con qué cubrirse

una corta una bolsa
la otra se ríe
se tapan con la capa negra
las gotitas hacen ruido sobre ellas
alguna mete un pie en un charco
Beccar no se inunda
es el miedo
de la que nunca vivió cerca

la bolsa es perfecta para protegerse hasta la estación
cuando llegan se la sacan
y ya no llueve

la parte de atrás de la estación de Beccar
siempre resbala

el tren está por venir
las chicas no saben qué hacer con su capa
una lo toma
la otra se queda
su amiga le dejó la bolsa para protegerse
no la necesita
tampoco quiere dejarla tirada
se la ofrece a un desconocido:
¿te querés tapar?

V

La plazoleta que está
frente al Palacio Pizzurno
me parece el mejor lugar
de la ciudad
para sentarse en el piso

es temprano y hay sol
está llena de chicos fumando
que seguramente se ratearon del colegio

puede que no sepan
que se están besando
en horario de clases
frente al Ministerio de educación

VI


Si el río no me pareciera horrible
escribiría un poema sobre el río
pero no me gusta

ni en La Boca
gris desteñido
ni en Puerto Madero
encajonado entre las casas de los ricos
ni en zona norte
que está escondido

podría ir a Colonia
porque todos dicen
que allá es el mismo río
pero parece otro

me gustaría ir a verlo
pero si no se parece a sí mismo

ya no tendría ganas de hablar sobre él


|sobre la autora|

Tamara Grosso nació en Buenos Aires en 1991 y creció en Ciudadela. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Escribió en varios blogs y publicó los libros Entre el blanco y el negro (Relatos, Ediciones de la grieta, 2015) Márgenes (Poemario, Objeto Editorial, 2016) y Guatepeor (Novela-prosa poética, Modesto Rimba, 2016) .