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10 canciones representativas del rap, hip hop, cumbia y reggaetón en las que lxs artistas dan vuelta la tortilla, reformulando esos géneros donde antes las mujeres y disidencias eran usadas como objeto de consumo o de burla.

Por Vera Grimmer


En todos los géneros musicales existen improntas del machismo (el vocativo “nena”, “baby”, por dar un caso del rock), sin embargo, es necesario inspeccionar en los orígenes mismos del rap, el hip hop, el reggaetón y la cumbia, géneros en los que los sujetos que se expresan siempre son y fueron marginados de los circuitos hegemónicos. Si bien es cierto que tenemos ejemplos de sobra que contrastan esto, los comienzos de los artistas que ahora triunfan en la industria musical son los que “se hicieron desde abajo”(Daddy Yankee). Que las mujeres y disidencias se reapropien de estos géneros que ya de por sí narran historias desde la marginalidad, siendo ellxs mismxs sujetxs de esta opresión, es algo valioso.

Este artículo rinde, en cierta forma, un homenaje a Gata Cattana, de quien tomamos un fragmento de su canción “Lisístrata” para el título. Gata era una rapera y poeta feminista muy prometedora y joven, que falleció en marzo del 2017 a causa de una complicación cardíaca. Aquí su último disco, que nunca pudo presentar en vivo:




“El cazador”, Rita Indiana


¿Con qué palabra podemos definir a Rita Indiana? ¿Escritora? ¿Cantante? ¿Merenguera? ¿Todo junto y más? Rita Indiana (República Dominicana, 1977) es una de las voces más potentes en la actualidad latinoamericana. Con “El cazador” se propone hacer a los corruptos temblar, al ritmo de una canción hipnótica. “Aquí planto bandera / contra los que se clavan / a este pueblo jodío lo quieren ver con ganas / se regodean en lujos que paga el miserable / mientra en el ‘Capotillo’ el hambre tiene hambre” son algunos versos de este hit: devela la opresión hacia lxs que menos tienen, luego de 500 años de conquista. 




“Filosofía feminista”, María Femcee


Con sólo 23 años, María Femcee tiene muy en claro una sola cosa: su lugar como rapera y artivista es denunciar las injusticias que sufrimos las mujeres y disidencias y hacer de su arte una resistencia vital. Las canciones de esta joven uruguaya son consignas para la lucha, como recita en “Filosofía feminista”: “las calles también son nuestras, como la noche”. 





“Puro estereotipo”, Caye Cayejera

Caye Cayejera es una rapera lesbofeminista oriunda de Ecuador. En “Puro estereotipo”, cuestiona las formas de vincularse bajo el capitalismo donde los deseos y placeres son fijos, así como los roles de género. “Crees que soy un objeto sexual / que mi labor es ser sensual / pobrecito angustiado por culiar / pero qué rápido llegas a eyacular” le canta al “machito que anula mi autonomía”. 



“Soy mujer”, Midras Queen, Diana Avella, Feback, Spektra de la Rima y Paloma

En el 2016, diferentes raperas colombianas (Midras Queen, Diana Avella, Feback, Spektra de la Rima y Paloma) se reunieron para dar forma a “Soy mujer”, un himno colectivo que llama a las mujeres a empoderarse. “Me empodero de la vida con igualdad / me empodero de los ríos con verdad / esto es lo que quiero yo / una vida digna nada más” reza el estribillo de esta canción a la que le damos play una y otra vez, como un mantra.



“Despierta”, Yela Quim & La Gracia

Yela Quim es una socióloga gorda, feminista, artivista, lesbiana y anarquista colombiana que a través del rap busca transformar la realidad que la rodea. En “Despierta” une fuerzas con la rapera La Gracia como arenga a lxs jóvenes sobre los acontecimientos políticos de su país y del mundo: “despierta que este territorio no está en venta / despierta que la paz sin ti está incompleta (...) rap / hasta que la dignidad se haga costumbre”.



“Mi cuerpo es mío”, Krudas Cubensi

Las Krudas Cubensi, o directamente las Krudas, son un conjunto cubano tan chispeante como contestatario: a través de sus canciones enarbolan discursos que visibilizan la gordura, la lucha feminista y claves para destruir la heteronormatividad. “Mi cuerpo es mío” es un canto a la búsqueda incesante de libertad en un mundo que día a día se esfuerza en demostrarnos lo contrario.



“Reina del caos”, Rebeca Lane

Desde Guatemala, Rebeca Lane se propone romper todo en “Reina del caos”. “Cada una de mis letras / una falla en el sistema”, un sistema patriarcal reproductor de esquemas que la socióloga, poeta y rapera viene a derrocar (¡en manada!).




“Cuidame el nene”, Jackita la Zorra

“¿A dónde están las pibas como yo / que se escapan del marido para ir a bailar? / Quiero verlas con las manos bien arriba” así arranca esta canción pegadiza de Jackita. La cumbiera nacida y criada en Argentina, incita a que las mujeres la pasen bien piola, solas, sin la compañía de ningún macho que las violente.



“Malamente”, Rosalía

Rosalía es la nueva sensación que está haciendo furor en las redes. Esta joven catalana reivindica sus raíces como cantaora y las fusiona con ritmos novedosos para no dejar de querer malamente.



“Barre con el pelo”, Tomasa del Real

Pionera del neoperreo, Tomasa del Real (Chile, 1988) dispone su deseo de bailar desenfrenadamente como eje fundamental de “Barre con el pelo”. No importa nada más que gozar todo lo más posible, hacer del cuerpo un momento único y propio.

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Texto escrito y leído por Maite Amaya en la presentación del libro “Cuerpos sin patrones. Resistencias desde las geografías desmesuradas de la carne”. Compiladores: Nicolás Cuello - Laura Contrera, en el marco del Festival El Deleite de los Cuerpos. 4 de noviembre 2016.  Publicado originalmente por Trastocadas.




Hablemos de las intersecciones de la carne. 

Curvas, humedades, desiertos, selvas. La territorialidad de estos cuerpos mamíferos. 

La abyección del territorio trans durante los procesos de colonización de la carne en la construcción de un relato corporal-sexo-genérico hegemónico, unívocamente importado a la fuerza de expulsión, sanción, muerte y domesticación. 

Carne no sustituible, la nuestra. Carne con historia. Una historia atravesada por el poder ya no sustantivizado sino como forma de relación social y como capacidad del acción, podemos hacer, podemos sostener el mandato o subvertirlo. Hete aquí una situación que amerita posicionamiento ¿Qué hacemos? 

Posición no es pose, es la posible muerte de la pasividad inerte. Potencialmente una disrupción en el magro cotidiano propuesto por la realidad, claramente la versión de la realeza. 

Parte del relleno del cuerpo trans está impregnado de dictadura, la carne no alcanza a rechazar el elemento alienante, no expulsa mediante un forúnculo afiebrado la transfobia internalizada, uno de los mas suspicaces dispositivos autodisciplinadores. 

Esta carne tiene un relato de vencida, porque lxs vencedorxs son otrxs, matar el vestigio disciplinador interno no es una tarea aislada del contexto y es más que necesaria, merecida la batalla al estilizado sistema de dominación heteropatriarcal y capitalista. 

Revivir, reavivar toda la energía. Conspirar hasta vencerles. Batallar desde el territorio propio. Batallar en todos los territorios. Allanar el camino del contrasentido. 

Carne que deviene torta antes que pasar desapercibida como un chicito más en el plato de esta fiesta. 

Es el momento de hablar de corazones que no entran en el pecho, hablemos de chagas. O de cuando el corazón no entra en el pecho de la carne sin chagas. 

Que sería de nuestra existencia cotidiana sin encarnar la guerrilla urbana de la que somos parte, visible, vivible, disfrutable en la superficie. Apenas una respuesta, esta, esta, mi cuerpo ya no cavando los túneles sino construyendo los puentes que ante la mirada atenta atraviesan las fronteras de esta normalidad clasista, racista, heterosexista, etc. 

Cada mañana saltar al abismo, donde en caída libre el cuerpo toma diferentes formas. Nunca es el mismo, en el movimiento constante de esta macilla que me pertenece a mí, sólo a mí y para la cual reclamo y declaro la absoluta soberanía! 

En palabras de Nico Cuello: multiplicando espacios de experimentación sensible en los que hacer posibles nuestros cuerpos a nuestro ritmo, con nuestras formas y con los placeres que sepamos y podamos inventar desde nuestras diferencias. 

Sin ser, estar siendo esta rebeldía viviente, la de sabor a pequeñas victorias en una lucha que parece perdida per se. 

La muerte del gerenciamiento, el agenciamiento de la carne mamífera. El contra cotillón de la domesticación. Digerible, masticable, incorporable. Una contraescuela, el ejercicio de la rebelión de la carne. Abortar los vestigios de una microprostética de la normalidad y la ridiculez fascista de la ideología del amor romántico. En vez de un aditivo que adorna la carne una cerbatana venenosa que hace posible leer la carne, otra carne. La rebelión de la carne en los pasillos mismos del matadero. Una propuesta vegana en la era de la industrialización de la matanza de la carne para cristalizar la supremacía especista que nos otorga superpoderes como especie y alimenta así un imaginario colectivo viciado de eternidad, perdurabilidad de la carne y que nos trata como envases de algo que por ser eterno es supremo.

Si tuvieran que alinear este cuerpo al mandato del binario heteropatriarcal: Qué sobra? Qué falta? Quiénes dicen qué es cuerpo? Qué cuerpo vale? Cuánto vale un cuerpo? Quién define el precio a pagar y Quién lo paga? 

Los estereotipos nos mantienen corriendo detrás del molde, hacemos lo posible para encajar en el molde hasta que la carne ya no rinde y caduca habiendo corrido para llegar tarde.

En mi carne trans cuáles serian los hábitos predominantes de un género u otro? Qué pesa más en la interpretación genérica de mi cuerpo trans? Las tetas? La verga? La acción de pintarme los ojos o la acción de afeitarme? Jugar al fútbol o a las muñecas? Orinar de parada o de sentada? Penetrar o ser penetrada? 

La decadente puesta escénica heterocentrada, otorga papeles a la carne. Una dramaturgia al servicio del control y el disciplinamiento. La actuación de la carne es una ficción naturalizada. Elabora cuerpos e identidades privilegiadas. El gerenciamiento estructural y macroestructural no tan solo responden a modos de producción económica sino también al modo de producción económico-político-cultural-sexo-genérico de los cuerpos. 

Sin un cambio social de raíz no acabamos con los patrones inscriptos en el paradigma que sacude y acomoda a la carne humana, la disciplina, la distribuye, la viola, la mata, la burla, la vende, la compra, la alquila, la explota. Reposar a la sombra del sistema sin atender lo que en nosotrxs vive y palpita tampoco nos sirve. 

En este contexto la pregunta rebota de pared a pared en el laberinto hegemónico pero siempre sigue siendo la misma ¿Qué carajo hacer con mi carne? 



| Sobre la autora |

Nacida hace 36 años en una familia laburante de barrio Argüello, al norte de la ciudad de Córdoba, desde que en la adolescencia cambió el Juan Matías por Maite transitó muchas carreteras revolucionarias: la causa de los derechos LGBT, “los feminismos” –como gustaba decir- y el anticapitalismo; la denuncia de las violaciones de derechos humanos en las cárceles y la persecución a las trabajadoras sexuales; la luchas piqueteras, villeras y anarquistas.

Maite vivía en la Kasa Karakol de barrio General Paz, sede de la FOB y epicentro de la militancia libertaria en Córdoba, donde oficiaba de solidaria anfitriona de todo aquel que necesitara un cobijo o llegara a Córdoba a difundir alguna lucha del pueblo, como las de los zapatistas, familiares de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa o la guerrilla del Kurdistán (“Guerrera feminista, hermanada con las luchas internacionalistas. Mariposa disidente”, dice el comunicado publicado en http://kurdistanamericalatina.org).


| Sobre Cuerpos sin patrones |

Escribir sobre gordura, compartir esos saberes críticos que ponen continuamente en jaque el imperio de la norma. La politización de los cuerpos gordos desafía el estado “natural” de las cosas.  Laura Contrera y Nicolás Cuello (comp.). Editado por Editorial Madre Selva

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En las noches
hacia el alba
los vapores se despegan
del agua como un sticker.
Lo que no emerge
lo que no se ve
lo que pasó
lo que sucede ahora
en las profundidades.
Rostros
amigos 
peces raros
y duros.
Las corrientes
otros ríos 
en una confluencia
para nada visible
Paraná
Uruguay
De la Plata
y el Delta.
Dónde comienza 
Dónde termina 
Dónde está el mar
Islas en el medio del camino
playas rocosas
playas de barro.
En las profundidades
partes de cosas
se entierran y se olvidan solas.
Las flores
se arrojan al río
como ofrenda.


(Punta Lara, Ed. Mutanta, 2017)


Apenas hay sonido para apreciar
en el adelantarse de los pies
sobre las ruinas.
Una serie de escalones primero
después el pórtico.
Apenas se doblan mis rodillas
la pierna se levanta sola
transitando el piso gastado, saqueado.
Columnas,
restos de mármol 
y el pasto que lo cubre todo
señalando el estado de ausencia
de los días de gloria del palacio Piria.
Los chicos acuden ahí de noche
se dan cita entre acordes insistentes
botellas y humo.
Hay un fuego que en la oscuridad se pierde
o nadie lo ve
o nadie lo huele.
Quien custodia el palacio es una mujer dormida.



(Punta Lara, Ed. Mutanta, 2017)







| Sobre la autora |


Laureana Cardelino (Buki) nació en La Plata y vive en Villa Elisa. Es profesora de Letras (UNLP), docente en escuelas públicas. Compositora, guitarrista y cantante de Camión, banda con la que editó dos discos: “Ciudades invisibles” y “Los Mares”; y Bazaar, proyecto audiovisual. Es parte del colectivo poético Las Pibas, con quienes desde 2012 organiza recitales de poesía, viaja y edita publicaciones artesanales, como “Mar” (2015), “Arcoiris”(2016) y “Cóctel” (2017). 
En octubre de 2016 publicó su primer libro de poemas: “Indicaciones para otra mudanza”. A éste le siguieron “Captura de pantalla” (Editorial Fantasma, 2017), “Punta Lara” (Editorial Mutanta, 2017) y “Manija” (Pixel Editora, 2017). Algunos de sus poemas aparecieron en fanzines colectivos, antologías y revistas. 


| Más de la autora |

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| sobre la autora |

Cuando Paz Bardi nació en 1993, cuando Capricornio estaba en los cielos. 
De pequeña dibujaba geometrías con lapicera mientras hablaba por teléfono. Es difícil todavía conectar estas formas con los cuadros que hace ahora. Tal vez el hecho de estar conectada y distante al mismo tiempo con la otra persona y que eso se transforme en una imagen sea lo único que tenga proyecciones. 
Paz vivió tres años en el viejo continente donde residió entre Toulouse, París y Berlin. Allí compartió espacios creativos con otros jóvenes artistas, participando en residencias y muestras colectivas. Experimentó con cuadernos de viaje y bandes dessinnées, que son comics, historietas, pero muy experimentales. Sin embargo, son básicas para contar cualquier historia.
“Si no fuese pintora sería escritora” confiesa hablando de sus excusas, del tiempo y el café en el cotidiano.  En el taller de Julio Alan Lepez, al que asiste desde hace varios años, además de pintar, intercambia lecturas con su maestro. Allí encontró un camino. 
De todos modos, la producción de obras fuera de este ámbito de formación es rica, ambiciosa y abundante.  El año pasado obtuvo la Mención Arte Joven, de la Fundación BanCor y su trabajo fue seleccionado en la Bienal Federal.
Las imágenes que conforman esta serie le fueron reveladas una noche, en una disco, mientras bailaba sola, entre sus amigos, que estaban en la misma que ella. De esa angustia salieron estos cuadros. En ellos están sus amigos.
Una de sus palabras favoritas en francés es pote, que significa algo parecido a amigo íntimo, compañero especial, compinche o compadre.
(Santiago Erausquin) 


| contacto |

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| Sobre la publicación |

Fanzine impreso con carácter de urgencia para ser distribuido en la vigilia del 13 de junio de 2018. SOMOS CENTELLEANTES #ArtistasPorElAbortoLegal fue compilado por Romina Gabriela Ávila Tosi, Fernanda López, Gaby Mena y María Raquel Resta. La ilustración de tapa es de Supermercado, el diseño y la diagramación de León Pereyra. Participan con texos: Gaby Mena, Romina Gabriela Ávila Tosi, Maria Raquel Resta, Natalia Lopez, Fernanda López, Salvadora Medina, Onrubia Natalia Bericat, Malena Saito, Fernanda García Lao, Carolina Bruck, Juli Troielli, Claudia Almada, Gabriela Clara Pignataro, Aldana Antoni Flor Codagnone, Silvina Gruppo, Patricia Maidana, Macarena Moraña, Patricia González López, Analía Medina, Acacia Biloba, Gladis Lopez Riquert.
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Tenía diecisiete cuando llegué a Córdoba. Mi hermano vivía ahí y me consiguió un departamentito en la Avenida Colón. No era un lujo, pero con el tiempo fui acomodándolo como pude, y con un par de boludeces de ferias americanas y compra-ventas le di otra cara al monoambiente que estaba bastante descuidado. Según dijo la mina de la inmobiliaria, habían vivido cuatro chicos que venían del norte del país (de Salta creo) a estudiar medicina supuestamente, y habían destruido casi por completo el departamento. Incluso todavía, en los azulejos floreados de la cocina, había una mancha negra gigante de esas que deja el fuego. Nos contó que parecía que habían vuelto un domingo a la mañana todos borrachos, y que se habían puesto a cocinar y se quedaron dormidos. Nos miramos con mi hermano y sonreímos porque una vez, en la casa de mi mamá, en nuestro pueblo, cuando él apenas tenía unos veintitrés, se había mandado la misma cagada.

De apoco se me fueron acomodando las cosas, y yo me acomodé a la vida de la ciudad. Al principio fue un bajón recorrer esas calles eternas, llenas de negocios, y gente, y todas las cosas en movimiento continuo, todo desconocido.

Por las tardes salía a caminar, trataba de memorizar los nombres de las calles según los carteles de las esquinas, la ubicación del supermercado de los chinos, la farmacia, algún negocio que otro, puntos de referencia para poder volver a mi “departamentito”.

Esa no era la peor parte: lo jodido de verdad era no equivocarme de colectivo. El de la serie A era el mío. Y bajar en la parada correcta; hacer ese viaje diario, a las ocho de la mañana a la empresita de diseño y publicidad gráfica. Yo no era ni soy diseñadora. Lo que hacía era más fácil, o más difícil, según cómo se vea: prestaba mi imagen, mi cara y cuerpo para fotografías de propagandas de jeans, cosméticos, perfumes, etc.

Cuando era chica, entre los diez y los doce, me gustaba mirarme desnuda en el espejo grande que tenía mi hermana mayor. Una especie de reconocimiento supongo, aunque nunca entendía del todo las partes de mi cuerpo. Creo que mi mejor amiga de esa época, Maia, me ayudó a entender que las tetas, la concha, igual que la boca o los ojos, y todo lo demás, están por una razón más que estética y visual. Jugando en la finca de su abuela, una siesta infernal de enero, y muertas de calor, Maia, que siempre fue tan ocurrente para inventar juegos o con qué pasar las horas, de la nada se paró frente a mi cara con las piernas abiertas y la pollerita subida del todo y me “ordenó” que le bajara la bombacha, que quería mostrarme algo. Podía haberme negado, pero sentí mucha curiosidad. Mai, con toda sinceridad, y seguramente mucho de ingenuidad por la edad, se abrió de par en par los labios rosados de su pequeña conchita y me preguntó: “¿Vos te mojás? ¿Viste que si te tocás un poquito acá es como si te hicieras pis? Mi asombro fue total, no tenía ni idea, y sentí simultáneamente la boca seca y que se me aceleraba el corazón. “¿Te pasó?” volvió a preguntarme, y como no quería quedar como tonta, le dije “sí, obvio”, aunque era mentira. Entonces ella, con un tono desafiante, me dijo “¿a ver?”. No sé si fue una orden o qué, pero nuevamente no me negué, y así accedí a su jueguito. Me bajé los pantalones y la bombacha (la mía era rosada), hice lo mismo que ella, y con las piernas abiertas me paré frente a su cara y empecé a jugar con los dedos. “¿Te mojaste?” me preguntó. A mí me pareció un poco inquietante, lo cierto es que no me había mojado, no dejaba de pensar en la vergüenza que sentía.

Mai, decidida siempre, se acercó y me dijo: “Lo estás haciendo mal”, “Así tenés que hacer para mojarte, tonta”, entonces sentí que entre mis piernas se deslizaban sus manos suaves y delicadas. Mi conchita se mojó a montones. “¿Te gusta?” sonó su voz, casi un susurro en mi oído, y mientras me tocaba despacito se frotaba contra mi cuerpo, yo podía sentirla toda “¡Nos mojamos las dos!” dijo fascinada. “Ahora tocame más” pidió mandona, así que metí mi mano entre sus piernas. Tenía la conchita toda caliente y resbalosa, y yo empecé a frotarme como ella que de repente hacía sonidos raros. Eran gemiditos (eso lo supe mucho después). Igual, sin saber bien lo que hacía, estaba segura: mi primera calentura fue con una mujer.

En la ciudad ya me manejaba canchera. Iba y venía para todos lados con total naturalidad. Costó al principio, pero lo logré. Y también ya me había hecho de conocidos por el trabajo, del barrio, y con eso, una que otra relación de entre noche, nada serio, lo normal. Normal hasta que de tanto subir y bajar por un mismo ascensor y de cruzar “holas y chaus”, me hice medio conocida de Micaela, una loca linda que estudiaba arte. Vivía en el mismo edificio, a dos departamentos del mío. Un domingo muy temprano me sorprendió golpeando en mi depto. No me acuerdo bien la hora, pero seguro todavía no eran las nueve. Fueron tres toques, después tres más, y más fuertes. La insistencia me hizo pegar un salto de la cama y fui a atender súper dormida. En el camino hasta la puerta me tropecé con un perchero y le di una patada a una mesita ratona que todavía me duele. Abrí la puerta media encorvada por el dolor en el dedo del pie. “Uy… ¿Estabas dormida? Disculpá… Venía a ver si no tenías un poco de azúcar que me quede sin y el kiosco de Carlos todavía no abre. ¡Me muero por unos mates!” Entre el sueño, el dolor en el pie, y su verborragia, ni me acuerdo qué le contesté, pero se ve que le entendí porque fui adentro y volví con un paquete de azúcar. Durante esa semana no la volví a ver. No la crucé en el ascensor ni en el pasillo, ni en la puerta, lugares en los que siempre coincidíamos. Pero el viernes a la nochecita, al rato de llegar del laburo, volvió a sonar la puerta. Era Micaela. Entre las manos tenía un paquete de azúcar.

Me adelante a su suicidio verbal diciendo que no hacía falta, que no se hubiera molestado, y todos esos convencionalismos que se dicen en estos casos. “No, esta es para compartir los mates de ahora” me largó como si nada.

Y yo, sorprendida de mí misma: “¿Tu casa o la mía?” “Hoy tu casa, mañana la mía” sonrió y entró pidiendo permiso.

Hacía mucho que no tomaba tantos mates. También es cierto que tomar sola es aburrido, y a mí me da fiaca, así que por lo general optaba por un té o café. Mate va, mate viene, me contó un poco de su vida. Estaba en segundo año de Arte en la Universidad Nacional. Tenía quilombos con sus viejos que según ella eran unos “trogloditas”. Todos abogados, conservadores y fachos. El hermano también. Ella le decía “el botón”.

A los dieciséis se fue de la casa. Vivió con siete personas en una pensión de morondanga. “Había que sacar número para usar el baño” decía. “Si me preguntás, vi de todo y no me arrepiento de nada” contaba entre risas y se mordía los labios.

Se acabaron los mates, pero no la charla que iba por la parte en que me tocaba responder un interrogatorio exhaustivo de mi vida: lugar y fecha de nacimiento, familia, amigos, parejas, estudio, trabajo, etc, etc, etc. Después la conversación se hizo más existencial o “profunda”. Ella habló sobre lo triste que le parecía no trascender en lo que hicieras, sobre sus miedos, sobre la muerte, en la muerte absurda o entre desconocidos. “Me aterra la idea de poder morirme en la calle, a la hora pico, rodeada de gente que va y viene, que son como fantasmas. Que me atropelle un auto —ponele— cuando esté cruzando la avenida, a la tardecita, cuando el sol se empieza a morir también, y el aire está lleno de olores: las garrapiñadas, el algodón de azúcar de los vendedores ambulantes, la transpiración de la gente, el humo de los caños de escape, el olor a grasa quemada de los colectivos, perfumes frutales empalagosísimos, las cloacas en las calles rotas; desaparecer en el centro de la ciudad como si te perdieras en el fondo del mar, con todos los ruidos ahogándote, anulándote, formando una bisagra entre vos y la vida, y todo lo vivo; morirte así, siendo nada, nadie, uno más o uno menos, un perfecto desconocido, ni un rostro familiar, ni una cara conocida… Me aterra…es horrible” Esto me lo fue contando mientras nos íbamos sentando en un sillón que tenía frente al ventanal que daba al balcón del departamento. Por un rato, cuando terminó, nos quedamos en silencio, y ella parecía un poco triste. Ahí nomás le conté un chiste, una boludez que a veces mi papá me mandaba por sms. Se río y el momento de gravedad pasó.

“¿Por qué la gente estereotipa todo? Eso es como estar limitándose todo el tiempo ¿o no?” trataba de filosofar, pero se notaba que era una pregunta de esas que uno hace para tantear algo, y la verdad es que aunque intuía por dónde venía la cosa, me quedé muda. Eso me hizo acordar a cuando Maia, de chiquitas, me apuró a ver si me mojaba. “Los besos, por ejemplo, no tendrían que estar limitados…” explicaba Micaela. “Si en este momento te doy un beso ¿a vos no te pasa nada, no sentís nada?” Otra vez me apuraban. Pero esta vez fui decidida y no dudé: “Sí, obvio, si vos me besas claro que voy a sentir algo”. Me di cuenta que esperaba esa respuesta. Se acercó y me dio un beso suave. Después una mirada intensa, una sonrisa de picardía y otro beso largo, profundo y húmedo al que respondí con más intensidad.

¡Qué calor! De repente hacía muchísimo calor, como si desde su boquita roja saliera el aire vaporoso y denso de una calefacción puesta al máximo. Me incendiaba de adentro hacia afuera. Intuí que Micaela sabía lo que generaba en mí, y por eso se reía y volvía a ahogarme en sus besos ardientes y a la vez mojados, con gusto a manzana deliciosa. “¿Te puse incomoda? Estás re colorada…” me preguntó con una voz dulce y suave como una canción de Portishead. Me encantó su manera tan cuidadosa, aunque me sentí súper expuesta. ¡Estás re colorada! Podría haber obviado el color de mi cara que nada tenía que ver con la incomodidad o la vergüenza, así que ni lenta ni perezosa le tiré para joderla: “Es el calentamiento global bonita…pero incómoda por vos no ¡tengo el control remoto clavado en el orto hace una hora!” Casi nos meamos de la risa. “¿Y qué onda con el calentamiento? Si es global debe incluir varias zonas…” dijo mientras me escaneaba entera con la mirada”. “Y… varias zonas están afectadas… pero hay una que si te fijás bien está en alerta roja…” se lo dije de una para que no le quedaran dudas.

Me partió la boca de un beso, pero de esos que no dejan lugar a dudas, y saltamos del sillón como resortes para apoyarnos en la ventana que daba al balcón. Estábamos como pegadas, entrelazadas, un revoltijo de bocas, lenguas, piernas, brazos, manos, dedos; un remolino o una calesita fuera de eje; dos bailarinas de una cajita musical… y fuimos girando contra las paredes, entre las sillas, la mesa, ensimismadas en nuestro vals, hasta el pie de la escalera caracol.

“¿Estás segura…vos querés…digo…querés…?”. Me hablaba entrecortado, no podía terminar las frases. ¿Se había puesto nerviosa? No sé si era eso, la agitación o la falta de aire, pero algo le había complicado la cabeza. ¿Y la fluidez con la que me habló de tantas cosas? Las palabras parecían esfumársele de la boca. No respondí a ninguna de sus semi preguntas, o tal vez sí, de alguna forma. Y porque estaba tan hermosa con su torpeza oral, la agarré de la mano para guiarla en el ascenso, y ella sonrió y me mordió la boca. Después me agarró por la cintura y así me pegó bien a su cuerpo. Yo temblé cuando me apretó la cola en el tercer escalón, me di vuelta y le comí la boca. Con cada paso el franeleo se intensificaba, y cuando llegamos a la pieza ya tenía la bombacha hecha sopa.

“Sentate en la cama” dijo mientras se desabrochaba el jean bien frente a mi cara. Se acercó despacito y con la mano en mi pecho me empujó y caí de espaldas, entregada. “Recuperó del todo la fluidez” pensé entonces, pero de un chupón en el cuello me sacó de mi cabeza. Me recorría con la lengua como si fuera un helado mientras me sacaba la ropa de a poco. Mi vestidito amarillo voló como el canario de mi abuela al que una vez jugando, cuando tenía cinco, le abrí la jaula. Quedé con mi corpiño, y mi bombachita empapada, y mi respiración entrecortada, esperando de nuevo la boca suave, la lengua tibia e inquieta. Y las dos vinieron de golpe. A mi boca, a mis hombros, a mi panza, a mis brazos y mis piernas. “¡Chupame las tetas!” le rogué, y Micaela me arrancó el corpiño y enseguida empezó a jugar con mis pezones. Tenía la lengua caliente, así la sentí cuando ya tenía mis tetas en la boca. Yo gemía y sentía que me escurría lava entre las piernas. Ahí se fue a posar su mano derecha, la más hábil; ahí se dio cuenta: “¡Te mojaste toda mi vida!” dijo, y en la voz se le notaba sed, o hambre, o las dos cosas. Abandonó mi pecho y se bajó directo a correrme la tanguita a un lado para darme apenas unos besitos tímidos, apenas tres o cuatro. Me bajó la bombacha, acarició mis muslos y me pidió que me abriera toda, “como una flor” dijo. Yo quería ser su flor. Una dalia o una amapola, un alhelí o una simple rosa. Quería ser la reina puta de la primavera, la más trolita, perfumada y radiante del jardín. Por eso me abrí, y me abrí, y me abrí; por eso ella me chupó, y me lamió, y me mordió.

Mi cuerpo y el suyo se estremecían. De su conchita salía calor, perfume a calentura de mujer caliente. Sabía que era el momento de tocarla, así que puse mis manos entre sus piernas y con la punta de los dedos le acaricie la conchita. Sentí su humedad (ella también estaba re mojada). ¡Mar chiquita entre las piernas tenía! Y me fui hasta abajo para volverla loca. Empecé a jugar con su argollita sin sacarle la bombacha. Yo quería que me pidiera a gritos “que le coma la concha, que no se aguantaba más”, y de tanta mano y tanto dedo empezó a tirar de las sábanas, a encorvar la espalda y contorsionarse como una serpiente histérica. “Está en alerta roja” pensé, y dupliqué mis caricias: el golpe de gracia. Ahora sí, lo que yo quería: “¡Sacame la bombacha, quiero sentir tu boca, quiero acabarme en tu boca!” Y yo me volví loca, y más aún cuando se paró en la cama para sentarse en mi cara con las piernas abiertas. Mi lengua se fundió en sus labios ya más rojos que rosados, y como un temblor de verano, sentí un sacudón en su cuerpo. La concha latía como el corazón de un animalito asustado. “Ese fue el orgasmo más grande de mi vida” me dijo después (pero no le creí), cuando terminamos rendidas, acabadas entre las sábanas, transpiradas, una encima de la otra.

Fue natural, “pura intuición”, respondí a su pregunta de “cómo sabía lo que tenía que hacer, si no había estado con alguna otra mujer”. Y es que no somos un mapa de recorrido riguroso. Si sos mujer sabés qué te gusta y qué no, cuáles son las cosas que te vuelan la cabeza, las que te joden, las que ni fu ni fa.

No somos todas iguales, cogemos diferente pero parecido, y nos definimos de distintas formas. Micaela se autodefinía como una “open mind” por eso estaba con tipos o con minas. Yo nunca me autodefiní. A lo mejor porque tampoco pensé demasiado en como vivía mi sexualidad. Tuve novios, amigos con derecho, transas, algún ex, etc, etc. ¿Y mujeres? Maia fue mi amiga de la infancia, y aunque jugamos dos o tres veces a toquetearnos, no pasó de eso. Después jugamos, pero a otras cosas, hasta que nos hicimos grandes y ella se fue a otra ciudad con su novio de siempre. Fue una amiguita de la infancia, pero Micaela, fue mi primera mujer.
(Un día Mai me va a preguntar sobre esto y yo le voy a mentir.)


2 comentarios


con sentimiento
y consentimiento

casi puedo 
escucharte gritar
desde mi lugar
en la habitación

no alcanzan 
las metáforas
para exponer
este momento
perdido

no hay contraseñas
para liberar
este cuerpo
sumiso

no alcanzan
las embestidas
para calmar
este deseo
hostil

para sanar
este calor
vencido

para recuperar
esta escena 
perdida

casi puedo
vernos acabar tarde
aconteciendo

.

el miedo
corrido
el placer
entrando

la salida
abriendo formas

somos ritmo
sin rima

fondo blanco
detalle negro

.

invitación velada:
repitamos
esa noche
que todavía
no nos dimos

el deseo 
no se elige
se erige

probarnos 
hasta ponernos
y colmarnos

entre lo dicho
y lo puesto
hay demasiada ropa

.

entre líneas
nos leemos
entre escombros
nos lamemos
entre encajes
nos perdemos

.

pasarte poemas
es como
pasarte la lengua 

.

nos cogemos 
los límites

nos cogemos
en los límites

.

cierro el poema
y cierro los ojos

abro
todo lo demás

.

instrucciones 
para coger:
abre tu oscuridad
y enciéndete





| sobre el autor |

Enzo Campos Córdoba, poeta y heladero, editor en Ludwig Ediciones.

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