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Uno sabe dónde debe estar
             como el mar
estás   aquí 
       y luego allá
te acercas      te alejas
               abrazas
        y sueltas
creces como el mar
que empezó 
como una persona
sola
... 

El nuevo cielo
Este poema es un cielo
para que puedan vivir aquí después de morir
con todo mi cariño
si son ateos y no saben a dónde ir
si son cristianos y los estafaron con su terreno
si viven al día y no hicieron ningún arreglo
regresen Aquí
Aquí conocerán a sus bisabuelos
celebrarán reencuentro con todos sus perros
además, encontrarán a los famosos que les gustan en su mejor momento
en el plano físico
Aquí Marc Bolan es amigo de Mónica Santa María y cantan canciones
infantiles
con la niña de El aro que es linda y dulce
porque encontró al fin el lugar idóneo para descansar en paz
A Carl Sagan le gusta pasar la tarde sentado
observando a Madame Blavatsky
Lord Byron trata de seducirlos siempre
Lxs desconocidxs como nosotrxs somos felices también
Hay puestos de snacks atendidos por niños
porque Aquí no es mal visto que trabajen
y no tienen que ir a la escuela
Los menores están contentos trabajando
incluso la niña del aro
como ya se mencionó
su nombre es Samara, vende cigarrillos y mezcal
La dama de Cao se sigue tatuando y tatúa también a otros
El soldado desconocido hace bailes exóticos a veces
se quita hasta la última prenda y es gratis de ver
El cielo es celeste por lo general
solo descansa un día a la semana
entonces lo cubre otro color
el que se ofrezca de forma voluntaria
Aquí nadie está obligado a nada
Este cielo que diseñé para ustedes con ayuda de los mejores urbanistas
es risueño
también puse un dios por si las moscas
en un lugar discreto
para que jueguen a encontrarlo
en este simulacro de eternidad de sesenta y cuatro líneas abiertas para
todxs sin distinción
Selena busca a dios en los detalles
Frankie Ruiz y Amy Winehouse en las drogas duras
Severo Sarduy, el verdadero Paul Mccartney, Eduardo Chirinos, la oveja
Dolly, Baba Vanga
De pronto todos los muertos se han puesto a buscarlo y se ha producido
un silencio que en el hemisferio terrenal es puro vaporwave
Están como locos revolviendo el diseño
como si hubiera un premio
Pero si ya estamos en el cielo
Y dale con eso!
No valoran mi trabajo me resiento
Al menos lo notan y me abrazan me dan besos
Ya todo está bien ya estoy bien ya estoy bien!
Vamos juntxs a enchular este buen cielo nuestro
vamos a agregar unos cuantos cíclopes por aquí y caballitos de mar
luces de navidad una gran piscina de agua de pepino con limón
tiendas de accesorios para nudistas
perros peludos que se desempeñan como nubes rápidas
barcos lejanos que avanzan en nuestra dirección
Y así podemos seguir por siempre
construyendo el paraíso con nuestros caprichos
con nuestros fetiches nuestros amores nuestros vicios
Qué suerte
Los esperamos entonces
No tarden mucho
Separen la página
Aquí estaremos

... 

*SPOILER*

Por lo que hemos podido observar hasta ahora, 
la última escena del fin del mundo 
será la humanidad aplaudiéndose a sí misma.


| sobre la autora | 


Tilsa Otta Vildoso (Lima, 1982) ha publicado los poemarios “Mi niña veneno en el jardín de las baladas del recuerdo” (2004), “Indivisible” (2007), “Antimateria. Gran acelerador de poemas” (2014, 2015, 2016) y “La vida ya superó a la escritura” (2019). Además del libro de cuentos “Un ejemplar extraño” y el cómic "VA", en co autoría con Rita Ponce de León. El año pasado presentó su primer libro de poemas para niños “Ideario. Ejercicios para imaginar y soñar”. A veces comparte talleres de creación poética. Estudió Dirección de cine y ha realizado alrededor de veinte obras audiovisuales. Más info y magia blanca en www.tilsaotta.com
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Entrevista a Susy Delgado, escritora paraguaya, ganadora del premio Nacional de literatura de Paraguay.

por Mario Castells


¿Cómo surgió la pulsión de escribir en guaraní? Sabemos que es el idioma mayoritario del Paraguay y que vos, aunque nacida en el conurbano asunceño, en San Lorenzo si mal no recuerdo, provenís de una familia de origen campesino. Pero tus primeros libros editados son en castellano. Uno me encantó, me construyó una imagen muy fuerte tuya de poeta mayor, con voz propia y castiza y una lírica erótica muy particular. Hablo del primero Algún extraviado temblor. Debo decir que tardé mucho en leer tus poemas en guaraní. Tesarái mboyve es una delicia nostálgica, un dolor dulce. Lo mismo que Tataypýpe. Entonces, mi pregunta es, reformulo, ¿cómo surgió y cómo coexistieron en vos esa destreza ambidiestra con ambas lenguas mayoritarias del Paraguay?

S – Hay una pequeña confusión respecto de mi infancia; como nací en San Lorenzo, alguna gente cree que crecí allí. Solo nací en San Lorenzo y mi infancia transcurrió en una compañía de Capiatá, Yataity, donde mis abuelitos tenían su pequeña chacra. Fue una infancia plenamente campesina, donde todo se vivía en guaraní, de modo que mi lengua materna fue esta. Pero naturalmente, me ocurrió lo que a toda la gente de mi generación y de la siguiente: que fui alfabetizada en castellano, por lo cual era natural que empezara a escribir en esta lengua. Yo empecé a borronear mis primeros poemas y cuentitos en los años de la adolescencia y cuando me atreví a publicar mi primer libro, teniendo 34 años, ya tenía montañas de papeles escritos. Mis inicios en la escritura en guaraní se dieron en forma fortuita, por un hecho que nunca olvidaré. Antes tengo que decir que en aquellos años yo tenía un respeto tal vez mal entendido hacia mi lengua materna y pensaba que me sería muy difícil escribir con ella. Pero un  día, trabajando en una empresa publicitaria en la que yo hacía mis primeras experiencias como creadora de textos publicitarios, me pidieron un libreto radial para el popular dúo cómico Los Compadres, en guaraní. Y esa experiencia constituyó el gran hallazgo para mí. Descubrí que no era imposible escribir en mi lengua materna, enloquecí de placer y me lancé a buscar libros que me ayudaran a mejorar los rudimentos de la escritura. 
Desde entonces, coexistieron en mi creación como dos territorios bien diferenciados, mis dos lenguas; durante muchos años ellas no se mezclaron, seguramente porque había mamado ese fuerte prejuicio que existía contra el jopara… Hasta que mis reflexiones y lecturas sobre la lengua me llevaron a un pensamiento nuevo: que si mis lenguas se mezclaban permanentemente en mi vida cotidiana, como escritora yo debía asumir esa realidad y expresarla en mis textos. Y tenía que atreverme al desafío de intentar una estética con esa mezcla. Entonces fue que empecé a experimentar con la mezcla en mis poemas… La lengua se había convertido en un tema central entre mis preocupaciones y mis textos, con sus postergaciones y sus desafíos. 

Ligada a esta experiencia aparece una más del religamiento poético guaraní castellano de tu poesía, la traducción. Me interesa saber qué mecanismos intervienen en ella. O mejor aún, si acaso la traducción, más que meta-reflexión, no es puerta para la propia escritura. Ese cruce de lenguas es como un delta que propicia muchas posibilidades para la creación. Y como ya lo dijo Meschonic en toda escritura subyace un ejercicio de traducción. Me gustaría que dialogáramos sobre este fenómeno que puede ser un regalo para nuestra cultura y que muchos ven como un problema. El problema de los guaraniólogos que traducen es que no conocen bien el castellano. Y eso empobrece la traducción. No es tu caso.

S – A mí, desde mis inicios con la escritura en guaraní, me pareció necesaria la traducción al castellano, como un puente hacia los lectores que no saben o tienen dificultades con la lectura del guaraní. Y empecé a traducir mis propios textos con el atrevimiento de mi ignorancia, porque yo no sabía nada de traducciones. Sigo sin saber mucho, pero en estos años he accedido a lecturas sobre el tema, a las opiniones de algunos maestros…, creo que el buceo apasionado en estas aguas me llevó a entender algunas claves de la traducción, que se convirtió en otro tema importante de mis búsquedas. Y en ese tren de reflexiones, hoy creo efectivamente que en la propia escritura hay un acto de traducción, y que en toda traducción hay un acto de creación. 
Pero a mí me ocurrió que durante muchos años fui la única que traducía sus textos y los presentaba en libros bilingües; mis compañeros poetas de lengua guaraní en su mayoría se manifestaban reacios a la idea de traducir sus textos. Eso fue cambiando lentamente y no sé si tengo algo de “culpa” en ello, porque en cierto momento yo empecé a pedirles que me dejaran traducir sus textos. Empecé a ver también la necesidad de antologías bilingües y me lancé a su elaboración. Hoy es habitual que los poemarios escritos originalmente en guaraní aparezcan bilingües, aunque todavía vemos alguno que prefiere prescindir de la traducción. 
Personalmente, el pensamiento de que la traducción es muy necesaria para una lengua como el guaraní, se me fue afirmando con los años; gracias a las traducciones existentes, aunque estas sean escasas, la palabra guaraní ha podido llegar a ciertos sectores interesados en su caudal cultural, aunque sea en ecos que arrastran algo de sus sonoridades profundas. Exige un conocimiento y una técnica, igual que la creación del texto original, pero es un desafío que debemos enfrentar, a mi parecer. 

Quisiera hacer un poco de historización y preguntarte sobre el contexto en el cual surge tu voz lírica. Que vos misma nos cuentes sobre tus contextos, tu devenir poético. Los grupos, instituciones culturales, polémicas e influencias generacionales que formatearon tus libros. Así mismo, que nos cuentes tus vínculos con la tradición literaria del guaraní (aquí podemos inclusive tratar sobre tu labor como crítica y antologadora) y las influencias de la literatura universal.  

S – Desde pequeña yo he sido poco gregaria, muy celosa de mi independencia para las decisiones y elecciones importantes de la vida. Aunque los años me enseñarían que en realidad, dependemos profundamente de muchas condiciones, relaciones, etc. El grupo que podría rescatar en mi camino de escritora es el del Taller Ortiz Guerrero, que conocí en los primeros años de los 80, cuando el mismo ya llevaba varios años de reuniones y búsquedas. Era un grupo muy diverso, nuestras voces eran diferentes, pero tal vez nos unía el aire enrarecido que imponía la dictadura a las expresiones como la literatura, la necesidad de crear una atmósfera aunque sea precaria para lo que nos gustaba. Teníamos un compañero preso y los pyrague merodeaban por ahí cerca… Y a ese grupo cayeron varios poetas que escribían en guaraní, poetas que marcaron una manera distinta de encarar la poesía, ya que se lanzaron al verso libre y a la exhibición de sus textos en copias de papel con los que subían a los escenarios de los festivales populares…, algo que mereció burlas al principio. Eran años paradójicos, porque parecía que el aire enrarecido hubiera surtido el efecto de un estímulo, y la actividad de los poetas era intensa, ofreciendo frecuentes recitales no solo en los sitios “naturales” para ese tipo de propuestas, sino también en lugares como la Facultad de Ingeniería, en la de Medicina, etc. Disuelto el grupo del Ortiz Guerrero, yo no volví a integrar grupo alguno, a lo sumo tuve amigos escritores más cercanos que otros. La suerte quiso que fuera conociendo algunos escritores importantes que se constituyeron en modelos y guías para mí, como Oscar Ferreiro y su esposa Ana Iris Chaves, cuyos hijos iban al mismo colegio que mi hermana y yo… Años más tarde, con esa osadía que un buen día se sacan del bolsillo los tímidos, yo me atreví a mostrarles mis poemas a Roa Bastos y a Bareiro Saguier, con tan buena acogida que el primero me regaló una larguísima carta que hasta hoy me asombra, en la que me hablaba mucho de la poesía y señalaba atributos en aquellos textos que yo le confié con mucho pudor y temor… Bareiro hizo algo similar, con palabras muy generosas, y mi primer libro nació entonces avalado por estos grandes maestros. 

En cuanto a las influencias que yo creo haber tenido como escritora, cuando me preguntan por ellas yo suelo recordar en primer lugar a mi abuelo, que era un gran contador de cuentos. Mi abuelo, campesino agricultor de muy escasa formación, tenía el hábito de contarnos cuentos junto al fuego, a mi hermana y a mí, en la pequeña y cenicienta cocina campesina. Eran cuentos de esos personajes de la mitología popular como el luisón, el póra, el mala visión… Yo siento que en aquel rito cotidiano pleno de magia estuvo la primera semilla que con el tiempo me llevaría a mí a cultivar la palabra de otro modo. Pensando en otras figuras además de la de mi abuelo, yo soy mala para analizar las huellas que hayan impreso en mi escritura determinados autores; solo sé decir que me sentí hondamente marcada por Rulfo, por ejemplo. La literatura de Rulfo me impactó como una de las pinturas más profundas de los pueblos latinoamericanos, con su lenguaje poético estremecedor. En cuanto a los nuestros, me sentí marcada por Roa y por Hérib. He leído un poco de todo, pero tengo la cabeza muy reacia al orden y una memoria tan anárquica que solo guarda fragmentos disconexos… Sobre todo, leí y leo mucha poesía y me impactaron profundamente algunas poetas mujeres como Olga Orozco y Blanca Wietuchter y algunos varones como Pacheco… Y para ir al terreno de la palabra guaraní, el Ayvu Rapyta caló profundamente en mi sensibilidad, al punto que le dediqué una humilde declaración de discípula en mi libro Ayvu membyre. Pero solo los que saben analizar estas cosas dirán si llevo algo de estas voces… 
No me considero una crítica, pero sí una buceadora apasionada de ciertas literaturas, como la escrita en guaraní. Y en algún momento de ese buceo, llevada por la reflexión de que nuestra literatura necesita mecanismos e instrumentos de difusión, nació en mí otra de mis vocaciones fuertes: la de hacer antologías. Y en ellas encontré también un cauce para las traducciones y las ediciones bilingües. Los talleres que di en el interior del país en los últimos años me aportaron, por cierto, un material que no estaba en los libros o estaba en una ínfima cantidad: la poesía de las voces postergadas, la mayoría de las cuales se expresa en guaraní, una cantera riquísima, que a mí se me mostró como un desafío… 

Magnitud y significado del Ayvu Rapyta. Hay un libro que no casualmente refiere al sonido, al bastón rítmico, emblema de la mujer en la cultura guaraní tribal. Ogue jave takuapu. Es un libro bellísimo. ¿Cómo incidió en tu poética la cosmogonía de nuestras culturas originarias? ¿Cómo creés que incide en la mayoría de los poetas paraguayos de tu generación?

S – Sí, creo que incidieron en mi poesía el Ayvu Rapyta y los cantos míticos, pero reitero, no me siento capaz de viviseccionar esas huellas y darles una lectura seria. En cuanto a su influencia en mis compañeros poetas de lengua guaraní, yo la he buscado con la sencilla lectura poética que puedo darles y encontré que todos muestran esas huellas en su poesía, especialmente en la apelación a la palabra-alma, valor central de nuestros ancestros guaraníes. Encontré efectivamente huellas de su cosmogonía, así como de los grandes valores de la cultura guaraní, como el de la naturaleza. Yo he tenido que escribir algunas ponencias sobre estos temas, respondiendo a invitaciones de algunos encuentros, pero considero que estos trabajos son aproximaciones sensibles sencillas a estos temas. Eso sí, son temas que me apasionan. 

Una cuestión muy interesante de tu labor creativa ha sido vincularte con grandes intelectuales y estudiosos del guaraní y la cultura paraguaya en general. Entre ellos, muchos extranjeros, a los que reverenciamos juntos. ¿Qué le aportaron ellos, y me refiero a Bartomeu Melià, a Wolf Lustig, a Tracy Lewis, a Capucine Boidin, a los traductores de tus libros a otras lenguas, a tu propia mirada del Paraguay y a tu propia perspectiva de la poesía? 

S – Han sido un regalo impagable de la vida, porque todos han sido muy generosos conmigo. Creo que el gran interés que ellos tienen hacia el Paraguay y el guaraní hizo que un día descubrieran los balbuceos poéticos de Susy Delgado y que su gran generosidad me adjudicó virtudes que, ojalá yo pueda honrar mínimamente alguna vez. Cuando un día yo me atreví a escribirle a Wolf Lustig, él me respondió con un hermoso mensaje íntegramente escrito en guaraní y me comentó que ya estaba traduciendo mis poemas… En primer lugar, aquellos que me dedicaron estudios, me ayudaron a ver lo que yo escribía sin saberlo, y entender mi propia escritura. Y en cuanto a las traducciones, yo nunca tuve que pagar ninguna, las que se realizaron sobre mis libros, en todos los casos fueron regalos inesperados. Extraordinarios, premios maravillosos de la vida, que además sumaron lo suyo a esas reflexiones mías sobre la poesía y la traducción. 

En tus últimos libros, como alguna vez te dije, se propicia un uso del lenguaje que caractericé con la metáfora del chicharö trenzado. No es ese uso, totalmente reconocible, del estilo emilianore que pareaba versos en castellano y en guaraní o fusionándolos. Sino que uno entiende perfectamente que la voz dominante es la que propone la lengua utilizada. Una lírica que a su vez problematiza, borra casi, los límites entre la escritura y la traducción. 

S – Pienso que esta pregunta está respondida con lo dicho más arriba. Respecto de lo último que decís, sí, en efecto, en este camino de asumir la mezcla de mis lenguas, mezcla que a veces es diálogo, complicidad, vecindad tensa o pelea, voy descubriendo los pliegues ocultos de esa compleja convivencia, en la que se borran las fronteras, como se borran los pruritos, por suerte… 

El Premio Nacional de Literatura fue un lauro absolutamente justo a una trayectoria que se defiende por sí misma, a la prepotencia de trabajo (algo no muy usual en el campo cultural paraguayo) tuya y a ese libro, particular gema llamada Yvytu yma. Has tenido una relación compleja con el poder cultural y con el Estado (sos trabajadora de la Secretaria de Cultura de la Nación) y el campo cultural (aunque fuiste periodista e hiciste una revista autogestiva también). En ese último caso, quisiera saber tus opiniones en materia de políticas lingüísticas y promoción de la lengua y la cultura guaraní. Me gustaría saber que podés decirnos de estos sectores que son imprescindibles en el Paraguay y en muchos otros países donde no hay mercado editorial y la autonomía del artista no es un hecho factible, sin grandes proyectos culturales, con un mercado editorial muy chiquito, donde la universidad no gravita, no tiene peso para canonizar, para generar una fuerte incidencia en la literatura y sin políticas estatales de promoción de la cultura.  

S – Mi rol dentro de la Secretaría Nacional de Cultura es modesto, bien delimitado a ciertos temas, y salvo un tropezón que tuve durante el gobierno liberal, he venido trabajando sin problemas, e incluso pude realizar algunos proyectos importantes para mi  valoración, como los talleres literarios en el interior del país. 
En el terreno de las políticas lingüísticas, se ha avanzado mucho, mirando la situación en que estábamos hace 2 o 3 décadas. La conquista de la Ley de Lenguas en el 2010, que costó 20 años de dura lucha, fue muy importante porque permitió la creación de otras herramientas que hoy van abriendo camino a una mayor dignificación de la lengua: la Secretaría de Políticas Lingüísticas y la Academia de la Lengua Guaraní. La primera cumple una labor heroica, con un presupuesto magro que se contrapesa con un equipo de gente admirable, que con su actitud militante va logrando la ansiada presencia del guaraní no solo en las instituciones estatales, sino en todos los espacios de la vida social. La Academia hace lo propio, avanzando en la construcción de los instrumentos normativos como la Gramática, el Diccionario oficial, etc. Por supuesto que hay problemas y polémicas de por medio, como es natural en este tipo de procesos, y por supuesto que a los guaranistas nos gustaría caminar un poco más rápido, pero creo que hemos avanzado y estamos avanzando. 
Respecto del problema relacionado al mercado editorial pequeño y a la falta de mejores políticas de promoción del libro y la literatura, te cuento que estamos embarcados en un anteproyecto de Ley del Libro que esperamos, responda a la amplia y compleja problemática que afecta a este sector. Es un anteproyecto que lleva discutiéndose varios años, en una Mesa Técnica que reunió a todos los gremios y entidades relacionadas con el tema, y que por fin parece estar en su etapa decisiva. Se ha tratado de diseñar una ley amplia e inclusiva, que rescate y defienda los derechos de los sectores que no suelen estar en primera fila, incorporando por ejemplo una clara perspectiva lingüística y mecanismos de defensa de los autores. Tenemos mucha esperanza en que logremos la promulgación de esta ley, este año. 

Es clara tu perspectiva de género en tu poesía. Se patentiza en el mismo origen, con Aquel extraviado… y hasta tus últimos libros. Queríamos hablar de ello y de la lucha feminista que tiene sus manifestaciones en Paraguay, aun cuando tratamos, quizás, del país más machista y homofóbico de la región. Me imagino que tu condición de mujer te ha traído más de un problema en los espacios de gestión cultural, de políticas culturales y en el Estado. ¿Podemos hablar algo de esto?

S -  Yo creo haber sido feminista antes de que se hablara de feminismo en Paraguay, sin jactancia alguna, no sabía que lo era y por otro lado, soy reacia a los “ismos”, pero era y soy feminista a mi modo, porque mamé los problemas de la mujer desde mi infancia. Mi modestísima trinchera es la de la escritura, con la que no voy a cambiar el mundo, pero en la que no puedo dejar de decir lo que veo y siento. Sí, he tenido algún problema que adjudico a mi condición de mujer, no precisamente en el terreno de mi gestión cultural, sino en el personal. Yo creo que las raíces autoritarias que llevamos hombres y mujeres en Paraguay son tan profundas y complejas, que mostramos cotidianamente una verdadera feria de acosos, presiones y discriminaciones que pueden llegar a conductas terribles. Pero es también en el terreno personal en que una encuentra la diferencia consoladora, con la gente que se atreve a sacudir esas raíces profundas y enfermas y trata de darle sentido a la expresión “ser humano”. 

Sabemos que no es un proceso reciente, pero en estos últimos tiempos has acometido la traducción de grandes poetas en lengua castellana al guaraní. Es sumamente interesante lo que acontece cuando leemos a San Juan de la Cruz en guaraní. Contanos esa experiencia y cómo continúa. 

S – Creo que es la continuidad natural de ese camino que empecé traduciendo mis propios poemas… Un buen día me dije: ¿Y si traduzco a Roa al guaraní? Fue un gran atrevimiento, tal vez el mayor que haré como traductora, pero también tuvo el sentido de intentar saldar una deuda que yo tenía con él… De España ya me han pedido traducciones sueltas de importantes poetas, de Chile me llegó un día una propuesta de traducir a Gabriela Mistral, y a esas figuras voy agregando yo misma otras, porque ya me ha ganado por completo esta pasión del “ñe’ëmoambue”, “ñe’ëmbohasa”, “ñe’ëasa” o como se le llame… Todo intento de escritura es una traducción. Quién sabe, tal vez toda acción humana lo sea… 

Así como tu poesía es joven, vemos eso mismo en tu vida. ¿Qué nos depara la poesía de Susy Delgado en el futuro inmediato? Has escrito poesía, periodismo, crítica. ¿Narrativa?

S – La que ya no es tan joven es la autora y eso la pone cada vez más ansiosa a esta señora, porque tiene la cabeza llena de proyectos. Respecto de tu pregunta, hice un poquito de narrativa, pero creo que mi capuera natural es la poesía, lo que no quiere decir que sea una gran poeta. No me siento  una crítica, en absoluto, solo una lectora y borroneadora de literatura. 

En este momento tengo bastante avanzado un poemario con el que volveré al castellano como lengua eje de los poemas, ya que nunca lo abandoné del todo y nunca renegué de este otro instrumento lingüístico que me dio la vida. Tengo lista la reedición de la antología Las voces del umbral, en la que reúno las voces postergadas y emergentes de la poesía en guaraní. Y paralelamente, como siempre, tengo otras cosas que van caminando a su propio tranco, como algunos haikus en guaraní y plagueos poéticos diversos… 

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Este árbol implacable. Estas flores que pueblan su copa frondosa. La sombra cae sobre mí, rodea el cantero y toca la reja de la casa. Esta casa de mi infancia y de mi adolescencia. Esta casa vieja y grande, el garaje donde papá trabajaba con la amoladora, los bordes del cartel de “Se vende” carcomidos por el óxido.
El pasto del jardín está crecido. Él lo cortaba. A través del ventanal, cuando pasaba con la bordeadora, lo veíamos con mamá desde el living. Firme y amplio, los brazos estirados, repasando el largo jardín.
Mamá siempre estaba ahí, sentada en la mecedora, tejiendo y mirando a través del ventanal. A veces cantaba. Yo jugaba a sus pies. Cuando me aburría, recorría con la vista el jardín, la reja de la casa, el árbol, la calle, las casas. Buscaba aquello que ella miraba. Una vez le pregunté qué era. La amoladora, como todas las tardes, sonaba de fondo. Ella siguió meciéndose, con la mirada fija. 
-Nada. Espero. -me dijo.
-¿Qué cosa?
-Que el árbol se vaya.
Pero yo apenas había cumplido diez años, y no entendí lo que había querido decir. 
Este árbol implacable. Sus raíces que rompen las baldosas desde abajo. El municipio intentó cortarlo muchas veces. Llegaban siempre dos hombres, se paraban al lado del árbol, donde estoy ahora, y con las planillas anotaban mediciones, revisaban el tronco enorme, la corteza, las raíces. Uno era alto y morrudo. El otro, un poco más bajo y rechoncho. Mamá y yo los veíamos desde el living. Al poco tiempo, la amoladora de papá se apagaba y él salía del garaje. A veces llegaban cuando emprolijaba el pasto. Entonces apagaba el motor y el silencio se hacía carne. Atravesaba el jardín hasta pararse detrás de la reja. Los brazos cruzados, de espaldas a nosotros, frente a los dos hombres. Su cuerpo tapaba incluso al más alto. Mamá dejaba de mecerse y bajaba la vista. Pasaban unos minutos en los que el tiempo parecía no moverse, hasta que se iban. Entonces papá, en vez de volver al garaje o seguir con el pasto, venía hacia nosotros. El hombre alto, en ese momento, sin que él lo viera, se asomaba a la reja, miraba hacia dentro y saludaba. Desaparecía justo cuando Papá descorría el ventanal. 
-Dejá eso y andá con Juan.
Yo lo miraba. Él me devolvía la mirada y entonces yo asentía y me iba corriendo. Atravesaba el jardín, abría la puerta de la reja y, mientras cruzaba la calle, miraba a los costados, buscando a los hombres, que ya habían desaparecido. Una vez en la casa de Juan, llamaba a su puerta. Era el hijo del vecino de enfrente. Al verme desde una de las ventanas, me saludaba, corría a buscar la pelota y yo volvía a la vereda de mi casa, a esperar que saliera.
Por momentos, mientras la pelota giraba hasta él, volvía la imagen de papá. Se me aparecía su gesto tenso, la sonrisa casi imperceptible, el marrón con el que sus ojos me atravesaban. Siento el tronco del árbol en mi espalda. Ahora también se me aparece. La luz atraviesa la copa y forma un entramado en la sombra redonda. Una vez, después de patear lejos la pelota, me apoyé en el árbol y los vi. Discutían. Mamá, quieta en la mecedora, con las manos entre las piernas, miraba hacia arriba. A veces decía algo. Era un problema que vinieran los del municipio. Él jamás me lo explicó, y yo jamás se lo pregunté. Mientras los miraba, en un momento, mamá bajó la vista y me encontró. Papá seguía hablando y moviendo las manos. Ella sostenía sus ojos pardos en los míos. “Que el árbol se vaya” creí escuchar. Me inundó el silencio. Creí sentir su canto espeso y sibilante en mis oídos. Volvió a mí cada tarde con ella mirando por el ventanal. El sonido seco y frío de las agujas de crochet golpeándose entre sí, sobre el ruido monótono de la amoladora. Fui hasta la reja. Me agarré de los barrotes y apoyé la cara. Era como si se me presentara sincera y completamente. Como si nuestros dolores y pensamientos se conectaran. Sentí este mismo frío en la frente. Ella permanecía inmóvil, con las manos entre las piernas. “Espero”. La escuchaba. “Que el árbol se vaya” decía. Las tardes. El árbol. El hombre alto saludando. Todo frente a mí, tan claro como esa luz oxidada. De fondo, extremadamente lejano, Juan gritaba mi nombre. Papá escuchó y giró la cabeza. Creo que me miró. Y corrió de un golpe la cortina. 
Este árbol implacable. Esta familia desconectada. Durante los dos meses siguientes, los hombres de la municipalidad no volvieron. Al principio del tercero, mamá dejó la casa. Fue un domingo a la madrugada. Escuché, envuelto entre las sábanas, las quejas inusitadamente altas, los insultos vociferados, los pájaros que cantaban tímidos el amanecer que comenzaba. Ellos dormían hasta tarde los domingos. Esperé. Hubo un portazo violento y, después, otro más. Salí de la cama y fui al living. Mamá siempre estaba en casa, pero no lo había notado, o sí, pero no lo había entendido sino hasta ese día. La luz abría todo: el living, el cuarto de mis padres, los cajones dados vuelta. La amoladora, de fondo, sonaba insistente. Vi unas valijas tiradas, el placard casi vacío. No sé cuánto tiempo estuve así, ni si hice algo más que quedarme ahí hasta que papá me encontró de pie, mirando la mecedora. 
-Andá con Juan.
Lo miré y él me devolvió la mirada. Asentí y me fui corriendo. Me parecía que, cada vez que la pelota viajaba, volvía a escuchar algún grito. Juan la recibía y devolvía casi con solemnidad, como si me entendiera, casi como si escuchara. Yo miraba, de vez en cuando, hacia adentro. Papá iba y venía por la casa. En un momento Juan pateó la pelota hacia el garaje y yo corrí a buscarla. En el camino volví a mirar hacia adentro: papá movía la mecedora. No vi una raíz que sobresalía entre las baldosas. Una raíz como esta sobre la que ahora apoyo mi pie cansado. Me di la sien contra el cantero. La cabeza me latía, Juan gritaba, yo no lograba levantarme. La pelota brillaba contra la reja. Yo pensaba en mamá mirando hacia afuera. En su movimiento monótono, en su mirada extraviada. En su canto. En eso pensaba. Cuando papá se acercó y le dijo a Juan “Tranquilo, andá a tu casa”, me levantó de un brazo, me llevó adentro y me puso hielo.
-Cuidate -me dijo.
 Llorábamos. 
Este árbol implacable. Esta luz que la primavera casi parece rezongar. Esta luz que sobra en la calle donde ahora algunos edificios reemplazan las casas. Esta calle donde estacionó el auto a los pocos días, cuando llegaba del colegio y papá, con los brazos caídos, llevaba a la asistente social adentro de la casa. Fui directo al garaje. Pasé entre las herramientas, la amoladora, el aserrín, los restos de madera y de chapa. El calor era sofocante. Entré a la casa por la puerta del costado y esperé temblando en mi cuarto. Escuché a papá decir que debía buscarme en la escuela. Que estábamos bien, que no había de qué preocuparse. Cuando cerró la puerta, me acerqué. Mi cabeza se apoyó en su muslo. Revisó que no tuviera el chichón. Levanté la vista: miraba hacia afuera. Los hombres de la municipalidad hacían mediciones del árbol. 
-¿Otra vez?
Se agachó.
-¿Me acompañás? 
Sus ojos vacíos, profundos, me miraron. Le dije que sí, que lo acompañaba. Salimos, caminamos hasta la reja, nos cruzamos de brazos. Papá y el alto se miraron. 
-El árbol se queda -dijo papá. El rechoncho bajó la vista hacia mí. 
-Se queda -dije yo. 

Ambos hombres, sorprendidos, me miraron. Papá mantenía la mirada clavada en ellos. Después de ese día, no nos volvieron a molestar.

| Sobre el autor |
Nicolás Igolnikov es escritor y gestor cultural. Actualmente produce el Ciclo Seamos Libros, de poesía de homenaje. Su libro de cuentos “Las causas perdidas” y su poemario “La desunión” se encuentran aún inéditos, y actualmente empieza una investigación a propósito de un personaje llamado Anselmo. 
Como escritor, ha publicado el poemario “El nombre que falta – y algo de pólvora” y la nouvelle “La Mentira”, ambos por Ex Nihilo – Baja Literatura. Como gestor, ha producido el Ciclo Incógnito de Danza, teatro y literatura (Espacio Cultural Dinamo 2017, Club Cultural Matienzo 2018) y co-producido el Ciclo Metáfora de Cine y Literatura (Club Cultural Matienzo 2017 y 2018). 
A su vez, Nicolás está terminando el profesorado universitario de matemática. La didáctica como área de estudio es el seno donde confluyen su interés por el lenguaje y el saber matemático.

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Una rambla en Montevideo

Apostar por las formas silenciosas
también tiene que ver con el amor.

Ahora volvemos a casa
con la certeza de que podríamos
habernos quedado horas así,
los dos sentados mirando el río
hasta lograr comprender
que existen algunas cosas
mucho más grandes que nosotros
que también se mueven
en contra de su voluntad. 

Miniaturas

La caja de zapatos,
ahora convertida en una casa a escala,
replica todo en tamaño pocket:
una heladera, una cama,
una biblioteca repleta de libros.

Cauteloso, la miro con ternura y espanto:
en el fondo, sé que tampoco
podría hacerle frente
a esos diminutos problemas domésticos.


Ucronía

Pienso, otra vez, en nosotros.

Después de todo,
no es fácil cambiar de tema
cuando uno no siente
que lo exprimió hasta el final.

En esta ucronía
que te tiene de protagonista,
cualquier final posible
es mejor que dar vueltas en el living
sin poder dormir.
Afuera casi no pasan autos
y podría jurar que escucho el silencio
por primera vez en mucho tiempo.

El insomnio no es algo tan extraordinario
ahora que lo tengo cerca:
ya me considero un especialista
en girar sobre mí mismo
sin lograr nada.

El visitador

Como una visita de médico,
mi viejo aparece cada tanto en sueños
para darme consejos
que no llegó a decirme en vida.

Esta vez, mientras agarraba sus cosas
para irse de nuevo,
me dijo:
“No te preocupes tanto
cuando alguien te ataque;
empezá a hacerte problema
cuando nadie te defienda”.

Rápido de reflejos,
se dio media vuelta
y se subió a ese taxi
al que nunca puedo tomarle la patente.


De La felicidad no es un lugar (Santos Locos, 2020)

| Sobre el autor

Gustavo Yuste nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1992. Es Lic. en Ciencias de la Comunicación (UBA) y periodista cultural. Colaboró para distintos medios como Perfil, Revista Noticias y es cofundador de la revista digital La Primera Piedra. Publicó los libros de poesía Obsolescencia programada (Eloísa cartonera,2015), Tendido eléctrico (Objeto editorial, 2016), Las canciones de los boliches (Santos Locos, 2017) y Lo que uso y no recomiendo (Modesto Rimba, 2018) y La felicidad no es un lugar (Santos Locos, 2020). En 2019 publicó su primera novela, Personas que lloran en sus cumpleaños (Paisanita).

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