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| sobre la autora |

Julieta Alvarez es Diseñadora Gráfica graduada en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (Universidad de Buenos Aires). Siempre le gustó dibujar y mientras estudiaba descubrió la ilustración. Continuó formándose en talleres para desarrollar su lenguaje y dedicarse a esta profesión. Durante dos años participó con ilustraciones editoriales para la Revista CHOCHA y actualmente es parte del colectivo Liquen de ilustradoras que autogestionan sus proyectos.

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| Sobre la editorial |

Ausencia editora es una editorial de encuadernaciones artesanales que reúnen experiencias poéticas, dirigida por Guillermo Villani

| más de la editorial |

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Estoy solo porque no estoy seguro

estoy solo porque
no estoy seguro
me choco con el borde
de las escaleras al pasar
el viento que corre en la vereda
es fresco y reconfortante
tiene su propio andar y yo
me uno por un rato

hay desiertos
que de tan amarillos se vuelven
blancos e intocables
y quienes lo recorren una vez
no vuelven

las horas muertas de esta noche
son mis enemigas

no hay desiertos ni mareas
están la calle y los semáforos
mal sincronizados están solos

todo el tiempo


Lo importante

sé que es importante
levantarse temprano 
o por lo menos ocuparse
de las cosas pendientes

sé que debería
limpiar la cocina
llamar a mamá
afeitarme y pasar un trapo
por arriba de todo
lo que está sucio

estoy en una casa
con comida y agua
la muerte parece lógicamente lejana

debería estar tranquilo.



Game over

te subiste
a una montaña
muy alta y empinada
no es tan lejos realmente
pero la vuelta
se hace difícil
hay bastante viento
y estás sólo

pensás
en realidad
el que se sube al lugar equivocado
soy yo
y contar la historia como si fuera alguien más
no me va a servir
es así
estoy en un bosque oscuro
sin espadas ni magia
a diferencia de los héroes
de mis videojuegos favoritos

se hace de noche
y nadie viene a salvarme
el silencio es dueño de mis pasos
¿seré un personaje secundario?


| sobre el autor |

Julián Forneiro (o Forne, como le dicen sus amigos) nació el 11 de junio de 1994 en Lomas de Zamora. Creció en el barrio La Perla, Temperley.

Es estudiante de la carrera de Historia en la UBA.

Obtuvo el Segundo Premio en Poesía en el Décimo Concurso de Literatura Juvenil en el año del Bicentenario organizado por la SADE Seccional Surbonaerense (2010).

Fue publicado en la antología de El Rayo Verde (2017).

Junto a un grupo de escritores coordina el ciclo de poesía y música Big Yur Festival, realizándose en el conurbano sur desde el 2016.

También es editor de la revista virtual de dicho ciclo, dedicada principalmente a difundir artistas de la zona. (www.bigyurfestival.com).

Se interesa por las pequeñas grandes cosas como las plantas, el amor y la justicia social.
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Enojate hermana


Enojate, hermana, pero como yo te digo.
(me indica)
Una vez, ser morocha era manchar la silla.
Una vez, ser mujer era ser color rojo y negro. 
Un buen día obedecer no fue más opción: 
“Preferiría no hacerlo”, leímos 
(y obedecimos).
Enojate, hermana, pero como yo te digo
(insiste)
Yo soy ese lunar antiestético en el medio de tu mundo, hermana,
voy a hacerlo todo mal por el bien de las dos. Lo juro.
No pariré a sus hijos, tampoco haré selección de personal,
no estaré orgullosa porque a la mucama le pago en blanco: 
voy a limpiar mi propia mugre, hermana. 
Voy a mentir, voy a cojer con la persona equivocada y me voy a salvar (sola), 
voy a exigirme ser única, 
voy a ser una puta vestida con un kimono bordado de cangrejos (cobre o no)
y si me obligas, también voy a enojarme con vos, hermana. 
Caminaré en pose y también me voy a desarmar. Por puro gusto.
Sí, 
estoy haciendo las cosas mal 
y de eso se trata: 
definí
maldad, 
acá, 
mirándome a la cara. 
Recordando. Porque de eso se trata. 
Esto no es enojo, 
esto es reventar 
y convertirme en mi propia mujer. 
Se supone que de eso se trata.

de Este libro no es un rehén, Dolo Trenzadora (Bipa, 2018)




Trenzo mi pelo, cae un rayo

En este pueblo no había espejos
                  ni ventanas
nos mirábamos en las paredes
sucias de los desastres sin origen
con raíces enredadas en látigos
aprendimos:
cada movimiento puede ser el último
respirar, tajearnos la espalda
vimos nuestra cara en las telarañas
nos balanceamos con cuidado
entre los nudos
                apretamos la boca
el aire justo que deja entrar
insectos raquíticos
una mínima luz de proteína,
crecimos como espigas encorvadas
por el verano de los ojos dentados
sanguijuelas succionando
                  nuestra marcha
arrancadas en lo más tierno
               por manos limpias
de sangre hasta las muñecas, así
nos enseñaron el gesto de la margarita
lánguida, blanca, se abre, da
se abre, se desnuca: se queda calva
el cuello disecado en las yemas
              de los predadores.

Fuimos enviadas al desierto
         a amamantar a las hienas
a pescar anguilas con hachas
ahí nos vimos, en el filo
los ojos brillantes
nuestras lenguas rojas
uñas perforando el eco del estanque
                 nos reconocimos,
ya habíamos besado tantas veces
con los labios curtidos
de otras, que éramos nosotras
observándonos a ciegas
         en las fallas del muro
-todas fuimos nuestro espejo-.

Una mujer grita en una fiesta
una mujer cosecha en la montaña
una mujer canta al pie de un abismo
una mujer se cubre la boca y la nariz
con un pañuelo
una mujer acaricia un colibrí
una mujer prende fuego las cruces
que le colgaron
una mujer cabalga de espaldas
saluda a un puma detrás del monte
una mujer hace un círculo de sal
y mira las estrellas
una mujer arroja al agua un manojo de
células
que no tienen el nombre de su deseo
una mujer astilla mil pantallas
una mujer abre una ventana
una mujer cierra una puerta
una mujer baila desnuda
una mujer entra en el río
una mujer conjura las mareas
una mujer abraza el peso de su cuerpo
una mujer trenza su pelo, cae un rayo.

Hermana,
la tormenta que se aproxima
somos nosotras centelleantes,
estamos en camino.

de Tundra, Gabriela Clara Pignataro (Años luz, 2018)



Legítima defensa

every man I knew went to bed with Gilda
and woke up with me 
-Rita Hayworth

tener en el cajón 
de los forros
al lado, un cuchillo
filoso, pequeño, maleable
por si a mi amante se le ocurre
algo que yo no quiera
y aprender a cortar
que es lo que más me cuesta
no fui hecha para amar entre puñales
no deseo encarnar la pesadilla
prefiero la blancura de las lunas en mis sábanas
en mi imaginación, mi cama es el mar
y yo soy una sirena mitológica
siempre soñé cantar melodías más dulces
para que puedas naufragar en mí
quiero olvidar que guardo un arma entre mis cosas
pero mis uñas no me dejan tranquila 
si ellos piensan que sólo están para pintarlas de colores
un cuchillo
si ellos creen que yo no diré nada
un cuchillo
si ellos osan eclipsar los astros de mis noches
un cuchillo
y prepararme en la modestia del alba para el amor
y la guerrilla
si guardo un cuchillo cerca no duermo sola
el color metálico invoca a la legión fantasma
de mis hermanas muertas con todo su brillo
desear como sirena es metáfora
transformarme en femme fatale es un imperativo


de Femme, Florencia Piedrabuena (inédito)
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Sobre la autora |

Laila Ekboir es ilustradora licenciada en letras de la Universidad del Sur de California (2010).
Estudió ilustración en el taller de libro álbum de Mónica Weiss,  el taller de ilustración de Daniel Roldan y el taller de ilustración y libro álbum de María Wernicke. Dictó clases de ilustración en la Bienal de Diseño FADU 2015 y 2017. Desde 2013, ilustra para diversos medios gráficos incluyendo revistas extranjeras, proyectos independientes y  juegos educativos. Ha participado de numerosas muestras grupales en el Centro Cultural Recoleta y el Museo de Ciencias Naturales de la Plata, entre otros. Desde 2017 es miembro fundadora de Liquen, un colectivo de ilustradoras que busca alternativas de la publicación auto-gestionada, como el fanzine y los productos ilustrados, poniendo énfasis en el proceso editorial y la exploración de formatos y materiales alternativos.

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por Malena Low

La industria pornográfica traga y escupe a conveniencia.
Se dice que los cines porno son sucios. Como el Hospicio de las Mercedes descrito por María Moreno en El Petiso Orejudo, palacio de lujo desmedido para contener a los degenerados de principios de siglo XX, el Cine Ideal, edificio de la misma época, aloja entre sus cinco tipos de mármol a los pajeros de microcentro. 
Betty, la dueña del cine - campera plateada, maquillaje moderado - está atrás del mostrador, enmarcada entre columnas doradas y espejos de tres metros de alto que la multiplican. No atiende a los clientes pero supervisa por encima de los lentes mientras se lima las uñas. Se alerta cuando me ve pedir una entrada. Me pregunta la edad y me exige el documento. “No vengas sola”, ya me había advertido uno de los guardias de la puerta una vez. Cuando supe que uno de los últimos cines porno que quedaban en pie respondía a los mandatos una mujer, decidí venir igual. “No damos entrevistas”, ya me había dicho Betty por  teléfono, antes de colgar. 
Con el ticket en la mano, me escolta un señor de traje mostrándome el recorrido: sala 1 y 2, cine gay. Arriba, 3 y 4, cine heterosexual. Entiendo que éste es una excepción entre los “cines continuados” - ellos no dicen porno - y que yo acá, como una nena boba,  soy tratada como una rara mercancía extraviada en una trampa que me volverá la mejor ofrenda. 
-  Si tenés algún problema me decís.
-  ¿Voy a tener algún problema?

La sala 1 está totalmente oscura. Es la primera vez que me da miedo la oscuridad en el cine. Prendo la linterna del celular: no hay nadie. Ni una sola luz alumbra el pasillo. La película no se escucha y yo asumo que así funciona siempre, en mute. Me siento en una de las butacas de atrás, en uno de los laterales, atenta a los sonidos. Acá, el silencio se escucha así: pisadas sobre la alfombra y la escalera, algunas voces ahogadas en el hall de entrada, mi respiración acelerada por el miedo. Atrás mío, la puerta se abre y alguien me pasa la mano por el muslo hasta agarrarme fuerte la rodilla; es el guardia que prometió cuidarme: “no te vayas, ya lo arreglamos” y se queda frente a la pantalla mientras intenta solucionar por handy el problema técnico del sonido. Cuando entra el primer hombre que no pertenece al elenco estable del palacio de Betty, un cliente de verdad, me doy cuenta de que estoy estorbando. Mira para atrás, incómodo. No se mueve, no se hace la paja. Más por atónito que por respetuoso. Al fin y al cabo, acá nadie le falta el respeto a nadie con la exhibición. Así como el Petiso Orejudo desbarata el funcionamiento del manicomio cinco estrellas del doctor Domingo Cabred, yo seré la “basura que atasque la gran máquina” del Ideal,  “el escollo donde naugrafarán todos los planes, toda ilusión”. 

          En la sala 2 se repite básicamente la misma película que al lado: varones gays, europeos y depilados. Esta vez no me siento. Me mantengo cerca de la puerta y saco algunas fotos a la pantalla y a los carteles de salida y prohibido fumar. Ahora entra un hombre de unos 40 años - es casi imposible describir a los clientes del cine, parecen personajes que solo viven ahí - y estamos cara a cara. Con la puerta todavía entreabierta detrás de sí, llego a verle la cara. Me mira fijo a los ojos. Es una expresión que entiendo como propuesta y que reconozco como parte del código del lugar pero que sin duda no manejo con precisión. Si entiendo alguno de estos signos no es tanto intuición como saberes que saqué de los cuentos de Carlos Correas. Parece que si no vine a coger, mejor ni tendría que haber venido. Quizás sea verdad.
En el hall, Betty repiquetea las uñas sobre el mostrador. Come galletitas de agua y hojea una revista. Le pregunto si me deja cargar el celular en los enchufes que tiene al lado. Necesito un descanso. Desde el banco, escucho los handys de nuevo. Hay una situación en la puerta que no llego a entender, el guardia está un poco alterado. Betty le pregunta qué pasa y él me mira:
-         Parece que Luisito no se quiere ir porque la vio a ésta. No te hagas drama mami, vos quedate acá por las dudas. Hasta que no se vaya no subas a las salas de arriba.
Arriba hay tres salas más, de películas heterosexuales. También hay una “sala de estar”, así le dicen. “Ahí sí que no te metas, eh”, me dirá Betty después. Con ella al lado me siento protegida. No sé nada de ella pero ya la hice mi ídola con todo lo que me imagino: cómo habrá llegado a ser dueña de un cine porno, con el lugar tan restringido que deja esa industria para las mujeres. Ya no es la guardiana que desconfía de mí, ahora me cuida y me cuenta que es madre de dos hijas, que le gusta su trabajo y que la pornografía es algo “natural”.
-         Y sí, yo siempre digo: al porno hay que tomárselo con naturalidad. Pensá que tiene siglos y siglos. Las películas de los griegos y los romanos eran un asco y nadie decía nada.
La historiografía que maneja Betty es un delirio que me encanta. Siendo ama y señora de la villa romana que es el Cine Ideal, los tentáculos de su locura se extienden hasta los confines de cada pliegue del decorado barroco y ahí se acurrucan. Como la casa del siglo XIX para las huellas de la burguesía, su cine funciona como estuche perfecto para mantener intacta la voluptuosidad de sus ideas. Me sonríe mientras habla y yo festejo cada cosa que dice. Siempre jugando a la nena boba. Me gusta más esta Betty excéntrica que la mujer autoconsciente que yo me imaginaba. 
Ya estoy más confiada, el pulso se me desaceleró y se ve que  “Luisito” se cansó de esperarme y volvió a integrarse a la luz solar, a perderse en la marea del microcentro. Subo las escaleras. Las barandas son doradas, el mármol y los espejos son originales de 1930. En la mixtura del tiempo - ¿cómo lo percibirá Betty? -, fueron apareciendo unos forrados de simil cuero sobre unos bancos y macetas con cañas de bambú espiraladas para decoración de interiores. Arriba hay más salas y la “sala de estar” de la que me precavieron: suena “You’re my heart, you’re my soul” de Modern Talking desde su interior negro. Como no hay nada más amigable que la música de los 80s, me relajo y  me entrego menos aterrada a esta circulación chaplinesca en la que voy corriéndome al compás de las apariciones de los hombres. Saco algunas fotos en este piso aprovechando que nadie me ve. Me siento en el medio de las salas, en el entrecruce donde hay desde sillones hasta una máquina de Coca-Cola. Canto la canción y no tengo miedo de los que pasan y me miran entre sorprendidos y libidinosos. A mí me cuida la reina, me cuida Betty. 
  “I'm dying in emotion / It's my world in fantasy / I'm living in my, living in my dreams” suena cuando sube el guardia a agarrarme del brazo y me arrastra escaleras abajo. Que lo acompañe, que acá no se pueden sacar fotos, que me vieron por las cámaras y que me tengo que retirar inmediatamente después de mostrar cómo borro una a una las fotos de mi celular. Que ellos trabajan para sus clientes y que yo no soy - nunca fui ni podría haber sido - una clienta. Me lleva al mostrador, frente a la mirada de Medusa de Betty que me convierte en una piedra hecha de vergüenza. Pido perdón y me devuelven la plata. Insisto con que no tienen que devolverla y que no quise ofender. Me obligan a ver cómo las imágenes se van al tachito de mi celular y me llevan a la salida.
La maquinaria porno logró escupirme de sus engranajes para volver a su normalidad. La luz del mediodía y el ruido de microcentro me devuelven a la mía. Humillada pero cómoda en la traición, restauro una a una las fotos de la carpeta “Eliminado recientemente”.     

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10 canciones representativas del rap, hip hop, cumbia y reggaetón en las que lxs artistas dan vuelta la tortilla, reformulando esos géneros donde antes las mujeres y disidencias eran usadas como objeto de consumo o de burla.

Por Vera Grimmer


En todos los géneros musicales existen improntas del machismo (el vocativo “nena”, “baby”, por dar un caso del rock), sin embargo, es necesario inspeccionar en los orígenes mismos del rap, el hip hop, el reggaetón y la cumbia, géneros en los que los sujetos que se expresan siempre son y fueron marginados de los circuitos hegemónicos. Si bien es cierto que tenemos ejemplos de sobra que contrastan esto, los comienzos de los artistas que ahora triunfan en la industria musical son los que “se hicieron desde abajo”(Daddy Yankee). Que las mujeres y disidencias se reapropien de estos géneros que ya de por sí narran historias desde la marginalidad, siendo ellxs mismxs sujetxs de esta opresión, es algo valioso.

Este artículo rinde, en cierta forma, un homenaje a Gata Cattana, de quien tomamos un fragmento de su canción “Lisístrata” para el título. Gata era una rapera y poeta feminista muy prometedora y joven, que falleció en marzo del 2017 a causa de una complicación cardíaca. Aquí su último disco, que nunca pudo presentar en vivo:




“El cazador”, Rita Indiana


¿Con qué palabra podemos definir a Rita Indiana? ¿Escritora? ¿Cantante? ¿Merenguera? ¿Todo junto y más? Rita Indiana (República Dominicana, 1977) es una de las voces más potentes en la actualidad latinoamericana. Con “El cazador” se propone hacer a los corruptos temblar, al ritmo de una canción hipnótica. “Aquí planto bandera / contra los que se clavan / a este pueblo jodío lo quieren ver con ganas / se regodean en lujos que paga el miserable / mientra en el ‘Capotillo’ el hambre tiene hambre” son algunos versos de este hit: devela la opresión hacia lxs que menos tienen, luego de 500 años de conquista. 




“Filosofía feminista”, María Femcee


Con sólo 23 años, María Femcee tiene muy en claro una sola cosa: su lugar como rapera y artivista es denunciar las injusticias que sufrimos las mujeres y disidencias y hacer de su arte una resistencia vital. Las canciones de esta joven uruguaya son consignas para la lucha, como recita en “Filosofía feminista”: “las calles también son nuestras, como la noche”. 





“Puro estereotipo”, Caye Cayejera

Caye Cayejera es una rapera lesbofeminista oriunda de Ecuador. En “Puro estereotipo”, cuestiona las formas de vincularse bajo el capitalismo donde los deseos y placeres son fijos, así como los roles de género. “Crees que soy un objeto sexual / que mi labor es ser sensual / pobrecito angustiado por culiar / pero qué rápido llegas a eyacular” le canta al “machito que anula mi autonomía”. 



“Soy mujer”, Midras Queen, Diana Avella, Feback, Spektra de la Rima y Paloma

En el 2016, diferentes raperas colombianas (Midras Queen, Diana Avella, Feback, Spektra de la Rima y Paloma) se reunieron para dar forma a “Soy mujer”, un himno colectivo que llama a las mujeres a empoderarse. “Me empodero de la vida con igualdad / me empodero de los ríos con verdad / esto es lo que quiero yo / una vida digna nada más” reza el estribillo de esta canción a la que le damos play una y otra vez, como un mantra.



“Despierta”, Yela Quim & La Gracia

Yela Quim es una socióloga gorda, feminista, artivista, lesbiana y anarquista colombiana que a través del rap busca transformar la realidad que la rodea. En “Despierta” une fuerzas con la rapera La Gracia como arenga a lxs jóvenes sobre los acontecimientos políticos de su país y del mundo: “despierta que este territorio no está en venta / despierta que la paz sin ti está incompleta (...) rap / hasta que la dignidad se haga costumbre”.



“Mi cuerpo es mío”, Krudas Cubensi

Las Krudas Cubensi, o directamente las Krudas, son un conjunto cubano tan chispeante como contestatario: a través de sus canciones enarbolan discursos que visibilizan la gordura, la lucha feminista y claves para destruir la heteronormatividad. “Mi cuerpo es mío” es un canto a la búsqueda incesante de libertad en un mundo que día a día se esfuerza en demostrarnos lo contrario.



“Reina del caos”, Rebeca Lane

Desde Guatemala, Rebeca Lane se propone romper todo en “Reina del caos”. “Cada una de mis letras / una falla en el sistema”, un sistema patriarcal reproductor de esquemas que la socióloga, poeta y rapera viene a derrocar (¡en manada!).




“Cuidame el nene”, Jackita la Zorra

“¿A dónde están las pibas como yo / que se escapan del marido para ir a bailar? / Quiero verlas con las manos bien arriba” así arranca esta canción pegadiza de Jackita. La cumbiera nacida y criada en Argentina, incita a que las mujeres la pasen bien piola, solas, sin la compañía de ningún macho que las violente.



“Malamente”, Rosalía

Rosalía es la nueva sensación que está haciendo furor en las redes. Esta joven catalana reivindica sus raíces como cantaora y las fusiona con ritmos novedosos para no dejar de querer malamente.



“Barre con el pelo”, Tomasa del Real

Pionera del neoperreo, Tomasa del Real (Chile, 1988) dispone su deseo de bailar desenfrenadamente como eje fundamental de “Barre con el pelo”. No importa nada más que gozar todo lo más posible, hacer del cuerpo un momento único y propio.

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Texto escrito y leído por Maite Amaya en la presentación del libro “Cuerpos sin patrones. Resistencias desde las geografías desmesuradas de la carne”. Compiladores: Nicolás Cuello - Laura Contrera, en el marco del Festival El Deleite de los Cuerpos. 4 de noviembre 2016.  Publicado originalmente por Trastocadas.




Hablemos de las intersecciones de la carne. 

Curvas, humedades, desiertos, selvas. La territorialidad de estos cuerpos mamíferos. 

La abyección del territorio trans durante los procesos de colonización de la carne en la construcción de un relato corporal-sexo-genérico hegemónico, unívocamente importado a la fuerza de expulsión, sanción, muerte y domesticación. 

Carne no sustituible, la nuestra. Carne con historia. Una historia atravesada por el poder ya no sustantivizado sino como forma de relación social y como capacidad del acción, podemos hacer, podemos sostener el mandato o subvertirlo. Hete aquí una situación que amerita posicionamiento ¿Qué hacemos? 

Posición no es pose, es la posible muerte de la pasividad inerte. Potencialmente una disrupción en el magro cotidiano propuesto por la realidad, claramente la versión de la realeza. 

Parte del relleno del cuerpo trans está impregnado de dictadura, la carne no alcanza a rechazar el elemento alienante, no expulsa mediante un forúnculo afiebrado la transfobia internalizada, uno de los mas suspicaces dispositivos autodisciplinadores. 

Esta carne tiene un relato de vencida, porque lxs vencedorxs son otrxs, matar el vestigio disciplinador interno no es una tarea aislada del contexto y es más que necesaria, merecida la batalla al estilizado sistema de dominación heteropatriarcal y capitalista. 

Revivir, reavivar toda la energía. Conspirar hasta vencerles. Batallar desde el territorio propio. Batallar en todos los territorios. Allanar el camino del contrasentido. 

Carne que deviene torta antes que pasar desapercibida como un chicito más en el plato de esta fiesta. 

Es el momento de hablar de corazones que no entran en el pecho, hablemos de chagas. O de cuando el corazón no entra en el pecho de la carne sin chagas. 

Que sería de nuestra existencia cotidiana sin encarnar la guerrilla urbana de la que somos parte, visible, vivible, disfrutable en la superficie. Apenas una respuesta, esta, esta, mi cuerpo ya no cavando los túneles sino construyendo los puentes que ante la mirada atenta atraviesan las fronteras de esta normalidad clasista, racista, heterosexista, etc. 

Cada mañana saltar al abismo, donde en caída libre el cuerpo toma diferentes formas. Nunca es el mismo, en el movimiento constante de esta macilla que me pertenece a mí, sólo a mí y para la cual reclamo y declaro la absoluta soberanía! 

En palabras de Nico Cuello: multiplicando espacios de experimentación sensible en los que hacer posibles nuestros cuerpos a nuestro ritmo, con nuestras formas y con los placeres que sepamos y podamos inventar desde nuestras diferencias. 

Sin ser, estar siendo esta rebeldía viviente, la de sabor a pequeñas victorias en una lucha que parece perdida per se. 

La muerte del gerenciamiento, el agenciamiento de la carne mamífera. El contra cotillón de la domesticación. Digerible, masticable, incorporable. Una contraescuela, el ejercicio de la rebelión de la carne. Abortar los vestigios de una microprostética de la normalidad y la ridiculez fascista de la ideología del amor romántico. En vez de un aditivo que adorna la carne una cerbatana venenosa que hace posible leer la carne, otra carne. La rebelión de la carne en los pasillos mismos del matadero. Una propuesta vegana en la era de la industrialización de la matanza de la carne para cristalizar la supremacía especista que nos otorga superpoderes como especie y alimenta así un imaginario colectivo viciado de eternidad, perdurabilidad de la carne y que nos trata como envases de algo que por ser eterno es supremo.

Si tuvieran que alinear este cuerpo al mandato del binario heteropatriarcal: Qué sobra? Qué falta? Quiénes dicen qué es cuerpo? Qué cuerpo vale? Cuánto vale un cuerpo? Quién define el precio a pagar y Quién lo paga? 

Los estereotipos nos mantienen corriendo detrás del molde, hacemos lo posible para encajar en el molde hasta que la carne ya no rinde y caduca habiendo corrido para llegar tarde.

En mi carne trans cuáles serian los hábitos predominantes de un género u otro? Qué pesa más en la interpretación genérica de mi cuerpo trans? Las tetas? La verga? La acción de pintarme los ojos o la acción de afeitarme? Jugar al fútbol o a las muñecas? Orinar de parada o de sentada? Penetrar o ser penetrada? 

La decadente puesta escénica heterocentrada, otorga papeles a la carne. Una dramaturgia al servicio del control y el disciplinamiento. La actuación de la carne es una ficción naturalizada. Elabora cuerpos e identidades privilegiadas. El gerenciamiento estructural y macroestructural no tan solo responden a modos de producción económica sino también al modo de producción económico-político-cultural-sexo-genérico de los cuerpos. 

Sin un cambio social de raíz no acabamos con los patrones inscriptos en el paradigma que sacude y acomoda a la carne humana, la disciplina, la distribuye, la viola, la mata, la burla, la vende, la compra, la alquila, la explota. Reposar a la sombra del sistema sin atender lo que en nosotrxs vive y palpita tampoco nos sirve. 

En este contexto la pregunta rebota de pared a pared en el laberinto hegemónico pero siempre sigue siendo la misma ¿Qué carajo hacer con mi carne? 



| Sobre la autora |

Nacida hace 36 años en una familia laburante de barrio Argüello, al norte de la ciudad de Córdoba, desde que en la adolescencia cambió el Juan Matías por Maite transitó muchas carreteras revolucionarias: la causa de los derechos LGBT, “los feminismos” –como gustaba decir- y el anticapitalismo; la denuncia de las violaciones de derechos humanos en las cárceles y la persecución a las trabajadoras sexuales; la luchas piqueteras, villeras y anarquistas.

Maite vivía en la Kasa Karakol de barrio General Paz, sede de la FOB y epicentro de la militancia libertaria en Córdoba, donde oficiaba de solidaria anfitriona de todo aquel que necesitara un cobijo o llegara a Córdoba a difundir alguna lucha del pueblo, como las de los zapatistas, familiares de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa o la guerrilla del Kurdistán (“Guerrera feminista, hermanada con las luchas internacionalistas. Mariposa disidente”, dice el comunicado publicado en http://kurdistanamericalatina.org).


| Sobre Cuerpos sin patrones |

Escribir sobre gordura, compartir esos saberes críticos que ponen continuamente en jaque el imperio de la norma. La politización de los cuerpos gordos desafía el estado “natural” de las cosas.  Laura Contrera y Nicolás Cuello (comp.). Editado por Editorial Madre Selva

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