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| Sobre la publicación |

Fanzine impreso con carácter de urgencia para ser distribuido en la vigilia del 13 de junio de 2018. SOMOS CENTELLEANTES #ArtistasPorElAbortoLegal fue compilado por Romina Gabriela Ávila Tosi, Fernanda López, Gaby Mena y María Raquel Resta. La ilustración de tapa es de Supermercado, el diseño y la diagramación de León Pereyra. Participan con texos: Gaby Mena, Romina Gabriela Ávila Tosi, Maria Raquel Resta, Natalia Lopez, Fernanda López, Salvadora Medina, Onrubia Natalia Bericat, Malena Saito, Fernanda García Lao, Carolina Bruck, Juli Troielli, Claudia Almada, Gabriela Clara Pignataro, Aldana Antoni Flor Codagnone, Silvina Gruppo, Patricia Maidana, Macarena Moraña, Patricia González López, Analía Medina, Acacia Biloba, Gladis Lopez Riquert.
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Tenía diecisiete cuando llegué a Córdoba. Mi hermano vivía ahí y me consiguió un departamentito en la Avenida Colón. No era un lujo, pero con el tiempo fui acomodándolo como pude, y con un par de boludeces de ferias americanas y compra-ventas le di otra cara al monoambiente que estaba bastante descuidado. Según dijo la mina de la inmobiliaria, habían vivido cuatro chicos que venían del norte del país (de Salta creo) a estudiar medicina supuestamente, y habían destruido casi por completo el departamento. Incluso todavía, en los azulejos floreados de la cocina, había una mancha negra gigante de esas que deja el fuego. Nos contó que parecía que habían vuelto un domingo a la mañana todos borrachos, y que se habían puesto a cocinar y se quedaron dormidos. Nos miramos con mi hermano y sonreímos porque una vez, en la casa de mi mamá, en nuestro pueblo, cuando él apenas tenía unos veintitrés, se había mandado la misma cagada.

De apoco se me fueron acomodando las cosas, y yo me acomodé a la vida de la ciudad. Al principio fue un bajón recorrer esas calles eternas, llenas de negocios, y gente, y todas las cosas en movimiento continuo, todo desconocido.

Por las tardes salía a caminar, trataba de memorizar los nombres de las calles según los carteles de las esquinas, la ubicación del supermercado de los chinos, la farmacia, algún negocio que otro, puntos de referencia para poder volver a mi “departamentito”.

Esa no era la peor parte: lo jodido de verdad era no equivocarme de colectivo. El de la serie A era el mío. Y bajar en la parada correcta; hacer ese viaje diario, a las ocho de la mañana a la empresita de diseño y publicidad gráfica. Yo no era ni soy diseñadora. Lo que hacía era más fácil, o más difícil, según cómo se vea: prestaba mi imagen, mi cara y cuerpo para fotografías de propagandas de jeans, cosméticos, perfumes, etc.

Cuando era chica, entre los diez y los doce, me gustaba mirarme desnuda en el espejo grande que tenía mi hermana mayor. Una especie de reconocimiento supongo, aunque nunca entendía del todo las partes de mi cuerpo. Creo que mi mejor amiga de esa época, Maia, me ayudó a entender que las tetas, la concha, igual que la boca o los ojos, y todo lo demás, están por una razón más que estética y visual. Jugando en la finca de su abuela, una siesta infernal de enero, y muertas de calor, Maia, que siempre fue tan ocurrente para inventar juegos o con qué pasar las horas, de la nada se paró frente a mi cara con las piernas abiertas y la pollerita subida del todo y me “ordenó” que le bajara la bombacha, que quería mostrarme algo. Podía haberme negado, pero sentí mucha curiosidad. Mai, con toda sinceridad, y seguramente mucho de ingenuidad por la edad, se abrió de par en par los labios rosados de su pequeña conchita y me preguntó: “¿Vos te mojás? ¿Viste que si te tocás un poquito acá es como si te hicieras pis? Mi asombro fue total, no tenía ni idea, y sentí simultáneamente la boca seca y que se me aceleraba el corazón. “¿Te pasó?” volvió a preguntarme, y como no quería quedar como tonta, le dije “sí, obvio”, aunque era mentira. Entonces ella, con un tono desafiante, me dijo “¿a ver?”. No sé si fue una orden o qué, pero nuevamente no me negué, y así accedí a su jueguito. Me bajé los pantalones y la bombacha (la mía era rosada), hice lo mismo que ella, y con las piernas abiertas me paré frente a su cara y empecé a jugar con los dedos. “¿Te mojaste?” me preguntó. A mí me pareció un poco inquietante, lo cierto es que no me había mojado, no dejaba de pensar en la vergüenza que sentía.

Mai, decidida siempre, se acercó y me dijo: “Lo estás haciendo mal”, “Así tenés que hacer para mojarte, tonta”, entonces sentí que entre mis piernas se deslizaban sus manos suaves y delicadas. Mi conchita se mojó a montones. “¿Te gusta?” sonó su voz, casi un susurro en mi oído, y mientras me tocaba despacito se frotaba contra mi cuerpo, yo podía sentirla toda “¡Nos mojamos las dos!” dijo fascinada. “Ahora tocame más” pidió mandona, así que metí mi mano entre sus piernas. Tenía la conchita toda caliente y resbalosa, y yo empecé a frotarme como ella que de repente hacía sonidos raros. Eran gemiditos (eso lo supe mucho después). Igual, sin saber bien lo que hacía, estaba segura: mi primera calentura fue con una mujer.

En la ciudad ya me manejaba canchera. Iba y venía para todos lados con total naturalidad. Costó al principio, pero lo logré. Y también ya me había hecho de conocidos por el trabajo, del barrio, y con eso, una que otra relación de entre noche, nada serio, lo normal. Normal hasta que de tanto subir y bajar por un mismo ascensor y de cruzar “holas y chaus”, me hice medio conocida de Micaela, una loca linda que estudiaba arte. Vivía en el mismo edificio, a dos departamentos del mío. Un domingo muy temprano me sorprendió golpeando en mi depto. No me acuerdo bien la hora, pero seguro todavía no eran las nueve. Fueron tres toques, después tres más, y más fuertes. La insistencia me hizo pegar un salto de la cama y fui a atender súper dormida. En el camino hasta la puerta me tropecé con un perchero y le di una patada a una mesita ratona que todavía me duele. Abrí la puerta media encorvada por el dolor en el dedo del pie. “Uy… ¿Estabas dormida? Disculpá… Venía a ver si no tenías un poco de azúcar que me quede sin y el kiosco de Carlos todavía no abre. ¡Me muero por unos mates!” Entre el sueño, el dolor en el pie, y su verborragia, ni me acuerdo qué le contesté, pero se ve que le entendí porque fui adentro y volví con un paquete de azúcar. Durante esa semana no la volví a ver. No la crucé en el ascensor ni en el pasillo, ni en la puerta, lugares en los que siempre coincidíamos. Pero el viernes a la nochecita, al rato de llegar del laburo, volvió a sonar la puerta. Era Micaela. Entre las manos tenía un paquete de azúcar.

Me adelante a su suicidio verbal diciendo que no hacía falta, que no se hubiera molestado, y todos esos convencionalismos que se dicen en estos casos. “No, esta es para compartir los mates de ahora” me largó como si nada.

Y yo, sorprendida de mí misma: “¿Tu casa o la mía?” “Hoy tu casa, mañana la mía” sonrió y entró pidiendo permiso.

Hacía mucho que no tomaba tantos mates. También es cierto que tomar sola es aburrido, y a mí me da fiaca, así que por lo general optaba por un té o café. Mate va, mate viene, me contó un poco de su vida. Estaba en segundo año de Arte en la Universidad Nacional. Tenía quilombos con sus viejos que según ella eran unos “trogloditas”. Todos abogados, conservadores y fachos. El hermano también. Ella le decía “el botón”.

A los dieciséis se fue de la casa. Vivió con siete personas en una pensión de morondanga. “Había que sacar número para usar el baño” decía. “Si me preguntás, vi de todo y no me arrepiento de nada” contaba entre risas y se mordía los labios.

Se acabaron los mates, pero no la charla que iba por la parte en que me tocaba responder un interrogatorio exhaustivo de mi vida: lugar y fecha de nacimiento, familia, amigos, parejas, estudio, trabajo, etc, etc, etc. Después la conversación se hizo más existencial o “profunda”. Ella habló sobre lo triste que le parecía no trascender en lo que hicieras, sobre sus miedos, sobre la muerte, en la muerte absurda o entre desconocidos. “Me aterra la idea de poder morirme en la calle, a la hora pico, rodeada de gente que va y viene, que son como fantasmas. Que me atropelle un auto —ponele— cuando esté cruzando la avenida, a la tardecita, cuando el sol se empieza a morir también, y el aire está lleno de olores: las garrapiñadas, el algodón de azúcar de los vendedores ambulantes, la transpiración de la gente, el humo de los caños de escape, el olor a grasa quemada de los colectivos, perfumes frutales empalagosísimos, las cloacas en las calles rotas; desaparecer en el centro de la ciudad como si te perdieras en el fondo del mar, con todos los ruidos ahogándote, anulándote, formando una bisagra entre vos y la vida, y todo lo vivo; morirte así, siendo nada, nadie, uno más o uno menos, un perfecto desconocido, ni un rostro familiar, ni una cara conocida… Me aterra…es horrible” Esto me lo fue contando mientras nos íbamos sentando en un sillón que tenía frente al ventanal que daba al balcón del departamento. Por un rato, cuando terminó, nos quedamos en silencio, y ella parecía un poco triste. Ahí nomás le conté un chiste, una boludez que a veces mi papá me mandaba por sms. Se río y el momento de gravedad pasó.

“¿Por qué la gente estereotipa todo? Eso es como estar limitándose todo el tiempo ¿o no?” trataba de filosofar, pero se notaba que era una pregunta de esas que uno hace para tantear algo, y la verdad es que aunque intuía por dónde venía la cosa, me quedé muda. Eso me hizo acordar a cuando Maia, de chiquitas, me apuró a ver si me mojaba. “Los besos, por ejemplo, no tendrían que estar limitados…” explicaba Micaela. “Si en este momento te doy un beso ¿a vos no te pasa nada, no sentís nada?” Otra vez me apuraban. Pero esta vez fui decidida y no dudé: “Sí, obvio, si vos me besas claro que voy a sentir algo”. Me di cuenta que esperaba esa respuesta. Se acercó y me dio un beso suave. Después una mirada intensa, una sonrisa de picardía y otro beso largo, profundo y húmedo al que respondí con más intensidad.

¡Qué calor! De repente hacía muchísimo calor, como si desde su boquita roja saliera el aire vaporoso y denso de una calefacción puesta al máximo. Me incendiaba de adentro hacia afuera. Intuí que Micaela sabía lo que generaba en mí, y por eso se reía y volvía a ahogarme en sus besos ardientes y a la vez mojados, con gusto a manzana deliciosa. “¿Te puse incomoda? Estás re colorada…” me preguntó con una voz dulce y suave como una canción de Portishead. Me encantó su manera tan cuidadosa, aunque me sentí súper expuesta. ¡Estás re colorada! Podría haber obviado el color de mi cara que nada tenía que ver con la incomodidad o la vergüenza, así que ni lenta ni perezosa le tiré para joderla: “Es el calentamiento global bonita…pero incómoda por vos no ¡tengo el control remoto clavado en el orto hace una hora!” Casi nos meamos de la risa. “¿Y qué onda con el calentamiento? Si es global debe incluir varias zonas…” dijo mientras me escaneaba entera con la mirada”. “Y… varias zonas están afectadas… pero hay una que si te fijás bien está en alerta roja…” se lo dije de una para que no le quedaran dudas.

Me partió la boca de un beso, pero de esos que no dejan lugar a dudas, y saltamos del sillón como resortes para apoyarnos en la ventana que daba al balcón. Estábamos como pegadas, entrelazadas, un revoltijo de bocas, lenguas, piernas, brazos, manos, dedos; un remolino o una calesita fuera de eje; dos bailarinas de una cajita musical… y fuimos girando contra las paredes, entre las sillas, la mesa, ensimismadas en nuestro vals, hasta el pie de la escalera caracol.

“¿Estás segura…vos querés…digo…querés…?”. Me hablaba entrecortado, no podía terminar las frases. ¿Se había puesto nerviosa? No sé si era eso, la agitación o la falta de aire, pero algo le había complicado la cabeza. ¿Y la fluidez con la que me habló de tantas cosas? Las palabras parecían esfumársele de la boca. No respondí a ninguna de sus semi preguntas, o tal vez sí, de alguna forma. Y porque estaba tan hermosa con su torpeza oral, la agarré de la mano para guiarla en el ascenso, y ella sonrió y me mordió la boca. Después me agarró por la cintura y así me pegó bien a su cuerpo. Yo temblé cuando me apretó la cola en el tercer escalón, me di vuelta y le comí la boca. Con cada paso el franeleo se intensificaba, y cuando llegamos a la pieza ya tenía la bombacha hecha sopa.

“Sentate en la cama” dijo mientras se desabrochaba el jean bien frente a mi cara. Se acercó despacito y con la mano en mi pecho me empujó y caí de espaldas, entregada. “Recuperó del todo la fluidez” pensé entonces, pero de un chupón en el cuello me sacó de mi cabeza. Me recorría con la lengua como si fuera un helado mientras me sacaba la ropa de a poco. Mi vestidito amarillo voló como el canario de mi abuela al que una vez jugando, cuando tenía cinco, le abrí la jaula. Quedé con mi corpiño, y mi bombachita empapada, y mi respiración entrecortada, esperando de nuevo la boca suave, la lengua tibia e inquieta. Y las dos vinieron de golpe. A mi boca, a mis hombros, a mi panza, a mis brazos y mis piernas. “¡Chupame las tetas!” le rogué, y Micaela me arrancó el corpiño y enseguida empezó a jugar con mis pezones. Tenía la lengua caliente, así la sentí cuando ya tenía mis tetas en la boca. Yo gemía y sentía que me escurría lava entre las piernas. Ahí se fue a posar su mano derecha, la más hábil; ahí se dio cuenta: “¡Te mojaste toda mi vida!” dijo, y en la voz se le notaba sed, o hambre, o las dos cosas. Abandonó mi pecho y se bajó directo a correrme la tanguita a un lado para darme apenas unos besitos tímidos, apenas tres o cuatro. Me bajó la bombacha, acarició mis muslos y me pidió que me abriera toda, “como una flor” dijo. Yo quería ser su flor. Una dalia o una amapola, un alhelí o una simple rosa. Quería ser la reina puta de la primavera, la más trolita, perfumada y radiante del jardín. Por eso me abrí, y me abrí, y me abrí; por eso ella me chupó, y me lamió, y me mordió.

Mi cuerpo y el suyo se estremecían. De su conchita salía calor, perfume a calentura de mujer caliente. Sabía que era el momento de tocarla, así que puse mis manos entre sus piernas y con la punta de los dedos le acaricie la conchita. Sentí su humedad (ella también estaba re mojada). ¡Mar chiquita entre las piernas tenía! Y me fui hasta abajo para volverla loca. Empecé a jugar con su argollita sin sacarle la bombacha. Yo quería que me pidiera a gritos “que le coma la concha, que no se aguantaba más”, y de tanta mano y tanto dedo empezó a tirar de las sábanas, a encorvar la espalda y contorsionarse como una serpiente histérica. “Está en alerta roja” pensé, y dupliqué mis caricias: el golpe de gracia. Ahora sí, lo que yo quería: “¡Sacame la bombacha, quiero sentir tu boca, quiero acabarme en tu boca!” Y yo me volví loca, y más aún cuando se paró en la cama para sentarse en mi cara con las piernas abiertas. Mi lengua se fundió en sus labios ya más rojos que rosados, y como un temblor de verano, sentí un sacudón en su cuerpo. La concha latía como el corazón de un animalito asustado. “Ese fue el orgasmo más grande de mi vida” me dijo después (pero no le creí), cuando terminamos rendidas, acabadas entre las sábanas, transpiradas, una encima de la otra.

Fue natural, “pura intuición”, respondí a su pregunta de “cómo sabía lo que tenía que hacer, si no había estado con alguna otra mujer”. Y es que no somos un mapa de recorrido riguroso. Si sos mujer sabés qué te gusta y qué no, cuáles son las cosas que te vuelan la cabeza, las que te joden, las que ni fu ni fa.

No somos todas iguales, cogemos diferente pero parecido, y nos definimos de distintas formas. Micaela se autodefinía como una “open mind” por eso estaba con tipos o con minas. Yo nunca me autodefiní. A lo mejor porque tampoco pensé demasiado en como vivía mi sexualidad. Tuve novios, amigos con derecho, transas, algún ex, etc, etc. ¿Y mujeres? Maia fue mi amiga de la infancia, y aunque jugamos dos o tres veces a toquetearnos, no pasó de eso. Después jugamos, pero a otras cosas, hasta que nos hicimos grandes y ella se fue a otra ciudad con su novio de siempre. Fue una amiguita de la infancia, pero Micaela, fue mi primera mujer.
(Un día Mai me va a preguntar sobre esto y yo le voy a mentir.)


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con sentimiento
y consentimiento

casi puedo 
escucharte gritar
desde mi lugar
en la habitación

no alcanzan 
las metáforas
para exponer
este momento
perdido

no hay contraseñas
para liberar
este cuerpo
sumiso

no alcanzan
las embestidas
para calmar
este deseo
hostil

para sanar
este calor
vencido

para recuperar
esta escena 
perdida

casi puedo
vernos acabar tarde
aconteciendo

.

el miedo
corrido
el placer
entrando

la salida
abriendo formas

somos ritmo
sin rima

fondo blanco
detalle negro

.

invitación velada:
repitamos
esa noche
que todavía
no nos dimos

el deseo 
no se elige
se erige

probarnos 
hasta ponernos
y colmarnos

entre lo dicho
y lo puesto
hay demasiada ropa

.

entre líneas
nos leemos
entre escombros
nos lamemos
entre encajes
nos perdemos

.

pasarte poemas
es como
pasarte la lengua 

.

nos cogemos 
los límites

nos cogemos
en los límites

.

cierro el poema
y cierro los ojos

abro
todo lo demás

.

instrucciones 
para coger:
abre tu oscuridad
y enciéndete





| sobre el autor |

Enzo Campos Córdoba, poeta y heladero, editor en Ludwig Ediciones.

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instagram/

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collage original Naro Pinosa pinterest



Fricción 

El ejercicio era 
meditar sobre 
alguna palabra:

quedó fricción.

Difícil.
Requería tiempo y paciencia.

La meditación consistía en
“ver” la palabra
como potencia,
fuerza,
sutil presión en sentido contrario
(sutil presión en sentido contrario
sutil presión en sentido contrario)
para avanzar o 
detenerse
y, sin embargo,
aun deteniéndose 
seguir en movimiento. 

Todo eso
tan matemático
tan exacto
-y calculado-
me hace pensar
en una sola
cosa 
que no quiero 
decir.
(Todavía)

Ahora
lo que deseo
es
ver las posibilidades: 
o estática
o dinámica.
No estoy de acuerdo 
con que la fricción, 
a veces, 
requiera de un cuerpo pasivo.  
En todo caso,
sé:
la pasividad
nunca es quietud.

Es la resistencia solidaria entre los cuerpos.
Resistencia de la cual se desprende
otro tipo de fricción:
la que habita
entre las voces.
Entre el vapor
de las voces. 

Me detengo 
en
ese calor inevitable
de la fricción.
Medito sobre
su sonido
y,
estoy segura:
la fricción
está 
entre la yema de los dedos
y, según la intensidad del roce, 
puede ser escandalosa o tímida.

La fricción es Ella
y
no se deja rimar.
Nunca. 
Nada le sienta del todo bien,
es su esencia,
siempre está en movimiento. 
Buscando. 

La fricción hechiza. 
Es Kuña Paje. *

Y al final no medito 
hago todo lo contrario:
pienso, deseo, imagino
fricción. 
La busco en el más mínimo 
movimiento y Ella me alienta,
me sostiene,
permanece silenciosa, 
hasta que termina conmigo

y desaparece. 

(* bruja )

| más de la autora |

Presentación de Este libro no es un rehén, editado por Bipa
(evento en fb)

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Internet, erotismo, feminismo, -y expropiación-, entrevista a Rafaela Correa Marjak, la artista visual detrás de los gifs de Porno Rosa. 

 por Mora Vitali




“El mercado del arte quiere porno, pero no lo quiere cuando viene del feminismo.”
Paul B. Preciado


El trabajo de RCM genera cosas. Tiene un efecto ambiguo sobre su público, que tanto compra copias en marcos para poner en su casa, como esconde el celular cuando sus animaciones aparecen de sorpresa en instagram, y les complican la distracción del viaje en colectivo. Sus animaciones eróticas se ubican entre las producciones que Preciado considera un área sensible, que la historiografía del arte ignora desde hace demasiado tiempo: no solo es una producción femenina y feminista, sino que desafía los cánones de formato y distribución tradicionales del arte. En vez de una pieza estática para ser disfrutada en el museo nos vamos a encontrar con una colección de imágenes en movimiento que nacen y viven para internet, planeadas para dispositivos personales, para una interacción uno a uno con su público. Una obra creada tras el nombre y el concepto de Porno Rosa.

***

¿Cómo surge la idea de Porno Rosa?

Porno Rosa surgió muy de casualidad. Hace años yo sentía que tenía que sacar algo de adentro de alguna manera, tardé mucho en descubrir por qué lado. Sabía que quería hacer algo audiovisual pero no sabía en qué formato. Hace dos años empecé a trabajar en animación sin un propósito en particular, y de golpe caí en el Tumblr de un amigo que estaba lleno de gifs eróticos, que era un formato que desconocía pero me parecía muy interesante y los empecé a descargar. Ese dia hice mi primer animación erótica, y me gustó. Lo seguí y empecé a pensar un nombre.

El concepto alrededor de Porno Rosa se fue armando después, como su trasfondo feminista. La cuestión del rosa como lo femenino, el concepto del rosa como negativo, algo delicado y naif, que el feminismo propone expropiar y decir que si es “nuestro color”, entonces es un color fuerte por muchos motivos. También tiene mucho que ver con el erotismo y la sexualidad, el rosa es de la vulva, los labios, la boca, el pene.

La idea de sacarle el tabú al porno sobre todo siendo mujeres, porque hasta el dia de hoy es común pensar que las mujeres no ven porno, pero como lo mío son dibujos que dentro de todo tienen un tipo de línea muy naif, entonces, ‘no veo porno pero veo estos dibujos que está todo bien’. Es aceptado socialmente.

Esas fueron las puntas que hicieron que el proceso perdure, no el dibujo por sí mismo, que por ahí era una experimentación.




Es interesante problematizar que, siendo la figura femenina tan central en la pornografía, la producción de imágenes eróticas se asocie exclusivamente con artistas masculinos. Una mezcla de expectativas que combina el decoro y la intelectualización termina opacando producciones con contenido teórico elaborado, que aparecen en un limbo por poseer una carga sexual que excede la esperada. ¿Cómo es la recepción de tu trabajo?

Al principio lo subí a mi facebook y ahí quedó. La recepción es extraña, siempre fue muy positiva, pero de pronto me escribían contactos masculinos de facebook que no me hablaban antes, y enseguida empezaba el lance de ‘che, sos vos la de los dibujos?’, el lance por hacer algo erótico fue parte de la recepción de los conocidos. Va de la mano con mi ideología, el mostrar lo que yo estaba pensando.

Después armé un instagram con mucha recepción, que generó que mucha gente que no me conoce empiece a conocer lo que hago, y me paso lo mismo. Me escriben y sin decir ni hola mandan desnudos. Existe la idea de que como haces algo erótico sos una persona supermegasexualizada. Parte de la lucha feminista es deconstruir esa idea de que por ser mujer y artista erótica el hombre puede hacer lo que quiera porque cree que le diste pie, y no es así.

Lo que hago tiene algo muy femenino en el trazo, y si bien realmente podría estar hecho por cualquiera, la percepción inicial de la gente es que está hecho por una mujer. Me escribían y me mandaban desnudos, yo contestaba, y de pronto me decían ‘¿cómo te llamas? ¿Sos hombre o mujer?’. Si yo respondía “me llamo Carlos”, instantáneamente se cortaba. Todos hombres heteros buscando una aprobación femenina. Nunca eran los mismos que me decían ‘me gusta lo que haces’ que los que mandaban la foto en pija.

Preciado plantea que las piezas eróticas con alto contenido teórico de fondo reclaman nuevas categorías, como la de pospornografia, para obtener una visibilidad que abarque su aspecto conceptual tanto como su erotismo, y el rol creador de las mujeres en ellas. Estas nuevas categorías también abren la puerta a que técnicas que no provienen del arte clásico se infiltren en estos espacios. Hablando de la animación como técnica, ¿cómo te posicionas respecto a qué es arte? ¿Cómo funciona internet como plataforma para tu trabajo?

Yo justo estoy en un momento particular, empecé a ver estos temas. Nunca me autodenominé artista. Ahora siento que es momento de plantearme si soy o no soy artista, qué hago y qué no hago. Con el arte digital es un momento complicado, es muy amplio. Mientras que lo que yo hago cae en la esfera del dibujo.

Yo creo que si lo que yo hago se puede considerar arte es por el trasfondo que tiene detrás. Las animaciones que hice antes porque quería hacer un videoclip, no sé si las considero arte. Para mí el arte tiene que tener un concepto, que en este caso nació con este proyecto en particular, antes no estaba. Parte de la diferencia entre lo porno y lo erótico, es algo que vengo pensando. Depende de quien sea mi interlocutor si lo que hago es ‘animacion erotica’ o ‘porno animado’, si bien para mi es mas erotico que porno porque tiene una sutileza, y no es tan explícito ni tan duro. Los planos de la pornografia a veces dejan de ser estéticos, en el afán de mostrar todo pierde sentido.

No es fácil representar la pasión, calentura, o lo que sea que provoca el sexo, en imagenes. No se si se logra. El porno tiene efecto, pero no se si es ese, no se que transmite. Para mi va por el lado de la sutileza, si te doy todo ya paso, la idea es dar el momento previo para que puedas construir algo personal. Entra la intimidad y lo público, no es lo mismo la participación viendo porno en tu pc que viendo una perfo posporno en publico. En tu casa es activa a nivel que te estás tocando, lo otro es más activo en tu mente.

Todo el arte busca una respuesta del otro. El tema erótico es más directo, te punza, te despierta ya sea desprecio o calentura, pero te despierta algo si o si.




La pornografía de alguna manera establece los cánones de lo que es socialmente aceptable, y al hacer esto también establece lo que va a quedar por fuera de ese rango. ¿Cómo gestionas el tema del poder del erotismo al publicar tus trabajos?

Tengo piezas más porno, y otras más sutiles. En facebook dejé de publicar tanto, publicaba lo más suave, besos, una teta. Una situación más tranquila. En instagram pongo cosas más crudas. Me gusta jugar con las stories de instagram porque tienen esa cosa de sorpresa, no sabes que vas a ver. Y lo re pienso. Sé, porque me han contado, que de golpe abren y ven algo porno en un lugar público y les da pudor, y me divierte generar una incomodidad de ser vistos viendo, y de la cierta calentura que genera un dibujito, que no está normalizada. Cuando sos chico es natural enamorarte de un dibujito animado, porque es el consumo cultural. Es algo que se pierde con la adultez, pero nuestra generación está un poco obligada a otro concepto de adultez, a otra flexibilidad en el tiempo.

Cuando yo era chica estaba de moda que los chicos de 12 años se juntaran a ver porno y hacerse la paja, lo cual es una situacion super homoerótica, pero a la vez es todo hetero, no hay un propósito homosexual. Es la intimidad en conjunto, “yo estoy mirando pero no participo con vos”. Lo íntimo en público me divierte, como el abrir la story porno en el colectivo. Es algo privado, pero la gente que tengo alrededor no lo sabe. Pasa mucho con la gente que hace sexting, lo hacen mucho desde el laburo, es algo prohibido que la persona que tiene al lado no lo sabe. La gente adicta al porno también, ve en lugares donde socialmente está prohibido, y es parte del interés.

Varias veces me han escrito preguntándome, casi pidiendo autorización, ‘¿está bien que me calienten tus cosas?’. Son cosas que no busqué, pero me encanta que me las digan, me encanta que les sucedan cosas con lo que hago, pero creo que ellos mismos sienten una especie de pudor, respecto a lo ‘normal’ en lo porno o lo sexual. Hay una búsqueda instintiva de la normalidad, de evitar ser raro.




¿Cuáles son los objetivos actuales de Porno Rosa?

Ver si termino de definir lo que hago. Mi trabajo está muy anclado en la computadora, un formato que me encanta, pero que también (junto al primer concepto del que sale PornoRosa, que es el feminismo), viene atado al found footage de internet, que es algo que me interesa. Veo mucho en tumblr, que es un repositorio gigante. Para mi, y para mucha gente (y para muchos otros NO), lo que está en internet es de todos. Me interesa entonces la idea de tomar algo, reapropiarlo, hacerlo mío, y subirlo de nuevo a internet y decir ‘bueno, hace lo que quieras con esto’. Mientras no lucres con mi laburo y me cites está todo bien. Soy partidaria de que le llegue a la gente a la que le tiene que llegar, más allá de ganar plata. Esto en el arte es polémico.

Mis objetivos son cerrar más el concepto, anclándolo a internet y sus dispositivos, que son un tema generacional con el que quiero jugar, por eso uso el formato proporcional del celular. Por otro lado quiero despegarme de la computadora, pero con la animación siento que pierdo muchísimo poder al salir del formato para el que fue hecha. Proyectada en la pared le faltan un montón de cosas, entonces quiero terminar de cerrar el tema de cómo mostrarlo. Tal vez en 15 años, cuando la realidad aumentada sea popular para todos, mueva mis cosas a ese lado.

***

Como dice Preciado, quizás haya llegado la hora de formular una ecología política general de la cultura interesada en re-evaluar la producción, definición y el reciclaje de sus detritus culturales, así como de apostar por una posible revolución de objetos sexuales y masturbadores imbéciles, capaces de convertirse en productores subversivos y usuarios críticos de la pornografía. Apostemos fuerte y podríamos ganar todo un campo de imágenes creadas a conciencia, que puedan transformarnos y hacernos pensar, además de darnos placer visual. Un campo que tome parte de las esferas pública y privada simultáneamente, y que por estar ubicado en el espacio de internet no dependa de los estándares hegemónicos de la comunicación visual.


| Para ver más de Porno Rosa
www.pornorosa.tumblr.com

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