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[Micro-excursiones] es un cuestionario que va en busca de músicos y compositores, con el fin de conocer sus ficciones personales. Es una adaptación, algo transgredida, del cuestionario Proust. Las preguntas son simples e impersonales, pero a la vez pretenden ser un disparador. Es el primer cuestionario en donde las preguntas no importan. El mérito y la inventiva corre por cuenta de los músicos.

foto: Nat Motorizada


[Auto-semblanza]

Soy la Rusa Hija de Puta. Soy terca, cabrona, buena persona. Me gusta  tocar, coger, dormir, comer, andar en bici, fumar flores y emborracharme. No me gusta tener jefes, no me gusta ir a trabajar. Pienso que el mundo es un asco, está lleno de gente cobarde pero aprendi a rodearme cada vez de mejores personas y tener clemencia con aquellos que no se animan a vivir la vida de verdad. 

1.¿Qué condiciones se tienen que dar para que empieces a componer?
Guitarra o teclado en mano o andar en bici.

2.¿Cuál es tu héroe o antihéroe de ficción favorito? 
Larry David

3.¿Qué talento desearías tener?
Poder acordarme de nombres , ya sea de la gente o de películas y libros.  

4. ¿Cuál es tu posesión más atesorada?
Trato de no aferrarme a las cosas, son cosas. Me gustaría de a poquito desprenderme de todo, asi puedo volar más alto.

5-¿Cuál es para vos la manifestación más clara de la miseria?
Intentar ocultarla.

6. ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en los seres humanos?
La valentía y la sinceridad

7. ¿Cuál es habitualmente tu estado mental?
Soy bastante tirada para abajo.

8. ¿Cuál es tu idea de felicidad?
No existe, es algo que nos inventaron para que compremos sillones, tengamos hijos y nos casemos. Es la falsa persecución de algo bueno en esta vida. Cuando la gente no sabe lo que quiere, piensa en la felicidad, y en base a eso, entrega su vida a cambio de dinero. Antes que felicidad prefiero decir fuerza y alegría.

9. ¿Cuál es tu mayor miedo?
Los fantasmas o espíritus.

10. ¿Cuándo y dónde fuiste más feliz?
Considerando la pregunta anterior sobre la felicidad, ahora estoy en un momento hermoso. Trabajando con amigos que adoro con el alma, haciendo lo que amo, viéndonos crecer.

11. ¿Qué canción que hayas escuchado últimamente te hubiera gustado componerla vos?
Alright de Supergrass o Clint Eastwood de Gorillaz.

12. ¿Qué canción que hayas incluido en un disco o interpretado en vivo no volverías a tocar? ¿Por qué?
Uy no se me ocurre. Muchas canciones tienen sus tiempos en que cansan de tocarlas tanto o estoy alejada del sentimiento que me hizo componer la letra o a veces como banda nos aburre tocar algún tema, lo retiramos de la lista por un tiempo y después lo metemos otra vez. Si no sale con amor sincero no lo hacemos. 

13. ¿Cuál es el peor disco de la última década?
Bueno, por suerte no me lo cruce todavía.

14. ¿Qué libro te hace sonreír?
Dibujos animados de  Félix Romeo. También La Incógnita del Hombre, de Alexis Carrel, porque me recuerda a mi abuelo Martin. El mejor hombre que conocí en vida. 

15. Si sufrimos un ataque de Godzilla y tenés la oportunidad de salvar de sus garras a una banda o músico, ¿a quién salvarías?
A Los Rusos Hijos de Puta

16. Si después de muerta volvés convertida en zombie ¿a quién morderías primero? 
A Julian Desbats, asi se hace Zombie y nos podemos besar si problemas.

17. En tu último disco ¿encontraste la forma justa de expresar lo que querías?
Claro que si, sale del alma y eso es tan puro que es justo. Lo más difícil es escucharse el alma. Una vez que eso se logra, se dice y punto.

[Contacto]
Losrusoshijosdeputa.bandcamp.com
https://www.facebook.com/losrusoshdp
Twitter: @Rusoshijosdeput
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En A cielo abierto los/as invitamos a descubrir el mundo de los/as artistas que usan las paredes de la calle como su espacio de expresión. En pequeñas entrevistas, los/as artistas urbanos nos cuentan cómo es la experiencia de hacer del cielo el único techo para que sus creaciones puedan vivir...
 
Hoy nos metemos en el mundo de Cuore (Carolina Favale)




¿Cómo empezaste a pintar en la calle? ¿Qué te motivo? ¿Por qué elegiste el muralismo como forma de expresión?
Empecé cuando todavía estaba estudiando artes visuales. En principio, tuvo que ver con una decisión ideológica y política. Con el hecho de llevar la práctica al espacio público y que la gente no tenga que acercarse a una galería. Después, con el paso del tiempo y adquiriendo cada vez más experiencias, fui entendiendo que es la práctica y el medio que más se acerca a mi realidad, porque considero que es el espacio más sincero donde puedo desarrollarlo. En la calle una persona deja de ser un sujeto individual y pasa a ser un sujeto colectivo.

¿En qué lugares comenzaste a pintar? ¿Hasta dónde te llevaron tus murales?
Empecé a pintar en mi barrio, Boulogne, que queda en la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Es sorprendente, porque  gracias a este oficio tuve la posibilidad de viajar bastante y conocer varios lugares, sin la intención concreta de conocerlos. Surgen invitaciones, pero no son viajes que se planifican. Simplemente, sucede. Estuve en varios lugares de la provincia de Buenos Aires, en Salta al norte de Argentina, en Ecuador, Uruguay, Perú y recientemente en Estados Unidos.

¿Sentís que hay diferencia entre exponer una obra en un museo y exponerla en una pared?
Sí, hay muchísima diferencia. En la calle el intercambio con los/as espectadores es más espontáneo, sincero y fluido. En una galería la gente prácticamente no se acerca a intentar conversar o preguntarte sobre la obra. Considero que el espacio hace mucho a la dinámica. En una galería se invita a la gente a que venga a ver el trabajo y en la calle es lo opuesto: atraviesa la vida cotidiana de la gente. Yo creo que esto favorece a que los roles “artista”/”espectador” se diluyan un poco y que la barrera se rompa, facilitando el diálogo.
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por Ana Catania


Dicen que te casás. Con ella. Que lo harán en diciembre: una boda de verano, iglesia y salón. Y yo pensaba que eras la clase de hombre que rechaza las invitaciones de casamiento de sus amigos, que jamás bailaría un vals, intercambiaría anillos de compromiso, juraría amor eterno. Pero una vez más parece que me equivoqué. Con vos estuve equivocada de principio a fin. Desde siempre.

            La última vez que nos vimos cantabas en ese bar de calle Viamonte. Yo me senté, sola, a un costado de la barra. Ella tomaba fotos con su cámara profesional. Se la veía ágil, graciosa, así en cuclillas. Apuesto a que el vestido blanco le sentará perfecto. Ella es del tipo de mujer que nació para entrar en un traje de novia, y lucir como ninguna la coronita de flores naturales y el velo transparente. ¿Llevará un ramo de orquídeas o de crisantemos? Mi madre dice que las orquídeas amarillas son las mejores flores para una boda.

            Esa noche te vi besarla; tus manos bordearon su nuca. Fue como si me hubieran dado un sopapo en la cara. Me acurruqué dentro del abrigo y cuando fue oportuno arremetí hacia el baño. Con el saco puesto me bajé los pantalones, me incliné sobre el inodoro e hice pis. Traté de contener las lágrimas, algo que se hizo imposible al escuchar el agua que caía entre mis piernas. Luego esquivé el espejo y salí disparada de ahí. Caminé directo hacia la puerta, abriéndome paso entre la gente que saltaba con la banda principal, una de rock.

Afuera estabas vos, apoyado contra una de las columnas. Fumabas lento, trazando círculos blancos en el aire. Me pareció que tu cara se iluminó al verme. Y tus labios se estiraron a más no poder; cuánta provocación hubo en ese gesto. Me abrazaste y te abracé. No me acordaba de vos tan alto. Dijiste gracias por estar hoy. Lo hiciste con una voz demasiado solemne, artificial. Ese impostado gracias por venir que repetirás con los ciento y pico de invitados el día de tu boda. Me pareciste increíblemente lejano, como alguien que se encuentra al otro lado del río. Un punto pequeño, distante, pasajero. Te pregunté qué hacías fumando. ¿No era que lo habías dejado hacía siglos? Dijiste que era el cigarrillo del debut, que antes de salir te habían invitado con whisky, que es bueno para aclarar la garganta. Yo crucé las manos en el pecho sin cruzarlas.

Te pregunté por el cover. Que lo tenía de algún lado. Temptation, dijiste. New Order, claro. Y pensé cuán oportuno. Preguntaste cómo estaba yo, qué era de mi vida: esas formalidades terribles. Fui monosilábica. Repetía te quiero, pero no me animaba. Vos no hablaste de ella. Fuiste superficial, astuto. Perdón. Me esperan adentro. Y frenaste un taxi sin que yo te lo pidiera. Tenés un viaje largo hasta tu casa. Sí, igual voy para otro lado. Se me hace tarde, mentí. Debería haber bajado la ventanilla antes de que el auto se pusiera en marcha, y decirte algo; si tan sólo hubiera sabido que iba a ser la última vez que nos veríamos. ¿Pero decirte qué? Por el espejo retrovisor te vi machacar la colilla en la pared y abrir la puerta del bar.

            Y ahora te casás. Si me lo hubieran contado hace tres años me habría reído como loca. Hubiera sonado tan ridículo como hacer un viaje al Polo Norte. ¿No eras, acaso, el amante esquivo, encantador como una serpiente; el tipo imposible de aferrar; el espíritu libre, desapegado? En el fondo yo no era tan distinta a vos. Cuando nos conocimos te dije que lo nuestro iba a quedar en el orden de lo platónico. Vos sonreíste en silencio. Un silencio perfecto. Me tomaste del brazo y caminamos por Rodríguez Peña, empujados por una brisa de comienzos de otoño. Fue una noche hermosa. Cenamos a la luz de una vela, tomamos vino y compartimos el postre. Nos hicimos confesiones y nos regalamos cosas mutuamente. En ningún momento dijimos cuánto nos gustábamos.
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Puede ser una imagen de 1 persona y sonriendo


Poesía Entre La Hierba es un ciclo audiovisual quincenal que busca retratar la intimidad de los espacios visitados por cada poeta en la puesta en escena de su obra, a través de la lectura, el aquí y ahora de la poesía, donde es posible percibir el grano más fino de la voz haciéndose lengua.

Esta vez retratamos a Mora Sánchez Viamonte leyendo “Los Cafres”, un poema inédito que logra loopear esos momentos en los que nos encontramos con el lugar propio y nuestro hábitat se confunde con otros espacios más ajenos y parecieran conjugar dos  tiempos: el pasado y el presente donde las líneas de los versos se hacen indistinguibles. Recordar es una manera de hacer presentes viejas sensaciones, las de los veranos noventosos, el mercado de la playa y un cartel de “prohibido entrar con el torso desnudo”, pronto el mercado del presente se desdibuja y en ese punto el poema es un cruce de coordenadas en las que alguien se encuentra para luego perderse entre las góndolas del pasado, que también son un poco los días por venir.   

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El universo de El Perrodiablo se amplia una vez más con la aparición de Cacería, su trabajo más reciente, editado por Oui Oui Records. 

Por Gabriel Feldman

Caceria cover artEl Perrodiablo siempre salió a defender su rancho. Su discografía puede leerse como una carta de amor a ese rock que ya no abunda (y a veces es tildado de demodé): “el ruido ancestral, el de los dientes crujir”, como lo define Ariel Minimal en “La madre de todas las artes”. El límite es Pomelo, los pomelos que pululan. 

En “El bardo”, tercer tema de La bomba sucia (2007), Doma cantaba: “No me digas como, ni dónde, por qué, ni cuándo, sé de qué se trata el bardo”. Años después, en la tan vitoreada “Fito Paez” (Orgía políticamente incorrecta, 2009), dejaba las cosas más claras aún: “No soy la banda de sonido para festejar a tus amigos. No distinguís la calma de la quietud,  no distinguís la latitud de la longitud, no distinguís la pose de la actitud, pues pose es actitud con las piernas rotas y el alma floja”.  Y en El espíritu (2012), seguían insistiendo (como no seguir insistiendo): “Ganas de cambiar algo, ganas de hacer mierda todo, sí tras capas y capas de maquillaje, esconden los caretas, disfraz y camuflaje” (“No califica”).

Cacería, editado también por Oui Oui Records, es un paso más en la batalla. Se fueron a los Estudios ION y con la producción de Gualberto De Orta (guitarrista de normA) que los conoce muy bien y los viene grabando hace tiempo en su estudio de Tolosa, conjugaron un sonido donde desfachatez no es desprolijidad. Guitarras nítidas y la voz bien al frente, estridencia y claridad. Cada instrumento en su lugar y una bomba molotov en el rincón. La percusión de Andrea Álvarez, invitada de lujo, hace estallar a “El cristo de los futbolistas” y a cualquier tipo de “Pacto de no agresión”. Una potencia tan cerca de los primeros discos de Iron Maiden junto a Paul Di Anno como de MC5. “Soy un tornado metido en un bolsillo”, repiten en “La guerra psicológica”, sintetizando “Kick out the Jams” y “Running Free” en una frase.  “Seguiré mi ley hasta donde el camino se desviste…”, cantan a coro después, en cuero, con la lanza, el bastón, la rodilla destruida, los pantalones bajos, y los dientes flojos, pero la frente alta para escupirte sus verdades (te guste o no). “El resto del viaje es turismo de voltaje”.

El Perrodiablo no es una banda nueva, ¿cuándo dejás de ser una banda nueva? ¿O eternamente banda nueva? ¿Importa? “No es mi negocio, no es mi trabajo. No estoy acá por un pedazo. No me arrastré por un contacto, para pertenecer a este teatro”, arranca Doma en “Medicina”, con su estilo bravucón. Cada una de estas nueve canciones es un dibujo más en las paredes de las cuevas, donde El Perro honra al sol (“Y si no está escrito, lo escribo yo”, “Chazarreta”). Así son las cosas para ellos, es blanco o negro, no hay tutía, y no es cuestión de formas, como escribió Vicente Luy: O vos me formás / o yo te formo.