Un breve análisis de las anacrónicas costumbres culinarias del escritor Marcelo Birmajer.
Por Cristian J. Franco
Comencemos, pues.
Según Birmajer, por culpa de las “descargas ilegales” y la “disminución instantánea de las regalías por derechos de autor” que estas provocan, los artistas “no podrán dedicar su tiempo completo a sus vocaciones” y esto generará, a largo plazo, “el deterioro en la música y el cine”. La primera y más ingenua pregunta que surge de inmediato es ¿cuántos músicos, cuántos directores de cine, cuántos escritores viven de esas supuestas regalías por derechos de autor que garantizarían la dedicación plena a su arte? ¿Alguien lo sabe? Sin necesidad de recurrir a estadísticas, podemos arriesgar que el porcentaje (absoluto o relativo) no debe ser excesivamente elevado. ¿Será esto culpa del “tráfico gratuito e indiscriminado en Internet de películas y canciones” como parece creer Birmajer? ¿Es a partir del surgimiento de la piratería digital que los artistas han empezado a tener serios problemas para parar la olla? ¿O quizás el problema sea un mercado cultural dominado por empresas multinacionales millonarias a las que poco y nada les importa el bolsillo o el estómago de los artistas? ¿Tendrá algo que ver la ausencia de políticas estatales serias que protejan y alienten el trabajo artístico genuino? Un artista tiene el derecho a poder vivir de su arte, quién puede negarlo. Pero habría que preguntarse si la verdadera amenaza para los artistas y para el arte no proviene de los diversos sectores y representantes de una monstruosa industria cultural dedicada a hacer miles de millones de pesos y dólares y euros mediante la explotación de esos mismos artistas a los que dicen querer proteger cuando en realidad lo único que les preocupa son las ganancias astronómicas que desembocan como por un tubo en las cuentas bancarias de unos pocos empresarios globales.


