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Una larga duración (LP), implica desde ya aires de nostalgia, sonidos de nostalgia o melancolía. Y no por nada la lluvia se presenta recurrente a lo largo de la poesía. La aguja sobre el vinilo avisa la presencia de un fantasma, que detrás de la cortina de una tarde gris nos contempla, nos mira saltar para llegar a las aceras bajo un aguacero o caminar casi como zombis bajo el sol. Ese fantasma es Mauricio Castellón Michel y su voz es esa, la voz del humo que habita detrás de los viejos discos que se oyen aun ahora.

Dar la cara en un Lado A, donde nacer es obligatorio y tedioso, casi la tortura de la repetición de los días, la que nos obliga a ponernos lucidamente pesimistas y cometer actos de heroísmo: ver hermosura en la basura; no es más que una premonición para un Lado B, del cual uno espera el mismo transcurrir de las coscas, la continuación de una fiesta donde nadie se anima a bailar, y es una sorpresa toparse con tanto silencio alimenticio, la fuerza de un simple punto y la contundencia de un grifo mal cerrado que gotea, con exactitud, todas las palabras del insomnio. Luego, la satisfacción de sentir el espacio aun rondando.

Sergio Gareca Rodríguez




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Mariano Gilmore & Belle sorprende con su disco debut Una Catarata de Caramelos. Las melodías desfachatadas y el culto al pasado son la clave de este sorprendente debut.



Por Joel Vargas



Borges alguna vez escribió: “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”. Una catarata de caramelos es eso: un leve anacronismo. Un disco ideado como objeto artístico y realizado de manera artesanal; la portada remite a una Buenos Aires de otro tiempo, infectada de colores modernos. La dedicatoria a Bioy Casares habla de un cierto encanto por los escritores clásicos argentinos. 
Nos encontramos a comienzos de la década del 10 y Buenos Aires sufre la invasión de caramelos. Una catarata que te devora a besos con acordes de tutti-fruti a lo largo de doce episodios. Canciones desnudas, despojadas de arreglos: apenas unas guitarras acústicas y sutiles percusiones amenizan esta velada. 
Al escucharlos se los puede asociar por momentos a She & Him y por otros a Belle & Sebastian. El disco podría ser la transcripción de un diario personal al formato canción, donde las situaciones cotidianas son las protagonistas.
Todo empieza en “Belén”, con Gilmore describiendo a su mujer de manera simple y delicada. Sigue con la narración de un día normal en la vida de la pareja en “Antes de tomar tu taza de café”: la muestra perfecta de que Gilmore es un crooner enamorado que construye sus letras con minuciosos retazos de la realidad. 
También hay lugar para personajes pintorescos escapados de la mente de un niño eterno, como en “Monstruo” y “La chica ochentosa”; dos caras de la misma moneda donde aparecen el Italpark, los miedos y los placares atravesados por el amor. 
Quizás los momentos más nostálgicos se den en “Días de otoño”, por culpa de un ukulele que sangra, y en “Alfonsina”, que parece ser un homenaje a la poeta que se fue a nadar para siempre. 
El culto a la metrópolis aparece en “Turismo por la ciudad”, una precisa descripción que es la madre de unos acordes que aumentan su intensidad a lo largo del viaje. La historia de amor vuelve en “El baile (Corazón sentimental)” y “Navidad”, en ellas la pasión los hace volar. 
El final se avecina con el tema que le da nombre al disco y que manifiesta de manera más evidente su espíritu: la unión de dos eras y el retrato de un tiempo, un leve anacronismo anclado en la postmodernidad. Todo concluye, definitivamente, con la nostálgica “Dormir al sol”, entre pájaros, pianos y el homenaje a Bioy Casares: “ella deja besos en la oscuridad y se va”.

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Tengo dos pasiones: la música y la fotografía. Y es la comunión entre ambas lo que me genera un éxtasis infinito, algo especial que me transporta a otro mundo. En él sólo existen los artistas, las melodías, mis ojos y mi cámara: una burbuja gigante donde me siento invencible.


La fotografía y la música son como la Coca y el Fernet; la combinación perfecta. El escenario donde las luces, las sombras, las expresiones y los movimientos juegan de manera única haciendo que experimente climas y sensaciones que rozan lo místico. 


Podrá sonar exagerado lo que digo, pero cada vez que voy a un recital a sacar fotos, siento que se cierra un círculo. Algo se completa. 


Un gran artista dijo una vez: “Sin música no hay universo” y no hay nada más cierto.

Lito Vidaurre
                                                                                                                            
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“Carne”, tiene esa perversión algo elegante, en verdad, creo que suena así por la furia contenida, por ese control del contexto, el metacontrol, incluso en las imágenes trastocadas, en el continuo trastorno del narrador, en ese hablante que denota espanto, hastío, miseria humana, dureza emocional, esa que es profunda hasta el colmo, sobre todo en las escenas cotidianas, con remates aún más penetrantes, que dejan flotando la duda, no necesariamente sobre el desarrollo del texto, sino que sobre el cuestionamiento humano, esa especie de salida de una suave golpiza.

La ira que se desplaza hacia la sociedad, el desgano, se posicionan tanto en los títulos, como en el transcurso de la obra. Por otro lado, el humor ácido alcanza cabida en los episodios más coloquiales, como en “Combo Breaker”, sobre todo en la escena de las 8:42:27

El libro, en sí, es un osado, por las temáticas, por el desenvolvimiento violento de los personajes, del hablante lírico, esa desnudez en la que vierte su interioridad, por el ejercicio, la experimentación, como ocurre con Educación Sentimental I a V, donde Rojas Pachas, envía mensajes literarios a Boris Vian, Dostoievsky, Kafka, entre otros.

La presencia de diversas referencias, confeso, hacen indagar un buen rato en google, no sé, tal vez sea demasiada ignorancia al enfrentarse como lector a los textos o Rojas Pachas hace muy suyo el universo de “Carne” y nos desafía a que no sigamos tan estáticos.

En los aspectos más íntimos e intimidantes, que por lo general abarcan aspectos de relaciones más cercanas, hay una simplicidad que supongo es la que genera un recepción más nítida.

Rojas Pachas, es un ladrón de momentos, no sé si cabe en la clasificación de “Grandes tarados sin sentimientos” que Vila Matas menciona en uno de sus artículos, donde despotrica, contra esos que convierten el mundo y lo que a él respecta en un oficio para llevarlo al texto y se deshumanizan torpemente, pero creo claramente que se apodera de las situaciones, del ego, del existencialismo que deja en su libro.

Cuidado, en este momento puede ser que el autor, esté tomando notas mentales, burlándose un poquito de esto, de todos.

Kamila López
Antofagasta 2011

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Si bien seguramente no pase de ser una cuestión en buena medida banal, la discusión en torno a la “literatura independiente” y sus inmediaciones parece ser (a dios gracias) un debate todavía abierto. ¿Qué es?, ¿para qué sirve?, ¿dónde está?, ¿con qué se come?, ¿quién la conoce?: oscuros enigmas que una y otra vez se reiteran cuando sale a la palestra ese álgido tema que nos preocupa a unos cuantos y deja indiferentes, inertes o bastante desinteresados al (aprox.) 99,99% de la humanidad.
No está mal, sin embargo, —si acaso nos interesa rescatarla de las tinieblas y la vacuidad en las que suele encallar con preocupante frecuencia— darse una vueltita por algunos de los usos y abusos a los que solemos someter esa incierta categoría, aunque más no sea para rozar algunos de los problemitas que quedan tapados cuando, sin demasiada precisión ni cuidado, hablamos de “literatura independiente”.


Seamos independientes, que lo demás no importa nada…

Entiendo que, actualmente, en sus acepciones más difundidas el concepto “literatura independiente” no pasa de ser, por lo general, una etiqueta adherida sin demasiada discreción a una gama bastante heterogénea de productos literarios ubicados en lo que podríamos llamar, de una manera algo rimbombante, márgenes de la industria cultural[1]; para peor, no es poco habitual que se trate, además, de una auto-etiqueta; o sea: temeroso de que dentro del enquilombado zoológico de la literatura lo vayan a meter en una jaula que no sea la que le corresponde, es el escritor mismo quien, presuroso y previsor, se estampa en la frente el cartelito de “independiente”, solidario así del trabajo de aquellos que se solazan en la rotulación y cuidadosa demarcación de los accidentados terrenos de la literatura. Tampoco es raro que, complementando lo anterior, este rótulo funcione como una especie de bálsamo auto-justificante (y auto-exaltante): a cualquiera que escriba cualquier cosa le bastará con anexarse el mote de “independiente” para así, de inmediato y como por arte de magia, hacerse acreedor del derecho a pertenecer a una especie de imprecisa y sediciosa cofradía dedicada a infringir los difusos límites de los cánones literarios en boga[2].