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Muchas veces la ví
copulando con los ángeles
revolcándose en la hierba
hasta morir la pequeña muerte
bajo el sol

Puedo tomar el jugo
de tus pomelos
sentir el gusto en mi boca
mirar el patio
y sonreír sincero


También la ví
en la calle
ríendo, aún con dolor
y ahora sé
que no es más
que otra princesa triste
camuflada con alcohol

A Dios tomando en las botellas
y con el vaso dando y dando

Parece extraño
el pasto afeitado al ras
las caras flotando en el espejo
las manos buscando un poco de calor

La belleza de la caricia
y también del golpe inevitable

Así de pronto
como una lluvia en verano
como un viaje inesperado
en mitad de la mañana

No importa
quedarse así
en el lugar exacto
donde no sucede nada
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por Martín

Kris Tate
Ella se toma el tren desde la estación terminal hacia los suburbios (y así los nombraba, ya sea para imprimirle alguna cualidad de otro, o simplemente como continuación -en lo semántico- de la segregación geográfica). Lo hace como todos los martes y jueves, junto a una ventana abierta, inmersa en aquél espectáculo. No sabe si es la vuelta luego de una prolongada ausencia o algo relacionado a la serie «clima-fisiología humana-bichos de primavera», pero efectivamente se siente sola y repulsiva.
Ella nunca creyó en los encuentros casuales, estaba convencida de que su entendimiento tan extenso y último acerca de cómo funcionan las relaciones entre las personas arrastraría desde un primer momento cualquier posibilidad de. Y ella estaba orgullosa. Y ella era eso, se decía, tanto pasar penas y desencuentros unilaterales para qué, al menos dejame estar conforme con mi criterio de clasificación. Ya vi cada gesto, cada sonrisa. Todas las miradas, ya las vi. Los accidentes. Los suspiros. Sólo me quedan las palabras y esos diálogos inconducentes. Pero la gente es tan obvia.
La villa miseria quedó atrás: desde la ventana del lado izquierdo, y a esas horas, pasa desapercibida, como un caserío salpicando algunas lomas a una distancia prudente del camino principal. Pero no, estámos en medio de una ciudad, la ciudad no puede ser el monte, y menos en el año 2011. Qué es ese ruido. Qué olor más particular. No se si la capacitación nos hace más útiles o simplemente nos hace ignorar lo que para una persona normal sólo puede significar un peligro de muerte. Debería agregar eso a mi currículum: “Tercermundista”.
Le llegaban ahora los frentes de la Av. del Libertador, cruzando ese fresco y oscuridad que sí, prudentemente esta vez, había sido establecido tiempo atrás. Esos frentes le inspiraban una suerte de contradicción. No es como durante el día, pensaba, no son la fachada boba de una ciudad que se persigue su propia cola. No, ahora esas ventanas iluminadas bajan la mirada del horizonte, se encorvan y nos interpelan. Pero qué valor.
De tanto en tanto y bajo el influjo de las emociones que le producía la expectativa de un encuentro, ella se abocaba a la tarea de describir y explicar meticulosamente un aspecto de la realidad a quien fuere su próxima presa. Naturalmente, lo hacía dentro del marco de su propia imaginación: Yo te digo, lo que me pudre de la gente (como vos) es que siempre caen en lo mismo. Mirá, ¿Ves los arcos de ladrillo? Ya no hacen cosas así, porque... ¿Te das cuenta de lo precioso de este momento? Justo antes de que se ponga el sol, pero de verdad. Para ellos ya es de noche, pero ¿qué les pasa? Bueno, te explico, es cuestión de diez o quince minutos se suceden una tras otra más tonalidades del mismo color que en todo el resto del día. Por lo menos el cielo lo intenta.
En todo esto se detenía Victoria cuando el tren atravesaba la avenida, penetrando en la intimidad urbana. El espacio abierto desaparece en ese punto, los muros replican cada ruido y uno se ve inmerso en otra cadencia. Para ella no fue sólo otra cadencia: el nuevo escenario la arrojó nuevamente a la realidad con una violencia tal que sus párpados se abrieron más allá de lo esperado, haciendo público algún tipo de indisposición general. Fue allí cuando pasó revista -sin detenerse demasiado- al lenguaje corporal de las personas que, a su pesar, la acompañaban. No eran muchos. Su vagón parecía un vagón con cositas pintadas, bastante alejado del que ella recordaba como arquetípico: un mar de carne, gestos y publicidad corporal con pequeños detalles de vagón asomando aquí y allá. Entre las cositas pintadas había una pareja de señoras pelocorto, perla y telas negras que mostraban lo que nadie parecía demandar. Sus conversaciones me salpican. Qué fastidio. No. No quiero meterme en esto. Mirá ese pibe, ¿estará yendo o viniendo? Meh, nunca nos entenderíamos. ¿Me desea? ¡Qué manera de toser, señor! ¿Señor? Tuvo que desviar la mirada. Ni un instante pudo sostener el contacto visual con él. No se sintió incómoda al respecto, simplemente ¿cómo, al día de hoy, puedo ser tan evidente? Pidiendo atención a gritos. Qué necia. Y esa manera que tengo de abrir los ojos. ¿Qué hace mi uña del dedo anular entre mis dientes? Desaparecer, aquí y ahora. ¿Entiende usted, señor encanecido? Lo que me pudre de la gente es que siempre caen en lo mismo. Vuelven siempre al mismo recorte, y si no logran ponerlo en boca, dan vueltas alrededor. Siempre. Quiero saber qué pensas al respecto. Creo entender que la gente piensa cosas al respecto de las cosas, pero me vas a prestar atención, vos, viejo rosa, deseando que aunque sea una vez en la vida, tu día termine de otra manera. ¿Me ves cara de fesche Lola?

De algún modo, Victoria terminaba tocando la pianola para todos y nunca para ella misma.

Johnny,... wenn du Geburstag hat?
Faltaban unos minutos para las siete, se abrieron las puertas: primero el aire escapando, luego el golpe seco. Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Esta es la estación, una antes que la mía.
Komm doch mal zu mir.

Se apuró, anticipó el cierre de la puerta que casi le toma la carpeta o el tobillo. El silbato, el ruido agudo del aire nuevamente y toda aquella escena de discontinuidad (que ella juzgaba como la ejecución deliberada de un homicidio a ella-tren, ella-posibilidad), la situaron en otra ciudad, hace 55 años. Victoria encontraba seguridad en eso. Encontraba el referente de aquello que muchas veces escuchó salir de la boca de su padre: sentirse parte de la historia. Claro está, nunca le quedó muy claro a la historia de qué o quién se refería.
Cuando vió el puente de hierro fundido y supo -por parte de un quiosquero- que tenía cruzarlo, se sintió contenida. Hace mucho que no siento esto, la última vez fue en san telmo. Yo te explico, en san telmo no hay ochava... porque,... lo que quiero decir es que los lugares reconocidos públicamente como relevantes, te ayudan a tapiar ese hueco que es el hueco de no tener vocación, llamale como quieras. ¿Me entendés, Facundo?
Mientras cruzaba aquel puente, pintado y repintado a falta de mejor idea, lo vió. Sentado allí abajo, con el pómulo sostenido por una mano y el codo sobre un tablero de ajedrez, que también funcionaba como tablero para otras partidas. Facundo se llamaba. Su foto de perfil no miente, es tan lindo como lo imaginé anoche. Las hojas del ombú que nacía en el centro del asunto le impidieron seguir con la mirada aquel intercambio que había entablado hace apenas un instante. El sonido que hacía al caminar por el puente era notorio, incluso más que eso: resonaban los pasos a esa hora.  Ese recuerdo habría de retornar en lo sucesivo de la vida de Victoria. Los golpes del herrero, lo sentencioso de ese martilleo.

-¿Cómo hacemos para que esto marche más que un paso? Se introdujo ella. Pensó que hablar así hubiese sido, en otra ocasión, un pase directo al anecdotario de los “fracasos fugaces”, pero dado que Facundo poco había hecho más que mirarla e insinuar una sonrisa velada, le pareció lo justo y necesario. Tampoco se olvidó ella del precioso detalle que encontró al darse cuenta de que él prefirió no anudar, a esa atmósfera que bordeaba lo patológico, ninguna parsimonia introductoria del orden del “¿cómo estás?, yo soy...” o alguna evidencia pública tal como “llegaste”, “acá estamos”.
Él no respondió inmediatamente. Él-responsable, él-tres-años-más-grande. Suspiró.
-Vos, ¿realmente no te das cuenta de lo difícil que te la hacés? Su voz era contenida. Ella creyó percibir una cierta dificultad para construir la pregunta. Se irritó, golpe directo.
-¿Perdón? Sentenció.
-Creés ser lo que pensas...
-Ah, no!-interrumpió con indignación de cotillón.
-...sin darte cuenta de que eso no existe.
-Adiós.

Victoria se alejó en dirección a la calle Rivera, dejándolo a sus espaldas. Lo último que protagonizó Facundo fue el ruido de la chispa de un encendedor que, tal vez, haya encendido un cigarrillo. No se volvió. Pensó y le pesó lo que ya conocía en esta vida. Fue suficiente el peso para no arrepentirse. Los adoquines húmedos le devolvían la imagen de ella-héroe. A pesar de tanta altura, no le alcanzó para volverse y ver el cigarrillo que ahora ella posaba sobre sus labios. que. reían. y repetían.


[
Sobre el autor]

Martín, tiene 20 años y estudia psicología en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, está buscando algo mejor para hacer con su vida.

[Contacto] 


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Las manecillas del reloj internas que poseo me impiden rotar el nivel de sucesos.Por mas que eche una gran manta negra sobre su jerarquía, las manecillas rigen ante todo y por sobre todo. Aquello no tiene nada que ver con el tiempo, sino con la forma. Con las múltiples formas en las que yo, considero, debo desangrarme. Ellas justifican y perpetúan, también bostezan, pero nunca buscan. Ellas reciben el tiempo para amasarlo y meditar de que forma será conveniente devolvérmelo. Jamás lo piensan demasiado, pues detestan todo el tiempo que reciben. De esta forma me gobiernan y yo no puedo hacer nada para impedirlo, ellas tampoco.
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Hasta este domingo se estará presentando "Señorita Julia" en la sala El extranjero. La puesta dirigida por Marcelo Velázquez protagonizada, entre otros, por Gustavo Pardi, da cátedra de cómo representar el ayer en el hoy.


por Lucía Cholakian  y  Nadia Sol Caramella

Escribir sobre teatro puede presentarse como un problema, sobre todo cuando la obra a la que uno quiere referirse está tan cargada de contenido y profundidad, abordarla verbalmente puede resultar una minimización.

“Señorita Julia” es uno de los textos más famosos del escritor y dramaturgo sueco August Strinberg, afamado precursor del teatro de la crueldad y del absurdo. La obra narra en un solo acto, la historia de dos amantes: Julia, la hija de un conde y Juan, su sirviente. Todo trascurre a finales del siglo XIX, en la noche de San Juan, una festividad de la antigüedad ligada al fuego y a la purificación.  Entre copas, ardor de alcohol e indirectas colmadas de seducción, el deseo y su consumación no tardará en manifestarse.

Julia responde a una insatisfacción de clase, necesita saciar sus instintos más bajos y eso es Juan: lujuria, que desacartona la inmovilidad y el aburrimiento aristocrático.  Josefina Vitón es la encargada de encarnar este personaje que intenta ejercer poder, sometiendo a su criado a la histeria. Porque desea, pero como en un acto de protección de las normas que bien había aprendido como mujer de la nobleza, intenta persuadirse, refugiarse de sus deseos.  Aún así, no logra sobrepasar el estigma de la prostituta que transgredió la moral de su clase, volviéndose una victima más de la misoginia imperante de la época.

Esta pieza deja entrever el deseo de experimentar el punto más alto y más bajo del orden social y la crueldad de utilizar al otro para conseguirlo. Gustavo Pardi le da vida a Juan, el sirviente que vive agobiado por pertenecer al escalafón más bajo de la sociedad. Se esconde para amar a quien no le corresponde y vive deseando ocupar un lugar que nunca le será dado. Está en pareja con Cristina, la cocinera, que no le brinda más que una vida mediocre. Todos desean un afuera, y esta relación secreta, representa algo de esa exterioridad.

La escenografía y vestuario son claves en esta puesta: la sensación de austeridad (la obra se desarrolla en la cocina de los criados) y a su vez, la virginidad de un espacio que es corrompido por el encuentro “pecaminoso” entre dos sujetos de ordenes sociales distintos. La luz es cálida y todo sucede bajo esa intensidad. La obra seduce. La provocación de Julia incita al espectador a querer saber más, a indagar sobre aquellas luchas internas  que vivencian los personajes.

El director Marcelo Veláquez logra poner en escena de manera admirable, cómo la presencia de la relaciones de poder y de clase obstaculizan el deseo, para devenir finalmente en una tragedia acida, que deja el sabor amargo de lo irresuelto.   


[Ficha técnico-artística]

Director: Marcelo Velázquez
Autor: August Strindberg
Versión: Enrique Papatino
Interpretes: Josefina Vitón (Julia), Gustavo Pardi (Juan), Paula Colombo (Cristina)

[Funciones]

Valentín Gómez 3378 
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4862-7400
Domingo – 18:00 hs  
Entrada: $ 60,00 / $ 40,00  
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A tres meses de la tragedia de once, una reflexión en primera persona.                                                                  
  
    Por  Nadia Sol Caramella

Hace tiempo que me rehuso a poner en palabras esto que siento cada vez que piso la estación de Once. Sin embargo, cuánto tiempo más puedo negar lo que me pasa. Quiero hablar desde mí, sin pretensiones de biografismo. Quiero describir la imagen temblorosa que veo apostada sobre el andén: los molinetes enfundados de  fotos, corazones que todavía parecen tibios, y esos nombres escritos con trazos fuertes como anclando las letras al presente, con todo el amor y la esperanza del mundo.  Entonces la gente va, viene, son tantos que no puedo contarlos, ellos no me ven. En realidad estamos ahí pasando, no hay nada que ver, solo pasar. Nos olvidamos de que estamos hechos, de humanidad señores/as, humanidad que se duele por sus propios errores. Hablo de “la consecuencia de años de abandono y desidia" como dijo la mamá del Chimu.

Sabes, se me retuerce el estomago cuando estoy ahí, tan cerca de esa vía. El otro día vi que el tren no estaba más. ¿Y qué, ya está? Sacamos el tren y nos olvidamos de todo. No, por suerte, ese altar de corazones tiene un fin más inmediato: memoria activa.


51 muertos y 703 heridos, numero fríos, tristes. Me da miedo el olvido. Tenemos cuentas pendientes, lo sé hace tiempo. Muchos como yo, somos de la generación de la Amia, de Lapa, de Cromañon y de la tragedia de Once. Cuando voy a buscar a los culpables y las resoluciones de la justicia en los diarios, se me escapan, quiero nombres y apellidos, pero veo que algunos son intocables, hasta innombrables para la justicia.

Esta vez, las pericias del tren dieron como resultado que hubo fallas en todos los estamentos, ¿la justicia podrá sacarse la venda de los ojos y poner nombre y apellido a la desidia, al abandono? Inmediatamente se me viene la imagen del Chimu, el pibe tocando en la Flia del Oeste en la plaza del vagón de Castelar, me imagino como su voz  traspasa el recuerdo, los bordes del tren y canta a los gritos: “Arrastrame hasta donde puedas, no me canso de insistir, o practicar, mostrarte heridas. Sin que las veas se corren, y cantan poesías, mientras su azar recicla promesas viejas, suma experiencia se junta y empieza a andar. No llores mas, vos por mi no sufras, tenés que aprender a caminar, hoy faltan pasos en tu camino”. Qué decir, faltan pasos, miles. Es una batalla del día a día, que no solo es tema de los familiares de la victimas, sino de la sociedad entera.  


No me olvido el día de la estación de Once, cuando todo se desmadro gracias unos cuantos oportunistas.  Me acuerdo que más temprano nos habíamos sumado a pegar carteles con la cara de Lucas y alguien se acercó y nos dijo: “chicos dicen que lo encontraron, está muerto”. Entonces la bronca, sensación de impotencia. Cuando llegamos al hall de la estación, los amigos más cercanos nos dijeron que todavía los padres no habían confirmado nada y que, una vez más, los medios habían maltratado el dolor ajeno. Tuvimos que esperar, fue la espera más larga de todas.  Efectivamente, el cuerpo sin vida era Lucas. El grito de los amigos y familiares me quedó tatuado en el pecho, eso no me lo borra nadie.
Lloro, me da bronca tanta mierda suelta. No puedo. Juro que quiero dejar de escribir, todo parece inútil. Pero no, esto es algo mínimo que me debo, escribir. Escribir para no olvidar.

Alguien me puede decir, ¿a dónde van todos esos abrazos, caricias, besos que las 51 victimas no les van dar a sus seres queridos? Que alguien me diga  como hace Maria Lujan Rey, Paolo Menghini, Lara y la pequeña paz, para besar y abrazar al Chimu en la distancia, hoy que cumpliría 21 años.

Condenar a las 51 victimas al olvido, es como matarlas de nuevo y ser cómplices de la desidia . Esos corazones de la estación de Once no pueden ser carcomidos por la mirada de la cotidianidad, del automatismo de andar como zombies sin ver al mundo, con tal de ir, quién sabe a dónde. Me niego, con todo de mí, a la tarea vil del olvido, que como marea gigante pretende borrar las heridas y el amor de los que ya no están. Todavía quiero creer en la humanidad, “i believe in miracles”…