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“Hay que ser fuerte, cuando se es fuerte,
se tiene derecho a despreciarlo todo,
 incluso la infelicidad”
R. Arlt: La clase de gimnasia. 18-07-1930


Al milagro, a la no caducidad, a la realización, a la inmortalidad, al amor, al infinito: a la salvación. Ese es el camino que emprenden los personajes arltianos -lo cual no sería un problema sino un acto de grata y profunda megalomanía u otro accidente literario-, pero a su vez está incorporado a ellos un tipo de teleología fatal. Ninguno de ellos será lo que quiera ser. Imaginemos que para estos personajes existiera una nueva categoría kantiana a priori que les prescribiera una sola realidad trascendente, deformada por el fatigoso expresionismo arltiano e inmersa en un cosmos que implica no sólo elementos formales como lo son el lenguaje estructurado y cargado de hipérboles o metáforas mecanizadas; sino esa suma más la negación al cumplimiento de ese deseo de realización. Las acciones, que existen evidentemente, no servirán para sus fines.  

La tentación a traducir esta circunstancia de los personajes a un lenguaje psicoanalítico, como simples neuróticos, se desmorona cuando emergen componentes del mundo, deformados -que toman vida y actúan-. Sobre todo cuando, como en este caso, se trata de buscar –empresa ambiciosa- un eje, una nueva clave de lectura o relectura de la obra de Arlt que se vincule con o implique algún tipo de acción.
La subjetividad, para estos personajes, es impuesta por un algo superior y sólo se les da esa realidad en que está bloqueada la vía de la satisfacción[1]

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Sea tu aliento el que desgarre mi vida.El que habite las paredes
de mis recuerdos humeantes.Olor a azúcar quemada ,tus manos
temblando ante la figura que se apaga en el cuadro como un
súbito apagón total de la tierra.
Cuidaba que el instrumento sonara bien ,que rebote con la perfecta
armonía con la que una hoja cae en el suelo.Se prendió la música,
caímos ,dimos paso ,la melodía debía recorrer nuestro desconcierto.
Tu voz no decía nada ,susurraba apresuradamente las palabras que
temías que se escapen ,que se cansen ,que arbitrariamente decidan
que otros sean los ojos ,los sentidos que encastren con su figura.
La locura nos mintió ,nos engaño ,nosotros queríamos la palabra que
todavía no existía ,la acción que caminaba anónima por el interior
de nuestro deseo mudo.
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Aventuro una metáfora de la que más de uno ha hecho abuso. A saber, la mirada oblicua. Más allá de que el acto de la escritura (físicamente hablando, la dirección del bolígrafo es diagonal) implica transversalidad con respecto al papel, la literatura en sí supone esta dirección. Así, oblicua es tanto la mirada del escritor como la del lector con respecto al texto. El sentido es quien atraviesa al sesgo las cosas como los libros. Y es esa proyección de la mirada lo que ya no puedo dejar de ver en todo hecho literario.
Será que yo mismo quedé atravesado. 
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Sabía que decir la verdad de entrada provocaría lo opuesto a lo que quiero. Por eso fui despacio, de a gotas, en cuotas.

Volvía de la clase. Sonaba una canción de esas que están pensadas para que la gente baile sin escuchar o entender nada. Una música de mierda, diseñada con un fin específico, como la que ponen para que uno escuche mientras espera que le atiendan el teléfono. Te decía, una música de mierda, con palabras de mierda, repetida y gastada pero que de alguna manera hace que los pies entren en acción. Un punchi-punchi feliz que hacía que mi monólogo interior y mi ceño fruncido contra el vidrio parecieran todavía más patéticos. Triste.