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La manada se reunió como todas las noches, alrededor de su jefe.
Confían en su líder, saben que es el mas feroz, taimado y sanguinario.
Él los llevara a la zona de caza, elegirá la presa y una vez aniquilada repartirá los despojos.
Sigilosamente, se internan en la noche.
Ocultos a la luz de la luna, acechan.
Los ojos brillan en la sombra, humean las bocas entreabiertas, agazapados en la oscuridad, esperan.
El jefe, sin dudas él más astuto de la jauría, es el primero en detectar que la presa se acerca.
Es un hombre.
Los lobos aguardan.
El jefe observa que es un hombre joven, su experiencia le indica que hay que ser precavido. Estas presas suelen ser rápidas y ante la menor amenaza corren y buscan el amparo de otros hombres, entonces la caza se complica y a veces, logran escapar a su destino de carne picada.
Un gruñido a sus espaldas le recuerda que otro macho de la manada, igual de feroz, pero quizás más joven, aspira a su puesto.
Los demás permanecen en silencio, los músculos en tensión, dispuestos para el salto.
La victima se va acercando, desprevenida.
El jefe da la orden, aúllan las sirenas y el falcon verde avanza.


La consigna era carne picada
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Davove / Ser polvo
Será que uno quiere ver a veces el cuerpo en el texto. Como si se tratase de una verdadera apoteosis, o a la inversa del credo niceno-constantinopolitano, la carne se hace verbo. El poeta (autor literario por antonomasia) es un demiurgo diminuto, verdugo y redentor, que hace holocausto de sí mismo para pasar a ser letra, soplo, tóner, y así garantizar su eternidad.
Será entonces por eso que uno busca al Santiago Dabove vivo y eterno detrás de sus muertes fraguadas.

Experimento ahora un doble temor: y es que al leer sus textos, creo estar resucitándolo. Y cuanto más leo (aspirando furiosamente el tóner volátil) más vive ese muerto. Yo, vampiro invertido, chupando tinta para darle vida, no se si tengo miedo de no poder saciarme nunca de resurrecciones, o de ser esclavo del oficio al cual me ataron sus letritas poderosas.
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Se adelantan dándose aliento, la noche está helada. Los huesos tiritan a pesar de los besos tibios. Las sombras de ellos van detrás, lánguidas. El paso es lento. Ninguno quiere llegar. Él la toma por la espalda casi despabilando a su sombra y la arrebata contra la pared.
Un beso, la pared está fría pero no importa, los cuerpos se aprietan lo suficiente.

La mujer estaba detrás de un vidrio empañado. Desde aquel día parecía una escena eterna, primero los dos, después ella sola y el vidrio y el frío y la noche.
Pero la mirada de la mujer era una zona oscura, oscura por secreta. Esos ojos detrás del vidrio son dos puntos negros a donde habia que mirar porque iban a decir, aunque pareciera mejor no decir:

-Angustia, me duele. Es cierto que se puede llorar hasta que duela. Es cierto lo de los cortes y si, también los golpes. Pero no es como todos creen, es diferente.

Alejó la cara del vidrio, nos echó una mirada, éramos un par de amigos, los que todavía la recordábamos. Según ella quería decir todo lo que no pudo decir.

-Me duele, pero lo elegí.
Este bar está vacío ¿por qué acá, por qué volvimos?
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Autosemblanza:


Daniel Rojas Pachas nació en la infausta y delirante década de los 80 sin ser planificado, pero de haber podido elegir, hubiese preferido de plano no nacer o haberlo hecho en los sesenta… a partir de ese momento y desde que tiene uso de razón, ha tenido que dar sentido a lo que le rodea y armar ese manojo de fichas desordenadas que los otros llaman vida y que es un tablero… pero no de fino ajedrez sino de barato y azaroso ludo. El mejor remedio que ha encontrado para palear el tiempo ha sido escribir y leer desde textos brillantes hasta momentos cotidianos y horrorosos en el supermercado… ha ganado algunos reconocimientos burgueses por tan burguesa tarea de contemplación… le ha robado algunos segundos a la muerte y como dice el buen Diógenes… ha podido decir sin empacho… "Ellos me condenan a irme, yo los condeno a quedarse." La bio oficial para los hombres y mujeres grises de siempre en: http://www.danielrojaspachas.blogspot.com/



El mini-proust propiamente dicho: