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Damnatis et redemptoris

Déjese testimonio de esta resolución:
Yo no quería tenerme pero me tuve igual.
Dos meses antes de término,
siete meses antes de la conformación del cerebro
me tuve entre brazos
empujándome adentro y afuera.
Me di a luz muy pequeña;
desde cierta distancia recordé algunas aguas
que cuando me partí en dos se abrieron
dejando pasar mi ejército entero
hablando, para remar en ellas,
lenguas peligrosas con la lanza punta arriba:
Ymakh shemó vezichró

No vino la crecida, ni vendrá
me perforé la espalda y no pude verme nunca más.
El médico dijo que empuje.
Me expulsé perfectamente limpia
para amamantar a mi tierra de leche nueva
que el viejo luego vendió por dos złotys, allá afuera.
Aunque no quería dolerme, así fue.
Esa es mi familia, atraviesa cuerpos.
Yo soy mi familia.

Ymakh shemó vezichró

La vieja no quería tenerla pero la tuvo igual
nos rompimos la cabeza juntas, hermana
lo recuerdo: bailamos adentro apestadas
cada vez más despacio en el festín de lucecitas
hasta quedarnos quietas, cansadas de patalear.
Entonces pasó el gran barco por encima
que nos llevó a otros puertos
quizás más lejos de acá o más cerca.
Nadamos a cuestas, nuestras cabezas pegadas
por la culpa de la vieja.
Esa es mi familia, atraviesa pronósticos de lluvia
que terminan siendo sequías.
Vos sos mi familia.

Ymakh shemó vezichró

Pero yo no hice mi agua para quedarme en ella:
tengo el estómago vacío.
Hace dos meses que en el campo solo quedan dos gallinas
--una de ellas tiene mi nombre.
Ahí, están tus otros hermanos
los que decían que la batalla estaba por ganar.
voy a cargarme, jugar conmigo por un pedazo de pan.
voy a aprender todas las palabras que alguna vez quise decir
hasta olvidarlas de nuevo.
voy aprender a mirar dos veces la calle antes de cruzar el mundo.
(Están bien las intenciones, pero temo que por entonces seré vieja).


Hermana, ¿cuándo podré enseñarte todo lo que sabías?
¿Jugarás con pájaros?, ¿habrías podido predecirnos?
Los médicos decían que íbamos a ser así
que nos tuvimos para irnos.
¿Sentiste algún dolor?, ¿lo siento yo ahora por vos?
¿Todo lo que no pienso está adentro tuyo?
El dios epidural de los que no hablan ni piensan,
sin saber por qué, también lloró por vos y
lloró por mi niña como recién nacido
no sintió cómo rasguñábamos el Muro
en el que hoy apoya la frente.

| Sobre la autora |

Carla Chinski nació en Buenos Aires en 1995. Es Licenciada en Artes Combinadas (UBA) y está cursando la Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA). Realizó talleres de escritura con Laura Galarza y Federico Falco, y talleres de lectura con Guillermo Saccomanno. Tiene un libro de cuentos inédito y colabora con revistas culturales digitales. Le gusta traducir en su tiempo libre.
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| Sobre la autora |

Magali Cardyn nació en 1994, en Montréal (Québec), donde vivió toda su infancia allí para luego instalarse con su familia en Buenos Aires en el 2008, donde completo sus estudios secundarios y se encuentra actualmente terminando una Licenciatura en artes visuales. Interesada en las temáticas de género y basándose en su propia experiencia como mujer queer, feminista y libre, en principios del 2017, empezó a realizar unas ilustraciones eróticas en formato digital (en su cuenta de Instagram _bien_parida_), que le valieron una mención en la revista de arte Creators de Vice Magazine MéxicoSe inspira principalmente de lo que ve en las redes sociales, tanto jóvenes milenials como perfiles de actrices porno, trabajadoras sexuales o de sus propias amistades, tomando registro de cierta manera de una nueva generación de mujeres que luchan por vivir una sexualidad libre, fluida e sin prejuicios.
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por Enrique Decarli



Una sola vez estuve en el Delta. Tendría dieciséis años. Un fin de semana con amigos en la casa de uno de ellos. No recuerdo la isla, sobre qué río quedaba ni nada. Apenas una imagen borrosa de la construcción blanca, el muelle de palos. Un cauce angosto. El sol húmedo entre la vegetación, los mosquitos y la mala onda familiar porque, al parecer, hicimos un quilombo bárbaro.
Entonces cuando agarré Delta, ese libro inclasificable de Fedra Spinelli, pensé que iba a volver a aquellas imágenes de adolescencia. Que el relato sería conducido por esos lugares en los que había estado veintiocho años atrás. Y sin embargo, no. Sin embargo me fui (creí que me iba), directamente al corazón de África. Al Congo y al río Congo de Conrad. Esa experiencia es intransferible; pero tal vez podamos, hacia el final (no siempre es bueno empezar por el principio), arriesgar al menos una hipótesis. 
Bien:
Delta es el viaje de una mujer joven. Una mujer sola, empeñada en hacer listas inútiles de compras de supermercado. Un viaje a una casa desconocida que tiene sus propias reglas, sonidos en la oscuridad y seres invisibles que la habitan. Dos perros por toda compañía, y un libro: Tiempo atrás, en un tiempo ya olvidado, ella había imaginado África
No puede ser, digo. ¿África? Necesito parar porque esa página 21 no puede ser. Busco, en Google, “Cómo se forma un delta”:
Un delta se forma por la sedimentación del material arrastrado por los ríos al producirse una disminución brusca de la velocidad del flujo, que puede ser causada por… 
Clarísimo.
En el Delta de Fedra Spinelli sedimentó “A la deriva”: la picadura de yarará primero arde, después entumece, debilita y postra. Las horas, lo único que hacen, es propagar el veneno. No importa que Fedra esté hablando del amor, y no importa que Quiroga haya ubicado su relato mil trescientos kilómetros río arriba, porque “Leer es viajar a la deriva. Estar a merced… convertirse en objeto de arrastre”
En la personificación del agua se recupera el otro Delta de la literatura argentina. El Panorámico de Marcelo Cohen en Gongue: Yo he visto que el agua prefiere ser igual a sí misma que tener una forma… Todo lo que el agua esconde lo acumula. Hacia el final, inexplicable y azaroso (otra vez la transferencia), se integra a los hechos El corazón de las tinieblas. El libro que, junto a los perros, es compañía de nuestra mujer. 
Entonces la isla. La isla  y la casa, como Kurtz, son el destino final de un viaje que, en realidad, empezó hace tiempo, si bien de manera progresiva, en una dimensión interna y con expectativas modestas. Una forma distraída y extraña de la ausencia; sin embargo, sutilmente planificada, porque en Delta las cosas ocurren así: una idea terca entra en la cabeza, en el cuerpo, no concilia, no cede, no espera.
Hace unos días, una amiga me hizo llegar el comentario de un lector: Decarli no cierra las cosas que abre en los relatos. Puede ser y por eso: para desenrollar un poco parte de este lío, convengamos que cuando leí El corazón de las tinieblas, no lo hice con las imágenes del río Congo que no conozco. Ni siquiera con la versión cinematográfica de Coppola, que, cualquiera sabe, transcurre en Vietnam. Me serví, como no podía ser de otra manera, de las imágenes disponibles en mis archivos secretos más parecidas a una selva. Ahora lo entiendo: leí El corazón de las tinieblas con aquellas imágenes adolescentes y difusas del Tigre. Por eso al entrar en Delta, sentí que volvía a África. 
El resto de las coincidencias puede ser sólo eso. Coincidencias (o no). En esta historia hay fragmentos que se hunden y otros que flotan. Y también es cierto que, tarde o temprano, las cosas se deforman en la transportación. Lo importante es que Delta es un escrito sobre la soledad y la espera. El amor filial. Lo inevitable del amor que ya está anunciado. La amenaza, del amor. Porque si de coincidencias se trata, alcanzan las palabras del capitán Marlow: Vivimos como soñamos…, solos.

Rafael Calzada, 
14 de noviembre de 2017.
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Con la llegada del 2018, decidimos empezar el año eligiendo las publicaciones más leídas y  destacadas de nuestro blog durante 2017.  
por E.I.





En nuestra sección visuales:

Rocio Inmensidades, fotógrafa y activista, relata en sus series de retratos y autorretratos la disidencia de las corporalidades. Echa luz, de manera testimonial y con un alto vuelo estético, a los cuerpos antes silenciados e invisibilizados que ahora encuentran en las formas del transfeminismo un lugar de expresión. Gracias a la búsqueda de artistas como Rocio, podemos volver sobre nuestras propias disidencias y darnos lugar a una existencia posible.


Victoria Renzo, artista plástica, imagina escenas de un mundo pop y rosado, que a través de un buen manejo del dibujo y la pintura representa escenas estáticas que resultan icónicas de un mundo aparentemente suave y equilibrado, “aparentemente” suave y equilibrado, podría decirse que en sus pinturas hay algo de lo bello en un sentido hegemónico pero, hay algo más, algo que se le escapa a la clasificación, una extrañeza de otro mundo, como una sugerencia o una invitación a algún secreto.  


En nuestra sección de poesía:

Malena Saito sorprende con una poética de la simpleza y de la evocación. La serie de poemas que publicamos es parte de Amiga, su primer libro, editado por Santos Locos (2017). A través del vocativo “amiga” va hilando una serie de poemas entorno a la idea de la amistad entre mujeres, una suerte de resignificación del vinculo, donde aparece el amor en todas sus formas. Poemas como cartas que crean un relato y un mundo que se sostiene a través de los vínculos por afinidad, una interesante propuesta para comenzar a corroer la idea capitalista del individualismo e independencia como forma única de subsistencia. Frente a la hostilidad de un sistema y su cultura, no queda otra que el sostén mutuo, comunitario y amistoso. Esta serie de poemas evoca esos otros mundos posibles. 


Diego Alfaro Palma, poeta chileno, publicó Litoral central por Audisea (2017). En ei publicamos una serie de poemas del libro. La poética de Alfaro se destaca por crear una mirada individual y selectiva del mundo que habita: el litoral central, las playas chilenas de Valparaiso. Entre “bosques de linternas en medio del mar” y la “pesca furtiva que hacemos al despertar de improviso” este joven poeta chileno compone una poética de fragmentos entre mágicos y cotidianos, la realidad se presenta como recortes de texturas y sensaciones que luego el poema redimensiona como una gigantografia, como una mezcla de tramas de la tela de una camisa y el follaje de invierno. Una interesante  puerta de entrada a la nueva poesía chilena.   


En nuestra sección Escena Actual:

La fotógrafa Mora Vitali entrevista a Lucia Reissig, una artista joven, que lleva casi diez años creando material visual, explorando los medios a su disposición, y sobre todo experimentando con el sentido social y político de la producción artística.  Lucía es, además de artista plástica, militante feminista y fundadora del Proyecto NUM, un proyecto de libro, que revinculó las producciones artísticas referidas al movimiento Ni Una Menos del 2015, incluyendo un registro de acontecimientos hasta el 8M del 2017. Una entrevista necesaria para pensar y redefinir los lazos entre el arte y su costado político y activista en la actualidad. 


Charla con Santiago Motorizado sobre el machismo en el rock, comenta como la escena fue mutando gracias a la lucha del feminismo. En esta entrevista Santiago pone foco en la importancia de romper con la desinformación/información instalada por los medios hegemónicos y el gobierno. Una charla maravillosa con un gran músico, en la que además nos recomienda a sus músicas favoritas actuales. 


En nuestra sección narrativa, dos relatos que volvemos a leer una y otra vez:

La chica que me cuida, de Malena Low, una crónica de memorias o relato sobre el recuerdo y la disidencia sexual en la infancia, Malena sorprende como autora por el tono de su voz y como reconstruye sus recuerdos, haciendo de esta escritura de la intimidad una pieza impecable con un vuelo poético muy destacable. 


Trampolin, de Tomas Downey, un cuento no apto para ansiosos, una narrativa simple y terrible o una invitación a lo mágico en la escena cotidiana de la relación de un padre con su hija. 


Publicación recomendada:

La poeta Gabriela Clara Pignataro traza la cartografía y el recorrido de una obra: Raúl Zurita, el de la cicatriz infinita.


La más leida:

"Praxis literaria: ¿método o inspiración?", entrevista a Leonardo Sabbatella, autor de las novelas: El modelo aéreo y El pez rojo, editadas por Mar dulce. Nos preguntamos junto a Leonardo si la escritura tiene un método o si se trata solo de genio, inspiración o talento. Las respuestas del autor nos llevaron a nuevas ideas y conclusiones, esta entrevista es parte de una serie de entrevistas y notas sobre praxis literaria que seguiremos publicando durante este 2018. 


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Entrevista a Lucia Reissig. Explorando el territorio de la invisibilidad.

por Mora Vitali

obra de Lucia Reissing



Si hay un dominio donde el azar no existe, es justo el de la creación artística: cuando se quiere matar la democracia, se empieza por amordazar la experimentación, y se acaba por acusar a la libertad de tener rabia, dijo Nicolas Bourriaud, operando en un contexto que nos es ajeno, pero resuena en nuestra contemporaneidad. El arte es un medio de la libertad para señalar a quienes la amenazan, y las propuestas artísticas no serán jamás inocuas en un contexto represivo. 

Lucía Reissig es una artista joven, pero lleva casi diez años creando material visual, explorando los medios a su disposición, y sobre todo experimentando con el sentido social y político de la producción artística. Sus piezas están signadas por la variedad: variedad de materias, de tamaños, de formas. Hay una exploración de la flexibilidad del cuerpo y la mano para crear lo que la mente necesita poner en el mundo. El suyo es un corpus de obra que no teme. La artista efectivamente se entrega en su obra, usa todo su acervo personal, pone su cuerpo, sus ideas, sus espacios, sus elementos de trabajo, su biografía y su ideología al servicio de su creación. 

Lucía es, además de artista plástica, militante feminista y fundadora del Proyecto NUM, un proyecto de libro, que revinculó las producciones artísticas referidas al movimiento Ni Una Menos del 2015, incluyendo un registro de acontecimientos hasta el 8M del 2017. Sobre este proyecto, que define como “el momento máximo del amor”, las palabras de Reissig son imprescindibles y claras: “En el resultado se nota el esfuerzo colectivo a gran escala, y es valorable, es un libro cuya existencia es, para mi, muy importante. Es importante tener este archivo, sobre todo porque el circuito del arte deja afuera obras así, no hay lugar para obras de este tipo, jamás entran en un museo o son publicadas, nadie habla de estas obras como referencia. Podemos usar estas obras como forma de leer la historia, ¿por qué hay tantos modos de representación parecidos? Bolsa, carne, ojo morado, ¿por qué son los mismos imaginarios, o modos de representación? ¿Como se analiza sociológicamente? ¡Se puede leer mucho de eso!”

 Respecto a su proceso, Reissig explica: “muchas veces me referí a mi forma de trabajo como el ‘modo de la urgencia’, esa era la única metodología conocida, una situación que se vuelve insoportable y recurro a lo que tengo a mano, al instinto. Eso lo aprendí mucho de la militancia, salir a hacer un stencil en la calle es igual”. Refiriendo a su labor individual, menciona que “hay un momento solitario, introspectivo, del trabajo en el taller, pero todo depende mucho del tipo de práctica, hay otros haceres colectivos, me inspira mucho la cuestión del cuerpo colectivo.” El trabajo colectivo la refuerza: “el cuerpo colectivo es lo mas en este momento. Empieza a ser refugio, mismo la creación, yo soy tan artista como feminista y se mezclan las dos sensaciones. Son situaciones desde una sensibilidad y una percepción del mundo, hay una presencia de lo sensible físico en el trabajo poniendo el cuerpo, cosiendo, estando, marchando en persona.” 

El trabajo que está realizando en este 2017, bajo el título El trabajo invisible, se apoya en la conceptualización del oficio, del trabajo teóricamente no-artístico, pero si transformativo, que ella opera sobre las casas que limpia, un trabajo que desarrolla actualmente para sostenerse económicamente, y que le permite desarrollar sus otras actividades. Esta tarea es desempeñada casi exclusivamente por mujeres, y este sesgo de género contribuye a su invisibilización, y por lo tanto a la precarización de quienes la desarrollan.

Trabajo Invisible se desarrolla desde dos ejes, de diversa materialidad. Uno virtual, de documentación fotográfica que la artista difunde a través de Instagram, tomando imágenes que representan el antes y el después de su presencia usando, tal como hizo en su momento Ana Mendieta, su cuerpo para afectar el ambiente, dejar huellas, modificar la vida de los habitantes de la casa. También en estas tomas Reissig retoma su expresión fotográfica, captando la belleza de elementos ignorados, la plasticidad y los colores de los espacios, los productos y los procesos que la gente elige no realizar, y por eso la contrata. Hay un descubrir de un mundo silencioso en sus trabajos, que vuelve público al subirlos a una plataforma social con mucho tránsito. El otro eje de esta serie va en relación con la memoria de los materiales, la cual la artista relaciona con la memoria del cuerpo. Se lleva trapos de las casas limpias, trapos usados hasta que no tienen más utilidad para la limpieza. El trapo mojado se adapta a la forma que ella le de, entonces juega con esas posibilidades, los convierte en piezas escultóricas, las formas tridimensionales de los materiales que se adaptan, la materia aceptando la forma del espacio, de manera pasiva, pero también haciéndola propia, adoptando para sí, de manera que al retirar el trapo ya seco de su soporte, este se sostiene por sí mismo en una versión fantasmática de su lugar. En otras piezas hace referencias a la pintura, al aplanarlos y colgarlos, refiriendo a la historia de la bidimensionalidad expresada en los trapos desplegados, y exhibiendo el dibujo que hace el uso, a través de los desgastes, manchas, y colores de los trapos, e interviniéndolos con bordado, dibujo, plancha, y lavandina. Estas materias cambian de función y de signo, pasan de lo utilitario a lo artístico, y ahí surgen cuestiones para quien las observa, sobre la utilidad del objeto y del objeto de arte, la vida útil de la materia, el paso del tiempo. 

Pronto Lucía va a realizar la muestra de presentación de Trabajo Invisible: “Va a ser en marzo, en una galeria nueva en Villa Crespo que se llama Selva Negra, de Silvina Sicoli, una artista con ganas de mostrar material feminista y trabajar con mujeres. El espacio además se presta como lugar de reunión, de actividad, de taller, de encuentro, de acción. Si llegamos a hacer la muestra antes del 8 de marzo me gustaria invitar al espacio a trabajar a Cromoactivimo, un colectivo fundado por trabajadoras del arte como Mariela Scafati, Guille Mongan, Daiana Rose, Vic Musotto y Marina De Caro, pero abierto a quien se sienta interpeladx. Cromoactivismo propone reapropiarse del color con un mensaje político contundente, y su participación en las marchas implica una llegada del arte a espacios nuevos de difusión y de planteos estéticos cargados de sentido, al grito de Pantone NO, tinte político SI, Dale la palabra al color y El color no es inocente. Después, mi idea es hacer reuniones todas las semanas con el Sindicato de Trabajadoras Invisibles.” Este sindicato es una extensión del Trabajo Invisible, que nació en Tucuman, a donde Reissig fue invitada a presentar su obra, y el libro de Proyecto NUM. Surgió a partir de un taller, donde invitó a las participantes a dar nombre a las invisibilidades que enfrentan trabajando en los campos de la gestión, la familia, lo doméstico, y el arte, para compartirlo, redefinirlo, y visibilizarlo. A partir del intercambio de historias, y la descripción de su dia a dia, las experiencias compartidas, como tener múltiples trabajos para financiar proyectos apasionados pero no remunerados llevaron a generar las bases del sindicato, una vez visibilizado el hecho de que todas experimentaban situaciones semejantes.

Respecto a este proyecto, Lucia dice: “queremos que este sindicato atraviese las provincias con una bandera propia: un trabajo colectivo, realizado sobre una sabana, con intervenciones de cada una que la tenga. La imagino HERMOSA, con glitter, lentejuelas, estampas de besos y bordados. Parte de la idea es militar la invisibilidad desde las bases. Percibir la invisibilidad como un territorio a explorar, ¿qué se puede hacer dentro de lo no reconocido? Nos hacemos más escurridizas, más difíciles de nombrar. Eso nos permite definirmos de la forma que queramos, a través de lo invisible.” 

El arte de Reissig nació, como ella misma dice, bajo el signo de la urgencia. Es entonces un arte con un público amplio, no especializado. Es el público que comparte sus imágenes en las redes, es el público que ve sus piezas gráficas en la calle, es el público que interpela con su bandera en las instituciones oficiales del arte. Es un público que incluye a quienes la buscan, y a quienes simplemente la encuentran. La artista sabe que el público es parte de su obra, en este caso: “me interesa ver si hay una forma de hacer militancia y otra de hacer arte político dirigida a dos públicos distintos. Mi investigación va por si se puede dejar de separar eso, ¿cuando estoy haciendo un stencil para una marcha y cuándo para mi taller? Me interesa saber si cambiamos nuestra forma de hablar de acuerdo a dónde va la obra, yo intento que todo sea todo.” 

La corta biografía de Lucía Reissig contrasta con su amplia producción, y la versatilidad de sus obras. Es notorio al ver su corpus en conjunto que hay una propuesta política y social que se afianza teóricamente a partir de su tiempo de estudio y dedicación. Una obra amplia, con un público heterogéneo, canales de circulación múltiples, y una voluntad de interpelar. 

La idea de un arte relacional y politizado es tentadora en nuestro contexto social contemporáneo. De hecho, se aparece como una verdadera necesidad, voluntariamente desoída desde las altas esferas. En este momento un arte político que conmueva, impulse al diálogo y al pensamiento crítico debe ser producido por fuera del mercado oficial, lo cual convierte a los artistas que trabajen de esta manera en personas vulnerables ante el sistema económico. Es por esto imprescindible la formación de redes y lazos que aporten a la producción de estos proyectos, que acompañen y sostengan. Lucía invita a conocer su obra en marzo, y además siempre a encontrarnos con ella en el Sindicato de Trabajadoras Invisibles, donde nos propone armar algo grande, colectivo, y hermoso. 






| más información |
 www.luciareissig.com
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ilustración de effy beth

Mag-da-le-na. Magdalena. Es es mi firma. Con esas sílabas confirmo que ya repasé este baño. Después le toca a la encargada venir a revisar y poner la última firma que falta. Me gusta este baño, de todos los baños del edificio es mi preferido. Tiene un ventana grande que ilumina de forma particular lo inmaculado, la fina blancura que dejo tras de mí, el inodoro con luz propia. Me gusta también porque es un baño de chicas. De chicas con uniforme celeste, de esas no se ven mucho por acá, salvo que tengan este uniforme bordó de la empresa Ultralimp. En general, los que llevan uniforme celeste son los varones. La dueña de este baño tiene ese uniforme, militar de Fuerza Aérea, pollerita, rodete y tacos negros, todo eso. Muy prolija es. Me hace acordar a mí.

Siempre que limpio el baño me quedo un rato aprovechando la luz en el espejo, me depilo las cejas, me maquillo. Me imagino mis días de casada, preparándome para ir a misa con mi marido. Más que un deseo, es la forma que tienen los domingos a la mañana para mí. Nací y crecí en Reconquista, la perla del norte santafesino. Mi familia orgullosa y tradicional no se perdía nunca la cita con Dios.

Yo era la mayor de cuatro hermanos, el peor hermano mayor que se puedan imaginar. Nunca me gustó salir al patio a pelotear, yo era la que se quedaba en la sombra, mirando la nada. En la foto soy el pibe flacucho sin forma. Para ir a misa mi mamá me pedía siempre que por favor me ponga la camisa celeste que me había planchado, que no la haga pasar vergüenza. No hacía falta que insista, yo me ponía el manto celeste y aceptaba mi mandato, para afuera era prolijo y para adentro yo era la virgen.

“Magdalena no es la prostituta que Jesús limpió, es la primera que se arrepintió.” Así me contaba el cura un domingo después de misa y yo, fascinada, me imaginé la vida de esa muchacha que conocía el desenfreno y se enamoró de la virtud.

Cuando era chico me comunicaba con Dios. Siempre me sentí un tubo, un cuerpo vacío que los quehaceres de cada día iban llevando de acá para allá. Esa noche, la primera vez que sentí que Dios se metía en mi cabeza, encontré la Verdad. El Camino, la Verdad y la Vida. Yo era el tubo sagrado por el que pasaban sigilosamente los mensajes de Dios.

“Magda cuando termines te espero en el vestuario, parece que mañana nos van a hacer quedar hasta tarde, después de la fumigación quieren que repasemos el comedor gris para una ceremonia.”, me dijo la encargada. “Sí, Claudia, como digas, apenas termino le meto pique para el vestuario”.

El papa Juan Pablo II se estaba muriendo, estaba muy enfermo, y yo estaba muy metida en la religión, el manto celeste era mi uniforme de domingo y toda la semana ansiaba sacarme el guardapolvo marrón para ponérmelo. Me daba bronca que en el colegio el uniforme de las mujeres sea guardapolvo celeste y el de los varones marrón. Ninguna sabía usar el manto mejor que yo, yo era la más virgen de todas. Mi comunicación con Dios tenía una constancia de dos meses, más o menos.

Uno de esos días, en realidad, una de esas noches, empiezo a sentir un mensaje importante. Desde mi cama veía el pasillo iluminado muy cálido, la luz prendida para mi hermana más chica, porque yo ya no le tenía miedo a los fantasmas. Me meto abajo de las sábanas para concentrarme y funciona, empiezo a sentir con mayor claridad. Dios me cuenta sobre Jesús, me dice que en sus días por la Tierra conoció a una muchacha, de pelo muy largo y morocho, de la que se enamoró. Me dijo, también, que si su misión en la Tierra no hubiera sido entregarse para salvarnos, se habría casado con ella y formado una familia. Me dijo que Él tenía mucha curiosidad por ver qué habría pasado.

Le dije que hay una película sobre eso, que puede mirarla. Hizo como que no me escuchó y me encomendó una misión: “Vas a dejar de ser varón y te llamarás Magdalena. Cuando estés lista, cuando todo esté preparado, yo lo voy a saber y te voy a enviar al Espíritu Santo. Será la semilla de la Nueva Era.”

La Capitán quiere usar el baño y me pregunta cuánto me falta.“Falta un rato, señora, vaya al otro.” Yo, el del manto celeste, la Elegida. Me tomé muy enserio mi misión. Ser travesti en Reconquista era muy complicado. Conocí algunas chicas de la rotonda, lloré la muerte de varias. Pero yo era muy virgen para vivir en Reconquista, como no podía conseguir otro trabajo ahí, me vine a la gran ciudad.

Mi misión se expandió. Todo en la ciudad estaba sucio, la imagen del terror era ver mi manto celeste secándose en la soga de la terraza de la pensión con el fondo gris, los edificios y todo ese humo. Nunca pude salir a la calle de noche, no pude hacerme muchas amigas. En la esquina de la pensión había una capilla. Al principio iba muy seguido y sentía que mi vida estaba ordenada. Pero Dios no volvió y yo me empecé a olvidar… Tener hambre es cosa seria. Para calmarlo, solía ponerme a limpiar las paredes de la pensión. Nada en la pensión era blanco, salvo las paredes. Y yo las dejaba mucho más que blancas: inmaculadas.

Un día, una chica que estaba en la pensión me preguntó si no quería trabajar en la compañía de su hermano. Una empresa de limpieza que era contratada por el estado. Sueldo en blanco, vacaciones, obra social.

Y así empecé, me levanto todos los días a las 5 de la mañana convencida de que es todo parte del plan.

“¿Puedo pasar ahora?”
“Sí, ya está, señora.”



***Este cuento es un adelanto de Te dan a elegir un caniche y elegís un unicornix, antologia del Taller disidenxias, que se presentará el jueves 21 de diciembre a las 21.30hs en Feliza (Av. Córdoba 3271)
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sobre la autora |

Daniela Prado. Cali, Colombia. 1994.

Estudiante de Lic. en Literatura en la Universidad del Valle. Co Fundadora y Editora de la Revista y Marca creativa: Bebé Dinamita. Publicó el libro Big Bang (2015). Publicada en múltiples antologías como: 90 revoluciones de la editorial Mecánica Giratoria (Ecuador), Palabras que migran del Programa Editorial de la Universidad del Valle, en Hot Babes de la editorial Ojo de Pez (México), la antología virtual El Ojo del Huracán y la Antología de poesía del siglo XXI (en edición bilingüe) de la Editorial LOreille du Loup.

Escribe y publica sus poemas y collages en la Fan Page de Facebook: Sublingual - Blog.
facebook.com/sublingualdp/
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“Pero una larga cinta de seda 
ata a los amantes a sus amores respondidos”

“Solo que entre las estrellitas de los yunques
yo veía otra cinta que no estaba en la bobina”

Dolly Skeffington



Es la única forma de calentarse. Es invierno y la estufa de la casa está en el pasillo. La puedo ver tirada sobre las baldosas frías, boca arriba. Las calzas pescadoras le marcan las piernas. La pelvis ajustada. Los pies se desprenden de las ojotas, las uñas están pintadas de colores brillantes. Cruza los brazos sobre la cabeza, la remera se levanta y deja ver un vientre chato y bronceado. Yo me tiro al lado, cruzo mis piernas flacas entre las suyas. Le rodeo un brazo por la cintura, la piel ya está caliente. Apoyo mi cabeza sobre sus tetas enormes y enredo los dedos en su cadenita dorada como excusa para tocar más piel —caliente, blanda, morena— entre el escote. Sus manos huelen a lavandina y el pelo, siempre húmedo, a crema de peinar barata.
Ella, María, es la chica que me cuida y yo una nena degenerada que empieza a tener sus primeras calenturas con su mucama paraguaya. Así pasamos las tardes cuando “la patrona”, mi mamá, se va a trabajar. 
Decido contactarme con el propietario de la casa donde crecí, en la esquina de Thames y Gorriti, una casa gigante que mi mamá compró muy barata cuando se separó de mi papá y vendió al triple diez años después, cuando Palermo empezó a ser el Palermo de bares y locales de ropa. La memoria está en los detalles, en la superficie de las cosas y sus pliegues. A pesar de toda la remodelación que hicieron sus nuevos dueños, mantienen la estufa a gas del pasillo que conecta la cocina con lo que era mi cuarto. Ahí la veo, destartalada, con la llamita que va del azul al naranja. Es chiquita pero poderosa: tiene el tamaño de un clítoris y arde tanto que podría prender fuego todo en un descuido.
La memoria puede funcionar como un territorio de intervención política. Una vez leí en un artículo que la activista chilena Nelly Richards usaba esa categoría, y decía que el feminismo no sólo debe actuar en las calles sino identificar aquellas zonas que pueden ser interpelables. Cuando recorro el espacio de mi casa, el territorio que se abre es el recuerdo de mis primeras pajas. Vuelvo ahí porque me da la impresión de haber dejado un tesoro enterrado, inmaculado frente a cada instancia que repetitivamente insistía con que mi deseo debía ser obligatoriamente heterosexual.
Cuando no estamos tiradas revolcándonos en el piso al lado de la estufa, estamos en la cama mirando telenovelas que pasan en Telefé y Canal 13. Ella se calienta con el churrazo de Pablo Echarri mientras chupa sin parar la bombilla del tereré. Cuando aparece el espacio publicitario, va a recargar el termo a la cocina. Mis pulsiones animales me hacen rodar boca abajo, los muslos se me tensan. Estiro las piernas, aprieto lo más que puedo mi cuerpo contra el colchón. Meto la mano en el pantalón y los pies se me arquean en punta. Paso por adentro de la bombacha, estampada con ositos y moñitos, y empiezo, dibujando círculos en el clítoris, que todavía no tiene ese nombre. No tiene ninguno. Escucho sus ojotas sobre las baldosas, los ruidos de la cocina. Sé que tengo poco tiempo y me apuro. Entierro la cabeza entre las almohadas y cierro los ojos. La imagino de espaldas, el culo redondo, la tanga que se deja ver marcada en las calzas. Ella golpea la cubetera contra la mesada. Quiero que llegue y se acueste conmigo, que me pase los cubitos de hielo con la boca por la espalda. Se agita cada vez más mi respiración, me alerta de nuevo el sonido de la heladera que se abre y se cierra. Saco la cabeza y espío: el televisor prendido todavía en publicidad y el agua que corre en la canilla de la cocina. Me vuelvo a hundir y ya casi, ya casi acabo y vuelvo a imaginarla atrás mío, que se me acerca al cuello despacito y me agarra fuerte del pelo para hacerme una colita tirante. El interruptor de la cocina se apaga con un click y de nuevo las pisadas en esta dirección. La siento cada vez más cerca y en cuestión de segundos acabo con ella, yo en la cama y ella a unos metros, invadiendo el cuarto con su olor a perfume berreta.
En cada página web de pornogragía hay muchos videos agrupados bajo la categoría “mucama”. En cada sex shop, el disfraz. Entiendo que, en general, las pajas de los varones se acoplan al ritmo de un porno que se constituye por y para su deseo. No sé cuánto tenga que ver mi fantasía sexual infantil con aquella pornográfica y masculina. Pese a su fetichismo clasista, encuentro en mis primeras pajas un pliegue resistente a todas las imágenes y enunciados que me construían sexualmente por aquella época. Se esperaba de mí no solo que no fuera un sujeto deseante, sino que en todo caso me gustaran los chicos de mi grado. Como cualquiera, tuve una formación de sexualidad heteronormativa obligatoria. Pero la terrible magia del tabú quiso que mi imaginación tuviera otros recorridos, más libres y más secretos. Recluidas en el ámbito doméstico, encontré otras afectividades que me encendían. No hablo de amor ni de una experiencia erótica vivida tan explícitamente; hablo de roces y agitaciones subterráneas que, como una cinta invisible, hacían funcionar otros imaginarios posibles. 
Una vez, María me descubrió:
Voy a decirle a tu mamá cómo rompés todas tus bombachas. 
Desde ese día se desencadenaron las asperezas. La circulación de los cuerpos cambió sutilmente y fueron necesarios algunos desplazamientos. Cuando lavaba la ropa, yo me sentaba cerca y la miraba. Entre sus prendas, que frotaba con jabón blanco en la pileta, las que más me gustaban eran sus tangas sintéticas de colores chillones y su remera favorita, que usaba para trabajar, con la cara de Rodrigo “El Potro”. Cuando ella se iba, los fines de semana, yo aprovechaba y revisaba sus cajones. Como en un cofre de talismanes, ahí estaban: todas sus bombachas que yo agarraba imitando su gesto, capturándolas entre mis manos y haciéndolas desaparecer en mi puño apretado. 
El 24 de junio del 2000, María llegó llorando. Tenía la cara roja y mientras se limpiaba las lágrimas corría de un lado al otro el delineador negro. El Potro había muerto esa madrugada en un accidente de auto en la Autopista Buenos Aires–La Plata. Se había enterado a la mañana, saliendo de su casa, por el noticiero. Tenía puesta la remera de Rodrigo, que estaba desfigurado, estirado entre sus tetas enormes y empapado por su llanto incontenible. Así como me ofendía que ella le prestara más atención a Pablo Echarri que a mí mientras mirábamos la tele, esto me rompía el corazón. María, traidora, me mostraba que las mujeres teníamos que llorar y desvivirnos por los hombres que amábamos. Entre tanta confusión, había perdido el registro de si María me excitaba o si quería ser como ella.
—¿Cómo querés tener las tetas cuando seas grande? —le preguntaba a mi mejor amiga, Jazmín.
—Normales, como las de mi hermana.
—Yo quiero que sean gigantes, como las de María.
Un año después, en 2001, en plena crisis, María anunció su partida. Iba a casarse con su novio en Paraguay y, dada la situación económica del país, iban a probar suerte allá. Ese último mes en casa no le saqué los ojos de encima. Me sentaba cerca mientras fregaba el piso, la ayudaba a decidir los preparativos para el casamiento. Dormimos juntas varias noches, acurrucadas en su cuarto, una habitación que quedaba subiendo la escalera hacia la terraza. Hacía frío y teníamos que abrazarnos para calentarnos. En la oscuridad podía acercarme e inhalar profundo el perfume de su pelo largo. Nunca fueron tan placenteros el olor a crema de peinar, la lavandina y el jabón blanco. 
Cuando volvió de Paraguay de visita, trajo una filmación de su casamiento. Puso el VHS y nos acostamos en mi cama. Después de un pitido, las barras de color. Aparece María, ahí está, más hermosa que nunca, muy maquillada atrás de un velo blanco. Se ve a sí misma enmarcada por la tele que miramos juntas todas las tardes. Esta es la última vez. La fiesta es en un jardín, en la casa de unos parientes de su actual marido. El sol la ilumina a contraluz haciendo brillar el velo de una forma tan intensa que parece una de las santas que adornan su cuartito. De este lado de la pantalla, nuestros pies se rozan, ella sonríe e intuyo que va a llorar pero no lo hace. Allá, en la fiesta, baila feliz y da vueltas entre la gente. De fondo, “Sé que volverás”, un tema de Damas Gratis del disco Para los pibes, lanzado ese mismo año. Hoy me encuentro triste/ con una herida/ cuando me engañastes/ no me querias./ Pero yo se que volveras/ llorando por mi cariño/ que solo me dejastes/ no me olvido, dice la voz de Pablito Lescano.  
María, cómo olvidarla. “La chica que me cuida”, así se llamaba para mí. De alguna forma, se volvió una santa en el recuerdo, patrona de todos los deseos lésbicos que aparecen cada tanto en mí e interrumpen las narraciones clásicas y heterosexuales. La chica que me cuida, que protege mis búsquedas disidentes porque, como alguna vez le escuché decir a una escritora argentina, “quién dice que la sexualidad es una sola”. María, musa y traidora, ese día prometió dejarme algo suyo. Le pedí la remera de Rodrigo, que hoy descansa en el cajón de mis bombachas, nuestros talismanes.