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Por Barb Pistoia

Apenas se abre Furgón, de Ariel Bermani publicada por Paisanita Editora, se percibe el estilo minimalista de esta breve novela que no escatima clímax cómplices ni construcciones fantásticas que nos reconcilian con el placer de viajar. Siempre tenemos por delante el viaje, el viaje como medio, como destino, como encuentro e instancia de acción y reacción. El viaje como oportunidad y salvación. Eso es Furgón.

Pasando las primeras hojas de información obligatoria y la dedicatoria, nos topamos con un verso de Alejandra Pizarnik y la carátula de la primera parte: “Capaz me ato a un cohete para llegar al cielo”. La segunda, que cierra el libro, se llama “El cielo”.

Lo que al principio parece solo una impresión de “ah, podría ser como jugar a la Rayuela pero con el punto de partida llamándose diferente aunque sea lo mismo” termina siendo real. Pero “¿Qué es el cielo?”.  En sus páginas hay indicios y sobre todo una gran pista a seguir para alcanzarlo a piacere, porque si hay algo que el autor propone es el de salir del lugar común. 

La narración lleva ritmo de viaje agrupada en historias cortas. Cada una, funcionando como capítulo de las partes, lleva nombre de diferentes estaciones de la Provincia de Buenos Aires y mecha con los nombres y perfiles de los personajes, así se los conoce un poco más.

A lo largo de la novela se logra intimar en el misterio que sobrevuela todo el tiempo a Furgón y su espíritu de encontrar el héroe colectivo entre los anónimos que hacen a diario su historia, desde la base de resignificar lo heroico.

Cada uno con su mundo a cuestas yendo y viniendo. Ese mundo imaginario que en algún lugar debe sentir que él nos lleva a cuestas a nosotros. O al menos a estos personajes que regalan perlitas en diálogos simples, no pretenciosos y con ganas de atrapar la curiosidad del lector (lográndolo) para contagiarlo de cierta actitud frente a los paisajes atormentados que enfrentamos a diario. Tensionando sin cortar nunca la soga, la novela de Bermani nos invita a mirar alrededor, a reconocernos en el otro, a salir a buscar rumbos sabiéndonos que en algún momento vamos a tener que dejarnos encontrar.
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foto de Diane Arbus


S. Melmoth habla con Mahmud Darwish

-Hablemos de febrero.
-Escribiré sobre febrero, escribiré cuando los soldados dejen mis pies.
Cuando Dios deje de crear y empiece a masturbarse.
Cuando las feministas piensen en dios masturbándose.
Cuando los soldados le pidan a dios
balas, azúcar,
y encuentren letreros que digan: se escribe epistolario ajeno.
-Hablemos de febrero.
Hablemos de los mercenarios que quisieron matarlo.
-Ellos me dijeron que el revólver estaba preparado,
que me inclinara frente a la puerta
porque el horizonte se había perdido entre los matorrales.
-Y pensé-
Ella y sus ojos destruyen la génesis del universo.
Ella es el cuello que se pudre al beber.
Ella es lo evidente.
Ella susurra: “quiero hacer el amor en el idioma de mi infancia”.
Ella musita: “quiero que los soldados vengan y me fotografíen las uñas de los pies”.
-Hablemos de febrero.
Hablemos de los mercenarios que quisieron matarlo.
Hablemos del fotógrafo que conoció mientras pensaba en dios
Hablemos de las mujeres que predican ser mujeres,
y no han aprendido a vivir como mujeres.
Hablemos de las mujeres que no conocen la guerra.
Hablemos de las mujeres que no saben qué es una AK-47.
Hablemos de las mujeres que no fuman.
Hablemos de las mujeres que toman leche en invierno.
Hablemos de las mujeres que leen a Herman Hesse y creen que es glorioso.
Hablemos de las mujeres que no saben quiénes son Charlie Parker y John Coltraine.
Hablemos de las mujeres que se ríen cuando escuchan un poema.
Hablemos de…
-Hablemos de febrero.
Del fotógrafo que conocí ese día,
del azúcar y las balas
de los epistolarios
y las mujeres que no saben lo que es una AK-47

Pero sobre todo, quiero saber si usted podría sacarme una fotografía
así, con el arma en la mano
-El revólver está preparado.
-Inclínese frente a la puerta
                               porque el sol se está escondiendo
y el horizonte no me deja ver los matorrales
-Y pensé que no iba a encontrar al fotógrafo que iba a matarme.
Hablemos de febrero.


Corto n°1
El último amor de Satán


I

Nervioso…

Fumo mucho, demasiado.

A lo lejos con el pulmón apretado (aperlado, sin tiempo).

Fuma ella, mucho, demasiado.

Carmilla, una niña de 14 años,

enamorada de un hombre con sombrero de fieltro verde,

del hombre de los guantes que fingen cubrirle los dedos,

mientras vacilan hilarantes entre sus enaguas.

Ella, Carmilla, costura su figura todos los días,

le da pinceladas a sus vestidos de terciopelo verde.

Ella, Carmilla, no sabe

 el temor que me provoca amarla.



II

-nervioso-

Fumo mucho, demasiado.

Le he pedido a Carmilla

que esconda los relojes,

como humano, les tengo miedo.

-sufro de Cronomentrofobia- 



III



Debo salvar mi alma,

despedirme de ella,

arrellanar mis lágrimas en su clavícula.



IV



Fumas mucho, demasiado – me dice.

¿Por qué te enamoraste de un viejo que le tiene miedo al tiempo? – le digo –

Tú eres el que tiene 14 años – me dice –

Mírame – le digo – mientras lloro,

y mi llanto se convierte en un charco que no alcanza

a llenar las cuencas de su cuerpo.

Fumas mucho, demasiado – gime –

Me mira y sus ojos parpadean,

como las agujas del reloj.

Mis guantes se pierden en sus enaguas.



– Cae muerta –

Con los ojos abiertos.



V



Estamos solos – me dice –

No estoy seguro –le digo– no puedo ver nada,

creo que estoy ciego.

Siéntate –me dice– aquí, en esta vereda no llega el tiempo.

|sobre la autora|

Iris Kiya (Sebastián Melmoth) 1990, La Paz, Bolivia. Ha estudiado literatura en la Universidad Mayor de San Andrés. Ha publicado los poemarios Manicom(n)io fra(g)tal, colección postmortem (2010), 24 cortos y un prólogo en braille para Gelinau Laibach (2013). Actualmente es parte del colectivo editorial Género Aburrido.
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Por Manuel Pedrosa

Estamos en 1974. Werner Herzog, de 32 años, ya habia producido y dirigido películas como Fata Morgana (1971), Aguirre, la ira de Dios (1972) y El enigma de Kaspar Hauser (1974). A fines de noviembre de ese año recibe la noticia de que Lotte Eisner, la historiadora del cine, la autora de La pantalla diabólica, “la conciencia del Nuevo Cine Alemán”, esta gravemente enferma en Paris. Sin dudar, Herzog decide ir desde Munich a Paris caminando en línea recta, solo con un par de botas nuevas, una campera, una brújula y un bolso de mano. Dos motivos empujan esta decisión: el convencimiento de que Eisner seguirá con vida si recorre a pie la distancia hasta Paris y la imperiosa necesidad de estar a solas con él mismo.

Durante esta travesía de 800 km, Herzog lleva un cuaderno donde anota las impresiones, sensaciones y observaciones que le despiertan el caminar. “¿Es buena la soledad?”, se pregunta en un momento del viaje. Y se responde: “Sí, lo es. Sólo que aporta miradas dramáticas de lo venidero”. El caminar posibilita una nueva experiencia, un extrañamiento en la mirada. Las observaciones se presentan como un registro continuo donde lo desechado, la mugre que oculta la civilización, se intercala con lo maravilloso. La fascinación que despierta un paquete de cigarrillos puede alternarse con la visión de un tren en llamas que “sale directamente hacia el oscuro universo”, donde “ocurren inconcebibles colapsos de estrellas, planetas enteros se derrumban sobre un único punto”.

Bajo la lluvia constante del invierno europeo, castigado por tormentas de nieve y ráfagas de viento, con los pies cada vez más lastimados y el cuerpo llevado al límite, Herzog avanza. Recorre campos desolados, pierde el rumbo en bosques laberínticos, pernocta en casas abandonadas o, cuando el riesgo es demasiado, duerme en pequeños alojamientos. Cada tanto la duda aparece: “¿Vive aun nuestra Eisner?”, pero la fuerza del caminar (“Cuando yo camino, camina un bisonte”) aleja todo momento de recapitulación y mantiene a Herzog en movimiento. 

Herzog llegó a París el 14 de diciembre de 1974 y Eisner no solo no había muerto sino que vivió nueve años más. Una vez mas, la voluntad y visión de Herzog lo llevan a encontrar el arte en los límites de las experiencias humanas.