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[Micro-excursiones] es un cuestionario que va en busca de escritores, con el fin de conocer sus ficciones personales. Es una adaptación, algo transgredida, del cuestionario Proust. Las preguntas son simples e impersonales, pero a la vez pretenden ser un disparador. Es el primer cuestionario en donde las preguntas no importan. El merito y la inventiva corre por cuenta de los escritores.



[Autosemblanza



Walter Lezcano nació en Goya, Corrientes, en 1979. Es docente y periodista freelance. Colabora en Tiempo Argentino, Ni a palos (suplemento joven del diario Miradas al Sur), Brando, Rolling Stone, Revista Ñ, Eterna cadencia y Crisis.

También es editor en Editorial Mancha de Aceite, la primera editorial de San Francisco Solano.

En ficción publicó Los mantenidos (Funesiana, 2011) y Tirando los perros (Gigante, 2012).

Tuitea todos los días como @lezcanowalter.



[Micro-excursiones]



1. ¿Qué condiciones se tienen que dar para que empieces a escribir?



Varía si es narrativa o poesía. Cuando escribo narrativa tengo que tener bien claro por lo menos la mitad de la historia y la primera oración. Eso me parece muy importante porque esa primera frase tiene que tener cierto atractivo y funciona como un dique de contención que se rompe y empieza a fluir todo lo demás. En cuanto a la poesía es muy extraño lo que pasa. Puedo estar meses sin escribir nada y de golpe en el bondi me doy cuenta, por cierta estructura de cómo vienen acomodadas las palabras, que es un poema. En ese caso lo único que necesito es el celular. Últimamente estoy escribiendo ahí los poemas.  



2. ¿Cuál es tu héroe o antihéroe de ficción favorito?



A partir de ahora es Django, de  Django Unchained.



3. ¿Qué talento desearías tener?



Trato de dar pelea con lo poquito que tengo.



4. ¿Cuál es tu posesión más atesorada?



Mi biblioteca. Porque me costó mucho conseguir ciertos ejemplares. Ya sea por robo, prestamos nunca devueltos o por haber recorrido infinidad de librerías de usados en muchos partes y porque me dio la vida que trato de mantener hoy en día: lejos de la predestinación social y la conjura de clase.  



5. ¿Cuál es para vos la manifestación más clara de la miseria?



El desprecio por la vida y los valores ajenos. Y no responder los mails.



6. ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en una mujer?



La belleza, el sentido del humor y no quedar pegada a los lugares comunes de la mente.



7. ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en un hombre?



La bondad, la honestidad, la ética, la lealtad, el humor, la amabilidad.



8. ¿Cuál es habitualmente tu estado mental?



En general mi cabeza varía entre la positividad y la frustración. Son dos estado que a veces son complementarios y por momentos se debaten mi estado de ánimo y las posibilidades que tengo ese día de poder escribir algo potable, legible.



9. ¿Cuál es tu idea de felicidad?



Viajar, leer, culiar. No necesariamente en ese orden.



10. ¿Cuál es tu mayor miedo?



Me da miedo decírtelo.



11. ¿Cuándo y dónde fuiste más feliz?



La verdad es que lo fui muchas veces en muchos lugares en muchas épocas de mi vida. Decirte uno en especial no tendría ningún valor porque me implicaría un esfuerzo para nada productivo. La melancolía no es mi negocio.



12. ¿Qué libro que hayas leído te hubiera gustado escribirlo vos?



Varios. Cualquiera de Luciano Lamberti. Tambor de arranque de Francisco Bitar. 2666 de Bolaño. Libertad de Jonathan Franzen. Literatura argentina de Pablo Farrés. Los miserables de Victor Hugo. La vida según Garp de John Irving. Los Soria de Alberto Laiseca. La broma infinita de Foster Wallace. Y un montón mas.  



13. ¿Cuál es el peor libro de la última década?



Esas cosas las dejo para las sobremesas de los asados con amigos.



14. ¿Qué texto (cuento, libro o nota periodística) no volverías a publicar? ¿Por qué?



No tengo arrepentimiento sobre lo que publico. Es el único lugar en donde la libertad no te defrauda.



15. ¿Qué disco te hace sonreír?



Is this it- The Strokes. Siempre que lo pongo tengo la sensación de que algo alrededor cambia. Para bien, ¿no?



16. Si sufrimos un ataque de Godzila y tenés la oportunidad de salvar de sus garras a una banda o músico, ¿a quién salvarías?



A Santiago Motorizado.



17. Si después de muerto volvés convertido en zombie ¿a quién morderías primero?



A todos mis padrastros. Los pongo en fila y les entro.



18. En tu última obra ¿encontraste la palabra justa para decir lo que querías?



Nunca. Por eso uno sigue escribiendo. La literatura, para bien o para mal, no tiene que ver con la satisfacción o conseguir la perfección. En mi caso, es la mejor manera que encontré para procesar mi experiencia con el mundo.  





[Contacto]

@lezcanowalter
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Vin Zzep



Mi vieja todavía no tiene casa.

No es que viva en la calle
es que todavía no es dueña de ninguna de esas propiedades
que la gente llena de cosas inútiles
y les dice hogar.

Mi vieja alquila
y putea cada día de su vida
porque siente que tira la plata
que la desperdicia
que la regala.

Mi vieja estuvo averiguando
si el gobierno no le regala una casa
o al menos
le da un terreno
pero no tiene suerte con eso.

Mi vieja se muda cada dos o tres años.
A veces consigue casas lindas por poca guita
otras consigue casas que se caen a pedazos por poca guita
y a veces no consigue casa
y para en lo de alguna amiga.

Mi vieja sueña con su casa.
Creo que es lo único que la mantiene viva.
Cuando nos vemos me cuenta de dónde sería lindo vivir
de cómo organizaría los muebles
de cortinas hermosas cubriendo ventanales enormes
de ambientes cómodos
de patios y flores y techos de tejas.    

Yo una vez escribí una novela
para mandarla a un concurso
que tenía como primer premio 50.000 pesos.
Me parecía que con eso le alcanzaría para cumplir
su sueño.
Pero la novela estaba muy mal escrita y no gané ni una mención.

Mi vieja sigue anhelando su casa.
Y yo lo único que pude hacer por eso es escribir un poema.
La poesía no sirve para nada.


Larga distancia. 

La vez que vi 
cómo mi padrastro
arrastraba a mi vieja por el piso 
y yo sabía 
que había un arma en la mesita de luz de él.

La vez que estábamos en un bar
con la cerveza a punto de terminarse
y en la vereda de enfrente 
se peleaba una pareja
a los gritos
y todos nos quedamos en silencio
porque sabíamos que detrás de todo ese ruido
se venía algo peor. 

Ese martes 
que mi vieja se distrajo
y yo me distraje 
y de golpe no la vi mas
sin saber adónde ir, me senté a llorar
preguntándome
¿dónde            mierda                  vivo?

Las noches en las que sentimos algo
y nos despertamos como si el colchón nos quemara
y los dos decimos a la vez
¿qué fue eso?
nos miramos sin encontrar respuesta
pero sabiendo que cuando el sol saliera nos íbamos a enterar
de alguna muerte
y entonces pensaríamos y lo diríamos a la cena
“qué groso sería estar lejos de todos
estos forros de mierda
que nos quitan el sueño”.



[Sobre el autor]

Walter Lezcano nació en Goya, Corrientes, en 1979. Es docente y periodista freelance. Colabora en Tiempo Argentino, Ni a palos (suplemento joven del diario Miradas al Sur), Brando, Rolling Stone, Revista Ñ, Eterna cadencia y Crisis.
También es editor en Editorial Mancha de Aceite, la primera editorial de San Francisco Solano.
En ficción publicó Los mantenidos (Funesiana, 2011) y Tirando los perros (Gigante, 2012).
Tuitea todos los días como @lezcanowalter. 


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Una historia de amor.
por Walter Lezcano

1

Había una pequeña disquería en el centro de Solano a la que yo le tenía mucho cariño. Ocupaba un pedacito de esquina, en la 893 y 898. Al vendedor, un pelado muy parecido al legendario baterista Pomo, parecía no importarle si vendía o no. Te podía dejar varios minutos con tu compra sobre el mostrador mientras hablaba por teléfono o con alguna mina. Un forro maleducado, pero en ese momento creía que tenía una personalidad tremenda y admiraba su desinterés por los clientes. Fue ahí donde compré los discos, así los llamaba él y me transmitió ese respeto, que dieron vuelta la taba de mi existencia. El primero fue Transformer de Lou Reed. El segundo fue Surrealistic Pillow de  Jefferson Airplane. Llegué a esos discos por unos suplementos de la Historia del rock que sacaba el diario-sábana La Nación. Cuando fui a comprar el tercero de mi humilde colección, Pomo me preguntó mientras yo miraba las bateas:
—¿Escuchaste a Spinetta?
Yo había ido a buscar The Slider de T. Rex. De pronto me emocioné que se dirigiera a mí. Y al toque me puse mal.
—No— le dije sin mirarlo.
—Tomá, llevá éste— y tenía un cuadrado verde en la mano.
—¿Qué es?
—Llevalo, nene.
—Bueno, gracias.— lo agarré y lo miré. Venía de Pomo así que seguro era bueno. Tenía en un extremo una fotito en blanco y negro de un viejo. Me di vuelta con ganas de estar en casa y ponerlo.
—¿Adónde vás? Pagame antes, pendejo.
Y cuando estaba saliendo del local vi el título: Artaud. Yo tenía catorce años.

2

Cuando sentí vibrar el celular estaba saliendo de Constitución en el 148 camino a casa leyendo los Diarios de Alejandra Pizarnik. Terminé la página, puse el señalador y saqué del bolsillo el teléfono. Qué mierda que se murió Spinetta, ¿no?, decía la pantallita. Era un amigo que asumía que yo ya estaba al tanto de la noticia. El sol caía, eran las siete y algo. Todos a mi alrededor tenían caras de cansados. Cuarenta minutos después, frente a la computadora vi un montón de páginas de internet hablando de lo mismo. Apagué todo y me fui a comprar una cerveza.

3

 Creo que todo empezó con la voz. Después con lo que decía esa voz. ¿De qué carajo estaba hablando en las canciones? No importaban las explicaciones, los sentidos convencionales estaban de más. Había todo un mundo por descubrir, algo mucho más importante que los significados de las palabras o por qué las acomodaba así. De esta manera, con esa onda, temas como La sed verdadera, Por, Cantata de puentes amarillos (¿hay algo más increíble y cercano a lo celestial que esa canción?, y con ese mantra siempre a mano: Mañana es mejor), fueron tan entendibles, tan fáciles, tiernas y le ponían respiración a lo que yo pensaba.
Almendra vino después. Aunque Muchacha (Ojos de papel) ya lo había escuchado en algún lado. Al lado de Pescado Rabioso me parecía una banda menor (con el tiempo entendí que era otro tipo de belleza la que se jugaba ahí), casi una etapa de preparación. Incluso Color Humano y Aquelarre me parecía mucho mejor. Pero necesitaba escucharlos, saber qué pasaba cuando esa música a la que le ponía todas las fichas  de mi delgada billetera era un boceto, salía al sol.
Con Invisible, la evolución fue innegable. Demostró que la idea de power trío  arrastra los poderes terrenales hacía otras dimensiones. Sí, El Anillo del Capitán Beto puede ser un botón de muestra, una pastilla salvadora en tiempos mugrosos para despejar el clima y ver desde otro lugar el concepto de revolución en el mundo de la música.
La etapa jazzera, circa Spinetta jade (escuchar Alma de diamante cada vez que las esperanzas dejen lugar al más profundo cinismo, te salva), y la solista me la perdí porque me ocupé de otras cosas que no vienen al caso. Hasta que llegaron Los socios del desierto y Carolina Peleritti. Ese disco fue uno de los últimos originales que compré.
Hace un rato vi en un cajón todas las entradas de las veces que los fui a ver en vivo. Siempre traté de estar lo más cerca que pude de él y aprender algo de su voz.   

4

Prendí la computadora de nuevo. Era muy extraño pensar que alguien como Spinetta dejara de hacer discos, de tocar, de mostrar que se podía tener dignidad, amor por la familia y seguir produciendo magia. ¿Ya no lo iba hacer más? ¿Eso era todo lo que tenía para ofrecernos este puto planeta? ¿Sólo un verano y ya fue?
Me puse a ver fotos de él. Un tipo sencillamente hermoso. Eso no hace falta decirlo porque esas facciones parecían corporizar su música, algo conceptual que se metabolizaba con su delgadez extrema y la ausencia total de gravedad. Sabía tener humor, y poner los puntos también (“no panikeen”). Ser grandes, parecía decirnos, es dejar de lado lo terrenal, es decir lo pasajero, y ocuparse de lo trascendente, dejar de luchar contra el tiempo, una batalla perdida. Tratar de hacer de este mundo algo menos doloroso.    

5

Y, sí, cuando las puteadas a Dios terminan o se gastan, uno llega a la devastadora certeza: Spinetta se murió. Es tiempo de crecer y seguir con uno menos, sin lugar a dudas el mejor de los nuestros. Y al final se trata de lo mismo, seguir poniendo sus discos, que es la única luz que nos queda.
     
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2

Y la calma llega
como una piña unplugged.
En un cajón del ropero
tengo la entrada de la segunda vez que vinieron los Rolling.
Esa vez te cuidé del pogo abrazóndote.

Esto va a tardar mucho.
Subo el volumen
de ese tema que no te gustaba.

4

Todos fuimos testigos esa vez
de lo que pasó
cuando usaste el pecho de coctelera
y mezclaste nostalgia con alcohol.

Al otro día
no paramos de contar,
de ver pasar los recuerdos.
Y fue gracioso
mientras estuvimos juntos.

7

Las veces que le mentí,
las veces que le dije la verdad.

Es todo lo mismo.

Palabras.
Virus.

¿Cuántas veces peleamos a la madrugada?

9

Una vez hablamos
de cómo serían nuestros hijos.
Ella tiró nombres
que rebotaban en todo lados.
Le gustaban las nenas.
Yo le miraba la panza imaginando el no futuro.
No quería dejar rastros.
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—¡La puta que te parió!— me dijo mamá y fue a socorrer al viejo que estaba en el piso retorciéndose de dolor. Creo que nunca voy a olvidar esa mirada que me largó mamá desde el suelo: triste y, sobre todo, llena de bronca.
Un rato antes, papá me estaba gritando. Yo también le gritaba a él. Rutina, nada nuevo. Para nosotros era un deporte al que le poníamos el alma.  Nos estábamos trenzando por una boludez: la música. Digo boludez ahora que pasó el tiempo. Ahora que crecí y puedo ver las cosas de otro modo, menos terminantes. Cuando era chico era duro como un milico. Traficaba con pensamientos de otros y estaba lleno de prejuicios. No sabés, estaba subido a un pony y creía que tenía mucha personalidad.
La cuestión era que estaba escuchando fuerte en mi pieza a los Rolling Stones: Jumping Jack flash, no sé si lo conocés. Él recién volvía del laburo y entró sin golpear, como hacía siempre, y me pidió, más bien me ordenó, que bajara el volumen y se fue. Yo sabía que eso le molestaba, lo ponía loco. Igual se lo hacía porque quería verlo sacado. Sí, nos llevábamos mal. ¿Quién no quiso matar a su viejo en algún momento? Por ahí nadie. Yo sí. Era un pensamiento que tenía seguido. O quería hacerlo mierda, no eran ideas nomás: era algo posta. Pero sabía que era medio imposible, nunca iba a poder hacerlo. Me daba paja. Mucho laburo: pensar un plan, después ver lo del fiambre, tirarlo a un lugar seguro. Pensá que el viejo era un lavarropa, pesaba como 95 kilos y yo mucho menos: era una diferencia, mirá si me herniaba o algo así. Y estaba todo el bondi con la poli: explicaciones, ver a mi vieja hecha bolsa, y toda esa movida. Era mucho. Entonces bardeaba con la cerveza. Papá una vez por semana, domingo o lunes ponele, compraba cinco o seis birras para tomar cuando venía del laburo. Se bajaba una por noche para sentirse un ser humano y sacarse de encima el garrón de estar metido en un matadero ocho o diez horas por día, a veces doce. Todas las tardes o a la nochecita iba a la  cocina, abría la heladera y quería sacar una botella bien fría, pero siempre las encontraba tibias. Se enojaba: puteaba a Edesur, a Dios y a María santísima. Creía que era un problema de electricidad, de tensión, de la mala leche del destino. Se quedaba re caliente por no tener con quien quejarse. Unas horas antes yo las había llevado al techo para calentarla, que perdieran vida. Después las dejaba en la heladera y esperaba. De mi pieza escuchaba sus gritos y me reía.

El viejo trabajaba un montón, no había terminado el secundario y era medio bruto. No estuvo mucho en casa. Creo que ahí estaba todo. Vos sabés que no se puede elegir a los viejos, pero sí se puede elegir cómo tratarlo. Yo me propuse destruirle la sonrisa a papá.

Qué loco lo que pasa con la ausencia, ¿no? Uno quiere llenarla con cualquier cosa, con algo groso. Es como hacerle contrapeso al dolor para que no te salte la térmica. Qué sé yo, digo nomás.

Me acuerdo cómo era todo cuando no nos peleábamos tanto. De más chico, cuando volvía del colegio al mediodía comía rápido, me tiraba de panza en la alfombra del living y miraba durante horas la televisión para poder ver qué daban a la noche y contarle a papá para que pudiera elegir lo que más le gustara. Me había memorizado toda la programación de todos los canales y me acercaba a él ansioso, impaciente, y lo veía tomando su vaso grande de cerveza, tranquilo, relajado, mamá al lado. Entonces creía que era el momento justo y lo tenía enfrente. Él me veía y decía como si le rompiera las bolas:
—No, ahora no… después.— Ese momento nunca llegaba. Después se convirtió en lo inalcanzable. Después, ahora odio los después.

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Puede ocurrir cualquier cosa en un aula. El peligro está presente; eso me gusta. Uno prepara con dedicación una clase magistral y los pibes te la pueden destrozar sin culpa. Otras veces llegás tarde, con las manos vacías y la improvisación no se nota, todos participan como si realmente les importara: esas pueden ser las mejores horas del año. Pero esa situación de eterna sorpresa no siempre es agradable.

En una clase, hace poco, una nena le dice a un compañero una palabra cargada de bronca, defendiéndose y a la vez intentando dañar: boliguayo, le dice. Supuestamente era un insulto, sonaba así. Y además al pibe seguro que le sonó horrendo, porque se paró con toda la furia dispuesto a convertir el bello rostro de la nena en carne picada. Evidentemente lo sintió como una agresión verbal de esas que te nublan las ideas y te hacen contestar a los cabezazos. Tuve que intervenir para que el pibe guardara esas manos preparadas como armas para un duelo. Son pibes que están acostumbrados a arreglar así las cosas: piña y sangre, y a ver quién tiene razón. Quise hablar con la nena, pero no hacía más que culpar a su compañero. Ella tampoco se achicaba, sacaba pecho y con el mentón le decía vení, vení. La saqué afuera del curso y estaba por empezar a darle el sermón sobre la tolerancia y la aceptación del otro, pero vi que su actitud reflejaba hastío. No le interesaba en lo más mínimo. Sentate, nena, le dije con impotencia, mientras me preguntaba cómo se enseña a aceptar al otro. Cómo se le hace ver que somos parte de lo mismo, que las diferencias ayudan a ver las cosas mas claras. En fin, todo eso que creo es importante para la vida.