Necrospectiva II (Cinosargo 2011): Cuentos de gore, de locura y de muerte

Hedor santificado in nomine Patris

La densa atmósfera que satura las páginas de estos relatos está cruzada por el hedor que llena todos los espacios reales e imaginarios y se apropia del lector, invadiéndolo como una plaga de insectos, hasta querer asfixiarle de modo que el suicidio sea su única salida. Obsesiva tendencia que busca en lo nauseabundo, un intersticio para atormentar al lector, hurgando en sus íntimos temores, interpelándolo casi con rabia: “me das pena… me repugnas… mírate… te regocijas con el hedor, te regocijas con la carne”, y en otra parte: “ya te lo dije una y mil veces… perfórate la cabeza, escapa, huye, es la única forma de afrontarlo, la enfermedad poco a poco te consume, la infección se ha apoderado de tu organismo por completo… la degradación de la carne ha comenzado”. El protagonista principal es el cuerpo humano, ese templo sagrado que todos cuidamos y evitamos su ruina, al que buscamos perfeccionarlo a fuerza de prótesis y cirugías, evitar su degradación, inmortalizarlo… el cuerpo es, pues, nuestro último refugio. La degradación de la carne es algo que no quisiéramos siquiera concebir como idea. Sin embargo, este libro nos desafía, nos horroriza, nos somete a un espectáculo grotesco al cual asistimos para ver nuestros cuerpos mutilados como en una escena teatral del Gran Guiñol o una película gore extrema.

El mundo como un inmenso muladar, los cuerpos en descomposición y el hedor como telón de fondo, puede leerse como la simbolización de una realidad decadente que nadie se atreve a descubrir, como el depósito de excrementos que enterramos en el patio trasero o la fosa de cadáveres que algunos gobiernos ocultan; preferimos vivir una realidad encubierta, cómoda y sin sobresaltos; sin embargo, como dice el autor, “la realidad es otra, es algo más bien oscura, bastante triste y también grotesca”. La búsqueda de una realidad más allá de los tabúes que nos autoimponemos, esa parece ser la clave de este libro; todo en él está consagrado a la estética de lo grotesco donde el hedor es como un bálsamo que purifica los cuerpos luego de la descomposición. Desde la cita al final del primer capítulo que dice: “Alimentándome con pedazos de putrefacción, los dientes se desintegran, los dedos de los pies se desprenden, nos arrastramos igual que las lombrices que las ratas y aves comerán…” (Dies Irae, Devil Doll), las escenas se suceden como en un film de serie B: Un tipo que asalta una carnicería para comer carne cruda; otro que se arrastra en el basural hurgando bolsas de comida podrida junto con las ratas, gusanos, cucarachas y moscas; aquél que unta un trozo de pan duro y hongueado con la materia purulenta que chorrea de su brazo, para saborearlo con repugnante placer; éste otro que exclama: “En ocasiones siento el deseo de beber el agua de los frascos que deja la gente en el cementerio” y aquél otro que dice: “La materia purulenta se desprende de mi cuerpo… soy un dios mutante, decadente, un dios preocupado por las cartas de desalojo, de pagar cuentas atrasadas, un dios despreocupado de la vida que ha creado”; son como escenas de gore explícito y visceral. El lenguaje es eminentemente visual, cinematográfico. Uno de los capítulos está dedicado a Albert Fish, el famoso asesino en serie que, según estudios psiquiátricos, fue homosexual, masoquista, voyeurista, coprófago, fetichista, pedófilo, caníbal, sádico… en fin, un tipo que se ufanaba de haber matado a más de cien niños y que antes de morir, exclamó: “qué alegría morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío, el único que todavía no he experimentado”. En personajes siniestros como el viejo Fish o Anatoli Onoprienko uno puede hacerse la idea de cuán endeble es la frontera que nos separa de nuestra naturaleza animal, ese instinto asesino que aflora cuando menos lo esperamos.


También hay otro elemento que planea sobre estos relatos otorgándole un sabor acre, es un fenómeno que yo llamo “aturdimiento”, un malestar generalizado que experimenta el mundo posmoderno, tras el fin de las grandes utopías, y que deviene en desencanto e incertidumbre; esta diáspora existencial busca salidas, atajos, respuestas, pero sólo halla un pozo sin fondo. “Tan sólo soy lo que botó la ola, soy ese huiro maloliente que queda y se quema en la arena” dice uno de los personajes; pero, hay un relato excepcional donde se pone de manifiesto esta cruel desazón, que se puede resumir así: La plata escasea, tienes que mantener a tu vieja que se ha vuelto fanática religiosa, eres un fracasado, no sales de tu pieza, la TV terminó de corroer tu mente, te vuelves loco, destrozas todo, te atrapan e intentan exorcizarte, sacas tu arma y disparas a granel, matas a esos evangélicos de mierda… y yo, mientras camino tratando de no llamar la atención, veo a mi alrededor el producto de todo lo que nos ha dado la TV. ¡La televisión es nuestra alma mater y todos nos debemos a ella!

Por todo el libro desfilan seres frustrados, solitarios, inadaptados, derrotados, viviendo una vida miserable en una sociedad tecnologizada, globalizada, deshumanizada; personajes que habitan espacios marginales y se enfrentan a la realidad con la rabia de un asesino serial. Por ahí se filtra cierta estética que lo acerca al cyberpunk, subgénero que aún mantiene vigencia y que Bruce Sterling ha descrito así: “Cualquier cosa que se le pueda hacer a una rata se le puede hacer a un humano. Y podemos hacer casi cualquier cosa a las ratas. Es duro pensar en esto, pero es la verdad. Esto no cambiará con cubrirnos los ojos. Esto es cyberpunk.” La música y el cine, son dos canales que irrigan cada página de estos cuentos. Sin duda, el soundtrack corre por cuenta de la banda de rock gótico Devil Doll, liderada por un extraño y fascinante personaje que responde al pseudónimo de Mr. Doctor; y el regusto por lo macabro proviene de las obras de Tobe Hooper, Lucio Fulci, Stuart Gordon, Darío Argento, entre otros, maestros del cine de terror, en quienes es posible vislumbrar las huellas de H. P. Lovecraft, el marqués de Sade y Edgar Allan Poe.

A Pablo Espinoza Bardi lo vi por primera vez en un recital efectuado en el Café Zeit de Tacna, recuerdo que, luego de su sádica lectura, una asistente le salió al paso para reprocharle la excesiva carga de violencia contra la mujer que emanaba de su texto… y es que la recepción de su obra siempre hallará resistencia entre ciertos sectores cegados por el tabú y obstinados a la apertura. Entiendo que la actitud de un creador no consiste en complacer determinados gustos, más o menos refinados, sino abrirse camino para aventurarse hacia lo ignoto; la apuesta de Espinoza Bardi transita por un terreno poco explorado en nuestro medio, y me refiero tanto al norte de Chile como al sur del Perú. Siendo así, tiene que ser inevitablemente un escritor solitario que se mueve como “el gusano divinizado que lleva la sabiduría de la carne, el evangelio de la putrefacción”.

Quiero saludar a Pablo Espinoza Bardi, quien, con estos cuentos de gore, de locura y de muerte, ha inscrito su nombre en la galería de los imprescindibles de nuestra generación.


 Tacna - 29/Noviembre/2011
Wilmer Kutipa Luque
Editor Revista LETRASÉRTICA


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