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a veces

el amor

es eso





agarrar

a tu mujer

y hacer

como si

la tiraras

al fuego



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Nos faltan en nuestros brazos que los quieren abrazar, nos faltan sus manos para apretarlas con las nuestras, sus risas para reirnos con ellos, sus lágrimas... nos faltan sus lágrimas y por eso nosotros los tenemos que llorar.

Nos faltan sus gritos para gritar más fuerte, nos faltan las historias que nos querian contar, nos faltan los pedazos de nuestras almas que ellos tenían, nos faltan en el barrio, nos faltan en la casa, nos faltan en el club, nos faltan en la escuela, nos faltan en el trabajo.

Nos faltan en el día y en la noche, nos faltan sus pasos en la calle, nos faltan como falta lo que nos hace falta, nos faltan desde hace tiempo, nos faltan hoy más que nunca, y siempre nos van a faltar.

Son luces apagadas que brillan igual, son el silencio que escuchamos cuando ellos tendrían que hablar, son ausencias que siempre estarán presentes... sus miradas hacia un lado que nunca cerrarán los ojos.

·

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el viento llora por mí

la tierra llora por vos

y el agua es testigo de mi tristeza

vértigo

digo vértigo

a la noche

alumbrando lo que no nace

a la sombra

habitando lo que no deslumbra

vértigo por la voz[s]

que renace

de las cenizas

·

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Leopoldo Anso
"El dominio"
(leo_66682@hotmail.com)
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Rafael Sorrentino es profesor de literatura pero se adapta a las necesidades de su vida cotidiana y de su profesión; de vez en cuando da clases en la facultad de filosofía y letras, pero otras tantas tiene que conformarse con guitarrear en unos barsuchos humildes de la provincia de Buenos Aires para pode vivir; sobre todo para pagar las expensas de su departamento y poder comer algo de vez en cuando. Rafael esta expuesto a una vida a la deriva que lo lleva al más duro y desastroso espejo de si mismo.
Camina por la calle pensando en que tiene que enseñar la figura del autor revolucionario en la facultad y piensa: ¿Qué revolución? ¿Qué es esta Argentina revolucionaria? ¿Me interesa esto? Si bien le interesa, no tiene la cabeza en sus más extremos cabales en este momento. Además piensa en lo aburrido que debe ser escucharlo y en lo chistoso que es su apellido. Piensa que la mayoría de los alumnos deber de burlarse de él en algún que otro pasillo.
Esta llegando temprano y decide tomarse una ginebra doble en el bar que esta en frente de la facultad. Sorrentino se dedica mucho a la bebida blanca y al vino tinto cuando no quiere pensar en nada y en nadie. No hacia ni un año que salía de una relación amorosa de dos años y medios con Claudia. Ella había descubierto que él tenía una extrema desviación en el deseo que lo llevaba a tranzar con jóvenes pueriles; en su mayoría alumnos. A él le gustaban, le gustaban los chiquitos castaños con labios de color rosado, le gustaba besarlos y hacerles el amor hasta sentir realizado el morbo más extremo que puede sentir un hombre que gusta de otro hombre menor a él. Detrás de esto había una cuestión edípica que ya había tratado en terapia mucho tiempo. En el fondo Sorrentino buscaba reconocerse como padre de estas criaturas a través de lo más inviolable: el SEXO. Es un tópico que, si bien lo había tratado mucho en la terapia, lo perturbaba por Claudia porque no hubiera querido que ella se enterase; pero se entero. Fue un gran error brindarle las llaves del departamento después de casi tres años; porque así fue como ella lo encontró amando a Ángel.
Cuando conoció a Ángel estaba seguro que lo atraparía en esa etapa de confusión y desviación de todo joven con las ganas de conocer y experimentar el cuerpo. Lo atrapo en un taller literario que daba en el barrio de Belgrano bajo un invierno sombrío de junio. Estaban todos debatiendo sobre cuál es el género literario por excelencia y Ángel contesto que el género más elocuente es la Novela; porque puede contener en sí a todos los demás géneros. Sorrentino empezó a sentir una gran atracción por Ángel en esas noches de tertulia y hasta se acerco para pedirle una entrevista personal. Se pasaron los mails y acordaron un primer encuentro privado en algún bar del barrio de Flores, dónde seguro, bajo la excusa de corregir textos curiosos, los dos se emborracharon con una gran botella de vino tinto. Los encuentros siguieron pero empezaron a tener lugar en el departamento de Sorrentino. La primera vez ya hubo más confianza, y cuando Ángel estaba por irse, Sorrentino pudo ultrajarle la cara para besarlo; besar eso labios finísimos que tenía en el medio de ese rostro cicatrizado por una afeitada apurada. Así fue el primer contacto, que después paso a mayores con más vinos y otras especies. . .
Claudia se entero de todo cuando entro una noche y los vio desnudos sobre la mesada de la cocina. Ahí se acabo todo; él la quería y estaba muy agradecido por su compañía durante esos dos años, pero Ángel le había dado vuelta los anillos de la orbita de saturno; él estaba seguro de que había elegido el destino de su deseo en ese momento de su vida.
Ángel pasó a ser Angelito y a vivir en el departamento de Sorrentino más que en su propia casa; además había iniciado la carrera de letras. Parecía que todo estaba acomodado. Aunque Sorrentino la extrañaba en silencio. Y bebía, bebía cada vez más a la par de Angelito cuando él no tenía que estudiar. . . pero siempre en silencio, sin hacerle notar que tenía la necesidad de abrazar a Claudia y de besarla masculinamente.
Ese día Sorrentino dio su teórico en la facultad con Angelito sentado en la primer fila, el alumno predilecto de la literatura argentina, el que se preguntaba sí Cortazar o Walsh, sí la buena literatura aburguesada de fantasía europea o una literatura que arrojara la máquina de escribir y agarrara el fusil para hacer tambalear a los verdugos de la historia argentina. Ese era el alumno de Sorrentino; en cambio el amante se preguntaba: ¿Sade o una buena novela romántica.-naturalista del siglo XIX? Mientras sostenía una copa de vino tinto ultrajado de dudas e incorrecciones, y desnudo en la cama revuelta de ambigüedades amorosas. Sorrentino no le contesto, pero ya había decidido. Esperaría a que Angelito rindiera el examen final de la materia para decirle que todo había acabado, que ya había decidido volver con Claudia, a buscarla nuevamente para cotejarla o al menos a ahogar su recuerdo sobre ella en una copa de vino sin compañía, en soledad.
El día del examen final, Ángel saco su bolilla correspondiente y estuvo toda la tarde en capilla preparando su exposición para aprobar; y lo hizo sin la influencia de Sorrentino, quien estaba en la mesa de examen correspondiente. El profesor Rafael Sorrentino no intervino porque sus colegas tenían una leve sospecha sobre la debilidad que él sentía por aquél alumno. Eso era algo que se estaba tornando insostenible; mejor acabar todo ese día antes de que todos descubrieran la relación.
Cuando le extiende la libreta a Ángel con su más alta calificación lo felicita y le dice:

-Ángel, la literatura es una gran mentira. No vuelvas a casa esta noche.

Ángel no volvió más y Rafael Sorrentino busco a Claudia hasta que dio con ella a través de un número telefónico que logro sacarle a un familiar lejano, que alguna vez había conocido, a la fuerza. Ella estaba en el extranjero y fingió no conocerle la voz de él cuando la llamo.
Entonces siguió ahogando el vaso de vino en su departamento de índole humilde o en bares de dónde la ginebra tenía un bajo costo para su bolsillo, también enseñando literatura argentina en la academia de vez en cuando, y otras en los suburbios. Mientras que Angelito seguiría cursando la gran mentira de la vida hasta el final, sin volver a cruzarse para conocerse, ni darse un beso, ni preguntarse sobre extremos literarios.
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Ella iba por marte
y dobló la esquina apurada
porque no tenía los tacos puestos
y no le importaba.
Pasó frente a un borracho
viejo
andrajoso
que le preguntó
¿a dónde vas, che?
si esta noche
el sol no va a salir para vos.
Ella rió,
lo tomó de la mano con la que pide limosna
y se lo llevó a su habitación.
Es que hacía mucho tiempo que ella no reía.


Pero no,
nunca pasó nada de esto.
No hay esquinas en marte.
Ella siempre va de tacos
apurada
y nunca lo mira.
Y siempre va de gafas oscuras
cuando sale de noche.
Es verdad que llora seguido
pero se ríe mucho también,
aunque sea por compromiso.
No, nunca paso nada de esto.
El sol nunca sale de noche
nunca.
Y él pide limosna con la otra mano.
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Lo sé y lo sabés y lo sabemos.
Sólo nos miramos y pretendemos no hacerlo.
Intermitentemente, nuestras miradas se desvían.
Yo para allá y vos para acá.
Casi nunca se cruzan, pero los dos sabemos.

Jugamos a ser victorianos y cuando nos miran, nos rozamos disimuladamente, sonreímos y la gente se incomoda con nuestra contención.
Porque saben que está por explotar, porque saben que nos aguantamos, porque saben que en realidad estamos pensando lo que estamos pensando... porque todos lo piensan.

Hoy te voy a lastimar.
Espero lo mismo de vos.