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qué pena que
la diversidad
que representan
ciertos discursos
se vea vestida
burda o burdel
al tener que justi-humillarse
balbuceando
supuestas certezas cerezas
de nombre
acodo o apodo
occi-científicas
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| un poco más de
Giordano,
poesía
“La muerte debe ser humana
ya que, a veces, se equivoca”
(Carlos Bonadeo)
Ojalá pueda seguir oliendo a loco
recuperar el aliento
y oír leer
Hay algo de la luz que no me cierra
ya ni me acuerdo de los héroes
con suerte son pibes puncks
hay algo de la paz que no te deseo
si ya se te está cruzando la corneja
a la diestra y a la siniestra
junto al Cid Campeador
hay algo mágico en eso de no tener magia
pero si letras, alas y un millón de posibilidades
Ojalá pueda releer esos libros
pájaros en la oscuridad
a cielo intermitente
y autopistas del sur
con lo que aprendí a volar.
Para Quien supo enseñarme mucho más que literatura.
ya que, a veces, se equivoca”
(Carlos Bonadeo)
Ojalá pueda seguir oliendo a loco
recuperar el aliento
y oír leer
Hay algo de la luz que no me cierra
ya ni me acuerdo de los héroes
con suerte son pibes puncks
hay algo de la paz que no te deseo
si ya se te está cruzando la corneja
a la diestra y a la siniestra
junto al Cid Campeador
hay algo mágico en eso de no tener magia
pero si letras, alas y un millón de posibilidades
Ojalá pueda releer esos libros
pájaros en la oscuridad
a cielo intermitente
y autopistas del sur
con lo que aprendí a volar.
Para Quien supo enseñarme mucho más que literatura.
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| un poco más de
lautaro,
poesía
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| un poco más de
longo,
Visuales
no vasta
el doliente
bello cielo
moreteado
no por la caldera
es mi delirio
sino por apañar
candela riesgosa
un oasis conurbano
ideado regateado
en cobardía
mas me fugo
y vos?
aún estás
para verme llegar?
allí
el vino frío
trayecto curvo
cursando mi espalda
allí, sí,
estás
sonrisa templada ojos buenos
vertiéndome
allí
mi torso encallado
y
ahora
regresando
concluyo
no hay remedio
el mar ha de arrastrarme
a las orillas
de tus sábanas
el doliente
bello cielo
moreteado
no por la caldera
es mi delirio
sino por apañar
candela riesgosa
un oasis conurbano
ideado regateado
en cobardía
mas me fugo
y vos?
aún estás
para verme llegar?
allí
el vino frío
trayecto curvo
cursando mi espalda
allí, sí,
estás
sonrisa templada ojos buenos
vertiéndome
allí
mi torso encallado
y
ahora
regresando
concluyo
no hay remedio
el mar ha de arrastrarme
a las orillas
de tus sábanas
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| un poco más de
Natalia,
poesía
“Día de los enamorados”, botón de encendido: prendes el televisor, nada nuevo para ver.
Vas al Msn y no hay nadie con quien hablar. Salís a la calle sin un mango en la cartera, esperas encontrar a alguien o que alguien te encuentre y en cambio escuchas el eco de una voz en tu cabeza, es la tuya, aunque no quieras aceptar lo sola que estas.
Caminar, caminar, dar vueltas, respirar, salir un rato de vos, mirar.
Hace un rato que doy vueltas por la plaza de Hurlingham, observo a una mujer sentada detrás de un árbol, otra medita sobre un banco y en el centro varios chicos con gorrita y zapatillas caras escuchan Regeeton en sus Gileras.
Hay poca luz porque ya es de noche. Pero los mosquitos son visibles, hay muchos, demasiados.
Hace calor y tengo sed. ¡Bebedero de heladería gracias por existir! Vos amigo pobretón sabes de lo que te hablo. Hay miseria por todos lados, ya es parte del paisaje. Pero yo busco otra cosa. Algo que me saque de la rutina, hace dos días que no duermo a causa de mi imaginación prolífera. La historia de Abelardo y Eloisa es una constante. Juntos desafiaron las leyes de gravedad, dejaron el peso de lado y un viento los voló, aunque estuvieran muy verdes para dar siquiera un paso firme sobre la tierra.
Todo comenzó un día de lluvia, en este mismo lugar, los dos charlaban de música, cuando comenzó a llover. Ese día se miraron distinto, una mano fue más de allá de los límites de un short. Una caricia seguida de un beso tímido en la mejilla. Tres manos y otra perdida en los pechos de la chica. Ganas y apuro, subieron a sus bicis y fueron a la casa de Abelardo.
Llegaron mojados, hacía un poco de frió. Eloisa entró primero y comenzó a sacarse la ropa hasta llegar al baño, ahí permaneció desnuda. Detrás de la puerta entreabierta, sacó una mano y espero que su amigo le diera ropa seca. Él en cambio la tomó de la mano y la ayudo a salir. Ya afuera, la beso en la mejilla. La boca de ella, se deslizo hasta la boca de él. La lengua viril del chico camino por los labios carnosos y rojos de ella. Eloisa se aferró con sus manos a la espalda de Abelardo y subió la pierna izquierda luego la otra rodeándole la cintura. Pequeños besitos y caricias le desdibujaron las marcas del corpiño.
El amor ahora tenía nombre y cuerpo, la sexualidad se abría de piernas a sus gestos tímidos, habían esperado la pubertad con dolor, y un dolorcito más los acercó a un mundo nuevo. Eran dos vírgenes prendidos uno en los brazos del otro. El ruido de la lluvia sobre el techo parecía el tacho de la batería de las canciones de Fun people, que retumbaban a todo volumen en las paredes de la habitación.
Por suerte no había ningún familiar en la casa. El mundo, ¡la vida! era un lugar perfecto para ellos. Fumaron marihuana, sacudieron sus cuerpos un rato más sobre la cama y al fin todo estaba dicho. Faltaba algo: irse. Buenos Aires no es un buen lugar para un amor tan inocente y ellos lo sabían, se vistieron. Abelardo agarró lo necesario y salió. Subieron a sus bicis y la lluvia seguía igual de insistente pero no sería un impedimento para nada, el camino estaba trazado, solo debían pedalear.
La remera de la chica estaba mojada y el short todavía tenía partes secas debajo de las piernas. Había pedaleado bajo la lluvia hacia varias cuadras. Su bicicleta se agitó sobre el asfalto mojado. En la esquina de una calle de adoquines buscó la manera de adelantarse a Abelardo, al hacerlo, lo vio sonreír al cielo. El gusto dulce de la lluvia le empapo los labios. Ya faltaba poco para llegar, tenían que cruzar una avenida, doblar y hacer tres cuadras más. Pasó un camión de basura y lo siguieron. Dos recolectores agarrados del estribo del camión, le dijeron cosas a la chica, debajo de la remera amarilla sus pezones brotaban fulminando la tela. Una remera mojada sobre un cuerpo femenino pareciera dar permiso, a ciertos hombres, de vociferar barbaridades. Avergonzada Eloisa dio la vuelta y su amigo la siguió. Estaban juntos en esto, a donde ella iría, él también. Tenían sus bicicletas, ropa, una carpa, algo de plata y en unos minutos, tendrían dos pasajes de tren.
Esos chicos de 15 y 16 años siguen construyendo una vida en mi imaginación, viajo con ellos de vez en vez, hoy fueron un alivio. Vuelvo a casa porque los mosquitos están insoportables. Mi familia me espera a comer, ya tengo 23 años y creo que la adultez es cuestión de actitud y que el amor es cosa de coordinación, no hay personas adecuadas sino un momento adecuado para dos.
Vas al Msn y no hay nadie con quien hablar. Salís a la calle sin un mango en la cartera, esperas encontrar a alguien o que alguien te encuentre y en cambio escuchas el eco de una voz en tu cabeza, es la tuya, aunque no quieras aceptar lo sola que estas.
Caminar, caminar, dar vueltas, respirar, salir un rato de vos, mirar.
Hace un rato que doy vueltas por la plaza de Hurlingham, observo a una mujer sentada detrás de un árbol, otra medita sobre un banco y en el centro varios chicos con gorrita y zapatillas caras escuchan Regeeton en sus Gileras.
Hay poca luz porque ya es de noche. Pero los mosquitos son visibles, hay muchos, demasiados.
Hace calor y tengo sed. ¡Bebedero de heladería gracias por existir! Vos amigo pobretón sabes de lo que te hablo. Hay miseria por todos lados, ya es parte del paisaje. Pero yo busco otra cosa. Algo que me saque de la rutina, hace dos días que no duermo a causa de mi imaginación prolífera. La historia de Abelardo y Eloisa es una constante. Juntos desafiaron las leyes de gravedad, dejaron el peso de lado y un viento los voló, aunque estuvieran muy verdes para dar siquiera un paso firme sobre la tierra.
Todo comenzó un día de lluvia, en este mismo lugar, los dos charlaban de música, cuando comenzó a llover. Ese día se miraron distinto, una mano fue más de allá de los límites de un short. Una caricia seguida de un beso tímido en la mejilla. Tres manos y otra perdida en los pechos de la chica. Ganas y apuro, subieron a sus bicis y fueron a la casa de Abelardo.
Llegaron mojados, hacía un poco de frió. Eloisa entró primero y comenzó a sacarse la ropa hasta llegar al baño, ahí permaneció desnuda. Detrás de la puerta entreabierta, sacó una mano y espero que su amigo le diera ropa seca. Él en cambio la tomó de la mano y la ayudo a salir. Ya afuera, la beso en la mejilla. La boca de ella, se deslizo hasta la boca de él. La lengua viril del chico camino por los labios carnosos y rojos de ella. Eloisa se aferró con sus manos a la espalda de Abelardo y subió la pierna izquierda luego la otra rodeándole la cintura. Pequeños besitos y caricias le desdibujaron las marcas del corpiño.
El amor ahora tenía nombre y cuerpo, la sexualidad se abría de piernas a sus gestos tímidos, habían esperado la pubertad con dolor, y un dolorcito más los acercó a un mundo nuevo. Eran dos vírgenes prendidos uno en los brazos del otro. El ruido de la lluvia sobre el techo parecía el tacho de la batería de las canciones de Fun people, que retumbaban a todo volumen en las paredes de la habitación.
Por suerte no había ningún familiar en la casa. El mundo, ¡la vida! era un lugar perfecto para ellos. Fumaron marihuana, sacudieron sus cuerpos un rato más sobre la cama y al fin todo estaba dicho. Faltaba algo: irse. Buenos Aires no es un buen lugar para un amor tan inocente y ellos lo sabían, se vistieron. Abelardo agarró lo necesario y salió. Subieron a sus bicis y la lluvia seguía igual de insistente pero no sería un impedimento para nada, el camino estaba trazado, solo debían pedalear.
La remera de la chica estaba mojada y el short todavía tenía partes secas debajo de las piernas. Había pedaleado bajo la lluvia hacia varias cuadras. Su bicicleta se agitó sobre el asfalto mojado. En la esquina de una calle de adoquines buscó la manera de adelantarse a Abelardo, al hacerlo, lo vio sonreír al cielo. El gusto dulce de la lluvia le empapo los labios. Ya faltaba poco para llegar, tenían que cruzar una avenida, doblar y hacer tres cuadras más. Pasó un camión de basura y lo siguieron. Dos recolectores agarrados del estribo del camión, le dijeron cosas a la chica, debajo de la remera amarilla sus pezones brotaban fulminando la tela. Una remera mojada sobre un cuerpo femenino pareciera dar permiso, a ciertos hombres, de vociferar barbaridades. Avergonzada Eloisa dio la vuelta y su amigo la siguió. Estaban juntos en esto, a donde ella iría, él también. Tenían sus bicicletas, ropa, una carpa, algo de plata y en unos minutos, tendrían dos pasajes de tren.
Esos chicos de 15 y 16 años siguen construyendo una vida en mi imaginación, viajo con ellos de vez en vez, hoy fueron un alivio. Vuelvo a casa porque los mosquitos están insoportables. Mi familia me espera a comer, ya tengo 23 años y creo que la adultez es cuestión de actitud y que el amor es cosa de coordinación, no hay personas adecuadas sino un momento adecuado para dos.
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| un poco más de
nadia,
narrativa
2
comentarios
| un poco más de
longo,
Visuales
No quiero escucharlos,
mediocres.
¡Soy noche!
¿Comprenden?
Como para no fruncir el cejo
con este sol insoportable.
mediocres.
¡Soy noche!
¿Comprenden?
Como para no fruncir el cejo
con este sol insoportable.
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| un poco más de
Natalia,
poesía
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