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Alguien apuñala la almohada
en busca de su imposible
lugar de reposo
(Alejandra Pizarnik)




No hay testigos
no hay testamentos
los recovecos son laberintos que parten desde tus ojos
hasta cada una de las caras del miedo

A fin de cuentas en este invierno todo es invierno
las muecas de la sombra
se apoya en el filo de la navaja
se gastan ruidos y goteras
sábanas agotadas
y música metal

la boca sesgada
se cubre con las manos
que dicho de paso
ya no piden revancha

y en el vaivén de la noche
la habitación es una esfera
que puede reventar
y revienta

prende un faso
no se le ocurre llorar.



la foto fue sacada por Rita Larossa.
el poema lo escribí después
o en el mismo momento en que el flash hacía de las suyas.
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Ella espía relojes de arena
googlea palabras que serán dioses o puñales (es lo mismo)
qué grandes pueden ser sus ojos
cuando enceguece en sueños prestados
y hermosea con ropas pasadas de moda

y ella es un pájaro (es verdad)
con su jaula en el bosque
como quien busca relación entre palabras sueltas
o el futuro en las cartas.




saludos
atte: lautaro
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Sin revanchas

Con suerte me queda un poco
del resto de los días en penumbras y de tus manos
que se saben hermosas y que están entre soledades espasmódicas

el poema que hoy te escribo, tiene las caries y el olvido piadoso
del fondo del vaso con hielo, vodka y mi devoción
moribunda de las tres de la mañana.

Sin espejos.
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“La muerte debe ser humana
ya que, a veces, se equivoca”
(Carlos Bonadeo)

Ojalá pueda seguir oliendo a loco
recuperar el aliento
y oír leer

Hay algo de la luz que no me cierra
ya ni me acuerdo de los héroes
con suerte son pibes puncks
hay algo de la paz que no te deseo
si ya se te está cruzando la corneja
a la diestra y a la siniestra
junto al Cid Campeador
hay algo mágico en eso de no tener magia
pero si letras, alas y un millón de posibilidades

Ojalá pueda releer esos libros
pájaros en la oscuridad
a cielo intermitente
y autopistas del sur
con lo que aprendí a volar.




Para Quien supo enseñarme mucho más que literatura.

hoy

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Con suerte soy un paisaje más
un mapa delirante
como esas fotos en que alguien se tapa la cara
un nombre sin relevancia

sensible hasta que el tiempo logre
convertirme en una cáscara
y ser una región
de alguna mancha uniforme.
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Te queda muy bien el papel de muchachita frágil
así como buscando una mañana
o el reflejo de una infancia con barrio

esquivás las palabras de sobremesa
con bromas que se ensañan
y ángeles musicantes

tu magia brota cuando caés

aprendo que no es gratis la soledad
y que no creés mucho en sobrevivir

entrás despacio pero sin cuidado
te acomodás como quien dice que sí
y dormís en mi cama

mientras, yo juego en los filos
me doy el golpe de gracia
y abandono la guardia.
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Voy a dejar que mis mentiras
me entreguen sus sorpresas
padeciéndolas
negándome a saber
dónde, los días buenos

desde la soledad
insuficiente en la sombra
soy el extra casual en la foto
la que guardo en la memoria

soy nombres
a veces, eutanasia
sangro, extraño
ya no soy el botón de la inocencia

pero queda una revancha
desperezándose en el tintero
de la duda
y de la cobardía.
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En un quinto piso,
alguien se crucifica al abrir de par en par
una ventana. (Oliverio Girondo)



Entre la grela de la mañana
y un café tibio de hace días,
varias colillas retorcidas
juegan dominó en el cenicero
y un par de botellas
repasan anécdotas inciertas

la vajilla está amontonada
y en el borde de algunos vasos
una mancha de rouge

corto el café
le doy el golpe final a una tostada
y forcejeo con el frasco de dulce

te veo abrazando el respaldo de la silla
en el suéter que olvidaste
y hasta la radio ironiza y te trae
con esa canción que cantabas sólo en la ducha

me pierdo en el remolino de la taza
soy mal anfitrión de esta resaca de hace días
mi sonrisa no es siquiera una mueca
mis ojos siguen la rutina como en un libro de instrucciones

apuro el resto del café
miro el reloj

y ya el apuro
de otro día.
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hay noches en las que me convenzo
de que mi vida
no se trata sólo de esto.
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Rastrero (western)

Iris desconectado
manos de gestos violentos
rostro pantano
ego dibujado
y leyendas urbanas hacen el resto

su piel curtida a fuego
cuero en los huesos
fiel a un poco de suerte
devoto al impulso
carne de cañón
y del paco

mientras la farsa del bandido a caballo
con sus muchachas enamoradas por los pueblos
y lealtades a prueba de balas
sigue riendo desde un film de vaqueros

en la calle
todo es más crudo
más doloroso
y ausente.
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Ella interrumpe mi lectura desde la puerta abierta
con el sol a su espalda esconde el rostro en la sombra
chasquea las páginas de mi libro
y me trae de nuevo a mi silla

no entiendo sus palabras
no reconozco sus gestos
me pierdo en su contorno

imagino su rostro
y lágrimas de noche
una historia imprecisa
y besos

al menos tengo el consuelo
de saber que nunca
interrumpió mi lectura.
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¿Qué herida sangra el Río?
¿cuándo terminan los sueños?¿y las dictaduras?
¿qué dolor traga la costanera?
en este invierno demasiado largo

pero
cada vez que alguien supera la brisa, los silencios
logra una revancha.
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Me limitaré a buscar una reflexión tan subjetiva como es el recuerdo de un aroma o la brisa en alguna noche de luna.
Estoy convencido de que la poesía tiene un fin en sí, es un todo que nace cuando es escrita y se completa cuando se lee, y por eso no necesita presentaciones o advertencias. Un poema es como un beso verdadero, no un beso de cortesía que se reparte sin cuidado al llegar o irse de un lugar, que no se pide, que no se anticipa. O como un cachetazo que, sin aviso nos hace sentir el tibio dolor en el rostro.
Anticipar el beso sería robarle esa espontaneidad que lo hace único, anticipar un cachetazo sería prevenir al receptor para que endurezca el rostro, prologar un poemario es advertir al lector sobre si lo que le espera es la suavidad de un beso o la violenta realidad del golpe. Con tal advertencia se perdería esa espontaneidad, esa magia y esa incógnita que se va develando al transitar la página. Al leer un poemario el lector pone su cuerpo, sus sentidos y, ante tanta entrega, no es justo ni para el poema ni para el lector que se entorpezca con palabra ajena esa comunión poema-lector.
Leer un poemario es una experiencia propia de cada lector y única cada vez que es leído, que nos invita a asistir desnudos, libres, sin mapas, sin caminos, ajenos a cualquier indicación.
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Nadie puede hablar de los callejones
en los que dibuja y borra su muerte

pero a pesar de tanta reja
yo sé que ella descansa en los jazmines que simula el sahumerio de los consultorios
ella se pierde, se encuentra y juega en la grilla de los antidepresivos que debe tomar
duerme con un ojo abierto, un brazo vencido y las puertas cerradas
ella recorre las calles con mirada de niña, tos de cigarro y piel deshidratada
ama sus heridas y sonríe a lo que pudo haber sido
ella está estrellada en una dirección de mail, se escracha en las fotos y sueña con viajar

ella me susurra al oído este poema
al quedarse sin palabras.