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   Traducciones por Federico Tinelli


collage por @nubelectrica



La tierra perdida


Tengo dos hijas. 


Son todo lo que siempre quise de la tierra.

O casi todo. 


También deseé un pedazo de suelo:


Una ciudad atrapada entre colinas. Un río urbano. 

Una isla en su elemento.


Para poder decir mío. Mío

Y en serio. 


Ahora crecieron y se fueron lejos


y la memoria

se conviritió en un emigrante,

vagando en un lugar

donde el amor se desarma en un paisaje:


Donde las colinas

son del color de los ojos de un chico, 

donde mis hijas son distancias, horizontes: 


A la noche, 

en el borde del sueño,


puedo ver la orilla de la bahía de Dublín. 

Su extensión rocosa y su puerto de granito. 


¿Es así, digo, 

como lo debieron haber visto

en el crepúsculo, partiendo en el barco de correo,


sombras cayendo

en todo lo que tenían que dejar?

¿Y en lo que amarían para siempre?

Y después


me imagino a mí misma

en el camino hacia la tierra de ese barco

buscando por la última imagen de una mano. 


Me veo a mí misma

en el lado infernal del agua,

la oscuridad entrando rápida, diciendo

todos los nombres que sé por tierra perdida: 


Irlanda. Ausencia. Hija.



_________



The lost land



I have two daughters.


They are all I ever wanted from the earth.


Or almost all.


I also wanted one piece of ground:


One city trapped by hills. One urban river.

An island in its element.


So I could say mine. My own.

And mean it.


Now they are grown up and far away


and memory itself

has become an emigrant,

wandering in a place

where love dissembles itself as landscape:


Where the hills

are the colours of a child's eyes,

where my children are distances, horizons:


At night,

on the edge of sleep,


I can see the shore of Dublin Bay.

Its rocky sweep and its granite pier.


Is this, I say

how they must have seen it,

backing out on the mailboat at twilight,


shadows falling

on everything they had to leave?

And would love forever?

And then


I imagine myself

at the landward rail of that boat

searching for the last sight of a hand.


I see myself

on the underworld side of that water,

the darkness coming in fast, saying

all the names I know for a lost land:


Ireland. Absence. Daughter.



...



IV Cuarentena


En la peor hora de la peor estación

del peor año para todo el mundo

un hombre salió del geriátrico con su esposa. 

Estaba caminando - ambos lo hacían - al norte.

Ella tenía fiebre famélica y no podía mantener el 

ritmo.

Él la levantó y se la cargó en los hombros. 

Caminó así al oeste y al oeste y al norte. 

Hasta que llegaron a la noche, bajo estrellas 

heladas.

A la mañana, los dos fueron encontrados muertos. 

De frío. De hambre. De las toxinas de toda la historia. 

Pero los pies de ella estaban sostenidos contra su 

esternón.

El último calor de la carne fue su último regalo.

No dejemos que ningún poema de amor llegue a este 

nivel.

Acá no hay lugar para el halago

inexacto de los dones fáciles y la sensualidad del 

cuerpo.

Solo hay tiempo para esta vida impiadosa: 

su muerte juntos en el invierno de 1847.

También lo que sufrieron. Cómo vivieron. 

Y lo que hay entre un hombre y una mujer.

Y en qué oscuridad puede ser mejor probado. 


_________


IV Quarantine



In the worst hour of the worst season

of the worst year of a whole people

a man set out from the workhouse with his wife.

He was walking – they were both walking – north.

She was sick with famine fever and could not keep up.

He lifted her and put her on his back.

He walked like that west and west and north.

Until at nightfall under freezing stars they arrived.

In the morning they were both found dead.

Of cold. Of hunger. Of the toxins of a whole history.

But her feet were held against his breastbone.

The last heat of his flesh was his last gift to her.

Let no love poem ever come to this threshold.

There is no place here for the inexact

praise of the easy graces and sensuality of the body.

There is only time for this merciless inventory:

Their death together in the winter of 1847.

Also what they suffered. How they lived.

And what there is between a man and woman.

And in which darkness it can best be proved.



Sobre la autora |


Eavan Boland fue una poeta irlandesa nacida en 1944. Pasó su infancia en Nueva York y Londres para luego volver a Irlanda y publicar su primer libro, 23 Poems, cuando todavía estaba en la universidad a los 21 años. Desde 1996 fue profesora de la Universidad de Stanford. Escribió más de 30 libros de poesía y en 2018 fue seleccionada como miembro honorario de la Academia Real Irlandesa. Falleció el 27 de abril de 2020 en Dublín a los 75 años. 



| Sobre el traductor |


Federico Tinelli es un poeta, traductor y periodista nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1997. Publicó su primer libro de poesía, En el Vacío Azul (2021) por la editorial Tren Instantáneo. Traduce y colabora para Escrituras Indie desde el 2021. 




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Selección de poemas del libro "Los pájaros creyentes", de Luciana Tagliapietra editado por Gerania Editora (2022).


por Micaela Kessler




Un nombre para mi recuerdo, eso quisiera.

A los siete años,

mis padres se habían separado,

vivían en provincias diferentes.

Cuando viajaba a Santiago a ver a mi papá,

mis primas me llevaban también a visitar al cura

para confesarme.

No tenía amigos, sólo mis primas

que eran más grandes.

A la siesta

jugaba al elástico con dos sillas enfrentadas.

Recuerdo cuando me sentía sola:

Ponía en las sillas dos sábanas amontonadas

a modo de cabezas con corona.



...


Estoy encantada con la idea

de pasar la mañana sin hablarte.

Hoy llueve.

Me pregunto si ayer también llovía 

o estaba rojo de pelusa la tierra.

Si tenía ayer una camisa de viyela,

rozaba mi cuerpo en ella,

y soñaba que me tocabas.

Si tenía el pelo limpio y pensaba que lo enlazabas

con los cinco dedos 

de tu mano grande 

o me envolvías el cuello venciéndome hacia atrás, 

como calmando un ciervo que se está muriendo,

con ese color, ese pelaje suave.

También te hablo así, vos sabés.



...


Le dije al perro:

Perro, no tengas miedo

porque en la casa no hay nadie

y si no voy a visitarte, no me extrañes,

y si no voy a verte hace ya un mes

No te preocupes, pienso en ti, Perro,

pero mi pensamiento no te llega.

Te extraño con la mente y con el corazón, Perro.

Yo sé de tu amor y tanto lo sé 

que he soñado alguna vez

con transformarme en perra

para tirarme al lado tuyo

en esa hora de mucho calor 

con el frío del piso y el viento

del ventilador.

Pero Perro, eso no está por suceder,

y yo te he abandonado.

Te he abandonado, Perro

y cuando te visite, sé

de tu alegría y de la mía.



...


Entonces me miré 

frente al mismo espejo en el que

había jugado antes.

O me escondí frente a él. Qué destellante y brilloso,

mi ojo

lo perforó.


Fue todas las veces cierto.




| Sobre la autora |

Luciana Tagliapietra nació en Tucumán en 1984. Cantante y compositora de canciones, lleva editados los discos Los Domingos (2009), Diagrama de Ben (2011), La Luna (2013), Kawaii (2017), Nueva forma (2021) y algunos simples como Escala (2016) y Perro (2018). Destacados de la música como Daniel Melero, Litto Nebbia y Kurt Uenala colaboraron en su obra.

Como escritora ha publicado el libro de poesía Cuadrofonia del grito (2001) y Qué falta de todo (2009, Brillovox), en coautoría con Florencia Méttola y Teresita Garabana, además de otras participaciones breves en antologías, fanzines y blogs.


| Más sobre la autora  |

@luchitaglia


| Más sobre la editorial  |

@geraniaeditora




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Texto escrito para la presentación de La enfermedad de la noche, la nueva novela de Mariana Komiseroff, editada por Random House (2023)

por Gabriela Borrelli Azara





Hola Mariana Soy Gabriela, escribiéndote esta carta que voy a leerte el día de la presentación de tu novela que hace apenas unos minutos terminé. Cerré el libro y suspiré. Entré con la protagonista de la novela a una nueva casa. Más que salir, al terminar tu novela, se entra a algo. Estoy escribiendo muchas cartas últimamente, a mis alumnas, a algunas poetas, a Cristina Fernandez de Kirchner, ahora a vos. Pasa algo con las cartas parece y parece también que yo quiero ser parte de eso que pasa. Por eso te escribo porque pensé en hablarte a vos y que les asistentes esta noche sean lectores voyeur que es lo que es un lector de cartas. Yo debo confesar que no leí muchas. De escritores menos. A mi lo de seguir la verdad de la vida de la gente no se me da. Esa búsqueda hambrienta por la veracidad no se me dió.  Por espiar, menos, preferí seguir el hilo escondido que une vida y obra, esa mala fotocopia, ese negativo que solo revela cuando se apaga la luz, lo que aflora en la oscuridad. Pero no me quiero ir por las ramas, te quiero contar cosas, cosas de tu novela, de mi lectura, y también te quiero saludar, hace cuánto que no nos vemos querida Mariana, hace cuanto no tenemos esas conversaciones picantes de la que vos sos la máxima expresión en nuestro país. No me acuerdo cuando nos vimos por primera vez pero sí me acuerdo cuando te vi por segunda o tercera vez. Yo estaba saliendo de una fiesta, borracha como se debe retirar alguien elegantemente de las fiestas para hacer sentir bien al que la organizó y hacerle creer que fue un éxito. Siempre tuve el reparo de retirarme borracha solamente para tener esa delicadeza con les anfitriones. Ya no lo hago más. Me he vuelto muy maleducada, si vieras. La cosa es que me retiraba de esa fiesta y vos estabas en un sillón con un muchacho, un sillón color claro y te habías hecho un corte de pelo que incluía el típico rapado al costado de la cabeza, un corte que luego sostuviste bastante tiempo, y digo típico porque todas las del gremio lo tuvimos o tenemos o tendremos. Ay las del gremio, aparece acá la voz de Emma Barrandeguy, que así se denominó en esa entrevista-cuento que le hizo María Moreno. Del gremio somos. Después de leer La enfermedad de la noche, pienso que el significante no perdona y que las palabras hacen cosas y ahora pienso ese gremio de otra manera también. Un gremio, que no es un sindicato pero comparte algunas de sus características, pero ya voy a llegar ahí, sabes que la política me tira. Te vi en ese sillón entonces y me despedí no sin antes decirte: que corte de lesbiana, Mariana. La rima involuntaria es uno de mis fuertes! Vos te reíste, y yo nunca olvidé ese momento porque inmediatamente me dije a mi misma: que desubicada, como le dije eso con el chico ahí mismo. Empezó a hacerse en mi esa culpa retrospectiva de borracha, el momento en que cerras los ojos y decis porque dije eso. Vos tal vez te acordás de eso. Espero que sí, no hay nada más hermoso que compartir recuerdos. Hacen a una amistad: son su corazón. Me arrepentí de esa frase, sin embargo con el tiempo recordé que tu sonrisa fue especial, casi de complicidad. Después nos cruzamos en más fiestas, hablamos un montón, bailamos, nos reímos, siempre nos quisimos. Pero nunca me sonreíste como esa vez. Que corte de lesbiana, Mariana. míranos ahora, dos señoras casadas con dos señoras y yo sin el rapado, vos? 


Te contaba al principio de esta carta, que hace unos minutos acababa de terminar tu última novela que es entrar en algo y no salir de ella. Hay novelas que son así: te dejan una puerta abierta para siempre, un clima. El clima de La enfermedad de la noche es un clima denso, lleno de profundidades oscuras, serpenteando siempre lo macabro hasta dar vuelta la mirada para mostrar que vivimos con lo siniestro susurrando en la oreja. Y hablando de entrar y no salir, de quedarse en un lugar porque es lo que toca, me acordé de un autor al que quiero poner en serie en esta carta con tu novela. El significante insiste e insiste: Mariana, me acordé de Mariani. A mí esos viejos de la década del 30 de Boedo me encantan. Los comparo con las feministas, con muchas muchachas de mi tiempo que igual que ellos estaban convencidas en el cambio de la sociedad y que la literatura iba a cumplir una función esencial. Amo esa confianza en la literatura, esa forma de querer hacerla algo.  El querido Roberto Mariani, en su libro más famoso: Los cuentos de la oficina, intenta mostrar algo de la enajenación de la oficina, del trabajo en general, pero su pintura es la oficina. El primer relato del libro se llama Balada de la oficina y es la misma oficina que habla, casi sexualemente, al trabajador. ¿Querés escuchar un poquito? 


Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. El sol está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. Entra. No repares en el sol. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra. En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se le siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles… f… f… f… f… El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú, entra. Entra; penetra en mi vientre. 


La protagonista de La enfermedad de la noche, tu protagonista Marian, ya sabés,  no trabaja en una oficina pero también es tomada por esa noche, abandona el sol, en un sentido amplio y la oscuridad de esa gran concha que puede ser el congreso de la nación la toma. Abandona el sol. A mi ya me gustaba cómo escribias, Una nena muy blanca me dejó escenas que no se fueron tampoco de mi. Y como ninguna podés mostrar las escenas del trabajo en una clase social: las clases populares de nuestro país. El trabajo es una obsesión que tenés como escritora y recorre toda tu obra.  Por eso pensé en Mariani, Mariana. Dejame decirte, que lo mejor de los escritores son sus obsesiones. Pensé en Mariani porque tu libro es un libro sobre el trabajo: sobre uno particular pero en el que se puede cristalizar el malestar de las grandes mayorías de nuestro país. Mariani es un escritor del realismo social. Así se definió, y así quedó en la historia de la literatura argentina. Lo tuyo mi querida Mariana, es una ficción que bebe de lo social para lograr el relato de la enfermedad, del trabajo, de la noche, de la política, de la crueldad con la que vivimos cotidianamente. No sé por dónde empezar a hablarte de la novela, aunque creo que ya empecé. Como es una carta de mi para vos, y de paso la escucha toda esta gente puedo ser más libre, hacer conexiones que no necesariamente podrían todos compartir. Puedo unirte con Mariani, decir que me cautivaron esas noches en el Congreso, que me mostraste no el lado b, sino el zeta de lo que podía suceder puertas adentro mientras muchas estábamos afuera con nuestros pañuelos verdes pensando que sí, que era posible, eso y muchas otras cosas, no solo el aborto. La realidad y el tiempo están ahí para decirnos que todo no, que un poquito tal vez y después volver al yugo de luchar con los mismos forros de siempre, con los que siguen ahí: los compañeros de trabajo de la protagonista, los que siguen defendiendo el proceso y prendiendo fuego mujeres. La enfermedad de la noche, es la de todes en algún punto: estos son los sindicatos que pudimos conseguir, los gremios en los que no todas nos dedicamos a lo mismo, la sangre, la propia sangre que se convierte en lejana, como dijo Porchia: lo lejano, lo más lejano, solo lo hallé en mi sangre.


Tu novela Mariana trabaja tres niveles que se superponen: la enfermedad, la política, lo sexual. Sos cruda e implacable con las tres, nunca te dejas domar por la condescendencia ni un falso sentimentalismo o buena intención de la que pecan algunos textos en la actualidad. Me gusta eso de vos. Tu novela arremete. El ritmo de las frases, cortantes pero profundas, son daguitas que van formando cuadros totales en cada capítulo. 


Quiero volver a algo que te dije más arriba en esta carta: algo con la sangre. Con lo que devela su metáfora: sangre como familia, o sangre que es indicio de muerte o herida. Es una novela de la sangre derramada: 


¡Que no quiero verla!


Dile a la luna que venga,

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.


No quiere verla Federico García Lorca, la sangre ni el sol. Es en ese poema que Ignacio sube con toda su muerte a cuestas. La protagonista está un poco así: la inminencia de la muerte que la rodea, la muerte que ella provocará, la que detendrá con el mismo trabajo. Hay frases Mariana que también me dejaron pensado, escenas que desembocan en finales como este: 


“Soy victima cuando me quieren pegar y cuando me quieren amar”. Todas esas palabras juntas en una ficción hacen eso que te decía más arriba: ese negativo oscuro de un clima de época que no desculamos. Ahí tus personajes: otra frase que resuena “Ni la enfermedad de Gabriel, ni el deterioro de su cuerpo la destruían, el sistema de salud era lo único que a mi madre le ganaba por hartazgo”. Otra forma de pintar la vida de muchas personas que viven en este país, que no son ese personaje exactamente pero que comparten con él ese estado de cosas. 


Ay Mariana creo que esta carta se extendió. Te quería decir que tu novela me gustó, porque así se habla de las novelas en la intimidad, porque así viven los libros, en el gusto, en la incomodidad que provocan, en el cosquilleo o el hartazgo, en la emoción gratuita que despiertan en el lector ( la frase no es mia, es de Macedonio Fernández) Verás y sabrás que delicuentes, hay en todos lados, que un crimen para hacerse necesita de personas, personas con las que convivimos todo el tiempo. 


No quisiera que estas fueran las últimas palabras, oscuras por cierto para terminar esta carta. Decirte que me gustaría ir a La Pampa, ver el atardecer en la llanura, que el viento nos despeine nuestros pelos, que ahora tienen nuevos cortes.