por Malena Low

La industria pornográfica traga y escupe a conveniencia.
Se dice que los cines porno son sucios. Como el Hospicio de las Mercedes descrito por María Moreno en El Petiso Orejudo, palacio de lujo desmedido para contener a los degenerados de principios de siglo XX, el Cine Ideal, edificio de la misma época, aloja entre sus cinco tipos de mármol a los pajeros de microcentro. 
Betty, la dueña del cine - campera plateada, maquillaje moderado - está atrás del mostrador, enmarcada entre columnas doradas y espejos de tres metros de alto que la multiplican. No atiende a los clientes pero supervisa por encima de los lentes mientras se lima las uñas. Se alerta cuando me ve pedir una entrada. Me pregunta la edad y me exige el documento. “No vengas sola”, ya me había advertido uno de los guardias de la puerta una vez. Cuando supe que uno de los últimos cines porno que quedaban en pie respondía a los mandatos una mujer, decidí venir igual. “No damos entrevistas”, ya me había dicho Betty por  teléfono, antes de colgar. 
Con el ticket en la mano, me escolta un señor de traje mostrándome el recorrido: sala 1 y 2, cine gay. Arriba, 3 y 4, cine heterosexual. Entiendo que éste es una excepción entre los “cines continuados” - ellos no dicen porno - y que yo acá, como una nena boba,  soy tratada como una rara mercancía extraviada en una trampa que me volverá la mejor ofrenda. 
-  Si tenés algún problema me decís.
-  ¿Voy a tener algún problema?

La sala 1 está totalmente oscura. Es la primera vez que me da miedo la oscuridad en el cine. Prendo la linterna del celular: no hay nadie. Ni una sola luz alumbra el pasillo. La película no se escucha y yo asumo que así funciona siempre, en mute. Me siento en una de las butacas de atrás, en uno de los laterales, atenta a los sonidos. Acá, el silencio se escucha así: pisadas sobre la alfombra y la escalera, algunas voces ahogadas en el hall de entrada, mi respiración acelerada por el miedo. Atrás mío, la puerta se abre y alguien me pasa la mano por el muslo hasta agarrarme fuerte la rodilla; es el guardia que prometió cuidarme: “no te vayas, ya lo arreglamos” y se queda frente a la pantalla mientras intenta solucionar por handy el problema técnico del sonido. Cuando entra el primer hombre que no pertenece al elenco estable del palacio de Betty, un cliente de verdad, me doy cuenta de que estoy estorbando. Mira para atrás, incómodo. No se mueve, no se hace la paja. Más por atónito que por respetuoso. Al fin y al cabo, acá nadie le falta el respeto a nadie con la exhibición. Así como el Petiso Orejudo desbarata el funcionamiento del manicomio cinco estrellas del doctor Domingo Cabred, yo seré la “basura que atasque la gran máquina” del Ideal,  “el escollo donde naugrafarán todos los planes, toda ilusión”. 

          En la sala 2 se repite básicamente la misma película que al lado: varones gays, europeos y depilados. Esta vez no me siento. Me mantengo cerca de la puerta y saco algunas fotos a la pantalla y a los carteles de salida y prohibido fumar. Ahora entra un hombre de unos 40 años - es casi imposible describir a los clientes del cine, parecen personajes que solo viven ahí - y estamos cara a cara. Con la puerta todavía entreabierta detrás de sí, llego a verle la cara. Me mira fijo a los ojos. Es una expresión que entiendo como propuesta y que reconozco como parte del código del lugar pero que sin duda no manejo con precisión. Si entiendo alguno de estos signos no es tanto intuición como saberes que saqué de los cuentos de Carlos Correas. Parece que si no vine a coger, mejor ni tendría que haber venido. Quizás sea verdad.
En el hall, Betty repiquetea las uñas sobre el mostrador. Come galletitas de agua y hojea una revista. Le pregunto si me deja cargar el celular en los enchufes que tiene al lado. Necesito un descanso. Desde el banco, escucho los handys de nuevo. Hay una situación en la puerta que no llego a entender, el guardia está un poco alterado. Betty le pregunta qué pasa y él me mira:
-         Parece que Luisito no se quiere ir porque la vio a ésta. No te hagas drama mami, vos quedate acá por las dudas. Hasta que no se vaya no subas a las salas de arriba.
Arriba hay tres salas más, de películas heterosexuales. También hay una “sala de estar”, así le dicen. “Ahí sí que no te metas, eh”, me dirá Betty después. Con ella al lado me siento protegida. No sé nada de ella pero ya la hice mi ídola con todo lo que me imagino: cómo habrá llegado a ser dueña de un cine porno, con el lugar tan restringido que deja esa industria para las mujeres. Ya no es la guardiana que desconfía de mí, ahora me cuida y me cuenta que es madre de dos hijas, que le gusta su trabajo y que la pornografía es algo “natural”.
-         Y sí, yo siempre digo: al porno hay que tomárselo con naturalidad. Pensá que tiene siglos y siglos. Las películas de los griegos y los romanos eran un asco y nadie decía nada.
La historiografía que maneja Betty es un delirio que me encanta. Siendo ama y señora de la villa romana que es el Cine Ideal, los tentáculos de su locura se extienden hasta los confines de cada pliegue del decorado barroco y ahí se acurrucan. Como la casa del siglo XIX para las huellas de la burguesía, su cine funciona como estuche perfecto para mantener intacta la voluptuosidad de sus ideas. Me sonríe mientras habla y yo festejo cada cosa que dice. Siempre jugando a la nena boba. Me gusta más esta Betty excéntrica que la mujer autoconsciente que yo me imaginaba. 
Ya estoy más confiada, el pulso se me desaceleró y se ve que  “Luisito” se cansó de esperarme y volvió a integrarse a la luz solar, a perderse en la marea del microcentro. Subo las escaleras. Las barandas son doradas, el mármol y los espejos son originales de 1930. En la mixtura del tiempo - ¿cómo lo percibirá Betty? -, fueron apareciendo unos forrados de simil cuero sobre unos bancos y macetas con cañas de bambú espiraladas para decoración de interiores. Arriba hay más salas y la “sala de estar” de la que me precavieron: suena “You’re my heart, you’re my soul” de Modern Talking desde su interior negro. Como no hay nada más amigable que la música de los 80s, me relajo y  me entrego menos aterrada a esta circulación chaplinesca en la que voy corriéndome al compás de las apariciones de los hombres. Saco algunas fotos en este piso aprovechando que nadie me ve. Me siento en el medio de las salas, en el entrecruce donde hay desde sillones hasta una máquina de Coca-Cola. Canto la canción y no tengo miedo de los que pasan y me miran entre sorprendidos y libidinosos. A mí me cuida la reina, me cuida Betty. 
  “I'm dying in emotion / It's my world in fantasy / I'm living in my, living in my dreams” suena cuando sube el guardia a agarrarme del brazo y me arrastra escaleras abajo. Que lo acompañe, que acá no se pueden sacar fotos, que me vieron por las cámaras y que me tengo que retirar inmediatamente después de mostrar cómo borro una a una las fotos de mi celular. Que ellos trabajan para sus clientes y que yo no soy - nunca fui ni podría haber sido - una clienta. Me lleva al mostrador, frente a la mirada de Medusa de Betty que me convierte en una piedra hecha de vergüenza. Pido perdón y me devuelven la plata. Insisto con que no tienen que devolverla y que no quise ofender. Me obligan a ver cómo las imágenes se van al tachito de mi celular y me llevan a la salida.
La maquinaria porno logró escupirme de sus engranajes para volver a su normalidad. La luz del mediodía y el ruido de microcentro me devuelven a la mía. Humillada pero cómoda en la traición, restauro una a una las fotos de la carpeta “Eliminado recientemente”.     

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