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El dolor del mundo
Como hundir 
la cabeza en la almohada
como soñar en paz
cuando muchos mueren
antes del alba
con la panza vacía
la cabeza anestesiada
el futuro desangrado

Cuando despierte
esto habrá acontecido
nunca sabré sus pasos
los nombres 
habré desconocido
y luego
como volver a dormir
conociendo
que todo esto sucede
una y otra vez
sin orgasmos

Duele tanto
no poder demorar 
el dolor del mundo
con una sola mano
mientras 
hacemos silencio
el agua baja turbia
esto es tan efímero

Injusticia
es un cuerpo violentado
que se duerme frío
sin haberse acostado
los sueños llenos de esquirlas
de una bomba que estalla
haciendo agua en el fuego
de tan ciegos 
no escuchamos 
el ruido de la mecha
que se enciende
haciendo bulla de metales
en medio de la mañana




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Azúcar quemado
azúcar marrón

Pequeña lava dulce

Caricias guardadas
en bolsas de alpillera

Te cascotean el alma

Karma con gusto no pica

Silban las ánimas
del ánimus

Comiendo vidrio
sin cortarse la lengua

Paseando al corazón felíz
en carretilla

Soldaditos de plomo
luchando en el recuerdo
la guerra de la infancia

Pequeños dolores cotidianos
como fibras de mango entre los dientes

La lengua del deseo
no sirve para lamerte las heridas

Confites psicoactivos
alterando la percepción

Buscando día tras día
los puntos que coincidan
con las fichas de tu dominó

Sintiendo tu perfume azulado
como el rico olor de la nafta súper

Tatuajes de virgencitas
con tinta de birome

Y tu carnecita roja
y jugosa como una sandía
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Moscas en Rosas de Chimu y sus chimeneas

moscas en rosas
como el hombre que busca miel
lo miro y no lo entiendo
puedo querer correr
mientras
no
me
veas

Esta no es
Mi verdad
Esta no es
Mi verdad
Ni naciones
Ni banderas

¡no!
no nos pueden comprar
no deben corrompernos
informaciones falsas
que empañan la visión
madera noble,
roble es mi corazón

esto no es un gran Teg
ni naciones, ni banderas

ey, hoy
sos animal
aunque te duela 
sos
igual
como un perro
una cebra
como chimango
una pantera

hoy no hay
pilares
que sostengan
bendiciones o estrategias

ey, hoy
sos animal
ooh, no hay
…hoy sos animal,
aunque te duela
sos igual
como un perro
una cebra
como chimango
una pantera







Buen viaje loco, a donde estés que seas feliz... 
Escrituras Indie
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por Gastón Malgieri


Desearía haber probado con enhebrarme los pliegues de este llanto y hacerle voladitos a la enagua de este insomnio. Hacerme una mantita de moronganda que cubra el lacio trans/currir de los días, la pesadillesca sensatez de algunas contusiones. O aprender, de una vez por todas, el dobladillo y el pespunte, así los hilos ayudan a contener  la verborragia de esta lengua malherida. Pero no llegué a tiempo. Y ahora tengo nudos en mis tres gargantas. Desvelo, furia y pesadillas.

Negada para el bordado, el zurcido y la prudencia, taconeo desbocada por los pasillos de los lugares a los que nadie me ha invitado nunca, pidiendo ungüentos y apósitos para este tajo extremadamente doloroso. Nadie puede darme consuelo. No necesito consuelo. Necesito escurrir la inercia. Así, herida y a los tumbos. 

No estoy dispuesta a contar cadáveres con el ábaco perverso de la costumbre. No estoy dispuesta a que la congoja sea titular mañana en el periódico de las culpógenas redacciones amarillistas. Ni a pedir disculpas por querer armarme hasta los dientes y arremeter contra el estado que asesina, y luego decreta duelo nacional, con bandera a media asta y cara de circunstancia para la foto.

No soy impermeable. No tengo humor para jugar a la dicotomía. Ni este cuerpo tiene fuerzas para enarbolar el cinismo que deviene metástasis en el anonimato de lxs comentaristxs de las páginas de noticias.

No quiero el hábito de la muerte, la vuelta de hoja, el dato duro, o esos cartelitos impunes que chorrean de las bandejas frías de las morgues.

No quiero volverme inconmovible, o conmoverme solo cuando se les ocurre a los noticieros, musicalizando mi angustia (y la de tantxs) a toda orquesta, como si todo, finalmente, se tratara de una mala película épica.  

No quiero explicaciones técnicas. Los tecnicismos no exculpan al Estado de la responsabilidad por las décadas de desdén con las que manipularon nuestra suerte, jugando a la ruleta rusa con los cuerpos.

No quiero la indignación contenida y empaquetada en el clickeo pasivo de las redes sociales. Ni pretendo que vengan a explicarme que esto es parte del mecanismo del Capitalismo Salvaje que nos asesina. Lo tengo claro. Y aún, a costa de tenerlo claro, no puedo racionalizar el desdén. Me niego a racionalizar, a intelectualizar el desdén.

No quiero millones de rostros iluminados catódicamente, mientras lxs responsables desde sus despachos minimalistas ven de qué manera abaratar costos, acrecentar ganancias, con la certeza de que soy (somos) números que suben o bajan. Pura intangibilidad, signos abstractos,  a merced del destino y la contingencia.

No quiero volverme una indignada que dice “qué barbaridad, me podría haber pasado a mí” y sigue sin hacer nada al respecto.

No tengo claro qué hacer, pero confío en que la bronca me levante de una buena vez de esta silla y me saque a la calle, para hacerles saber a quienes programan mi vida como un índice numérico, que acá estoy, que acá está este cuerpo dolido, embroncado, dispuesto a no sumarse en la inercia que nos lleva a estar cada vez más cerca de la apatía.  
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Necrospectiva II (Cinosargo 2011): Cuentos de gore, de locura y de muerte

Hedor santificado in nomine Patris

La densa atmósfera que satura las páginas de estos relatos está cruzada por el hedor que llena todos los espacios reales e imaginarios y se apropia del lector, invadiéndolo como una plaga de insectos, hasta querer asfixiarle de modo que el suicidio sea su única salida. Obsesiva tendencia que busca en lo nauseabundo, un intersticio para atormentar al lector, hurgando en sus íntimos temores, interpelándolo casi con rabia: “me das pena… me repugnas… mírate… te regocijas con el hedor, te regocijas con la carne”, y en otra parte: “ya te lo dije una y mil veces… perfórate la cabeza, escapa, huye, es la única forma de afrontarlo, la enfermedad poco a poco te consume, la infección se ha apoderado de tu organismo por completo… la degradación de la carne ha comenzado”. El protagonista principal es el cuerpo humano, ese templo sagrado que todos cuidamos y evitamos su ruina, al que buscamos perfeccionarlo a fuerza de prótesis y cirugías, evitar su degradación, inmortalizarlo… el cuerpo es, pues, nuestro último refugio. La degradación de la carne es algo que no quisiéramos siquiera concebir como idea. Sin embargo, este libro nos desafía, nos horroriza, nos somete a un espectáculo grotesco al cual asistimos para ver nuestros cuerpos mutilados como en una escena teatral del Gran Guiñol o una película gore extrema.

El mundo como un inmenso muladar, los cuerpos en descomposición y el hedor como telón de fondo, puede leerse como la simbolización de una realidad decadente que nadie se atreve a descubrir, como el depósito de excrementos que enterramos en el patio trasero o la fosa de cadáveres que algunos gobiernos ocultan; preferimos vivir una realidad encubierta, cómoda y sin sobresaltos; sin embargo, como dice el autor, “la realidad es otra, es algo más bien oscura, bastante triste y también grotesca”. La búsqueda de una realidad más allá de los tabúes que nos autoimponemos, esa parece ser la clave de este libro; todo en él está consagrado a la estética de lo grotesco donde el hedor es como un bálsamo que purifica los cuerpos luego de la descomposición. Desde la cita al final del primer capítulo que dice: “Alimentándome con pedazos de putrefacción, los dientes se desintegran, los dedos de los pies se desprenden, nos arrastramos igual que las lombrices que las ratas y aves comerán…” (Dies Irae, Devil Doll), las escenas se suceden como en un film de serie B: Un tipo que asalta una carnicería para comer carne cruda; otro que se arrastra en el basural hurgando bolsas de comida podrida junto con las ratas, gusanos, cucarachas y moscas; aquél que unta un trozo de pan duro y hongueado con la materia purulenta que chorrea de su brazo, para saborearlo con repugnante placer; éste otro que exclama: “En ocasiones siento el deseo de beber el agua de los frascos que deja la gente en el cementerio” y aquél otro que dice: “La materia purulenta se desprende de mi cuerpo… soy un dios mutante, decadente, un dios preocupado por las cartas de desalojo, de pagar cuentas atrasadas, un dios despreocupado de la vida que ha creado”; son como escenas de gore explícito y visceral. El lenguaje es eminentemente visual, cinematográfico. Uno de los capítulos está dedicado a Albert Fish, el famoso asesino en serie que, según estudios psiquiátricos, fue homosexual, masoquista, voyeurista, coprófago, fetichista, pedófilo, caníbal, sádico… en fin, un tipo que se ufanaba de haber matado a más de cien niños y que antes de morir, exclamó: “qué alegría morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío, el único que todavía no he experimentado”. En personajes siniestros como el viejo Fish o Anatoli Onoprienko uno puede hacerse la idea de cuán endeble es la frontera que nos separa de nuestra naturaleza animal, ese instinto asesino que aflora cuando menos lo esperamos.