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Hoy no vino el heladero,
bicicletea
pero no pedalea hasta mi calle.
-heroe del frigor – no se lo maldice aunque falte,.
Se lo respeta.
Y más en verano seco de patio, de baldosa pelante
y pies descalzos bajo manguera.
Persianas bajas, televisor sin novela
y falta el grito: hay tasita palito bombón helado.
Dicen que lo vieron,
dicen
Se reza la aparición cíclica,
torpedo, laponia, esquimal,
Conogol para la más galante
hasta que la frescura nos suceda.
¿Donde está el cofre?
Tela gomosa porosa,
el hielo seco, el humo, la niebla,
efectos especiales, hollywood en castellano
y los tesoros,
la magia, el cante:
hay tasita, palito, bombón, helado
y el verano vacio, caluroso
y distante.
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poesía,
wilson
O la experiencia cíclica en el mundo chato
Su abrazo también es imposible: la serpiente carece de brazos. Sólo le queda, no como única opción, sino más bien como destino fatal, perseguirse a sí misma y autocomplacerse. Saborear su propio cuerpo enroscada en el círculo perfecto a partir del cual el Infinito encontró su forma. El placer de su boca venenosa es también lo indiferenciado; volverse una consigo misma, recurrirse, recomenzarse, y de esa manera, nuestro reptil sin patas, consigue la inmortalidad. Sin dios mediante, sin ídolo y sin verdad última, la serpiente se basta por sí sola para ser infinita, para ser completa.
Dirán sus detractores que el veneno en su dentadura fue puesto ahí por el Demiurgo –aquél cínico omnipotente–, con el único fin de que, al encontrar el placer de lo eterno, la propia serpiente se envenene a sí misma y muera. ¡Pero morirá eterna! Dirán sus espléndidos defensores.
Yo, por mi parte, ni acusador ni abogado, sostengo que no morirá. Y que aunque sus dientes lograran introducir el veneno en su cola, la inmortalidad ya habrá surtido efecto. Porque lo indestructible y lo indiferenciado tienen lugar gracias al placer de alcanzarse uno mismo.
¡Benditas sean las colas de serpiente, porque de ellas es el reino de lo infinito!
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Cozzi,
ensayo
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