¿Acaso si estuviéramos ciegos no estaríamos preguntándonos si en verdad existimos o si solo somos voces caminantes en el laberinto de la vida?
Los dos sabemos que ningún pez muere de vejez. Que todo aquello que vive en el mar, acaba siendo comida. Lo mismo pasa arriba, en la superficie… todavía no hemos aprendido a mirar más allá de las estrellas. No somos la receta especial de los dioses, ni los dioses que recetan mundos… condimento a gusto de una tierra siempre bien sazonada somos. Una rama más, del árbol más frondoso, que dará sus frutos al llegar la primavera del tiempo.
La poesía fue, en algún momento, el experimento que hicimos para hablar con solemnidad. Desde entonces, hablar con encanto a los hombres se volvió una burda gracia. Aquellos poetas fueron siempre los que tocaron melódicamente las fibras más recónditas de lo humano. Y con solemnidad debemos aceptar tal desafío.
La próxima hora de las agujas del tiempo hará un profeta de todo aquello que tenga vida. Recordando que estamos obligados a vivir alimentándonos de la muerte y morir alimentando a la vida.
No hemos entendido que nuestra única grandeza es que desde los átomos hasta la naturaleza existe la misma infinita distancia que hay desde la naturaleza hasta el espacio sideral.
Un vuelo de hamacas en la infinitud es la grandeza que compartimos con todo aquello que vive.