La novela El hombre que camina puede ser tan auténtica o tan apócrifa como lo pretenda el lector, lo que sí resulta innegable –y una confidencia ocasional me permitió corroborarlo- es la honestidad intelectual desde la que ha sido escrita. El relato está manejado por el clásico narrador en tercera persona, que en la parte final hace su aparición como personaje, cuya palabra se intercala con los textos que escribe Joaquín en su bitácora en donde vuelca todas sus angustias en forma de reflexiones y poemas, lo que conforma no solo un preciso dibujo de su alma sino también una cabal expresión de su ideología. Estos mismos textos, esta vez agrupados en sentido inverso, vuelven a desplegarse ante los ojos del lector y, aunque idénticos en su contenido, ya no poseen las mismas resonancias que antes, cuando se yuxtaponían con los avatares de la historia lo cual demostraría, si tal cosa fuese necesaria, que el sentido de lo que se dice o escribe está íntimamente ligado al tiempo, al espacio y a las circunstancias tanto en la literatura como en la vida, lo que en este caso viene a ser más o menos lo mismo.La tarea no siempre será sencilla y seguramente llevará al lector curioso a efectuar más de una investigación colateral lo que no hará sino acrecentar el placer de la lectura, y esto lo digo como lector curioso que soy.Involucrarnos con una historia, desentrañar su médula, encontrar en ella significados que acaso ni siquiera el autor pretendió, al menos conscientemente, elaborar representa una genuina forma de desafío y me parece que en esta época, pródiga en falsos desafíos, no está nada mal aceptar el que nos propone Javier desde su obra.
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