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Colofón de los tiempos
Después de orar al borde del abismo…
Pedro Antonio González

Caminamos distancias en ayunas
y caemos pronto
en una trizadura de la niebla
se amamanta un arcoíris

− Pido silencio –

Para no sacudir la vista en el pavimento
acurruco la luz en mi mejilla
mortal    cómica   enjaulada
mi sombra muerde

Pido disculpas

Dibujo el fin
cicatrizado
la carne besa
el grito pálido del sonido
la respiración está contusa
se deshoja

Muerto ya soy
flema del huracán dulce
No me olvides hija
sentado en el hollejo del mundo

Azotamos nuestras lágrimas
como palitroques contra el viento

El vuelo es amargo y al fin
quedamos perpetuos
como espectro de libro de bolsillo.


...



Si yo muero, pensad solo esto de mí
Que allí donde me entierren habrá un rincón de tierra
Extraña, que será para siempre de Inglaterra”
Rupert Brooke

La distancia entre una línea  de combate

Y la siguiente imagen estallando en tinta roja
serán cientos de esquirlas atravesando el insomnio

las pesadillas anunciarán por altavoz
mirad lo que os sucederá si os no vencéis

vimos entonces como sacaban  las palabras
entre la comisura de la lengua muerta
y mal escritas las fusilaban



...




Morir con un tiro en la frente no parece duro

pero destrozar en mil pedazos
el hablante lírico en el texto

es un miedo en la poesía contra
el que nadie puede combatir

sacrificar el punto cero de los imaginarios
a las milicias de la lengua muerta

según mi sentencia este verso no alcanzará la victoria
pero si una batalla con su discurso combatiente

todo por unos metros más de lenguaje
del más alto calibre




[Sobre el autor]

René Silva Catalán (Santiago de Chile, 1971). Poeta y editor. Egresado de Licenciatura en Comunicación Creativa (Publicidad), por la Universidad de Santiago Chile, Diplomado en Edición y Publicaciones por la Universidad Católica de Chile, diseñador gráfico y gestor cultural, productor del desaparecido Programa de Arte y Cultura “Mejor Hablar de Ciertas Cosas”, de Radio El Canelo, Fundador y Coordinador Nacional de Descentralización Poética, editor y director de arte en Ediciones Andesgraund, junto a Oscar Saavedra. Director General, Editorial Letra Clara, editor de contenidos de www.descentralizacionpoetica.cl. Se desempeña como encargado de comunicación y difusión del Departamento de Cultura y Turismo de la ciudad de San Bernardo donde además dirige el Fondo Editorial Municipal.



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por Ariel Fernández 



No cualquiera puede ser un poeta, y mucho menos un buen poeta. De alguna manera la poesía debe tener la cualidad de amalgamar palabras que de otra forma no se juntarían, y que el resultado final sea algo bello, pero también una fuente de incomodidad que tranquiliza.

En Agua (Viajero insomne 2015) Diego Ravenna nos muestra que es un poeta. Por un lado une palabras que  forman un cúmulo de sensibilidad adecuado, y por el otro, el libro nos incomoda, nos genera tristeza y nos empuja a seguir adelante.

Ravenna con delicadeza nos arrastra al recuerdo, a los duelos en forma de agua que cada lector sabrá acomodar al recipiente adecuado:”la infancia fue materia dócil/sobre la que el tiempo labró todas formas/posibles de una pérdida”. Es imposible no pensar en el agua que recorre nuestro cuerpo.

En esta obra la poesía fluye, corre libre y hace que Ravenna pinte un cuadro de la memoria donde la única manera de redimir el pasado es el recuerdo, es la poesía: “lo que hace falta hay/que imaginarlo”. 

Las preguntas alrededor de lo que pasa en el mundo sobrevuela la poesía de Diego y nos deja un sabor ácido que nos lleva a disfrutar de la falta de preguntas y, principalmente, de respuestas) sobre todo aquello que inevitablemente nunca podremos cambiar:”nunca entendí si el recuerdo/es una intensidad del olvido/ o si es dejar que el deseo se obstine/ en lo que ya no puede ser”.

El lector se pondrá frente a frente ante la lucha entre Eros y Tánatos, entre lo perdido y lo que se puede tener, será un espectador de lujo y hará sus apuestas, y muy a su pesar, creerá en la victoria de la muerte, sin embargo, Diego deja un hueco, un vacío para que el agua como el deseo fluya en forma de versos, y entonces descubrimos que mientras hay deseo hay vida, y la vida para ser mejor debe mutar en poesía, para sentirnos a salvo, al menos por un momento.
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sobre la autora |

Macarena Puelles, fotógrafa peruana nacida en 1993. 

"Se apropia de su cuerpo tomándose fotos, más si es desnuda. Tiene un talento especial para retratar sensaciones, capturar texturas y colores, tomar detalles del cuerpo - que muchas veces ignoramos- y convertirlas en imágenes bellas, llenas de significado". Adriana Chavez

links de contacto |




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por Gabriela Clara Pignataro


Raúl Zurita nació en Santiago de Chile en 1950. Fue un poeta antisistema y un artista de vanguardia. Como militante del Partido Comunista y tras el Golpe Militar, fue detenido y encerrado en una de las bodegas del barco Maipo, donde fue torturado junto con mil doscientas personas más. Este hecho lo va a marcar para el resto de su vida.

En los ´70 comenzó a formar parte del grupo CADA (Colectivo de Acciones de Arte), junto a los artistas "Lotty" Rosenfeld, Juan Castillo y el sociólogo Fernando Balcells, el cual se basaba en el uso de la ciudad como un espacio de creación. Junto a ellos realizó diversas acciones de arte con las que pretendían ampliar e integrar los conceptos de arte y vida en una forma creativa y crítica, demostrando a la vez una clara oposición a la institucionalidad impuesta por el Gobierno Militar, que gobernaba nuestro país en aquel momento. De todos los integrantes del CADA Zurita era el más radical.

Zurita sufrió de una psicosis epiléptica, la cual lo llevó en parte, a cometer variadas acciones que intentaban usar su cuerpo como instrumento de expresión. Entre ellas se encuentra quemarse una mejilla con un fierro candente y volcarse ácido en los ojos, tentando constantemente el límite de lo corporal como material performático-expresivo.

En palabras del mismo Zurita, el poeta no debía estar desligado de las otras artes, es decir la escultura no debe ser sólo para el escultor, ni el cine sólo para el director o el actor; sino que debía ser un todo integral: la expresión debía ir más allá del anquilosamiento en que la definición del arte consumado, ortodoxo y académico lo colocaba. En esta línea de pensamiento y accionar, en 1980 con el humo de una avioneta, escribe unos versos en el cielo de Nueva York, con el fin de poder expresarse más allá de las limitaciones del soporte textual, desobedecer el signo lingüístico, dar un mensaje efímero , espacial y abierto.

Entre 1979 y 1993 atraviesa un proceso que lo llevará a escribir su primera obra, "Purgatorio" en 1979, luego "Anteparaíso" en 1982 y "La vida nueva" en 1993; tres de sus obras más importantes, que conjugan su vida, su estancia en varios estados y delinean en su progresión como unidad de sentido la propia evolución del poeta.

Con el paso del tiempo se convierte en un ícono de la literatura chilena, el action-writing y la performance artístico-política, siendo galardonado con los mayores premios de reconocimiento internacional como el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. A los 67 años de edad, pese a portar un Parkinson muy avanzado, el poeta continúa con presentaciones en vivo que enlazan música y poesía en una mixtura que tiene al cuerpo y la voz como soporte, mediación y expresión.


El yo y su cuerpo. El poeta y su acción.

La vinculación entre estética y política en la obra de Zurita es estrecha. Su poesía es mapa del devenir histórico-social del territorio chileno. Zurita trae constantemente la idea de su cuerpo y su nombre como referencia diegética del poema: Zurita nos habla desde Zurita y no desde otro; desde su ser Zurita en Chile antes, durante y después de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura militar chilena, desde las marcas esgrimidas en su propia piel.

No hay en este autor intención alguna en dislocarse de su nombre propio, autor, sujeto y ciudadano, para erigir una voz poética divergente. Es su voz poética ese yo lírico que se encarna desde la crudeza de la experiencia corporal, material y se vuelve a veces poema. Otras veces intervención audiovisual, otras veces palabras escritas en humo en el cielo, estampada en las paredes.

No es detalle menor que el poeta haya usado su propio cuerpo como experiencia performática y formadora, una dimensión de su ser en el mundo en plena ejecución, su cara cortada marcada, traspasa del cuerpo al poema:

Mis amigos creen que
estoy muy mala
porque quemé mi mejilla.
Purgatorio.1982
XXII
Destrocé mi cara tremenda
frente al espejo
te amo –me dije- te amo
Te amo a más que nada en el mundo
Purgatorio.1982

La relación entre el cuerpo y la poesía, es en Raúl, un vínculo en permanente tensión y retroalimentación. Su corporalidad fuente sensorial, registro, huella mnémica que se manifiesta en los soliloquios poéticos; su propia mejilla quemada en la tapa de sus libros.

La autorreferencia nominal y corporal, se constituye como elemento central en su poética: un yo dicente, enunciado, que se nombra. No se enmascara, ni rehuye, se hace presente. Un yo que denuncia desde ese cuerpo magullado, malherido, torturado.

Este desdoblamiento del yo, es una operación que aparece en varios poemas de Zurita en la acción de nombrar el horror, el desplazamiento a la tercera persona del singular confiere una distancia que posibilita una postal, un encuadre externo producido desde sí: la construcción de una perspectiva poética desde el punto de vista del autor que involucra la experiencia biológica de percepción propia y singular.

Se pone en juego en dicho cruzamiento una tensión temporal: el yo desplazado evoca presente la vivencia del yo primera persona del pasado. Hay un yo que observa, que mide, que trafica las experiencias y los recuerdos: un yo que se desarma frente a frente a las pesadillas y los sueños:

Oye Zurita -me dijo- toma a tu mujer y a tu
hijo y te largas de inmediato”
No macanees -le repuse- déjame dormir en paz,
soñaba con unas montañas que marchan ...
“Olvida esas estupideces y apúrate -me urgió-
no vas a creer que tienes todo el tiempo del
mundo. El Duce se está acercando’’
Escúchame -contesté- recuerda que hace mucho
ya que me tienes a la sombra, no intentarás
repetirme el cuento. Yo no soy José.
Zurita, en Anteparaíso. 1982

Por otro lado, la figuración de Zurita como sustantivo participa de una constante transfiguración. Zurita es Raúl Zurita, pero en su repetida invocación se vuelve objeto nombrado, atraído, configurado. La palabra Zurita, se vuelve de alguna manera, sustantivo de otra cosa que amplía su significación en un sentido peirceano. Sin ser plural, colectiviza voces al volverse un elemento que nombra en cierta manera, todos los fantasmas y ausentes que el mismo Raúl ha visto escurrirse.

El sustantivo Zurita, habla por el escritor y también, por la memoria de Chile: ese Zurita que dice, va, viene, despliega los movimientos de alguien que estuvo alguna vez en el epicentro del horror como muchos otros.

 

Chile: océano, desierto y cordillera. La geografía del poema.

Encontramos en la poética de Zurita, ciertas figuras que retornan en su repetición como motivo, en su insistencia como fantasma perpetuo a ser (de)velado. Tal es el caso del uso de Chile como sustantivo propio, que sufre una transformación hacia lo común. Chile es el nombre de un país, que en la obra de R.Z se carga simbólicamente de otras inscripciones en el imaginario colectivo. Chile aparece en este caso como una fuerza abstracta, potencial. Chile como una idea, como el reflejo del imaginario de lo negado y también como promesa: Chile como el amor, como la tierra prometida, Paraíso. Hay en todo el libro Anteparaíso una constante alusión al lenguaje bíblico y profético, desde una materialidad tangible: esa tensión nombrada anteriormente entre lo sacro/profano, lo real/abstracto, el cuerpo y el espíritu. Chile consuma en sí también la dualidad: es terreno y es imagen, es reflejo y es idea, es sueño y pesadilla.

En El amor de Chile se evidencia la ausencia como objeto indirecto de ese Chile sujeto, que llora sus muertos. Este sustantivo propio colectiviza en nombre de Chile a todos los chilenos que han desaparecido, ser el sueño como ser aquellos que se levantaron en “el sueño de la revolución” y todo el amor perdido.

Nicho Argentina. Galpón 13, nave y
nicho remitido bajo el país Perú y
sobre el país Chile. De tortura en
tortura, desaparecimiento y exterminio
quedó hueca, como los países
nombrados, y la noche no tuvo donde
caer ni el día, Amén. País desaparecido
del horror tras los cuarteles.
Desde allí el viento silbó sobre la
pampa inexistente y apagándose se
vieron las masacradas caras, Amén
Canto a su amor desaparecido. 1985

Es notable como opera aquí el desplazamiento del sustantivo propio al común “Nicho Argentina” “país Perú” “país Chile”. Como si el nombre propio per se hubiere perdido su densidad y fuera necesario reforzarlo con otro sustantivo para explicitar de qué estamos hablando. Cómo si tanta tortura y desaparición, hubiera exterminado también el nombre. Chile podría ser un país u otra forma de nombrar la muerte, el horror de los cuarteles. Chile como figura flaca, la idea de algo indecible que excede los márgenes de su geografía política.

Por otro lado, hay una estrecha figuración entre el océano, el desierto y la cordillera como configuración del paisaje chileno, pero también como paisaje testigo, el único que luego de tanto vaciamiento puede hablar y decir lo que los muertos callan, lo que los sobrevivientes todavía mascullan.

La vivificación del paisaje como organismo vivo, sintiente lo vuelve de alguna manera un objeto animado que actúa como médium de lo acontecido. Las montañas son el desplazamiento de la voz de los que no tienen voz, en esta figura de lo eterno, lo arcaico y lo permanente se asume el tránsito de lo imperecedero, lo transigente: lo humano. Pero quizás sea la memoria y el recuerdo, la voz de lo que trasciende de una generación.

En Inri por otra parte, el poemario adquiere una atmósfera de lo crístico que se crucifica en el paisaje como cuerpo, en el cosmos como lo descendido “Las margaritas se doblan ante la cruz y gimen. En una tierra enemiga es cosa común que las estrellas formen una cruz sobre nuestras caras muertas.” La voz poética destruye lo que afirma, resucita en la repetición: lo que va afirmando es el lugar imposible de un yo lírico, a la vez muerto y vivo, sepultado y ahogado, mudo y parlante. La voz del que sobrevive, en tanto todo lo que amó ha muerto.

La alusión a la crucifixión, que se construye como metáfora de la historia chilena como una matanza sacrificial, cuya empiria es irreproducible, de tanto horror es innombrable de manera unívoca y directa siendo su escenificación posible sólo a través de un registro distanciado, materializado en las fuerzas naturales y motivado en lo sublime y perenne del paisaje. Como si se tratase de una reconfiguración de lo bíblico en una puesta en diálogo con una resignificación de la Divina Comedia, la cual trae entre títulos de sus obras Purgatorio, Anteparaíso, La Vida Nueva; reconfiguración a través de la cual el yo lírico hace su propio camino del héroe en busca de la redención como se esgrime en Atacama:

ii. Miremos entonces nuestra soledad en el desierto
Para que desolado frente a estas fachas el paisaje devenga
una cruz extendida sobre Chile y la soledad de mi facha
vea entonces el redimirse de las otras fachas: Mi propia
Redención en el Desierto.
Purgatorio. 1982

La puesta en relación entre lo solemne y lo cotidiano, antes nombrado, reaparece aquí en esta tensión entre el lenguaje coloquial “la facha” y la imagen de la cruz. La convivencia de lo divino con lo corporal, como una ambivalencia de la existencia que radica en la misma angustia de ser. La angustia individual, el trauma social, la hendidura de lo irreparable. De alguna manera Zurita construye a través de las montañas, el océano y el desierto una fábula arquetípica de la cual se sale, redimiéndose a diferencia de la realidad; donde nada repara los cuerpos ausentes ni torturados, siquiera la crucifixión de algún Cristo.


Oye Zurita -me dijo- sácate de la cabeza esos malos pensamientos

La voz y la poética de Zurita se construye desde la experiencia de ser carne en el mundo. Experiencia arraigada, para el poeta en sus años de militancia y vanguardismo artístico. El fenómeno de sus performances artístico-políticas, action writing y action art se traduce a lo largo de su obra poética en la inscripción de su yo enunciativo como yo lírico: tampoco aquí Zurita se separa de su cuerpo, está en el poema llamándose a sí y desde sí nombrando.

La recurrencia de ciertas figuras y simbologías, como un motivo presente y transversal a lo largo de toda su producción, por un lado el espiral de ascenso: Purgatorio, Anteparaíso. Podemos pensar la consecución y progresión de estas obras como el anuncio de quien ha venido del Infierno en busca de redimir las pesadillas, de expiar el sueño pesadillesco, de librarse de lo tortuoso. La Divina Comedia de R.Z tiene lugar en los Andes y el Pacífico, dónde se reinventan los círculos del infierno.

Chile, el océano, la cordillera, el desierto como figuras de un estilo rítmico: Zurita repetirá estas formas, en incontables maneras con variaciones semánticas, asociativas, formales en su poética. Estas figuras, funcionan como notas de una partitura que a lo largo de la obra van dibujando línea tras línea un mapa. Son el cuerpo de lo que no tiene cuerpo, el cuerpo de la ausencia, de lo que no se nombra, de lo que no ha retornado y sin embargo punza, fantasmal y persistente. Toman el lugar de los cuerpos hundidos, de la noche sin ojos; hablan por un territorio vaciado desde la permanencia de su existencia, sólo una piedra puede atestiguar sin quebrarse.

La singularidad de la voz poética de R.Z radica en una economía de temáticas centrales, que en su combinación producen imágenes que desbordan lo concreto de su textualidad. Zurita habla todo el tiempo de lo que lo hace temblar: la violencia política en todas sus formas y lo vuelve poema. Cada texto de su producción poética retoma un sentido que sigue moviéndose, desde poemas previos, de manera subyacente las formas se nombran unas a otras, llamándose. Un tejido vivo como los picos de las cordilleras,el amor pegado a las rocas, un país doblado sobre sus propias rodillas. 

Formas que se nombran unas a otras, como estrellas de una constelación que hundida en el Pacífico ilumina las zonas oscuras.
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Descubrir

Miro en tus conversaciones
las marcas de lo borrado
podría profundizar la noche entera
en el frenesí de descubrirte
mi amor, las polillas también
giran alrededor de la lámpara
mientras sus larvas destruyen los tejidos
¿qué red une todo desde atrás?
También quiero preguntarte si alguna vez
saliste sola sin saber a dónde
y te sentaste en una esquina
a llorar porque el día termina, siempre.


Escribo pidiendo ayuda

A veces escribo pidiendo ayuda
a nadie le agrada que otra
no sepa sostenerse
sacan sus perros, miran por la ventana
chequean el celular
algunos días como pizza con amigos
entonces pienso que la noche es una puerta
hacia cosas cuyo nombre desconozco
y me pregunto ¿hay gente que mantiene 
la limpieza de sus casas? No hablo de ocasiones especiales
sino de constancia, como quien deja
de ir al bar donde los mozos lo desprecian
como banderas ondeando
sin preguntar qué pasará si ya no hay mástil.


[Sobre la autora]
Micaela Szyniak nació en mayo de 1993 en CABA. Actualmente estudia Escritura en la UNA, trabaja de tallerista literaria y administrativa en una cooperativa anarquista, y organiza la producción del primer número de Mi gesto pank, una revista de poesía feminista. Es peronista, geminiana con ascendente en cáncer, feminista y creyente fiel en que el arte tiene una función política. Ha publicado el libro Hago señas de irme en el 2015 con Elemento Disruptivo. Tiene también una novela inédita escrita con su novia y un poemario inédito. 
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[Sobre la obra]

Accidente es un concepto metafísico, propuesto por Aristóteles.
Aristóteles dice que el ser está compuesto por la sustancia, inmutable salvo por los momentos de generacion y corrupcion, y que lo demás está determinado por los accidentes. 

Los accidentes son mutables. Entonces, si el ser de la sustancia es una persona, puede morir, o nacer. Todo lo demás es accidente. Tamaño, accidente. Forma, accidente. Color, accidente. Lugar, accidente. Relación, accidente. Pasión, accidente. Cuerpo, accidente. 

Para la fotografía, la sustancia sería algo así como la luz, tal vez la luz combinada con el instante. Lo demas es accidente.

[Sobre la autora]

Mora Vitali nació en Mar del Plata, en 1988. Cursó la carrera de Fotografía en la Escuela de Artes Visuales M. Malharro.  En 2011, su serie 'A Simple Love Story' recorrió espacios de arte como la histórica galería Casa de Madera y la Biblioteca Central de la UNMDP. Sus exposiciones individuales anteriores, 'Solo los superficiales se conocen a sí mismos', y 'Novia en Rojo' se exhibieron en el Teatro Diagonal, y en centros culturales de Argentina y Venezuela.  Participó en distintas muestras colectivas, en el Centro Cultural Recoleta, (El Viaje, curada por Pilar Altilio, también vista en el Espacio Contemporáneo de Arte ECA Mendoza), Villa Victoria Ocampo y El Centro Cultural Auditorium. Sus fotos ilustran  publicaciones gráficas como la revista 'AfterPop', y el libro 'Desde adentro. Miradas del Complejo Centenario'.Actualmente cursa en la UBA, Universidad Nacional de Buenos Aires, la Licenciatura en Artes Plásticas.
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dibujo: Todd Kale


Para otro duelo
En algún remoto lugar del pasado lejano oeste… 
‒Es usted un mentiroso charlatán. ¡Lo reto a un duelo! 
‒¿A un duelo? ‒respondió el jovenzuelo apurando su whisky y armándose de valor‒. ¡Acepto!, pero… ¿Cuáles son las reglas? 
‒Las reglas son: aquí afuera, ahora mismo, quince pasos de distancia.
‒¿Quince pasos solamente? No sabía que trataba con un aficionado.
‒¡¿Acaso le parece poco?! Es la distancia al uso. Le advierto que no soy ningún aficionado, ya lo verá… Dígame, ¿qué le parecen 20 o 25 pasos? 
‒Mire, no sé usted pero yo confío en mi pistola y en general lo que me entusiasma de este tipo de asuntos es el hecho de tener la oportunidad de poner a prueba mi puntería. Una distancia inferior a 30 pasos me parece francamente una burla, pero si usted no confía mucho en sus condiciones o en la potencia de su arma… En ese caso no quisiera por nada del mundo que se sienta perjudicado. 
‒¡¡Cuarenta pasos maldición!! No se hablé más. 
Salieron arrastrando tras de sí a toda la clientela de la cantina. Se enfrentaron y dieron luego la vuelta pegando sus espaldas. Dando largas zancadas empezaron a contar cada cual en su dirección. Al dar el paso número 40, el jovenzuelo creyó prudente agregar un paso más, y unos pasitos extra también porque ya iba como por el 46, y parece que más todavía porque siguió hasta un 53 más allá del cual parece que perdió la cuenta y la compostura. En efecto, creyó más prudente aún dejar de contar y echarse a correr con todas sus fuerzas.

La casa del Ratón Pérez 
Una sola vez en mi vida fui a la casa del Ratón Pérez. Ante todo, debo decir que me la imaginaba distinta. La esperaba, no sé, más blanca, más hecha de dientes. Pero bueno, resultó que nada que ver. La fachada era de ladrillo a la vista y el segundo piso estaba rematado por un bonito tejado estilo colonial. Por dentro, los ambientes calefaccionados eran enormes, y eso que, según supe más tarde, Pérez vivía solo. En la planta baja había una chimenea, una serie de ventanales rectangulares con vista al Lago de Brienz (como muchas otras celebridades, Pérez vive en Suiza) y el televisor más grande que vi en mi vida. En los muros de una ancha galería interna que desembocaba en una escalera de mármol había muchos cuadros entre los cuales llegué a distinguir un sombrío Munch y un brumoso Turner (no me animé a preguntar si se trataba de los originales). La galería terminaba en un ambiente semicircular gobernado por un piano de cola blanco. Hacia un costado se abría, describiendo una ligera curva, la majestuosa escalera de escalones anchos. Para salir un poco de mi consternación y de paso romper el hielo, me animé a preguntarle a Pérez cómo había amasado su fortuna. Pérez pegó un sonoro latigazo de satisfacción con su larga cola y me sonrió con su pequeña boca de ratón, luego se sentó al piano y tocó unas teclas blancas produciendo un sonido delicado y melodioso:
‒¡Dientes de leche! No se hacen más de marfil. Cada vez se complicaba más andar tras los elefantes en África y esas cosas, y bueno, gracias a Dios un día se me prendió la lamparita. 
Pérez me lo contó todo mientras cenábamos una exquisita fondue de queso. Había firmado un contrato de exclusividad con una famosa fábrica japonesa de pianos. Los dientes de los niños no sólo sustituían el marfil a la perfección, resultaban además mucho más baratos puesto que su producción no implicaba costos adicionales. ¡Si no hace falta más que levantar almohadas!, recalcó Pérez doblando sus bracitos para inflar sus bíceps. 
Al despedirme le estreché la mano y le dije, todo lo que duró el apretón: 

‒Pérez, ha sido un gran placer. Es usted un ratón de buen corazón. Eso de participar a los niños de las ganancias está muy bien, muy pero muy bien. No cualquiera lo haría.

En la luna 
Todas las cenas lo mismo: Martín con los codos en la mesa, sosteniéndose la cabeza entre las manos. Martín absolutamente abstraído de la conversación familiar. Martín pensando, siempre pensando, en quién sabe qué cosas. Desde la cabecera siempre el mismo pedido: Martín, ¿podés sacar los codos de la mesa y sentarte como una persona normal? No se te va a caer la cabeza. Y por parte de Martín, siempre la misma contestación: Sí, papá. Pero hacía trampa, Martín siempre hacía trampa. Nunca sacaba los dos brazos, sólo reclinaba la cabeza sobre uno de ellos y luego, imagino que para disimular, empezaba a alternarlos como si su cabezota fuera una pelota de básquet que pasara de mano en mano. Yo pensaba que él creía que éramos estúpidos y lo odiaba por eso al igual que el resto de la familia. 
Recuerdo el día que papá se cansó y le ordenó, amenazándolo de paso con prenderle fuego todos los libros, que sacara ambos codos de la mesa. Fue espantoso ver cómo la cabeza se le desmoronó hacia delante, estrellándose sobre los fideos con tuco, al tiempo que el cuello le hizo ese ruidito drástico que hacen las ramitas secas cuando se las parte a la mitad. 

Al fondo a la derecha 
A causa de la extrema paridad de sus fuerzas, el combate no hacía más que prolongarse. Así, mientras con su filosa espada Teseo buscaba la forma de cercenar la espantosa cabeza de su oponente, éste se limitaba a eludir grácilmente o a amortiguar con su grueso tirso los embates que aquel proyecto de héroe ático le propinaba una y otra vez. Ya ambos estaban exhaustos cuando, de un momento a otro, ocurrió lo impensado: a Teseo le dieron unas ganas irrefrenables de ir al baño (cierto es que al caer el sol le había agarrado un poco de frío en la panza). Repitiendo todavía el banquete que el rey Midas había ofrecido en honor al nuevo contingente de mártires ateniense la noche anterior a que se internaran en el laberinto, y recriminándose, bien que recién ahora, su falta de moderación tanto en el comer como en el beber, en una especie de rapto de lucidez, Teseo se preguntó: “Si mato al Minotauro, ¿quién podrá indicarme dónde quedan los baños en medio de esta intrincada telaraña de piedra?”. Hundiendo su espada en la tierra, Teseo propuso una tregua que el dueño de casa aceptó alegremente deponiendo su palo y respondiendo luego al angustiado pedido del joven ateniense: 
‒Es sencillo. ¿Ves aquel pasillo que se abre entre aquellas dos paredes de piedra? ¡Sí, ése! Bueno, seguí por ahí hasta el fondo, hasta que choques con una pared cubierta por una enredadera. Una vez frente a la enredadera doblá a la derecha y proseguí hasta el final por la primera galería que se abre; si vas bien, vas a desembocar en un patio semicircular que gravita en torno de un pequeño aljibe. Una vez ahí vas a ver que se abren seis o siete pasadizos (no recuerdo bien): el que conduce más rápidamente al baño es el tercero contando hacia tu derecha. Una vez hayas entrado en ese pasadizo lo que sigue es más fácil aún: tenés que girar siempre hacia la derecha al llegar al fondo, no sabría decirte cuántas veces tenés que girar, pero vos doblá siempre hacia tu derecha y vas a andar bien. Entonces, el baño está allá, al fondo a la derecha. Andá tranquilo, yo te espero acá. 
Ni bien terminó de dar estas indicaciones, Teseo salió disparado. Tanta prisa llevaba que olvidó su espada clavada en el suelo. Inmediatamente, el Minotauro procuró recogerla: tuvo en verdad que emplear todas sus fuerzas para lograr desenterrar la famosa espada de Egeo. Alzándola contra el sol matinal, el Minotauro percibió una suerte de destello provocado por un delgadísimo hilo blanco que se hallaba atado a la empuñadura de la espada. 
A juzgar por el fulgor espectral que iluminó sus rojos ojos de toro, en ese preciso momento y a pesar de tantos años de extravío, el Minotauro comprendió qué hora era aquella.