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De cómo un poeta puede ser campeón de la ufc y viceversa

Para tener una maldición en los dedos y en los labios
Hay que anular la paranoia de luchar contra tu sombra
Escribir en frigoríficos golpeando reses con los puños
Perseguir gallinas y atraparlas con la zurda
Hay que amarrar el costal a los guantes y los guantes a las muñecas
Escribirles a mujeres que te lesionen los meniscos
Pero nunca a hombres que caminen sobre cebras
Hay que hacer la cola para ir al baño
Y no negar dentro del baño la existencia de la cola
Puedes reescribir un padrenuestro y disfrazarlo de avemaría
Esperando a que te miren
O leer avemarías en tono de padrenuestro y decir que no fuiste
Crear estrategias
Golpear desde lejos
Escribir y huir
Y si sangras sangra como Meylee sin hacer el amor
Pero si haces el amor haz el amor como los tardígrados
Lento
En el fondo de un volcán
En una gota de rocío
En la Fosa de las Marianas
En el sótano de un iceberg
Y a los pies de un reactor nuclear
Haz el amor en el espacio
Y finalmente espera
A que pase el primer transbordador de regreso a la tierra
Y origina una intervención en un recital de poesía
Enfréntate a los golpes
Y si caes de culo ríe y defiéndete con un lapicero
Que en el fondo de las jaulas de los loros se amontonan manifiestos
Y tú eres un campeón
¡Un campeón muchacho!
Levántate hijo de puta porque Mickey te ama
Acá nadie premia merecimientos ni grados de dificultad
Mucha suerte hijo
Ya te lo he explicado todo:
Lo más importante recién está por hacerse


Poema para ser leído en el asiento trasero de un patrullero

Jefe
Soy la misma huevada que usted
A ambos nos despiertan los errores de esta carne próxima
Nos cala la ondulación de las despedidas
Ambos somos el juego limpio y desparasitado
Alimentado con cautela
Felices hasta que nos ponen uno frente al otro
Y nos creemos la vanidad del antiespejo
Para todos represor o subversivo
Para nosotros
Un hermano disfrazado de a diario
Donde el plato pesa más que la comida

Jefe
Solo vine a leer un poema
Pero se me han acabado los megas
Y la ira de la ausencia básica
Sabe usted
Cómo se entretiene con nuestros miedos
Hasta llevarlo a uno al punto de apostar
Que no se encuentra donde lo dejaron
Porque hay duendes que esconden las cosas
En la pirámide social que nos alberga
Y en este extravío nuestro
No hay madre que venga a aparecernos las medias

Pensando en eso Jefe
Ninguno de ellos son yo ni usted
Ninguna orden viene del trono blanco y frío
Donde se sientan nuestras angustias
No hay perdigón fabricado
En la olla común de un sueño
Del ojo de un ácaro tuerto
Que a los dos nos carcome de noche

Vienen vuelos de drones
Tejiendo nubes sobre nuestras casas
Pero no despegan de nuestros corazones
Sino es para regar el color verde de nuestras canas
Dispuestas por una vida que no obedece
O el de ese uniforme que llenamos tácitos
Vestidos tal vez por un motivo común
La frustración y la gloria
Que nos hermanan a ambos lados del escudo
Así que muérdale la mano a su amo
O déjeme libre para arrancársela
Salte a abrigarse a nuestro lado
A esta colcha que como hermanos también
Es la colcha de su madre

Qiu

Una noche recordé a Qiu
Cuando me hablaba de los días
En los que devoraba un ángel por la nariz
Y se metía el corazón en el fundillo
Con sus seis pies y dos pulgadas
Para golpear a los hombres
Que huían con el doblaje en rumano de su sonrisa
Y los subtítulos amarillos de su cuerpo futuro

Extrañaba a sus hermanos

Y a sus padres de Bucarest

Lo que me tocó hacer en un país
Donde el amor es apaleado y encima delito
Por eso me vine para acá  —dijo—
Intentan golpearte pero todos son pequeños
Y la cárcel nunca dura más de dos días
Maravilloso país en el que vives
En el que puedes salir en la noche a buscar mujeres
O escoger ser una
Eso no se logra en mi país

Pero siempre se puede estar peor 
Yo le decía y callaba

Soy de un país socialista
Con la propiedad vaginal privatizada
Por eso me enojo
Me gritaba haciendo equilibrio
En dieciocho centímetros de tacos

Dios debe ser el maestro de un marketing
Marcado con tintes de sadismo
Darle al hombre una vulva mental
Cuando no puede conseguirla
Dejarle el cosquilleo del brazo al cuerpo
Al habérselo amputado
Darle al anhelo una carga de sueños
Junto a unos párpados con mecanismo de persiana

Si digo que no tiene significado
Tal vez tenga razón:
La ilusión de una idea sin activarse en nuestra mente
Es lo único que me salva del desprecio
A quienes quisieron alejarme de mi alma

Qiu
Cada quien tiene sus cosas
Lo único que no se cercenan los valientes
Son los pasos

Muy por encima de lo que nos falta
Siempre hay algo que nos sobra


*adelanto del poemario La liberación de las ranas, Ed. Celacanto (Lima 2017)

Sobre el autor |

Eduardo Cabezudo, Lima 1981, nació y creció en el distrito de Barranco, a pesar de su inclinación hacia las letras estudió la carrera de Farmacia y Bioquímica en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, sus textos figuran en páginas web literarias, así como en fanzines y revistas. En mayo del 2012 fue invitado a formar parte del Grupo Parasomnia, agrupación de difusión poética, con quienes publica la antología Al otro lado del verso (Elefante Editores) en marzo del 2013, se separa de la agrupación en agosto del mismo año. Fue seleccionado para formar parte de la antología Vox Horrísona: Muestra de poesía última peruana (Ediciones Eternos Malabares) que fue presentada en el IV Festival de poesía de Lima. En enero del 2014 participa del festival y la antología Enero en la palabra (Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco) y en julio del mismo año en el Festival Caravana de poesía Lima – Cusco. En julio de 2016 se presentó Postuma(mente) (Celacanto) y en unos meses presentará su segundo poemario La liberación de las ranas, por la misma editorial. 
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|sobre la publicación|

La Tertulia de poesía joven, en el marco del XVI Festival Internacional de Poesía de Cali, "El mundo a través de la pantalla", fue un proyecto que buscó acercar la poesía de diferentes partes del mundo a Cali a través del internet; poetas jóvenes de países hispanohablantes, como: Ecuador, México, Chile, Venezuela, Perú y España, los poetas fueron proyectados leyendo un poema de su autoría. El resultado de la proyección fue ésta antología virtual.

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El crepitante motor de la diadema roja tirita a las puertas del palacio del León Blanco.
Acá adentro hay una fiesta, pero mis ojos, otra vez, se hundieron en el cielo.
La voz blanca de mi papá, vuelve, una vez más.

Así se presenta Vértigo, primera obra de Francisco Donovan.
Escrituras Indie entrevistó a su autor y protagonista.

Por Malena Saito




¿Cómo fue el proceso de escritura de Vértigo?

El proceso de escritura empezó en el taller de dramaturgia de Nacho Bartolone y Mariano Tenconi Blanco. Empezó ahí, en las horas de taller y de hecho, el primer disparador fue una consigna que entendí mal o de una manera distinta a como había sido planteada. La idea era contar un mito fundamental, ese era el ejercicio. Yo tenía desde hacía ya unos años una imagen en la cabeza: una moto frágil andando a toda velocidad por una autopista, esa moto se rompía, el motor explotaba. Tomé la determinación de narrar esas imágenes pensando en la consigna del mito fundamental. Lo llevé a clase, lo leí y me acuerdo que sentí una excitación muy grande al leerlo. El texto gustó y a partir de ese momento es como si le hubiese sacado un corset. El material empezó a ensancharse rápidamente. A medida que escribía lo iba leyendo en el taller y tanto Nacho como Mariano me fueron guiando y el texto fluyó.
Fue como un año de escritura.

¿Cuáles fueron tus influencias o qué estéticas te guiaron a la hora de escribirla?

Además de la imagen de la moto, el disparador de la obra fue el mundo de la TV. Yo había trabajado entre el 2009 y el 2011 en distintos programas y esas experiencias me dejaron muchas preguntas, ideas dando vueltas en la cabeza; encontré un espacio de grandes posibilidades alquímicas para convertir todos esos recuerdos en una ficción. Es decir, la ficción de las ficciones. Hubo algo de ese enmascaramiento de la ficción que me resultó atractivo y fértil a la vez. En cuanto a las influencias me cuesta mucho encontrar un texto o un autor que haya sido guía para el trabajo. Fue más a partir de lo que iba escribiendo que surgían algunos autores, muchas veces recomendados por el propio Nacho o por Mariano o por algún otro compañero. Concretamente me acuerdo de Bob Chow con "El momento de la debilidad”, de la que tomé algo del universo lisergico, de la realidad con esteroides y del heroe/antiheroe, algo de andar muy perdido y a merced de los personajes que nos vamos cruzando. También tengo presente un texto de Iosi Havilio, "La serenidad", de la que tomé algo de la narración de un par de días en la vida del Protagonista (el personaje es nombrado así). Había algo en el afecto de aquel Personaje que me resultó alimento a la hora de seguir escribiendo. Creo, por otra parte que el trabajo que hice tuvo más que ver con dislocar las experiencias reales, que con generar un universo.

Nombrame algún dramaturgo contemporáneo que te interese, ¿Por qué?

No soy un gran lector de teatro, no tengo un referente concreto en cuanto a lo que escribo. Si me pasa que gusta del trabajo de un montón de gente, pero accedo al material como espectador más que como lector.
Soy un lector  más activo de narrativa. La obra, de hecho, surgió como un cuento, fue Nacho el que vislumbró su zona teatral. Pero ya que estamos nombro a Lagarce,”Tan solo el fin del mundo", me resultó muy atractiva. Es el tipo de material que me gustaría aprender a tejer. Tengo un gran recuerdo de un texto de Koltes, también, autor de  "La noche justo antes de los bosques". Fui a verla al teatro, actuaba Mike Amigorena, yo lo había visto en "El niño argentino" de Kartún (hablando de dramaturgos admirados, admiradísimo) y había quedado pasmado con la plasticidad de Mike. Entré al teatro esperando ver actuación y en vez, me llevé un texto increible

¿Leés poesía? ¿hay algún poeta actual que te conmueva y con el que te sientas emparentado en tu producción?

Mariano Blatt me resulta muchas veces conmovedor. Pero al igual que con los dramaturgos, me gustan los poetas que conozco, los más cercanos.  Muchas veces se trata de gente sin obra editada, son solo un muro de Facebook, pero son esos los que me llegan, las voces que viven ahora. Hay un encuentro hermenéutico mucho más posible. A mi me gusta que el material me resulte accesible, quiero poder reconocer una voz contemporánea, cercana, que me hable un poco como ahora y un poco como siempre, ahí es donde disfruto con la poesía. Así me pasa con amigos como: Franco Calluso, Maria Florencia Rua, Mariano Tenconi Blanco, Martín Dubini y por supuesto Nacho Bartolone.

¿Escribís/te en otro género?

Vértigo es mi primera obra estrenada. Escribo casi todos los días y desde esos impulsos voy armando materiales, en general escribo narrativa. Algunas veces escribo poemas, pero son las menos.

Hay algo muy interesante en el uso de las texturas sonoras que conforman la obra, las voces de los otros dos intérpretes que te acompañan, por ejemplo, o los fragmentos radiales, ¿estaban pensados desde un primer momento o fueron una decisión de dirección?

Respecto de lo que llamas texturas, es el resultado del cruce con Nacho Bartolone (director) y Franco Calluso (autor de la música), el diálogo fue decantando en las apariciones de esos dos personajes, monjes, satélites. El material original involucraba muchas voces dentro del relato y a la hora de montar todo fue apareciendo por la necesidad de diversificar las voces y no concentrar todo en una sola. Franco trajo la idea de usar casetes y Nacho fue dosificando, siempre a prueba y error, la aparición de las distintas voces e intervenciones.

¿En qué medida ser actor, puede jugar a favor o en contra de la dramaturgia? ¿Te imaginaste, por ejemplo, desde un primer momento actuándola?

No tengo idea en qué medida puede jugar a favor o en contra, a mi me pasó que si bien soy actor y desde hace mucho que deseaba tener un "unipersonal" cuando empezó a aparecer la voz del texto, me enamoré del trabajo de escribir, olvidándome del deseo de actuar. Durante la escritura fue el deseo de escribir el que guió el trabajo.
Pienso que el inconveniente del actor a la hora de generar material, tiene que ver con la ansiedad de actuar, entonces nos encontramos muchas veces empezando a ensayar cosas que no existen, confiando plenamente en una especie de iluminación de lo que improvisamos y eso es muy contraproducente. Creo que lo mejor es segmentar las partes del trabajo. En ese sentido, escribir viene siempre antes de actuar. O sea que en un momento me olvidé de la idea de actuar el texto, solo quería poder escribir un texto que me gustase leer.

¿Estás escribiendo otra obra?

Estoy trabajando sobre un texto que escribí el año pasado. No tengo apuro y no sé si será teatro. Otra vez aparece la narrativa y la necesidad de escribir por sobre la idea de pensarle un destino al material.


funciones |

Sábados, 23hs.
Teatro El Extranjero: Valentín Gómez 3378 
Entrada: $250 (2x1 todo junio)


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Hace tiempo nos preguntarnos por la praxis literaria, por los procesos y los caminos que llevan a la escritura, entrevistamos a Leonardo Sabbatella, autor de las novelas: El modelo aéreo y El pez rojo, editadas por Mar dulce, le formulamos algunas preguntas buscando indagar sobre la experiencia de la escritura. 

Por Escrituras Indie






En una entrevista mencionaste que escribir no es un hobby sino una fatalidad, ¿por qué es una fatalidad?
Es una fatalidad en mi caso en un doble sentido, como desgracia y como destino. En cierto punto la escritura es caer en desgracia, un paso en falso de las lecturas, de la vida de un lector. Pero también, y quizás sobre todo, tengo la impresión de que la práctica de la escritura adopta la forma de un destino, es una práctica que en cierto sentido me excede y que se me impone. La lectura y la escritura son formas de habitar el mundo, de hacerse un lugar.

¿Se puede escribir desde la nada?

No creo que se pueda escribir desde la nada. En todo caso se puede escribir teniendo la “nada” como una materia con la cual trabajar. La gran tradición de la negatividad en la literatura me parece que indaga y procede en ese sentido. Toda escritura, tengo la impresión, proviene de otra, es un efecto indirecto de lecturas, anotaciones, observaciones, maquinaciones, imágenes. Siempre hay condiciones de producción de esa escritura. 

¿Cómo es el proceso de tu escritura? ¿planificas jornadas para escribir tus novelas? 

Tiendo a la planificación, siempre tengo una hoja de ruta aunque suele estar inconclusa o tener puntos ciegos o se va alterando por el propio comportamiento de la escritura. Sí me interesa saber qué es lo que voy a hacer y hacia donde estoy orientando el texto. Después puede sufrir todo tipo de desvíos que es quizás lo más interesante de la escritura, todo aquello que nade de la propia práctica. No creo en la espontaneidad o en escribir cuando se está “inspirado” o la autenticidad o los discursos de la vitalidad.  No me interesa nada de eso. Y sobre todo creo que en esas posturas profundamente anti-intelectuales hay escondidas granes edificios argumentativos para poder sostenerlas. 

Hay novelas que reclamaron una planificación más férrea como fue El modelo aéreo y otras que avanzaron en un sentido más musical si se quiere como es el caso del libro que va a salir ahora en julio. En cualquier caso lo que me interesa es pensar el texto, sus movimientos, su lógica, sus transformaciones, sus errores y fallas como modo también de procedimiento. 

En otra entrevista dijiste “Me interesa más la creación de atmósferas que la creación de tramas (…)” ¿Cómo son esos otros modos de narrar aquello que no se deja atrapar por la trama? 

Es que la trama es solo un modo posible de la literatura. Un modo que se transformó en dominante, un modo reclamado hoy por la industria y por el mercado. Me interesa ir en contra de esas formas para que la escritura no se transforme en una mercancía total. Entonces también tenés que las otras formas de escritura permiten la producción de sentidos que de otro modo no serían posibles. particularmente, salvo excepciones, no me interesan las tramas. Quiero decir, si la literatura es la creación de tramas o el relato de una historia bien podríamos prescindir de la literatura porque esas funciones sociales ya se encuentran en otro lado. La literatura es lenguaje, no puede ser otra cosa, es una apropiación y un desvío de la lengua y ahí encuentra al mismo tiempo su total inutilidad, aquello que no se deja dominar, y su valor diferencial. Entonces reducir la literatura a un deber ser me parece inconducente y atrofian.

¿Qué más podrías decir de la construcción de dispositivos narrativos?

Creo que el riesgo de la construcción de dispositivos es que se vuelva algo mecánico que puede volverse incluso en contra de la propia escritura. A veces hay dispositivos totalmente cerrados, que tienen una fórmula y se hacen previsibles. Me interesan los dispositivos que guardan su propio error, que producen fallas, que en cierto punto “funcionan mal” y eso los hace producir un sentido desconcertante. 


¿Cómo se llega al título de un libro? ¿cómo sabes que es ese y no otro?
¡No lo sé! Es muy difícil poner un título, darle nombre a algo. Pero justamente quizás escribir sea darle nombre a eso que no lo tiene. Hay una frase de Berger que me interesa mucho que dice que a veces falta una palabra y entonces es necesario escribir un libro entero para reponer esa falta. En mi caso suelo empezar a escribir con un título orientativo, un nombre privado del texto para poder referirme de algún modo dentro de mi cabeza, casi como si fuera una palabra clave o un borrador. Y casi siempre sucede que después de la mitad del texto, cuando empieza digamos el descenso del vuelo (por usar una figura aeronáutica) se revela el nombre, aparece durante la escritura o es el resultado extraño de estar pensando en el texto, como si de pronto llegara una imagen o una forma de nombrar que anclara el sentido. 


¿Se puede enseñar el oficio de la escritura?
No. Se puede enseñar a corregir, se puede enseñar a tener ciertos trucos o modos de resolución, se puede enseñar a observar el funcionamiento de un texto, se puede enseñar a leer que es lo que sucede en un texto, se puede enseñar a calibrar un estilo, se puede enseñar el manejo de una técnica. Pero no se puede enseñar a escribir. Porque justamente escribir es eso que no tiene nombre, eso que es una configuración, una fricción, un modo propio e inimitable, intransferible. Se pueden enseñar muchas cosas que tiene que ver con la práctica de la escritura pero no a escribir. Quizás porque solo haya escritura cuando hay apropiación íntima del lenguaje y eso no es posible de enseñar. 

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por Enrique Decarli

Es la tercera vez que escribo sobre la obra de Ariel Bermani. Creía conocerla. Al menos leí todo lo que publicó y una parte inédita. Pero la edición de No sé nada de ballenas (Santos Locos, 2017) viene a confirmarme que no. Que me equivoqué. Porque es verdad eso que decía mi viejo: “Los amigos, igual que los jueces, fueron hechos para fallar”.
Antes de conocer a Ariel, leí Leer y Escribir y Veneno. Me acuerdo (acabo de chequearlo y es así), que la solapa de Leer y Escribir decía: narrador y poeta. Y fue cuando me enteré que se publicaba este libro que caí en la cuenta: a lo largo de su obra, que incluye libros tan disímiles como Inochi Wa Takara (crónicas) y el inclasificable Procesos Técnicos, no aparecía la poesía. Tampoco, nunca, salvo escasas excepciones (“Querosén”, por ejemplo, incluido en Ciertas Chicas), en las reuniones de escritura que compartimos durante años surgió nada parecido a un poema.
Sin embargo tengo la prueba enfrente mío, desde la frase inicial de Darío Cantón: “Me prometo desde ya no nombrarte / hacer que mis poemas / te sean fieles de otro modo”. Bermani siempre fue un excelente lector de memoria prodigiosa. La primera sensación que me deja un libro de él (éste no es la excepción), es que me robó el epígrafe.
La poesía de Ariel Bermani se ocupa de los instantes mínimos que cualquiera se negaría a escribir; incluso a reparar; apenas dejarlos pasar, dejarse vivir, y que él descubre, procesa y devuelve convertidos en poemas. Béla Bartók transcribía, e incluía en sus composiciones, el canto de los pájaros: Nada puede perturbar este momento. Pareciera que Ariel se escribe a sí mismo (o al instante en que la poesía –o el canto de los pájaros- se le revela); pero no: el poema tiene una destinataria: Quiero estar ahí / donde vayas / Llegar antes / Esperarte. 
Borges, en el epílogo a El libro de arena, declara que el tema del amor es común en sus versos; no así en la prosa, que no guarda otro ejemplo que “Ulrica”. Con la obra de Bermani pasa algo similar. No es que en los otros libros no aparezca el amor. Aparece en clave imposible. Un problema irresoluble. La más barata de las religiones. En ese sentido, No sé nada de ballenas es, en el contexto de esta obra de diez volúmenes, un libro revolucionario que celebra el amor (Estás más cerca / de lo que imagino / Por eso voy preparando el mate) en un mundo de ventiladores, libros, amigos, cervezas y no mucho más. Eso, tal vez, alcance. Y en una sociedad posmoderna donde el norte es el consumo, esa postura es más filosófica que poética. Ética, diría. La aspiración de que las cosas, al fin, se vuelvan más naturales: como ir hasta el kiosco / de la esquina a comprar chocolates, hacen de este nuevo libro una apuesta audaz.
Y así llega, Bermani, al fatal cruce de caminos al que una noche llegó Henry Jekill. Hasta hace unos días, que compré el libro en la última feria, Bermani, para mí, era uno; ahora es dos. En ejercicio de una buena alquimia, la aspereza que alguna vez supo darle a los personajes de su narrativa, fue transmutada en este yo poético: Todo lo que escribí hasta ahora / se fue desvaneciendo.
Volviendo a Borges: Felizmente, no nos debemos a una sola tradición. Podemos aspirar a todas; a mirarse de reojo, por ejemplo; a espiarse, haciendo el esfuerzo de que nadie se dé cuenta. En esa línea, No sé nada de ballenas inaugura (al menos de manera pública), una nueva senda en la literatura de Ariel Bermani, que, incluso, proporciona pistas acerca del carácter de sus personajes de narrativa: No sé, en realidad, si se trata de frialdad / o es sólo la distancia necesaria / para preservarte, / para protegerte de mí. Esos versos, descontextualizados, bien podrían servir de interpelación del autor a Basilio Bartel. A Quique Domingo “Veneno”: Hacés bien, al cuidarte, un poco, de todos / pero, en especial, de mí.     
Me acuerdo que, en primer año del conservatorio, cuando me dieron El libro de Ana Magdalena, de Bach, por la sencillez de las piezas supuse que Bach lo había escrito de joven. Me equivocaba: si bien se trata de un libro didáctico, fue escrito por Bach en plena madurez. La sencillez tampoco era tal: era la condensación de su experiencia en un nivel de síntesis que permitía acercar, al estudiante inicial, una de las músicas más hermosas e inspiradas que se hayan escrito. 
Lo mismo ocurre con este nuevo libro de Ariel Bermani. Está lleno de cosas de antes / imágenes, palpitaciones / que reconcilian los años, la austeridad de lenguaje, la economía de recursos y el arte de elegir la imagen justa (total). Ese ojo envidiable, de arquero o halcón. Desprovisto de ornamentos que enturbiarían la máxima aspiración que creo descubrir en él, No sé nada de ballenas hace que las cosas sean más simples. Más lindas. Más felices. 
Otra cosa, no sé.

Rafael Calzada,
16 de junio de 2017.    
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sobre la autora |

Julieta Feresin nace en 1990 en Bernal, zona sur de Buenos Aires. Desde muy pequeña realizó distintos talleres de pintura y cerámica. Su inclinación por el arte y la fotografía la llevaron a estudiar diseño gráfico en la Universidad de Buenos Aires y fotografía en el Museo Fotográfico Simik. Fue después de un viaje por Europa que decidió dedicarse de lleno a la fotografía como medio de expresión privilegiado. Actualmente reside en Capital Federal y trabaja en distintos proyectos.

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