Empieza como termina.
-Podés reunirte con Fernando a las 5 del día jueves? Vio tu trabajo y le gustaría reunirse con vos. Es una entrevista- eso fue lo que dijo Ana, por teléfono, la primera vez que oí su voz.
Conocí a Anabella en una agencia de publicidad. Yo era el nuevo. Me habían tomado como redactor y ella era la secretaria personal del jefe, el DGC (Director General Creativo). El me adoptaría como a un hijo y me daría uno de los mejores trabajos de mi vida.
Con ella no existió ese amor a primera vista, no hubo ese encanto que a veces nos toca, del que oímos hablar, vemos en el cine o leemos en alguna historia. Me resultaba demasiado bonita, muy muñeca, tibia, aburrida y particularmente estúpida.
Jamás se me hubiera pasado por la cabeza que atrás de ese ángel se escondería una hija de remil puta. Una hija de puta de la cual me enamoraría perdidamente. Nunca antes en la vida me había obsesionado así con una chica. Nunca en mi vida sentí tanto por alguien. Siempre eran otros los tan enamorados, los sacados, los obsesionados.
Y pensar que en la agencia, cuando me la cruzaba por los pasillos tan seguido o hablando de trabajo por teléfono, por email, en su escritorio cuando iba a verla o cuando ella venía a mí, no me movía un pelo, no me decía nada, no me atraía en lo más mínimo.
Me acuerdo muy bien del instante en que algo suyo me cacheteó y me atrapó por completo.
Yo sabía que iba a tener un mal día, no sé por qué, pero lo sabía. Lo supe al despertarme, lo sabía camino al trabajo, lo sabía en el tren, en la agencia y lo supe cuando se me cayó la tasa de café en el piso en su oficina. Fue ahí, en ese derrame que ella se arrodilló para ayudarme. Sacó unas servilletas de papel y me ayudó a limpiar el quilombito que había hecho. Juntó los pedazos de la taza rota y volvió a pasar un trapo. En segundos mi desastre ya no existía. Ella me sonrió y me dijo: No te preocupes... ya está...