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El recuerdo de tu voz viaja endulzando la brisa que llega hacia mí.
Ya no te siento lejos, siempre hay algo que te trae aquí, conmigo.
Vienes en la tibia presencia de un rayo de sol,
cuando el mundo enloquece de hastío,
para señalarme tu sitio de magias simples y adorables
como un juego de niños.
Vienes en el tímido ocaso de la temprana noche de invierno
para dormir a mi lado,
suave como una nube, perfumada de sonrisas,
leve como una gota de rocío en la gramilla.
Yo te veo.
Yo sé que estás aquí, conmigo.
Vienes en el intrépido corcel de la noche serena, misteriosa y subyugante,
con el cabello revuelto y el corazón agitado.
Te acercas despacio hasta mí
y dejas que el embrujo de tu mirada hechize la inocencia de mis ojos,
sorprendidos de verte;
vienes todavía más cerca de mí,
puedo saber que buscas que te abraze,
que te refugie dentro de mi pecho hasta que la luna se vaya.
Estás aquí conmigo y no hace falta más nada.
El silencio nos oye respirar apenas.
Las últimas luces finalmente se callan adentro y afuera de la casa.
Mis labios apagan tus temores, tu boca enciende mi ser.
El tiempo, ave rapaz de los días, detiene su vuelo
y este lugar ya no tiene espacio en el universo;
somos nuestro propio mundo.
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Apenas el silencio me cubre esta noche. ¿Querés saber qué es lo que pienso cuando no te hablo? Es mejor así... Sin cielo. Todas las cosas que se agitan en mi mente, ya no me pertenecen. Sólo estamos en silencio, desnudos en la marea asíncrona. Me das una señal sin saberlo, mientras comienza a llover entre las sombras de los sueños inmensos que nunca llegamos a concretar. Así, nacemos otra vez, morimos lejos del dolor y nos vemos en el horizonte de las nubes bajas. ¡Cuánto tiempo parece haber pasado desde que los papeles del viento cayeron en tus manos! Todos esas aves que marchitaron entre tus dedos, alguna vez me pidieron volar para siempre a mi lado... Sin embargo, hundido en la nada se oyó el grito apagado de mi corazón oculto entre tus manos...