Por
la tarde Norma Susana ayudó a su madre con los pisos de la casa. Primero los
baldeaban con una formula a base de agua caliente y lavandina para
desinfectar, luego pasaban el trapo bien escurrido y le daban el brillo.
La prima Esther llegó al rato, mientras merendaban café con tostadas y
vaticinaban los próximos amoríos transcurrida la fiesta de aquella noche.
Dedicaron lo que restaba del día a la minuciosa preparación de una velada que
prometía deliciosas aventuras iniciales.
La bola espejada se reflejaba en el granito
de la pista como un remolino de luciérnagas; sobre los laterales los hombres
bebían sus tragos repartidos en mesas redondas, que se reservaban la presencia
femenina; ellas, bailaban desenvueltas al ritmo de Los Maxilars, que
interpretaban éxitos del Rey Elvis sobre el escenario del fondo. Era ese
momento de la noche en que la fiesta está a punto de parir emociones, de
soltarse y bailar camino al frenesí, el estado más visceral del amor. Su prima
Esther le contaba al oído, las barbaridades que pensaba cada vez que cruzaba a
un hombre apuesto, y Norma Susana se sonrojaba invadida por un calor esencial.
De repente giró como solía hacerlo cuando se avergonzaba; su brazo izquierdo
impactó contra el torso de un muchacho y la bebida se derramó sobre su falda.
Entonces aceptó el pañuelo que le extendía aquel muchacho de ojos grises y no
necesitó más, aquella noche de fiesta en el Club Evita y Progreso.
Se casaron al año una vez que Cachi ya
estaba asentado en la YPF , y hasta
el desembarco de los españoles, procuró almacenar dos cajas de mate cocido en
la alacena de la cocina del Mondongo. Desde que la mala hora comenzó, Norma
Susana Vidal tuvo que amoldarse súbitamente a los nuevos hábitos; colocar la
yerba sobre el borde de la ventana y que el sol se encargase.
