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Por la tarde Norma Susana ayudó a su madre con los pisos de la casa. Primero los baldeaban con una formula a base de agua caliente y lavandina para desinfectar,  luego pasaban el trapo bien escurrido y le daban el brillo. La prima Esther llegó al rato, mientras merendaban café con tostadas y vaticinaban los próximos amoríos transcurrida la fiesta de aquella noche. Dedicaron lo que restaba del día a la minuciosa preparación de una velada que prometía deliciosas aventuras iniciales.
            
            La bola espejada se reflejaba en el granito de la pista como un remolino de luciérnagas; sobre los laterales los hombres bebían sus tragos repartidos en mesas redondas, que se reservaban la presencia femenina; ellas, bailaban desenvueltas al ritmo de Los Maxilars, que interpretaban éxitos del Rey Elvis sobre el escenario del fondo. Era ese momento de la noche en que la fiesta está a punto de parir emociones, de soltarse y bailar camino al frenesí, el estado más visceral del amor. Su prima Esther le contaba al oído, las barbaridades que pensaba cada vez que cruzaba a un hombre apuesto, y Norma Susana se sonrojaba invadida por un calor esencial. De repente giró como solía hacerlo cuando se avergonzaba; su brazo izquierdo impactó contra el torso de un muchacho y la bebida se derramó sobre su falda. Entonces aceptó el pañuelo que le extendía aquel muchacho de ojos grises y no necesitó más, aquella noche de fiesta en el Club Evita y Progreso.
          

             Se casaron al año una vez que Cachi ya estaba asentado en la YPF, y hasta el desembarco de los españoles, procuró almacenar dos cajas de mate cocido en la alacena de la cocina del Mondongo. Desde que la mala hora comenzó, Norma Susana Vidal tuvo que amoldarse súbitamente a los nuevos hábitos; colocar la yerba sobre el borde de la ventana y que el sol se encargase.
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Una vez más la tozuda puntualidad del bataraz del viejo Ramón resonó en las oxidadas chapas de la casilla. Los primeros rayos de sol disipaban el blanco que cubría el césped de la vereda y al pie de un limosnero desnudo, dos perros dormidos parecían fundidos por el lomo. Apenas desvelado, Ramiro Cachi Esseián, observaba desde la cama el recorrido de luz que entraba por un agujero del techo y moría en el brasero ceniciento. Sobre el costado derecho dormía con el ceño fruncido Norma Susana Vidal, su mujer desde aquella fiesta en el club Evita y Progreso de Tolosa; entremedio Guadalupe y Milagros, sus hijas más pequeñas, desaparecían bajo las frazadas apolilladas. Adrián y Soledad, los mellizos que nacieron la tarde en que el hijo del viento desparramó por el área a millones de brasileros, compartían un catre debajo de la ventana. Quien dormía solo en un colchón desvencijado era Ramirito, el primogénito; “…ya está crecidito”, le explicó Cachi a su mujer una tarde como cualquiera, y no volvieron jamás a hacer el amor por pudor a sus hijos.
Abandonó la habitación en silencio y vestido como casi todos los días. Gastado por el tiempo, el mameluco azul de la entonces petrolera nacional, le cubría los botines vencidos hacia adentro. La remera de base podía ser cualquiera que estuviera limpia; la polera blanca superpuesta oficiaba de refuerzo y contenía el calor; no obstante, la lana en el pecho resultaba la defensa imprescindible para evitar una gripe terminal. Su vieja gorra negra, deslucida por el avance de las manchas ya arraigadas, aparecía tras una botella vacía, sobre la mesa de la cocina. Los bancos estaban tan fríos como su estómago. Paulatinamente se fue componiendo con mate cocido bien caliente, que bebía de a sorbos con la mirada hundida en las flores amarillas del mantel. Tenía las mismas margaritas que el de su infancia en el Mondongo. Asomaba entre los desperdicios de un contenedor de la calle diez, una refrescante mañana de verano en que la limpidez del cielo, era apenas pincelada por un centenar de golondrinas azuladas. Lo examinó detalladamente e imaginó lo bien que luciría luego de una exhaustiva fregada. Según pasan los años los buenos recuerdos se van aferrando a algún objeto que los trascienda, como si realmente guardaran la vieja receta de la felicidad. Sin embargo, la situación había empeorado a la velocidad de un rayo, y la salida del barrio en la madrugada no fue del todo decorosa. Nada había resultado sencillo desde el inicio de la década infame entre las calles de tierra y las zanjas hediondas de Ringuelet. Pese a los cambios, aquel lunes se presentó a trabajar en la planta como lo había hecho durante los últimos veinte años, y al saludar al compañero Hugo Guerrero se dio cuenta que no había buenos augurios con la llegada de los españoles. Terminó por ser la más atípica de las semanas que jamás hubiera vivido; los rumores se multiplicaban, mientras el país hablaba de inversiones, modernización y el crecimiento acelerado que experimentaríala YPF en manos privadas. Lo recordaba todo como si hubiera ocurrido el mes pasado. Ese mismo viernes volvió a su casa con la paga de la quincena; cuando el 518 se adentraba en Ringuelet, observó al cartero abandonar el barrio en bicicleta; detrás de la puerta de su casa, sobre la áspera carpeta del suelo, lo aguardaba ineludible un telegrama de despido.