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Poemas que llegan como susurros en un lenguaje ancestral. El pensamiento mágico acercándonos una mejor versión de lo humano.

Por Micaela Kessler


En un ambiente creativo donde la urgencia de un futuro decadente se lleva todas las miradas, llega Nazca editado por Gog & Magog en 2022 y escrito por Sabrina Usach.  Pensar la crisis del futuro como la crisis de la tierra y no solo como la crisis de la vida humana nos invita a adentrarnos en una sabiduría ancestral desde donde regresan los cantos del pueblo, minúsculas patrias que creímos hechas polvo. El lenguaje de la ciencia que representó por mucho tiempo la verdad, discute con la fuerza de la espiritualidad que todxs tenemos dentro: Nazca se presenta como un portal que nos permite ser la golondrina, la cebra, el pájaro caído, la borrasca, la hiedra: “la sangre como lava surge: mi cebraje es/ por dentro y ella vino a refregarme/ en los ojos el polvo de pastizales lejanos/ para que vea fluir el ardor intempestuoso/ de esta vida que se incendia” La poesía intenta hablar una lengua que ya existe y que nos es tan lejana, intenta recuperar el origen como un presagio: “tejer es construir el pasado/ yendo hacia adelante” En este libro la poeta agudiza los oídos y busca al mismo tiempo nuevas formas de decir. Crea en todo el poemario una sensación extendida de naturalidad, de cauce sereno por el que la voz va decantando con otro ritmo. El paso del tiempo medido en minutos comienza a desdibujarse, se ralentiza, se relaciona con el espacio: comienza a verse en los árboles y en sus hojas, comienza a ser parte de la naturaleza, vuelve a nacer de ella: “porque acá/ le llamamos otoño a la perfección de la luz/ antes de irse a morir”

Nazca es un canto a la vida, lo recorre un ansia de vitalidad que se abre paso como una cordillera bruta y demencial. También es un canto a la muerte que entiende como parte de la vida. Un legado que se transmite de generación en generación, donde la existencia humana es una circunstancia, un acontecimiento pequeño que luego vuelve a ser parte de la tierra, del universo infinito: “nutrirás el barro pero antes tocate/ la cara la blandura de los párpados” Lo humano se presenta entonces y solo como comunidad, como legado que queda trascendiendo al tiempo. La vida individual y el cuerpo mueren y sin embargo hoy podés sentir que hablás con tus espíritus, te entregan su sabiduría en un picaflor que te visita, “vuela y se sostiene delante”, te habla. Una voz susurra que confiemos en el instinto como algo dado, una ofrenda: “es probable que lo olvides todo/ sin embargo cuando contemples arriba/ la nocturnidad y descubras aquella geometría/ te sabrás parte de la misma conciencia: la escritura acaso no está en el poema”


Visión 

dos horas cuesta arriba para llegar

observo de un lado el mar del otro

una vieja cordillera de un verde

semejante al jardín que queremos tener

un picaflor vuela y se sostiene delante


dice tu cuerpo viene del desierto

de tus manos cuelga el penacho

que sostiene la cabeza-trofeo

surgida entre dos masas de inmensidad

rodó hasta vos por minúsculas patrias

ungidas de polvo hablarás con tus espíritus

nadadores alado y terrestres

sobre tu cicatriz está marcado el surco

por el que regresarán los cantos del pueblo 

muerto en esos acantilados


la tierra se expande hacia la costa

bruta demencial parece el deseo

de una divinidad que quiere salvarse


Sobre la autora |

Sabrina Usach nació en Mendoza, Argentina en 1985. Reside en Buenos Aires desde 2014. Es Profesora Especialista en Escritura y Literatura. Autora de los libros de poesía Muecas de una voz pájara (Baldíos en la lengua, 2015) y Magnética obra que obtuvo el Premio Provincial Vendimia de Poesía 2018 y fue publicada por el sello estatal Ediciones Culturales de Mendoza. Participó  en el IV Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México (2015), en el XVI Festuval Internacional de Poesía de Medellín (Colombia, 2020) entre otros. Fue invitada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) a la XXVII Feria Internacional del Libro de la Provincia de Las Tunas, en la que impartió seminarios de poesía Argentina (2018)


Más de la autora |

@sabri_usach


Más de la editorial 

@gogymagog


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Nunca antes el silencio tuvo tanta potencia creativa, frente a los silenciamientos que históricamente se les impuso a las mujeres y disidencias, la escritura y la creatividad devienen territorio de visibilización y acción política. 

por Nadia Sol Caramella



La creatividad no es un proceso neutral. Por el contrario, en sus mecanismos se inscriben las opresiones de la masculinidad cis hegemónica. Escribir supone para las mujeres y disidencias entender todos los silenciamientos a los que se enfrentaron nuestrxs antecesorxs. La hoja en blanco es para nosotrxs una instancia de silenciamiento o una posibilidad de insurrección frente al silencio impuesto. Como dijo la poeta Audre Lorde, para nosotrxs “la poesía no es un lujo”. Escribir es un acto performático, es una acción en el mundo. El paso del lenguaje a la acción está dado por el gesto de la irrupción e interrupción en la hoja en blanco, en el silencio. La materialidad del lenguaje es su potencia de transformación y creación. 

Como sostiene Audre, escribir es una técnica de conocimiento y de autorevelación, no esperaban que sobreviviéramos a pesar del silencio. La herencia del lenguaje es la primera cárcel que debemos sortear. Frente al lenguaje binario que restringe nuestras identidades, escribir y crear bajo otras lógicas colectivas, íntimas, eróticas, políticas, es un acto supervivencia para que otras existencias e identidades sean posibles y vivibles. En el lenguaje se manifiesta el poder, y es a través del lenguaje que se lo puede subvertir, generando nuevas prácticas y visibilidades. Escribir requiere de nuestra crítica hacia ese material con el que trabajamos, como sabemos el lenguaje tiene una carga semántica social y cultural, pero aun así lo necesitamos para tejer redes de resistencia y acción.

Para que exista una creatividad disidente tuvimos que sobreponernos a los intentos de colonización de nuestras temáticas, formas, devenires y conceptos. Han intentado ingresar nuestra creatividad a las lógicas históricas masculizantes cis de la literatura hegemónica. Sin embargo, fuimos encontrándonos para generar nuevas prácticas de reconocimiento a través de la lectura de aquellas voces silenciadas por el mercado patriarcal editorial y académico. Necesitamos leernos, reconocernos, encontrarnos, difundirnos y confundirnos con las escrituras de otrxs que como nosotrxs fueron sentenciadas al olvido en las bateas de la literatura con mayúscula, la que fue y es escrita por hombres cis, blancos, heterosexuales, clase media, occidentales. 

Las literaturas “menores” resisten en los bordes de la extranjería impuesta, y esa literatura es la que nos convoca, esa que no ha sido colonizada: nuestro linaje, nuestra historicidad literaria. Es así como la escritura deviene territorio. Cuerpo de resistencia. Y la práctica de escritura supone una nueva cartografía, nuevas alternativas de apropiación de nuestros territorios. Así como también una creatividad que pueda salirse de los géneros, temáticas y formas patriarcales. Apropiarnos del lenguaje requiere de nuestra conciencia y lucidez para reconocer sus trampas y sus ficciones, para deslizarnos en ellas y salir victoriosxs. Las subjetividades disidentes entran en la escritura como sujetos políticos, siempre que estén conscientes del poder de las palabras. Y a esta altura creo que lo estamos, porque muchas veces padecemos la asimetría que el poder y el lenguaje ejercen sobre aquellas personas que no entramos en el androciscentrismo

A pesar de lo escrito hasta este punto es importante reparar en un detalle para nada menor: la literatura disidente es un cuerpo en movimiento, en lucha. Y dado que tiende a devenir es inútil intentar clasificarla, porque continuamente se escapa de las normas que se le imponen. Aun así es posible señalar puntos de encuentros que pueden acercarnos a una conceptualización provisoria de la literatura disidente y su creatividad. Alguna vez Virginia Woolf señaló: “Como mujer ni tengo país. Como mujer no quiero país. Como mujer mi país es el mundo entero”. Pero tiempo después la poeta y teórica lesbiana Adrienne Rich repensó esta cuestión sañalando la necesidad de una “política de la posición” que no dejara de lado las diferencias de identidad de género, raza, origen, clase social o religión. “Preciso entender la manera en que un lugar en el mapa es también un lugar en la historia dentro del cual como mujer, judía, lesbiana, feminista, he sido creada e intento crear”. Estas palabras de Rich nos permiten pensar en la literatura escrita por mujeres y disidencias como literatura situada atravesada por las múltiples opresiones transversales que vivencia cada subjetividad no androcéntrica.

¿A quién le habla la literatura escrita por mujeres y disidencias? A la vez que se escribe para sí, para su propio linaje, escribe para una comunidad que se conforma a través de un lenguaje en común,  porque para que exista una comunidad es necesario una historicidad y una literatura propia. La literatura escrita por mujeres y disidencias surge como espacio de visibilización y de contrucción de una identidad colectiva, pues al mismo tiempo que se nombra a sí misma, nombra a una comunidad. Pero, como diría Monique Wittig en su ensayo “El punto de vista: ¿Particular o universal?”, es necesario que nuestras obras no sean tomadas por particulares, como literaturas de gueto, sino que puedan ser leídas como parte de la literatura universal, dado que mientras la literatura universal con mayúscula sea la literatura masculina cis y no otra, nuestra literatura estará signada por su catalogación: literatura feminista, literatura lgbti, literatura femenina, etc ., como si tratara de subgéneros, mientras que la literatura escrita por varones cis no lleva ninguna marca, porque lo universal es lisa y llanamente el universal masculino cis y lo particular es todo aquello que no entra en su lógica.


Para comprender la creatividad y escritura no patriarcal es de vital importancia repensar nuestro lugar en el lenguaje porque en definitiva es el lenguaje, en tanto sistema discursivo y normativo, el que nos produce como sujetos; pero esto no significa que estemos determinadxs por su normatividad, por el contrario, al nombrarnos podemos desplazar sus categorías, corromperlas y subvertirlas. Este es uno de los grandes aportes del pensamiento de Judith Butler, entender al sujeto como una construcción en el lenguaje y que eso no signifique la ausencia de su potencia transformadora. Estamos constituidxs por el lenguaje pero el lenguaje es también el terreno de desestabilización de los conceptos, categorías y pensamientos hegemónicos. En esta misma linea podríamos traer a Paul Preciado, que en una de sus entrevistas señaló: “ningún texto es sagrado, esta ahí para ser abierto, deconstruido. El cuerpo, la sexualidad y la ciudad son textos. Cuando me refiero a textos, hablo de tecnologías de inscripción”. Por ello, es necesario intervenir en esas tecnologías de inscripciones, produciendo otras formas de subjetividad, y por qué no otras formas de apropiación de la creatividad y la escritura, comprendiendo que estos desplazamientos son necesarios para subvertir la normatividad y el androciscentrismo de todos lo ámbitos del arte y la vida.  
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María Elena Walsh estrenó la literatura en muches niñes y jóvenes hoy ya adultes con textos como Dailan Kifki, entre otros. Su obra ha dejado un amor inmenso en sus lectorxs y un imaginario que fue compañía en los primeros años de la infancia, por esta razón recordamos su vida y obra en un recorrido por su fantástico universo de poesía, novelas y canciones folklóricas, para no olvidar esa mirada crítica hacia el mundo que tanto la caracterizaba y que todavía hoy tiene una vigencia imprescindible.


por Sofia Helena Fontana 


Era mágico y al mismo tiempo lindaba con la locura


María Elena comenzó a escribir poesía en la adolescencia. Jamás pudo domar a la musa de sus poemas, una sensación indeterminada le aparecía de manera abrupta, nos cuenta: "una vez empezado el poema, ensayaba infinitos borradores hasta que lograba darle alguna forma a ese material bruto que jamás estuvo determinado por la voluntad". Trabajaba incansablemente para que no se notara el ripio o la poesía forzada, "vivía obsesionada por la sencillez" y se sentía cómoda en determinadas estructuras de la versificación, las cuales moldeaban su estilo. Cree que esto tal vez haya sido por las lecturas clásicas que ella misma frecuentaba. También puede tener que ver la constante intención que había en su ámbito familiar y social de hablar bien, no refinado ni adornado sino simple y bien. 

Su casa de la infancia se ubicaba en Ramos Mejía, Gran Buenos Aires: un caserón con gatos, gallinas, limoneros, patos, y una higuera en el patio del fondo. Allí vivía con sus zadres, su hermana y sus medios hermanos. Su padre era un profesional de la pequeña burguesía. En aquella casa vivían y disfrutaban la cultura. María Elena creció cerca del piano de su padre y luego de su hermana mayor quien “llenó su vida de música”, disfrutando escucharla practicar “desde las escalas hasta Bach”4. En su adolescencia brotaron dos chispas que jamás se apagarían; el hábito de fumar tabaco y una gran devoción hacia los libros. 

En tiempos donde empezaba a expandirse la poesía con estructura libre, María Elena Walsh, a 17 años, se autogestionó con ahorros de publicaciones en diarios y revistas su primer libro de poemas: Otoño Imperdonable. Antología que, además de ganar el segundo premio Municipal de Poesía, recibió críticas unánimes de elogios de notables escritores del momento, entre elles Manucho Mujica Lainez, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Silvina Ocampo y Juan Ramón Jiménez.  "Es cierto, Buenos Aires se volvió loca conmigo. (...) Es que mi poesía no era de ruptura, como la de los llamados intermedios, sino que se mantenía en ese tono elegíaco que era imperante entonces. A decir verdad, todos fueron muy generosos conmigo. Tal vez en exceso. No sé."

En esta primer antología no se percibe fusionado el contexto económico-social o la realidad inmediata, como sí sucede en sus posteriores libros. En ese entonces María Elena "creía en la poesía pura", una creencia que, también confiesa, la tenía estrangulada sin poder salir de un tono estrictamente lírico. Sin embargo, como dejando rodar por otro caudal, publicó con 16 años una "Oda del estudiante muerto" en el periódico socialista La Vanguardia, en protesta por la muerte de dos estudiantes en una huelga. Siendo esa publicación la primera de una larga lista de protestas públicas a lo largo de su vida. 

También soltaba las riendas de la pureza lírica recitando entre sus compañeres del secundario versos humorísticos donde les tomaba el pelo a sus profesores, se leían en cada fiesta del colegio causando risas y alboroto. 

Cuenta Walsh en Nací para ser breve -libro de Gabriela Massuh donde se encuentran entrevistas que ésta le realizó todos los días durante seis meses en 1991- que escribir poesía le resultaba muy doloroso ya que no podía manejar el proceso, sino que el proceso la manejaba a ella. "Tengo la sensación, la tenía entonces, de que la poesía va segregando su gestación más allá de la voluntad. Cómo decir... hay algo específicamente "mágico", con el perdón de la palabra. Hay algo que tiene una gigantesca fuerza inconsciente. Aquello que hoy se considera patrimonio del surrealismo, por ejemplo, trabajar sobre el material onírico, es parte de la poesía en general. Todo ese material forma parte de la intimidad y no se deja dominar, de la misma manera en que resulta muy difícil darle forma a los sueños, aunque la tengan. Yo no puedo decir "voy a soñar con tal cosa". Lo mismo pasa con la poesía: no puedo imponerme un tema determinado. Estuve muy dominada por esta sensación de la poesía desde muy chica. Por eso le terminé huyendo; se me escapaba de las manos porque era mágico y al mismo tiempo lindaba con la locura."

Se alejó entonces lentamente de la poesía, aunque entre todos los géneros que transitó su obra éste fue el que perduró toda su vida. Llevando con ella siempre un cuaderno y sin dejar de "garabatear frases colgadas". Libretas y libretas, nuevas y llenas de garabatos, poblaban su casa o las valijas; reuniendo eventualmente aquellas cuyas hojas permanecían en blanco -fruto de regalos y tentaciones en museos- cuando desbordaban los cajones, para regalarlas a amigues y transeúntes de la ciudad porteña.


Del papel a las tablas

De niña tuvo sus primeras experiencias como espectadora en los teatros de la capital y supo entonces que quería experimentar el escenario. Cada salida al teatro con sus zadres la deslumbraba: tuvo desde entonces siempre presente en la mirada y en el alma el music hall, escenarios pequeños con artistas llenando el ambiente de música y carisma. 

A los 21 años Maria Elena y Leda Valladares viajan a Europa, dándose el primer encuentro entre ellas al momento de subir al barco. “Disfrutar del viento en la proa fue una de las formas de descubrir un paraíso.” escribió María Elena en su último libro. Hasta tal momento mantuvieron una relación por carta hasta que a Leda le surgió dicho viaje, y por el mismo medio resolvieron embarcarse juntas en esa aventura. Leda, 12 años mayor que Maria Elena y experimentada folklorista tucumana, llevó sus instrumentos y en la noche, ya regida por los movimientos del mar, mutó aquello que había iniciado en el silencio de palabras en papel en años de folklore por el mundo.

El paso de los poemas al escenario fue dejar libre a esos "amores extraídos del almario". En aquel primer viaje a Europa dejó colgados en otros percheros las presiones sociales. Se abrazó entonces a la libertad y la bohemia parisina, “París era la libertad; la libertad con todo lo que esa palabra significa. (...) Algo en lo que hubo siempre una cuota no menor de indiferencia, porque si allí te dejan libre es porque no te ven ni les importás. Ese era un pequeño precio que había que pagar, y que a mí no me costó en lo más mínimo”11. Tuvieron mucho éxito en el music hall; encantaban a dos voces las noches parisinas en cafés y cavarets. En París y más tarde en Argentina publicaron varios álbumes de canciones folklóricas propias y otras recogidas, durante sus viajes por el Norte Argentino, de la tradición andina. 

Distinto al de los poemas era el proceso creativo de las canciones "porque allí el primer impulso era voluntario: yo me ponía a escribir sobre un tema determinado y no era el tema el que me asaltaba a mi."


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por Enrique Decarli



El primer libro de Julieta Dal Verme, publicado este año por Editorial Santos Locos es, ante todo, un libro honesto. No sé muy bien qué quiero significar al escribirlo, salvo que fue ésa la primera impresión, intransferible, que definí al terminar de leerlo, un rato antes de la presentación, a la que no fui. Entonces me di cuenta: de cada uno de sus poemas algo me había traído. Algo se había quedado conmigo; se había filtrado, para siempre (meses después lo confirmo), hacia este lado del mundo: los chicos que juegan en la calle y parecen reales. El paso del tren que, a la vez, te lleva dentro. Las ganas de empezar el gimnasio, de dejar de fumar. Algo chiquito, incondicional, como un buen amigo.

En los poemas de Geometrías incompletas lo viscoso y asimétrico no se ve. Está oculto en la médula poética y por razones desconocidas no queremos que las cosas pasen. No queremos que el libro termine. Que se detenga y se quede con nosotros, un rato más, hasta que alguien nos conteste, qué hay detrás de las puertas que no podemos abrir.

Igual que cualquier hijo de vecino, algunos actos consumados al boleo por personas lejanas, me ubican hoy en este cuerpo. Pero en mis años de estudiante de conservatorio, sentado al piano, solía visitar la idea de que enfrente mío, disimulada bajo teclas blancas y negras, estaba aletargada toda la música que alguna vez sería. A ese pensamiento volví con el poema “A tientas”. 

Hay algo que me gusta de la poesía de Julieta. Hace blanco en lo incompleto. Lo aparentemente inanimado, desconocido o impreciso de cualquier punto en una ventana. Esta mirada trascendente no excluye, por supuesto, cualquier contexto cotidiano; es más, se mixturan en belleza las plantas de casa, un campamento de niños, la mejor tarde de sol a orillas del río, las mascotas, y nótese el detalle: hasta en el ejercicio ritual de sacarse una prenda de vestir (no voy a decir cuál) Julieta encuentra poesía.    

El poema "Dudas" no se puede explicar. No se puede contar ni resumir. Hay que leerlo, de principio a fin. Darle tiempo a que geste la incomodidad que evoca, el veneno que cancelará el ritmo en el punto medio, exacto, de donde nos encuentre.

Geometrías incompletas es un libro precioso que encierra poemas desconocidos. Cosas que sabíamos de chicos y ya no sabemos. Cosas que solo saben, nuestros amigos poetas. 


Rafael Calzada,
25 de octubre de 2017.
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por Gabriela Clara Pignataro


Raúl Zurita nació en Santiago de Chile en 1950. Fue un poeta antisistema y un artista de vanguardia. Como militante del Partido Comunista y tras el Golpe Militar, fue detenido y encerrado en una de las bodegas del barco Maipo, donde fue torturado junto con mil doscientas personas más. Este hecho lo va a marcar para el resto de su vida.

En los ´70 comenzó a formar parte del grupo CADA (Colectivo de Acciones de Arte), junto a los artistas "Lotty" Rosenfeld, Juan Castillo y el sociólogo Fernando Balcells, el cual se basaba en el uso de la ciudad como un espacio de creación. Junto a ellos realizó diversas acciones de arte con las que pretendían ampliar e integrar los conceptos de arte y vida en una forma creativa y crítica, demostrando a la vez una clara oposición a la institucionalidad impuesta por el Gobierno Militar, que gobernaba nuestro país en aquel momento. De todos los integrantes del CADA Zurita era el más radical.

Zurita sufrió de una psicosis epiléptica, la cual lo llevó en parte, a cometer variadas acciones que intentaban usar su cuerpo como instrumento de expresión. Entre ellas se encuentra quemarse una mejilla con un fierro candente y volcarse ácido en los ojos, tentando constantemente el límite de lo corporal como material performático-expresivo.

En palabras del mismo Zurita, el poeta no debía estar desligado de las otras artes, es decir la escultura no debe ser sólo para el escultor, ni el cine sólo para el director o el actor; sino que debía ser un todo integral: la expresión debía ir más allá del anquilosamiento en que la definición del arte consumado, ortodoxo y académico lo colocaba. En esta línea de pensamiento y accionar, en 1980 con el humo de una avioneta, escribe unos versos en el cielo de Nueva York, con el fin de poder expresarse más allá de las limitaciones del soporte textual, desobedecer el signo lingüístico, dar un mensaje efímero , espacial y abierto.

Entre 1979 y 1993 atraviesa un proceso que lo llevará a escribir su primera obra, "Purgatorio" en 1979, luego "Anteparaíso" en 1982 y "La vida nueva" en 1993; tres de sus obras más importantes, que conjugan su vida, su estancia en varios estados y delinean en su progresión como unidad de sentido la propia evolución del poeta.

Con el paso del tiempo se convierte en un ícono de la literatura chilena, el action-writing y la performance artístico-política, siendo galardonado con los mayores premios de reconocimiento internacional como el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. A los 67 años de edad, pese a portar un Parkinson muy avanzado, el poeta continúa con presentaciones en vivo que enlazan música y poesía en una mixtura que tiene al cuerpo y la voz como soporte, mediación y expresión.


El yo y su cuerpo. El poeta y su acción.

La vinculación entre estética y política en la obra de Zurita es estrecha. Su poesía es mapa del devenir histórico-social del territorio chileno. Zurita trae constantemente la idea de su cuerpo y su nombre como referencia diegética del poema: Zurita nos habla desde Zurita y no desde otro; desde su ser Zurita en Chile antes, durante y después de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura militar chilena, desde las marcas esgrimidas en su propia piel.

No hay en este autor intención alguna en dislocarse de su nombre propio, autor, sujeto y ciudadano, para erigir una voz poética divergente. Es su voz poética ese yo lírico que se encarna desde la crudeza de la experiencia corporal, material y se vuelve a veces poema. Otras veces intervención audiovisual, otras veces palabras escritas en humo en el cielo, estampada en las paredes.

No es detalle menor que el poeta haya usado su propio cuerpo como experiencia performática y formadora, una dimensión de su ser en el mundo en plena ejecución, su cara cortada marcada, traspasa del cuerpo al poema:

Mis amigos creen que
estoy muy mala
porque quemé mi mejilla.
Purgatorio.1982
XXII
Destrocé mi cara tremenda
frente al espejo
te amo –me dije- te amo
Te amo a más que nada en el mundo
Purgatorio.1982

La relación entre el cuerpo y la poesía, es en Raúl, un vínculo en permanente tensión y retroalimentación. Su corporalidad fuente sensorial, registro, huella mnémica que se manifiesta en los soliloquios poéticos; su propia mejilla quemada en la tapa de sus libros.

La autorreferencia nominal y corporal, se constituye como elemento central en su poética: un yo dicente, enunciado, que se nombra. No se enmascara, ni rehuye, se hace presente. Un yo que denuncia desde ese cuerpo magullado, malherido, torturado.

Este desdoblamiento del yo, es una operación que aparece en varios poemas de Zurita en la acción de nombrar el horror, el desplazamiento a la tercera persona del singular confiere una distancia que posibilita una postal, un encuadre externo producido desde sí: la construcción de una perspectiva poética desde el punto de vista del autor que involucra la experiencia biológica de percepción propia y singular.

Se pone en juego en dicho cruzamiento una tensión temporal: el yo desplazado evoca presente la vivencia del yo primera persona del pasado. Hay un yo que observa, que mide, que trafica las experiencias y los recuerdos: un yo que se desarma frente a frente a las pesadillas y los sueños:

Oye Zurita -me dijo- toma a tu mujer y a tu
hijo y te largas de inmediato”
No macanees -le repuse- déjame dormir en paz,
soñaba con unas montañas que marchan ...
“Olvida esas estupideces y apúrate -me urgió-
no vas a creer que tienes todo el tiempo del
mundo. El Duce se está acercando’’
Escúchame -contesté- recuerda que hace mucho
ya que me tienes a la sombra, no intentarás
repetirme el cuento. Yo no soy José.
Zurita, en Anteparaíso. 1982

Por otro lado, la figuración de Zurita como sustantivo participa de una constante transfiguración. Zurita es Raúl Zurita, pero en su repetida invocación se vuelve objeto nombrado, atraído, configurado. La palabra Zurita, se vuelve de alguna manera, sustantivo de otra cosa que amplía su significación en un sentido peirceano. Sin ser plural, colectiviza voces al volverse un elemento que nombra en cierta manera, todos los fantasmas y ausentes que el mismo Raúl ha visto escurrirse.

El sustantivo Zurita, habla por el escritor y también, por la memoria de Chile: ese Zurita que dice, va, viene, despliega los movimientos de alguien que estuvo alguna vez en el epicentro del horror como muchos otros.

 

Chile: océano, desierto y cordillera. La geografía del poema.

Encontramos en la poética de Zurita, ciertas figuras que retornan en su repetición como motivo, en su insistencia como fantasma perpetuo a ser (de)velado. Tal es el caso del uso de Chile como sustantivo propio, que sufre una transformación hacia lo común. Chile es el nombre de un país, que en la obra de R.Z se carga simbólicamente de otras inscripciones en el imaginario colectivo. Chile aparece en este caso como una fuerza abstracta, potencial. Chile como una idea, como el reflejo del imaginario de lo negado y también como promesa: Chile como el amor, como la tierra prometida, Paraíso. Hay en todo el libro Anteparaíso una constante alusión al lenguaje bíblico y profético, desde una materialidad tangible: esa tensión nombrada anteriormente entre lo sacro/profano, lo real/abstracto, el cuerpo y el espíritu. Chile consuma en sí también la dualidad: es terreno y es imagen, es reflejo y es idea, es sueño y pesadilla.

En El amor de Chile se evidencia la ausencia como objeto indirecto de ese Chile sujeto, que llora sus muertos. Este sustantivo propio colectiviza en nombre de Chile a todos los chilenos que han desaparecido, ser el sueño como ser aquellos que se levantaron en “el sueño de la revolución” y todo el amor perdido.

Nicho Argentina. Galpón 13, nave y
nicho remitido bajo el país Perú y
sobre el país Chile. De tortura en
tortura, desaparecimiento y exterminio
quedó hueca, como los países
nombrados, y la noche no tuvo donde
caer ni el día, Amén. País desaparecido
del horror tras los cuarteles.
Desde allí el viento silbó sobre la
pampa inexistente y apagándose se
vieron las masacradas caras, Amén
Canto a su amor desaparecido. 1985

Es notable como opera aquí el desplazamiento del sustantivo propio al común “Nicho Argentina” “país Perú” “país Chile”. Como si el nombre propio per se hubiere perdido su densidad y fuera necesario reforzarlo con otro sustantivo para explicitar de qué estamos hablando. Cómo si tanta tortura y desaparición, hubiera exterminado también el nombre. Chile podría ser un país u otra forma de nombrar la muerte, el horror de los cuarteles. Chile como figura flaca, la idea de algo indecible que excede los márgenes de su geografía política.

Por otro lado, hay una estrecha figuración entre el océano, el desierto y la cordillera como configuración del paisaje chileno, pero también como paisaje testigo, el único que luego de tanto vaciamiento puede hablar y decir lo que los muertos callan, lo que los sobrevivientes todavía mascullan.

La vivificación del paisaje como organismo vivo, sintiente lo vuelve de alguna manera un objeto animado que actúa como médium de lo acontecido. Las montañas son el desplazamiento de la voz de los que no tienen voz, en esta figura de lo eterno, lo arcaico y lo permanente se asume el tránsito de lo imperecedero, lo transigente: lo humano. Pero quizás sea la memoria y el recuerdo, la voz de lo que trasciende de una generación.

En Inri por otra parte, el poemario adquiere una atmósfera de lo crístico que se crucifica en el paisaje como cuerpo, en el cosmos como lo descendido “Las margaritas se doblan ante la cruz y gimen. En una tierra enemiga es cosa común que las estrellas formen una cruz sobre nuestras caras muertas.” La voz poética destruye lo que afirma, resucita en la repetición: lo que va afirmando es el lugar imposible de un yo lírico, a la vez muerto y vivo, sepultado y ahogado, mudo y parlante. La voz del que sobrevive, en tanto todo lo que amó ha muerto.

La alusión a la crucifixión, que se construye como metáfora de la historia chilena como una matanza sacrificial, cuya empiria es irreproducible, de tanto horror es innombrable de manera unívoca y directa siendo su escenificación posible sólo a través de un registro distanciado, materializado en las fuerzas naturales y motivado en lo sublime y perenne del paisaje. Como si se tratase de una reconfiguración de lo bíblico en una puesta en diálogo con una resignificación de la Divina Comedia, la cual trae entre títulos de sus obras Purgatorio, Anteparaíso, La Vida Nueva; reconfiguración a través de la cual el yo lírico hace su propio camino del héroe en busca de la redención como se esgrime en Atacama:

ii. Miremos entonces nuestra soledad en el desierto
Para que desolado frente a estas fachas el paisaje devenga
una cruz extendida sobre Chile y la soledad de mi facha
vea entonces el redimirse de las otras fachas: Mi propia
Redención en el Desierto.
Purgatorio. 1982

La puesta en relación entre lo solemne y lo cotidiano, antes nombrado, reaparece aquí en esta tensión entre el lenguaje coloquial “la facha” y la imagen de la cruz. La convivencia de lo divino con lo corporal, como una ambivalencia de la existencia que radica en la misma angustia de ser. La angustia individual, el trauma social, la hendidura de lo irreparable. De alguna manera Zurita construye a través de las montañas, el océano y el desierto una fábula arquetípica de la cual se sale, redimiéndose a diferencia de la realidad; donde nada repara los cuerpos ausentes ni torturados, siquiera la crucifixión de algún Cristo.


Oye Zurita -me dijo- sácate de la cabeza esos malos pensamientos

La voz y la poética de Zurita se construye desde la experiencia de ser carne en el mundo. Experiencia arraigada, para el poeta en sus años de militancia y vanguardismo artístico. El fenómeno de sus performances artístico-políticas, action writing y action art se traduce a lo largo de su obra poética en la inscripción de su yo enunciativo como yo lírico: tampoco aquí Zurita se separa de su cuerpo, está en el poema llamándose a sí y desde sí nombrando.

La recurrencia de ciertas figuras y simbologías, como un motivo presente y transversal a lo largo de toda su producción, por un lado el espiral de ascenso: Purgatorio, Anteparaíso. Podemos pensar la consecución y progresión de estas obras como el anuncio de quien ha venido del Infierno en busca de redimir las pesadillas, de expiar el sueño pesadillesco, de librarse de lo tortuoso. La Divina Comedia de R.Z tiene lugar en los Andes y el Pacífico, dónde se reinventan los círculos del infierno.

Chile, el océano, la cordillera, el desierto como figuras de un estilo rítmico: Zurita repetirá estas formas, en incontables maneras con variaciones semánticas, asociativas, formales en su poética. Estas figuras, funcionan como notas de una partitura que a lo largo de la obra van dibujando línea tras línea un mapa. Son el cuerpo de lo que no tiene cuerpo, el cuerpo de la ausencia, de lo que no se nombra, de lo que no ha retornado y sin embargo punza, fantasmal y persistente. Toman el lugar de los cuerpos hundidos, de la noche sin ojos; hablan por un territorio vaciado desde la permanencia de su existencia, sólo una piedra puede atestiguar sin quebrarse.

La singularidad de la voz poética de R.Z radica en una economía de temáticas centrales, que en su combinación producen imágenes que desbordan lo concreto de su textualidad. Zurita habla todo el tiempo de lo que lo hace temblar: la violencia política en todas sus formas y lo vuelve poema. Cada texto de su producción poética retoma un sentido que sigue moviéndose, desde poemas previos, de manera subyacente las formas se nombran unas a otras, llamándose. Un tejido vivo como los picos de las cordilleras,el amor pegado a las rocas, un país doblado sobre sus propias rodillas. 

Formas que se nombran unas a otras, como estrellas de una constelación que hundida en el Pacífico ilumina las zonas oscuras.
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El estacionamiento del complejo está lleno de autos. Facundo estaciona lejos de la entrada y camina con su hija bajo el sol. Siempre tenés que mirar para todos lados, le dice. Acá los coches van despacio pero pueden salir de la nada, hay que estar atento. Josefina sonríe. ¿De la nada?, pregunta. Es una forma de decir, le explica Facundo sin terminar de entender si su hija lo está cargando. Siente la mano pequeña y transpirada en la suya, el tacto lo reconforta. 
Están caminando hacia la boletería. Él le pregunta si lo extrañó y ella asiente. ¿Seguro? Sí, papá, dice riéndose. Te extrañé.
Facundo paga las entradas. Josefina pasa con tarifa de niño, todavía. Buscan dos reposeras libres cerca de la parte poco profunda. Ella tiene una mochila colgando de un hombro, rosa como su traje de baño y como la gomita que le ata el pelo. Adentro hay una bombacha, una toalla y una remera. Facundo piensa en el momento en que tenga que cambiarla. Ya es demasiado grande para el vestuario de hombres. Va a tener que esperar junto a la puerta, buscar a una mujer que le parezca confiable, pedirle por favor, esperar. Como hace unos meses en el baño de un cine, los cinco minutos más largos de su vida.
La pileta es enorme y está llena de gente. Tiene forma de L. La parte más profunda, anuncia un cartel, llega a los tres metros. Sobre ese extremo, el trampolín. La escalera sube lo suficiente para que incluso Facundo adivine el vértigo que debe sentirse desde allá arriba. La tabla se prolonga sobre el agua y la gente pasa. Uno por uno. Algunos se asoman y dudan un momento, pero miran hacia atrás y ven al próximo, que ya sube y bloquea la única salida. Entonces saltan, rebotan y al agua. Con los ojos cerrados, o tapándose la nariz, o los brazos bien abiertos y un grito agudo que se corta con el ruido de la zambullida. Pero hay otros más decididos, que no vacilan. La vista fija hacia adelante, la columna erguida, la carrera y el salto.
¿Puedo ir?, pregunta Josefina. Facundo se ríe. No, mi amor. Es para los grandes. Está prohibido para los chicos. Pero entonces mira de nuevo y hay un nene más joven que su hija. Un chico petiso y flaco que no tendrá más de siete años. Un hombre que debe ser el padre lo aplaude desde el agua. El guardavidas los mira a través de sus anteojos de sol. No grita, no toca el silbato, no hace nada. El chico saluda, sonríe nervioso, corre hasta el final de la tabla y se tira de bomba. El padre se sumerge y un instante después sale con el hijo agarrado a su cuello. Josefina lo mira de nuevo. Más tarde vemos, le dice él.
El pie de la L es la parte baja. Facundo camina con su hija hasta las escaleras. Trata de agarrarle la mano, pero ella sale corriendo y se le escapa. Te podés resbalar, la llama, pero Josefina no lo escucha. Él apura el paso y la alcanza cuando está por meterse.  
Su hija quiere mostrarle todo lo que aprendió en las clases de natación. Pide que él diga un estilo y después nada de una punta a la otra de la parte baja. Facundo la ve ir y venir. Crawl, espalda, rana, perro. ¿Perro?, pregunta ella. Eso no existe, papá. Facundo le muestra, Josefina se ríe. Y después de un silencio ella mira de nuevo hacia el trampolín. ¿Ahora puedo? Él responde que no, es peligroso. Pero Josefina apoya los brazos en el borde y recuesta la cabeza. La boca fruncida, el cuerpo apretado. Él se acerca y le saca el pelo de la cara, pegado a sus mejillas por el agua. Más tarde, le promete. Ahora vamos a almorzar. 
Hamburguesas con papas fritas y Coca-Cola. Facundo apenas come, mira el trampolín. Las mesas están cerca de la parte poco profunda, separadas del agua por una reja. El piso está lleno de comida aplastada y pegotes. Para volver al otro sector hay que enjuagarse los pies, así la gente no arrastra la mugre. De todas formas, el agua parece sucia. Una capa de aceite, de bronceador, que flota sobre la superficie y devuelve reflejos tornasolados. Una señora gorda salta desde el trampolín y al caer salpica las reposeras más cercanas. Dos mujeres la aplauden desde abajo. La siguen un hombre de la edad de Facundo, rubio y con mucho pelo en el pecho. Después una mujer en bikini, a la que se le desprende el corpiño por el choque con el agua. Alguien chifla y la mujer se tapa, se ríe.
Dos chicos, apenas más jóvenes que Josefina, se asoman a la tabla. El guardavidas se para y hace sonar el silbato. Facundo apoya su hamburguesa. Pero el guardavidas levanta un dedo y los nenes entienden antes que él que les está diciendo que salten de a uno, que lo único que no pueden hacer es ir juntos.
Josefina come la mitad de su plato. ¿Ahora?, pregunta. Hay que hacer la digestión, le contesta Facundo, en un rato. Vuelven a las reposeras, y ella se mete al agua, se acerca a dos chicas con timidez. Enseguida se hacen amigas. 
Facundo lee pero no puede concentrarse demasiado, todo el tiempo mira por sobre el libro. Está todo bien, su hija parece divertirse, pero hay que estar atento al agua, a la multitud, al sol que empieza a bajar y lo adormece.
Después de un rato, las amigas de Josefina se van. Ella sale del agua y se acerca a su papá. Voy al trampolín, dice. Y es una pregunta pero también una afirmación. Él cierra su libro. Ella salta de un pie al otro. Está mojada y juega a imprimir sus huellas sobre el piso, está contenta.
Ya no queda tanta gente. En la cola hay unas diez personas y Facundo la acompaña. ¿Vas a subir?, pregunta ella. Él dice que no, que va a esperarla en el agua para ayudarla a salir. Puedo sola, se defiende Josefina. Es muy alto, mi amor, cuando caigas te vas a hundir. Ya sé que podés sola, pero por las dudas.  
Detrás de ellos se ubica una mujer joven. La fila avanza, dan un paso. Josefina se da vuelta y la mira. La mujer le sonríe. ¿Vas a saltar? Josefina responde que sí. Qué valiente, dice la mujer, yo no sé si me voy a animar. Josefina mira al trampolín, los ojos le brillan. Yo te empujo si querés. Las dos se ríen. 
Facundo aprovecha y le explica a la mujer que él prefiere esperar a su hija en el agua, que si ella puede cuidarla mientras suben, que si no le molesta... Ella lo interrumpe. Sí, no hay ningún problema, queda tranquilo. Es una linda mujer, piensa Facundo, y se pregunta si habrá venido sola.
Arriba, un chico salta, da media vuelta y cae mal. El sonido del cachetazo contra el agua hace que todos miren. El chico sale con la espalda y la cara rojas. De palito, le dice Facundo a su hija, tenés que saltar derecha, con los brazos pegados al cuerpo para caer con los pies. Sí, papá, le contesta ella con un hastío que aprendió de su madre, como si hubiera nacido sabiéndolo todo. 
Ya están al pie de la escalera. Josefina se agarra de la baranda. Facundo mira a la mujer, que lo tranquiliza con un gesto. Él agradece una vez más y se tira al agua. Se agarra  del borde con una mano y sigue a su hija con la mirada. Agarrate bien, le grita. Pero ella no parece escucharlo. La mujer, aunque no se pueda subir de a dos, va detrás de Josefina para atajarla en caso de que resbale. 
Facundo mira hacia arriba, la luz lo ciega. Trata de hacerse sombra sobre los ojos mientras patalea para mantenerse a flote. Su hija ya está sobre la tabla y mira hacia abajo, asoma la cabeza con los pies firmes sobre la madera. Él apenas ve su contorno, recortado contra el sol que baja. 
Josefina se asoma una vez más, calculando la distancia. Camina hacia atrás para tomar carrera. Corre, salta. Él cierra los ojos por un segundo, los tiene irritados por el sol y por el cloro. Escucha un grito, o una risa. Vuelve a mirar, y Josefina debería estar en el aire, a punto de caer, pero no. Tampoco se escuchó la zambullida. Arriba, la mujer se asoma a la tabla, mira hacia abajo. Facundo se queda inmóvil durante uno o dos segundos, sin entender. Después se sumerge. 
Abajo no hay nadie, ni burbujas que suben, ni agua revuelta. Sólo el fondo celeste, pintado con rayas negras. Todo muy quieto, congelado. Facundo saca la cabeza y le hace señas al guardavida, que en un mismo movimiento se para, se saca los lentes y se tira al agua. 

* * *

El guardavidas nada con movimientos ágiles, girando sobre su eje para ver en todas direcciones. Facundo baja hasta tocar el fondo con la mano, se queda sin aire y sale a respirar. La mujer está bajando las escaleras, la gente protesta. El guardavidas saca la cabeza y pregunta qué pasó, no hay nadie para rescatar. Él le explica: mi hija saltó, estaba en el aire, y después nada. No puede ser, responde el guardavidas. La mujer corre hacia ellos. ¿Dónde está?, pregunta. Ella la vio, dice Facundo, los dos la vimos. 
No puede ser, repite el guardavidas. La gente se acerca a escuchar. Facundo mira a su alrededor. Recorre las caras de todos los niños. Se sumerge de nuevo. 
Dos o tres empleados preguntan a la multitud si alguien vio a una nena saltando del trampolín, tenía una malla rosa. Facundo sale a respirar, está agitado. Excepto la mujer que subió con Josefina, nadie vio nada. Un gerente se acerca a preguntar qué está pasando. No puede ser, dice cuando le explican. Facundo sale del agua y va hasta su reposera. Su remera, su libro y la mochila de su hija siguen ahí. Le muestra las cosas y ellos le dicen que está bien, que en algún lado tiene que estar. La mujer está con él. Yo la vi, saltó, dice. El guardavidas y el gerente la miran. Ya avisamos en la puerta y llamamos a la policía, quédense tranquilos. 
El público empieza a irse. Nadie más saltó después de Josefina. Yo la vi, murmura la chica, como si hablara para sí misma. Facundo les muestra la mochila una vez más. La abre, saca la remera, las colitas de pelo, la toalla. 
Un policía, en la puerta, pide documentos a la gente que sale. Algunos no los tienen encima y protestan. Alguien llama a Facundo desde allá, para que diga si una nena morocha de pelo corto es Josefina. Él corre hacia la puerta, la ve y sacude la cabeza. La madre de la chica le sonríe con gesto comprensivo, sin soltar la mano de su hija. Otro policía revisa los vestuarios y un tercero el alambrado que bordea al complejo. Es imposible, repiten todos. 
Suena el celular de Facundo, es la madre de Josefina. No la va atender ahora. El lugar está casi vacío, se está haciendo de noche. Quedan los policías y los empleados de un lado, la mujer y él del otro. Facundo la mira. Vos la viste. Ella se muerde el labio. Deciles que la viste, por favor. Sí, murmura la mujer. Pero después mira al piso y dice que no sabe, que no puede ser. Tenemos que tomarles declaración, interrumpen los policías. La mujer mira su reloj, se muerde el labio. Facundo sigue con la mochila en la mano, se da cuenta porque los dedos empiezan a dolerle de tan fuerte que aprieta. La deja sobre una reposera. El trampolín se asoma sobre el agua, allá arriba. Facundo camina hacia la escalera. Lo llaman, pero no se detiene. Sube rápido y se asoma a la tabla, se para en el borde, mira hacia abajo. Desde ahí parece más alto. El agua está demasiado quieta y el vértigo le nubla la vista. Pero cierra los ojos y salta.
Siente la velocidad de la caída en la boca del estómago, luego el golpe. Su cuerpo se hunde y él abre los ojos. Las burbujas se despejan, se disparan hacia arriba. El agua, el fondo celeste, las rayas negras. Nada más.

*este cuento pertenece a Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015)

Sobre el autor |

Tomás Downey nació en Buenos Aires en 1984. Es guionista, egresado de la ENERC, y autor de una novela aún inédita. Ganó el Primer Premio en género cuento del Fondo Nacional de las Artes, edición 2013 con el jurado integrado por José María Brindisi, Mariana Enriquez y Guillermo Saccomanno y fue finalista en 2016 del Premio Hispanoamericano Gabriel Garcia Mrquez. Publicó Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015) y El lugar donde mueren los pájaros (Fiordo, 2016)