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Con el paso de los años se produjo lentamente, sin que yo percibiera el proceso, la homogeneización de mi departamento. El living y la pieza, a pesar de estar divididos físicamente por una pared (ya bastante destartalada), se fueron unificando en un espacio único y uniforme, cuya abertura de separación pasó a ser un detalle burgués, un ornamento barroco que entorpecía mi andar. Tanto era así que en el último tiempo no la utilizaba de forma consciente: uno se da cuenta de que hay una puerta cuando la atraviesa, cuando es uno mismo quien transita y conecta las zonas que ella delimita. Pues bien, desde hacía varios meses, yo sólo atravesaba la puerta gateando, arrastrándome a tientas para manotear el cenicero, algún libro a medio leer, una media o, si hacía frío, una frazada. La cocina (en tanto que ambiente), simplemente, dejó de existir. Inconvenientes relativos a la instalación de gas me obligaron a deshacerme del artefacto, las alacenas empezaron a resultarme poco confiables ante la invasión de insectos de toda clase y la heladera había pasado a formar parte del amoblamiento básico del living. El baño era lo único que se mantenía medianamente fiel a su función prefijada, más que nada por los cuidados que le brindaba Marina las pocas veces que venía -cuando me enojaba con ella, siempre le terminaba gritando que quería más al baño que a mí y que podía probarlo sometiendo a cualquier desconocido a la prueba de mirar el fondo del inodoro, por un lado, y mi cara, por el otro.
No siempre viví de esta manera. Tuve trabajos, estudié una carrera, tuve novias con sus padres vivos. En fin, fui un hombre decente hasta que una sucesión de supuestas tragedias me fue llevando, paulatinamente, al hacinamiento. Debo confesar que, a pesar del aislamiento inevitable del que viene acompañada, la pobreza es liberadora. Por lo menos para mí que, al menos, tenía un techo.
Repisas, bibliotecas, mesas, sillas, cama: vendí todo. Sólo me quedaba la heladera, un colchón y el televisor con una vieja videocasetera; todo a mano, en el living. ¿Qué había entonces en la pieza? Más desorden y otro colchón. El sueño sucedía tan escasamente que, si no lo aprovechaba en el momento justo en que aparecía, lo perdía hasta quién sabe cuándo. Innumerables ocasiones me había invadido el cansancio en la pieza y, cuando llegaba al living para recostarme en el colchón, la modorra se había ido para no volver. Me cansé  de no dormir y me conseguí un colchón adicional, gentileza de Marina. Cuando el sueño sucedía, fuera en la pieza o en el living, me arrastraba hasta el colchón correspondiente y lo dejaba invadirme.
Por eso me costaba tanto salir; me había acostumbrado a vivir por debajo de los ochenta centímetros: me la pasaba sentado, de rodillas, acostado y, si por alguna razón de fuerza mayor necesitaba trasladarme, lo hacía a tientas como los chicos, arrastrando la ropa cada vez más deshilachada (se atoraba con clavitos e impurezas del piso o de los zócalos, que mi anfibio andar no evitaba en lo más mínimo).