Con el último aliento Pedro abre la puerta y ya casi que sabe. La lluvia incesante repliega sus sienes y el calzoncillo, confundido por el agua, el meo y el sudor, se subleva de la piel, lastimándola.
Con paso inerte se despega la mochila de la espalda para dejarla en el piso, al lado de la banqueta, y sentarse. Un wisky, pelado, que no doy más. ¿Doble? Triple. Dejaron algo para vos, Castro. Levanta la vista y la mano extendida del pelado, grande, peluda, se impone con crudeza sobre el resto de las cosas, ofreciéndole ese papel arrancado a las apuradas de algún anotador con espiral, doblado sin delicadeza, un poco humedecido. Servime el wisky, dale. El pelado se apresura y hace actuar con la destreza que dan el tedio y la repetición incansable el vaso y la botella; el líquido se balancea unos segundos en el recipiente machucado, hasta estabilizarse, rechazando, parco a cualquier brillo ajeno, la luz enclenque que quiere atravesarlo.