Tres poemas de la poeta y traductora mexicana Elisa Días Castelo.

Selección por Nadia Sol Caramella


Escoliosis


En la búsqueda de la forma,

se me distrajo el cuerpo. Es eso,

nada más, asimetría.

La errata vertebral,

el calibraje óseo,

la rotación espinada. Es el hueso

mal conjugado.

Es una forma de decir

que a los doce años

ya se ha cansado el cuerpo.

Es la puntería errada de mis huesos,

la desviada flecha.

No es lo que debiera, mi esqueleto

quiso escapar un poco

de sí mismo. Se le dice escoliosis

a esa migración de vértebras,

a estos goznes mal nacidos,

hueso ambiguo.

A esa espina

dorsal

bien enterrada.


A los doce años se me desdijo el cuerpo.

Porque árbol que crece torcido, nunca.

Porque mis huesos desconocen

el alivio

de la línea,

su perfección geométrica.


Me creció adentro una curva,

onda,

giro

de retorcido nombre: escoliosis.

Como si a la mitad del crecimiento

dijera de pronto el cuerpo mejor no,

olvídalo, quiero crecer para abajo,

hacia la tierra. Como si en mi esqueleto

me dudara la vida, asimétrica,

desfasada de anclas o caderas,

mascarón desviado, recalante.


Mi columna esboza una pregunta blanca

que no sé responder. Y en esta parábola de hueso.

De esta pendiente equivocada. De lo que creció

chueco, de lado, para adentro.

Se me desfasan

el alma

y los rincones. Mi cuerpo:

perfectamente alineado desde entonces

con el deseo de morir y de seguir viviendo.


Si las vértebras, si la osamenta quiere, se desvive,

rota por no dejar el suelo. Si se quiere volver

o se retorna, retoño dulce de la tierra rancia,

deseo aberrante de dejar de nacer

pronto, de pronto, con la malnacida duda

esbozada en bajo la piel, reptante.

Paralelamente. No es eso

no es

eso

no

eso no,

no es ahí, donde ahí acaba,

donde empieza el dolor empieza el cuerpo.


Si se duele, si tiembla, al acostarse

un dolor con sordina, un daltónico dolor vago,

si el agua tibia y la natación, si la faja

como hueso externo, cuerpo volteado,

si los factores de riesgo y el desuso,

si el deslave de huesos. Es minúsculo

el grado de equivocación, cuyo ángulo.

A los doce años se me desdijo el cuerpo,

lo que era tronco quiso ser raíz.

Es eso, el cuarto menguante,

la palabra espina, la otra que se curva

al fondo: escoliosis. Es el cuerpo

que me ha dicho que no.


(De Principia, FETA 2018)


Orfelia limpia el clóset


Aún tengo en el clóset el vestido

de novia sin usar y no sé dónde

comprar la naftalina. Esto es algo

que me preocupa últimamente.

Para empezar, me inquieta

no conocer el olor de alquitrán blanco.

No tengo ese recuerdo, ninguna abuela

se desvivía en recorrer con manos maceradas

sus primeros motivos, esos días

en los que sí vivía de a deveras, años

traducidos a tela, encaje, dobladillos.

Y ahora más que nunca me duele

todo lo que no tuve y al no tener

no será recordado. No conozco

el olor de la naftalina. Es más,

no sé dónde comprarla. Es urgente.

Imagino polillas negras, sus alas con ojos,

recorriendo mi vestido blanco:

filamentos y antenas: muselina y encaje.


No quiero alimentar insectos,

mariposas de hábitos nocturnos.

Mejor que permanezca

con sus horas en blanco, sus páginas

que al no decir nada son capaces

de contenerlo todo: lo que ya no, el siempre

cortado al sesgo, rematado, el donde

no estuvimos, quienes ya no seremos.

Porque nosotros no, quiero

que el vestido permanezca, pretina,

lentejuelas y abalorios, sostenidas

todas sus costuras

por el hilo blanco de la trama

de una vida que ya no fue la nuestra.

En cualquier momento

podría ponérmelo y volver

a la persona que fui

como a la página favorita de un libro

que amamos y de tanto leerla se abre

exactamente en el mismo sitio.

Poder decirle al tiempo: esto.

Este instante que no pasó. Que siga

pasando para siempre.


O tal vez sería mejor las polillas,

en la noche perenne y polvosa de los armarios,

se alimenten de él a demanda

como de leche materna

dulcemente añejada en encaje y muselina.

Para que crisálida y oruga

crezcan y de la tela, antenas,

se conviertan en lo que deben ser

y vuelen, ala con ala, se levanten.

Serán la vida no vivida

que tomó vuelo y desenvoltura.

Serán ellas descendencia. Llevarán

mi vestido de novia

por los aires, volando

más ligero que nunca,

traducido a nutrientes,

sustento, sustancia de otra vida

a la que no le pondremos nuestro nombre.

Serán lo que no fuimos.

Porque no es absurdo ni terrible

querer que los insectos

sean lo único

que sobreviva de nosotros.


(De El reino de lo no lineal, FCE 2020)



Manual para sostener niños pequeños

para Aurelia


A mi amiga le da miedo cargarlos

y la entiendo: ese peso incierto entre las manos,

todo calvicie, boca y uñas diminutas.

Aparte están las tías que siempre dicen:

pero que no se le vaya la cabeza.

Luego, hay que pensar en tantas cosas,

dar soporte a la espalda, prevenir que lloren

y no olvidar la leche que hierve en la cocina.


No sé si estamos hechas para tanto ajetreo,

no nos damos a basto con nuestra poca vida

y casi siempre es suficiente el ruido

de la página en blanco, el guión

que en la pantalla pestañea su paciencia.

Nos basta el sonido que hacen las palabras

unas contra otras como cuentas de vidrio.

No reconocemos el llanto de los niños.

No podemos leer su partitura de corcheas.


Para ayudar a mi amiga a superar su fobia

le digo que piense, al acoplar su cuerpo,

en el doblez del brazo, firme y relajado,

de quien escribe inclinado a la mesa.


Aún así, tiene miedo mi amiga

de esos escuincles que se retuercen

y empeñan en caerse, que son todo

jabón que se escapa entre manos,

nombres resbalosos, cosas

que se rompen de un grito

contra el suelo.


Es conveniente

afianzarlos al pecho

para que nuestro latido parco los arrulle

y, si estamos de pie, hay que mecerlos

como quien, indeciso,

no sabe hacia dónde dar el primer paso.


Y las flores en carne viva de sus bocas

abiertas, imperiosas, es mejor no verlas.


Son movimiento hirsuto, retruécanos.

En sus encías de tiburón germinan

dos mudas de dientes, sus huesos

son maleables como plata fundida.

No hacen más que morirse

a cuentagotas, devorar los minutos

con su llanto asombrado.

Son todo comisuras, cromosomas,

y ya los lleva lejos el latido

limpio y ágil de su corazón,

diminuto reloj empedernido.


Pero habrá sin embargo

que cargarlos, sostener

esos sus cuerpos tibios

de pan recién horneado.

Y renegar de su ciega autonomía,

sus ganas de escaparnos desde ahora.


Son tan ligeros y sin embargo pesan.

Quizá es eso de cargar la vida ajena,

tener en brazos su cuerpo de ventaja,

sin otro remedio que desistir un poco

de uno mismo, ser de la estatua

la base, la columna,

ser de otra vida un personaje secundario,

una vigilia remota y no tener palabras

para nadie ni conocer

la forma del consuelo.


(Planetas habitables, Almadía 2023)




Sobre la autora |

Elisa Díaz Castelo. Autora de Malacría (Sexto Piso, 2025), Las fuerzas débiles (Vaso Roto, 2024, escrito junto con Adalber Salas Hernández), Planetas habitables (Almadía, 2023), El libro de las costumbres rojas (Elefanta, 2023), Proyecto Manhattan (Antílope, 2021), ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020 por El reino de lo no lineal (FCE), del Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 por Principia (Elefanta) y del Premio Bellas Artes de Traducción Literaria 2019 por su versión en español de Cielo nocturno con heridas de fuego, de Ocean Vuong. Ganó el premio Poetry International 2016. Además de los dos libros de poesía de Vuong, ha traducido a Natalie Diaz, Li-Young Lee, Roger Robinson, Renee Gladman y Edith Wharton. También se encargó de la traducción al inglés de las letras de LUX, de la cantante Rosalía. Con el apoyo de las becas Fulbright-COMEXUS y Goldwater, cursó una maestría en Escritura Creativa con especialidad en poesía en la Universidad de Nueva York (2013-2015). Poemas suyos aparecen en Letras Libres, Nexos, Hispamérica, La Revista de la Universidad, y Revista Sibila, entre otras. Su trabajo ha sido antologado en Voces Nuevas (Torremozas, 2017), El ensayo, num. 2 (UNAM 2021), Poesía 01 (UNAM, 2025), entre otras. Ha sido residente de la Casa Estudio Cien Años de Soledad, obtuvo la beca Jóvenes Creadores del FONCA en tres ocasiones y de la Fundación Para las Letras Mexicanas durante dos años consecutivos. En 2018 fue seleccionada como una de las dos poetas jóvenes de América Latina invitadas al Festival Internacional de Poesía que se celebra en Trois Rivières.

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