Cinco poemas de Densa caótica plenitud de Natalia Leiderman editado por Santos Locos en 2024.
selección por Nadia Sol Caramella
voy a cruzar la noche para salir
desembocar para nacer
en una ciudad que no conozco
faroles rezan encorvados
hoteles enfatizan
la vida débilmente, hace frío
y los edificios se me hacen
de bruma
de humo
y esos negocios cerrados pero encendidos
a quién miran qué ven
las ciudades son un ojo tan
abierto, tan
impiadoso
mil cosas despiertas hacen
actos complejos, piruetas
para nadie, voy
rotunda hacia adelante, no estoy
sola: hay tantos
viajantes en silencio, y afuera
autos: amarillos blancos rojos nuevos
desvencijados. Algo rechina y apagan
las luces. Es como si nos enviaran
al fondo del mar, como si dijeran Hora
de desvanecerse. Son paréntesis
que nos regalan
(¿están hechos de oro?)
...
otro caballo cruza la ruta
es marrón con un desliz plateado, va lento
como un sueño, y tiene el perfume espeso
de esa lentitud. Cuando frenamos no modifica
ni su paz ni su paso
y recién cuando vuelve a tocar
el pasto, del otro lado, galopa.
Se aleja.
Podríamos haber muerto pero no lo mencionamos.
No importa lo que podría haber
pasado sino lo que pasó.
El destino es tajante y amoroso.
Lo saludamos con la mano. Adiós, caballo,
adiós
...
es la primera vez que siento la tierra temblar
quizá no es cierto que sea la primera, pero sí la más intensa
hoy dijimos tembladeral, dijimos
montaña rusa. Recordamos que a veces el miedo
se mezcla con la diversión. No esta vez.
Solo es miedo. El miedo tronándolo todo
mientras las flores caen como plumones
vertiginosos por la sacudida
mientras la ropa adquiere un vuelo insospechado
y la boca y los ojos no saben
a qué mueca acomodarse: todo
está en peligro
...
la lluvia que me sanaba
ahora es la fritura
de mi desvelo
suena como telón de fondo
ya no como canción de cuna
ya no como hechizo
¿así va a ser?
¿todas las cosas
irán perdiendo
su efecto?
...
irán quedando pedazos de mí a lo largo de la tierra
en los lugares más íntimos y más públicos
por las ciudades del norte
y del sur
siempre es otoño
las finas capas de mis órganos caen
y luego crujen en el suelo
bajo el peso ligero de los transeúntes
en cada acto de amor estallo
como una granada
y después de la sobremesa
–una vez digerida la muerte–
me recolecto, metódica y mansa
pero estoy empezando a perder la paciencia
tengo un fuego y un miedo grande
por los años futuros:
cómo serán las próximas casas
los próximos almuerzos, sin lengua
sin manos
cómo serán los próximos hombres mujeres
que me desvistan
y qué pasara cuando quiera armarme
y no encuentre, por ejemplo, el corazón

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