por Enrique Decarli

Es la tercera vez que escribo sobre la obra de Ariel Bermani. Creía conocerla. Al menos leí todo lo que publicó y una parte inédita. Pero la edición de No sé nada de ballenas (Santos Locos, 2017) viene a confirmarme que no. Que me equivoqué. Porque es verdad eso que decía mi viejo: “Los amigos, igual que los jueces, fueron hechos para fallar”.
Antes de conocer a Ariel, leí Leer y Escribir y Veneno. Me acuerdo (acabo de chequearlo y es así), que la solapa de Leer y Escribir decía: narrador y poeta. Y fue cuando me enteré que se publicaba este libro que caí en la cuenta: a lo largo de su obra, que incluye libros tan disímiles como Inochi Wa Takara (crónicas) y el inclasificable Procesos Técnicos, no aparecía la poesía. Tampoco, nunca, salvo escasas excepciones (“Querosén”, por ejemplo, incluido en Ciertas Chicas), en las reuniones de escritura que compartimos durante años surgió nada parecido a un poema.
Sin embargo tengo la prueba enfrente mío, desde la frase inicial de Darío Cantón: “Me prometo desde ya no nombrarte / hacer que mis poemas / te sean fieles de otro modo”. Bermani siempre fue un excelente lector de memoria prodigiosa. La primera sensación que me deja un libro de él (éste no es la excepción), es que me robó el epígrafe.
La poesía de Ariel Bermani se ocupa de los instantes mínimos que cualquiera se negaría a escribir; incluso a reparar; apenas dejarlos pasar, dejarse vivir, y que él descubre, procesa y devuelve convertidos en poemas. Béla Bartók transcribía, e incluía en sus composiciones, el canto de los pájaros: Nada puede perturbar este momento. Pareciera que Ariel se escribe a sí mismo (o al instante en que la poesía –o el canto de los pájaros- se le revela); pero no: el poema tiene una destinataria: Quiero estar ahí / donde vayas / Llegar antes / Esperarte. 
Borges, en el epílogo a El libro de arena, declara que el tema del amor es común en sus versos; no así en la prosa, que no guarda otro ejemplo que “Ulrica”. Con la obra de Bermani pasa algo similar. No es que en los otros libros no aparezca el amor. Aparece en clave imposible. Un problema irresoluble. La más barata de las religiones. En ese sentido, No sé nada de ballenas es, en el contexto de esta obra de diez volúmenes, un libro revolucionario que celebra el amor (Estás más cerca / de lo que imagino / Por eso voy preparando el mate) en un mundo de ventiladores, libros, amigos, cervezas y no mucho más. Eso, tal vez, alcance. Y en una sociedad posmoderna donde el norte es el consumo, esa postura es más filosófica que poética. Ética, diría. La aspiración de que las cosas, al fin, se vuelvan más naturales: como ir hasta el kiosco / de la esquina a comprar chocolates, hacen de este nuevo libro una apuesta audaz.
Y así llega, Bermani, al fatal cruce de caminos al que una noche llegó Henry Jekill. Hasta hace unos días, que compré el libro en la última feria, Bermani, para mí, era uno; ahora es dos. En ejercicio de una buena alquimia, la aspereza que alguna vez supo darle a los personajes de su narrativa, fue transmutada en este yo poético: Todo lo que escribí hasta ahora / se fue desvaneciendo.
Volviendo a Borges: Felizmente, no nos debemos a una sola tradición. Podemos aspirar a todas; a mirarse de reojo, por ejemplo; a espiarse, haciendo el esfuerzo de que nadie se dé cuenta. En esa línea, No sé nada de ballenas inaugura (al menos de manera pública), una nueva senda en la literatura de Ariel Bermani, que, incluso, proporciona pistas acerca del carácter de sus personajes de narrativa: No sé, en realidad, si se trata de frialdad / o es sólo la distancia necesaria / para preservarte, / para protegerte de mí. Esos versos, descontextualizados, bien podrían servir de interpelación del autor a Basilio Bartel. A Quique Domingo “Veneno”: Hacés bien, al cuidarte, un poco, de todos / pero, en especial, de mí.     
Me acuerdo que, en primer año del conservatorio, cuando me dieron El libro de Ana Magdalena, de Bach, por la sencillez de las piezas supuse que Bach lo había escrito de joven. Me equivocaba: si bien se trata de un libro didáctico, fue escrito por Bach en plena madurez. La sencillez tampoco era tal: era la condensación de su experiencia en un nivel de síntesis que permitía acercar, al estudiante inicial, una de las músicas más hermosas e inspiradas que se hayan escrito. 
Lo mismo ocurre con este nuevo libro de Ariel Bermani. Está lleno de cosas de antes / imágenes, palpitaciones / que reconcilian los años, la austeridad de lenguaje, la economía de recursos y el arte de elegir la imagen justa (total). Ese ojo envidiable, de arquero o halcón. Desprovisto de ornamentos que enturbiarían la máxima aspiración que creo descubrir en él, No sé nada de ballenas hace que las cosas sean más simples. Más lindas. Más felices. 
Otra cosa, no sé.

Rafael Calzada,
16 de junio de 2017.    

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