[Roberto]

Viviste en el inframundo mexicano
juntándote con una caterva de poetas andrajosos
hasta que volviste a tu país
pero te recibieron con cárcel y carabinas,
decidiste entonces dejar la noche chilena
y bañarte en las tibias aguas de Blanes
cuidando de tu madre enferma
durante un no muy amable invierno catalán
en el que te congelaste las manos escribiendo
sin parar para darle de comer a tu hijo.

El éxito te era esquivo, los editores
(los que luego te alabarían)
te rechazaban ignorando tu genio
pero siempre creíste que jugarías en primera
a pesar de ese cuervo nazi 
que te comía el hígado.

Y escribías adictivamente
como un yonqui sin dormir y sabías
que tus libros quedarían
pero no te la creíste nunca.
Cuando te preguntaban en que andabas:
“escribiendo una novelita” respondías
y al convertirte en salvaje 
te llegaron los laureles
pero seguiste trabajando duro para dejarle
el sostén asegurado a tus chicos.

Recorriendo el desierto de Sinaloa en un Impala destartalado
buscabas a la mujer que te había tenido por Cesárea
y descubriste que lo importante no era encontrarla
sino más bien que había algo lúdico en el camino recorrido
que se hacía duro a causa de ese hígado marchito que heredaste
tal vez de tu padre boxeador. Ese hígado que no alcanzaría 
a ver tu gloria.

¿Acaso te faltaron 2666 días más de vida?
(acaso no te hacían falta)
porque vos sabías hacia dónde estabas yendo
vos sabías que llegarías
hasta esa estrella distante.

1 comentarios:

Hugo Zonáglez dijo...

Muy bueno este homenaje simple y profundo.

Saludos!

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