Si supieras, Bárbara, que ayer por la noche soñé con vos. Y que hasta en sueños estás lejos.


Estábamos en lo que parecía ser una fiesta, o alguna celebración de índole desconocida. Estábamos en dos extremos distintos de la misma habitación. No recuerdo haberte hablado, ni haber escuchado una sola palabra salir de tu boca. Hasta en sueños estás en silencio, mi frágil debilidad, y aún así la ternura en tus gestos no conoce parámetros. Ahí estaba yo, llevando a cabo un minucioso escrutinio de tu semblante con intención de descifrar algo de correspondencia entre tus pausas, tus suspiros, tus miradas tan llenas de todo. Sin éxito, por supuesto: la distancia, el ruido, la gente circulando constantemente, y el alcohol (sobre todo el alcohol) entorpecían mi tarea. Luego todo registro se pierde y hacia el final del sueño, nos cruzabamos en las escaleras del porche de la casa. Vos volvías hacia adentro y yo, por el contrario, salía. Yo ya no era el mismo, era apenas un niño y me alejaba del brazo de mi madre.


Como en la mayoría de los casos, al despertar, todos estos hechos, dotados de la fugaz lucidez de lo onírico, fueron perdiendo sentido a medida de que el día avanzaba implacablemente. No estoy seguro de haber entendido del todo, ni me interesa demasiado volver sobre ello ni un paso más allá de esto que escribo.


En este instante, en el asiento de adelante hay una mujer leyendo la Biblia. Levanto la vista, intento reconocer algunos fragmentos de lo que está leyendo, pero no hay caso, la letra es demasiado chica. Al mismo tiempo pienso que te conozco tanto como conozco a aquella mujer, o a cualquier desconocido. Y lo que es peor, que cualquier desconocido te conoce de la misma manera en la que yo te conozco.

1 comentarios:

Belén dijo...

Que cercano siento el relato y real y semejante a mi y a mi vida. Por favor, ¡cuantas verdades! Un aplauso escrito para el cuento.
Clap, Clap, Clap.

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