“Día de los enamorados”, botón de encendido: prendes el televisor, nada nuevo para ver.
Vas al Msn y no hay nadie con quien hablar. Salís a la calle sin un mango en la cartera, esperas encontrar a alguien o que alguien te encuentre y en cambio escuchas el eco de una voz en tu cabeza, es la tuya, aunque no quieras aceptar lo sola que estas.
Caminar, caminar, dar vueltas, respirar, salir un rato de vos, mirar.
Hace un rato que doy vueltas por la plaza de Hurlingham, observo a una mujer sentada detrás de un árbol, otra medita sobre un banco y en el centro varios chicos con gorrita y zapatillas caras escuchan Regeeton en sus Gileras.
Hay poca luz porque ya es de noche. Pero los mosquitos son visibles, hay muchos, demasiados.
Hace calor y tengo sed. ¡Bebedero de heladería gracias por existir! Vos amigo pobretón sabes de lo que te hablo. Hay miseria por todos lados, ya es parte del paisaje. Pero yo busco otra cosa. Algo que me saque de la rutina, hace dos días que no duermo a causa de mi imaginación prolífera. La historia de Abelardo y Eloisa es una constante. Juntos desafiaron las leyes de gravedad, dejaron el peso de lado y un viento los voló, aunque estuvieran muy verdes para dar siquiera un paso firme sobre la tierra.

Todo comenzó un día de lluvia, en este mismo lugar, los dos charlaban de música, cuando comenzó a llover. Ese día se miraron distinto, una mano fue más de allá de los límites de un short. Una caricia seguida de un beso tímido en la mejilla. Tres manos y otra perdida en los pechos de la chica. Ganas y apuro, subieron a sus bicis y fueron a la casa de Abelardo.
Llegaron mojados, hacía un poco de frió. Eloisa entró primero y comenzó a sacarse la ropa hasta llegar al baño, ahí permaneció desnuda. Detrás de la puerta entreabierta, sacó una mano y espero que su amigo le diera ropa seca. Él en cambio la tomó de la mano y la ayudo a salir. Ya afuera, la beso en la mejilla. La boca de ella, se deslizo hasta la boca de él. La lengua viril del chico camino por los labios carnosos y rojos de ella. Eloisa se aferró con sus manos a la espalda de Abelardo y subió la pierna izquierda luego la otra rodeándole la cintura. Pequeños besitos y caricias le desdibujaron las marcas del corpiño.
El amor ahora tenía nombre y cuerpo, la sexualidad se abría de piernas a sus gestos tímidos, habían esperado la pubertad con dolor, y un dolorcito más los acercó a un mundo nuevo. Eran dos vírgenes prendidos uno en los brazos del otro. El ruido de la lluvia sobre el techo parecía el tacho de la batería de las canciones de Fun people, que retumbaban a todo volumen en las paredes de la habitación.
Por suerte no había ningún familiar en la casa. El mundo, ¡la vida! era un lugar perfecto para ellos. Fumaron marihuana, sacudieron sus cuerpos un rato más sobre la cama y al fin todo estaba dicho. Faltaba algo: irse. Buenos Aires no es un buen lugar para un amor tan inocente y ellos lo sabían, se vistieron. Abelardo agarró lo necesario y salió. Subieron a sus bicis y la lluvia seguía igual de insistente pero no sería un impedimento para nada, el camino estaba trazado, solo debían pedalear.

La remera de la chica estaba mojada y el short todavía tenía partes secas debajo de las piernas. Había pedaleado bajo la lluvia hacia varias cuadras. Su bicicleta se agitó sobre el asfalto mojado. En la esquina de una calle de adoquines buscó la manera de adelantarse a Abelardo, al hacerlo, lo vio sonreír al cielo. El gusto dulce de la lluvia le empapo los labios. Ya faltaba poco para llegar, tenían que cruzar una avenida, doblar y hacer tres cuadras más. Pasó un camión de basura y lo siguieron. Dos recolectores agarrados del estribo del camión, le dijeron cosas a la chica, debajo de la remera amarilla sus pezones brotaban fulminando la tela. Una remera mojada sobre un cuerpo femenino pareciera dar permiso, a ciertos hombres, de vociferar barbaridades. Avergonzada Eloisa dio la vuelta y su amigo la siguió. Estaban juntos en esto, a donde ella iría, él también. Tenían sus bicicletas, ropa, una carpa, algo de plata y en unos minutos, tendrían dos pasajes de tren.

Esos chicos de 15 y 16 años siguen construyendo una vida en mi imaginación, viajo con ellos de vez en vez, hoy fueron un alivio. Vuelvo a casa porque los mosquitos están insoportables. Mi familia me espera a comer, ya tengo 23 años y creo que la adultez es cuestión de actitud y que el amor es cosa de coordinación, no hay personas adecuadas sino un momento adecuado para dos.

4 comentarios:

omar sisterna dijo...

uh!!! esto rozó un rinconcito de mis recuerdos... me pasó algo perecido, la pucha... cuando se fué mi amiga, me dejó el odio a los seudo hippies.
Quería seguir leyendo esta historia!!!!

la prometida del rey de los locos dijo...

Más allá del paso del tiempo, lo más lindo que hay es crecer aún guardando esos momentos adecuados, a la espera de su instante...

·sofía ele· dijo...

Con tus escritos, nena, me pasa de querer seguir leyendo más y más ...

Nadia Sol dijo...

Omi por casualidad ese recuerdo no me lo contaste?
Es más para q no odies a ningun neo-hippie voy a escribir un final perfecto para vos:
Desde el tren veian por la ventanillas como el espacio recorrido iba apilando minutos, horas, tiempo, pasado, en muy poco tiempo llegarian a Viedma, ahi los esperaba un amigo.

ya, intalados ABelardo comenzo a hacer changas: ayudante en un taller mecanico, jardinero, ocasionalmente cartonero y Eloisa cuidaba a una nena del barrio.
Pasaron 5 años, como el amor se alimenta de la rutina, a veces eso satisface en este caso, no. Eloisa deja a su novio, que ahora era un neohippie, que planeaba irse a vivir a San Marcos (Cordoba)...Lo deja por un pintor de buenos aires, de la zona oeste!... pero tiempo después, quiza la nostalgía del primer amor, los una, si es que la vida no lo hizo dos extraños...

ojala q este final te agrade! jejeje paz y amor para ti y los neo-hippies!

Sofi: deberia escribir cuentos más largos? o es cuestion de que los termino muy rápido? se agradece un comentario al respecto.

nati: Mientras no idealices la espera, y no sea una espera pasiva...esperemos entonces!

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