Ezeiza, Provincia de Buenos Aires.


Querido Hermano:

¡Cuánto tiempo sin vernos! Al fin pude ubicarte. Veo que estás lejos en el espacio y en el tiempo, y mi memoria va perdiendo los rasgos de tu cara. Es una pena.
Hoy me levanté decidido a escribirte y ponerte de una vez por todas al tanto de mi circunstancia, a la que dedico muchas horas de reflexión.
Hay días que me siento un desgraciado y me arrebata el pesimismo, otros días tengo un buen ánimo y puedo sonreír. Vos sabrás juzgar mi situación, de eso estoy seguro.
Llegó el día de darte este relato que tanto te debía.

No quiero confundirte. No intento hacer sociología de la salud ni un estudio del comportamiento de las personas frente a la adversidad, sólo que no puedo sortear algunos detalles. Voy a hablarte de un hospital privado, de prepagas carísimas —mi única experiencia en hospitales y trabajos—, un hospital clase A, como más de una vez escuché en algún pasillo.
No fue hace mucho. Trabajaba de camarero, encargado de servir la merienda y la cena a los pacientes. A veces me sentía el camarero de un hotel, transitorio como todo hotel, pero en el que los turistas recibían visitas, regalos, anhelos: Que te mejores, que se te nota mejor la cara, que ya tomaste color, vas a andar bien, y ese tipo de cosas.
Otras veces me sentía en una especie de purgatorio donde no se debate entre el cielo y el infierno —a todos les está prometido algún tipo de cielo— sino más bien entre el cielo y la tierra.
En fin, un hotel-purgatorio: así me gusta llamarlo.
Durante el trabajo conocí de cerca a algunos pacientes. Los veía todos los días a la misma hora. Conocía sus nombres, sus apellidos, sus amores, sus horarios, sus dolores. Incluso algún que otro paciente-turista confesó que ya era una costumbre en su vida, como lo eran las rutinas médicas o un desesperado pedido de morfina.
Rubén era uno de esos pacientes. Se había roto una pierna. Vino a operarse a este hotel porque era de los mejores en la especialidad. Se recuperó sin problemas, ya está de vuelta en su pueblo.
Aquel día (imaginate un día común, entré a la habitación de Rubén con las bandejas de la merienda) me encontré con las dos camas vacías. Escuché ruidos que venían del baño. Me acerqué hasta una pequeña repisa, apoyé las bandejas. Vi en la cabecera de una de las camas un cartelito que decía: RUBÉN, TE DESEO PRONTA RECUPERACIÓN. FUE UN GUSTO CONOCERTE. Firmaba Ernesto, su compañero de habitación. Supuse que no habían tenido tiempo de despedirse, es algo que solía pasar. Rubén habría salido a hacerse un estudio mientras Ernesto se iba de alta. Otro detalle era el armario de Ernesto, esta vez cerrado.
—¿Buscás algo?— dijo Rubén. Salía del baño, llevaba una toalla colgada en la cintura y el torso desnudo tapado de pelos.
—Nada— le dije— vine a lo de siempre. Leía el cartelito…
Rubén estaba indignado. Fue hasta la repisa y espió en la bandeja de la merienda.
— ¡Merienda de mierda!— dijo.
—Yo no la preparo —le dije—, podés ir putear a la cocina.
Me enojé. Hubiera sido mejor irme pero me tentaba la idea de una posible discusión.
—Estuviste fumando —le dije para atacarlo.
Y era cierto, cuando entré sentí una ráfaga de humo de cigarrillo que venía desde el baño.
—¿Qué carajo te importa?
—No se puede fumar acá— le dije.
—No puedo salir de acá, ¿dónde querés que fume? Mejor andate.
—Estás mal porque se fue tu compañero. ¿Yo qué tengo que ver?
—¡Andate!— me dijo, derrotado.
Había dado un golpe bajo: más de una vez dijo que sufría la soledad.
Rengueó hasta su cama y guardó el cartel de despedida dentro de un libro de Auster, sobre la mesa de luz.
—Salí, salí de acá… haceme el favor.
Le hice caso pero mientras salía me tiró un muletazo al tobillo, se dio vuelta, abrió un cajón y sacó una faca. Sin más opciones lo arrebaté, me tiré encima de él, caímos al piso, algo se rompió en el camino. Pensé en mi familia, en un abogado y muchas otras cosas, cuando alcé la vista y miré por la ventana, también pensé, ¡qué hermoso día!
—Soltame, rata de ciudad— me dijo. Levantó el tono. Se venía una difícil.

Despacio, con la delicadeza de un insecto a punto de atrapar a su presa… así se me acercó por detrás el jefe de enfermeros. Había escuchado los gritos de Rubén. Dijo que no le gustaba que molestaran a los turistas, que ese era un hotel serio. Me dijo:
—¿A vos te parece, hombre, fajar a un tipo convaleciente?
Me tomó del cuello y me revoleó. Casi vomito. No me animé a putearlo, sólo le señalé la marca de la muleta en mi tobillo.
—Con algo tenía que defenderse— me dijo el enfermero, piadoso.
—Claro— le dije.
El enfermero se fue. Me quedé callado juntando las monedas de propina que se me habían caído. No eran muchas.
Estábamos arrepentidos. Rubén me señaló una última moneda debajo de la cama. Creo que hasta me pidió perdón. Después caminó hasta la ventana apoyado en una sola muleta. Me miró para que lo mirase, iba a decir algo:
—¿Sabés lo que pasa?— Ahora miraba por la ventana que daba al jardín central del hospital— hace un tiempo Ernesto me prometió que saldríamos de acá juntos. Prometió irnos a vivir a mi campo. Dijo que me quería, que quería formar una familia, se comprometió a todo eso, después se retractó, como si nada, y se fue. Ahora soy yo el que se va. Quizás algún día vuelva —dijo rejuvenecido—, los médicos insisten en hacerme algunos chequeos más, por el momento vuelvo a mi pueblo, a mis campos. No es que la ciudad no me guste pero uno está acostumbrado a otro tipo de vida… —se volvió hacia mí— Tomá.
Me entregó su faca.
—Quiero que la tengas, me di cuenta de que no sabés pelear. Un día te la van a dar feo. Si quería te clavaba, ¿sabés?
—Andate a la mierda— le dije. Después la tomé, en actitud conciliadora.
—ME voy —dijo—. Ernesto me gustaba y también se fue. No quería irse conmigo, ¡no!, nunca me quiso —concluyó.

Salí de la habitación. Estaba tenso, me dolía el cuello y tenía los nudillos raspados. Rubén lloraba. Esperé unos segundos en el pasillo delante de la puerta. Hasta pensé en volver a entrar pero sería mejor dejarlo solo. Seguí con las dos habitaciones que me faltaban y a los otros pacientes que preguntaron por los gritos les dije que fue una pequeña discusión. No quise entrar en detalles.
Cuando me iba del piso noté que me esperaban el jefe de enfermeros y un tipo de seguridad. Me llevaron hasta la habitación de Rubén. A medida que nos acercábamos su llanto aumentaba.
Apenas me asomé a la habitación vi el cuerpo de Ernesto tendido en el piso, ya muerto, con varias puñaladas. El armario estaba abierto de par en par. Rubén explicaba algo a una enfermera. Me vio asomarme y retrocedió espantado. Después dijo, señalándome:
—Fue él. Entró muy nervioso, le dije que no me gustaba la merienda, ahí nomás me puteó y se me tiró encima, es un loco… menos mal que llegó el enfermero. Pero ni bien el enfermero se fue (creí que ya era suficiente, que nada más era una ralle) siguió con los insultos. En ese momento Ernesto salió del baño y este loco se puso peor. Nos amenazó y… lo apuñaló. Hasta quiso guardar el cuerpo en el armario pero no pudo. Se fue, como si nada, a terminar la ronda. ¡Está loco!
Busqué en vano con la mirada el libro de Auster que guardaba el cartelito de despedida de Ernesto. El armario estaba abierto y tenía charcos de sangre que iban por le piso como pequeñas islas hasta el cuerpo apuñalado. Miré al de seguridad: Soy inocente, le dije. Lo dije por decir algo, se sobreentendía que ese psicótico desvariaba y le echaba la culpa al primero que pasara.
—No pude haber hecho algo así —le dije al de seguridad—, no tengo rastros de sangre, revisame.
Cuando me encontraron la faca llamaron a la policía, estuve dos horas, demorado en el hospital, después en un calabozo —no podría decirte el lugar— hasta llegar a esta celda. Unos días más tarde pregunté cuánto tiempo había pasado desde que entré a la habitación a llevar la merienda hasta que me detuvieron. Veinte minutos, dijeron. También expliqué que no maté a nadie, que no causé ese gigantesco horror, pero no pude demostrarlo, hermano, no pude.

3 comentarios:

David Rojas: El cerdo sin galera dijo...

Genial.

xoana velez dijo...

el escena de la pelea es muy buena. me encanta tmb la comparación con el hotel y como dspues deja de ser un hospital y es directamente un hotel

la prometida del rey de los locos dijo...

Muy buena historia! Me gustó mucho.

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