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Estas son algunas fotos del domingo, pronto subiremos más. Los Indies queremos agradecerles a todos los que nos acompañaron, Galatea explotó de arte, Clowns, literatura, música y sobre todo de mucha alegria...gracias gracias gracias!

Gracias: Galatea Arte Bar, grupo clown: Los petecos, a nuestro músico amigo: Charly. Al Grupo Indie: Xoana Vélez, Cristian Franco, Leandro Rossi, Martín De Vita, Lautaro Menú, Carlos Bonadeo, Lucas García y Nadia Caramella. A los que leyeron, a los amigos, conocidos, desconocidos, artistas, colgados, a todos los seres H que estuvieron dispuestos a pasar un bello Domingo del Sombrero. Brindemos por muchos más....









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Cada vez que oigo la puerta de casa, la empiezo a odiar intuyendo su llegada. Con esa vieja odiosa el sexto sentido no me falla, la veo entrar y como si yo misma estuviera fuera de mi cuerpo, veo las contorsiones de mi cara intentando simular una mueca amistosa, imposible.
¿Pero que podía hacer? Es una mujer sola y anciana, sufre del corazón, no puedo ser tan inhumana, dejarla a la buena de dios sería algo terrible. Si fuera esa mujer con olor a colonias baratas de Avón mi mama, ¿acaso me gustaría la dejaran sola?
La vieja llegó eufórica, eran las 16.30 si mal no recuerdo, gritaba:
-¡Nena, nena! ¿Estás? ¡El 38, me lo perdí! ¿Nena?
-Si, Amelia. Acá estoy ¿Qué pasó?
Dos horas la escuché relatar un episodio de suerte y de números, que bien podrían concluir en una oración: ¡No- agarré- el- 38-, en- la- matutina- y- eso- que- pensé- en- jugarlo- un- rato- antes! Pero no, la vieja se obsesionaba en hacer un relato absurdo que yo debía escuchar ¡Por dios!
Me dijo:
- Prendé la tele, poné Crónica. Jugué un numerito a la tarde… a ver si sale.
Apenas puse el canal, ella tuvo ganas de ir al baño. Cuando volvió le dije que su número había salido a la cabeza de la nacional, pero que no estaba segura porque justo se había cortado el cable. Salió corriendo muy exaltada a cobrar su supuesto premio.
Pobre.
Se fue a tiempo para que pueda ver a Rial tranquila. Ese programa me devuelve de alguna manera a lo que siempre anhelé: que cada famosa me cuente sus historias, como si yo fuera parte del gran elenco del espectáculo.
Cuando termina, no queda nada para ver, salvo el noticiero o algún programucho. Aprieto el botón rojo del control remoto y ahí estoy yo de nuevo, reflejada en la pantalla negra, en una casa miserable, donde sin glamour recorro las baldosas negras y blancas, buscando unos verdes reconfortantes.

-¿Nena?
-Ya le abro Amelia.
Ahora toca la puerta antes de entrar, dice que tiene miedo de darme un susto y que no se perdonaría hacerme algún daño. Después del ataque al corazón que sufrió cuando fue a buscar aquel premio, está muy pendiente de las emociones fuertes. Quiere una vida sin sobresaltos para poder seguir viviendo.
Evita asustarme para no asustarse ella, esa es la verdad. La entiendo: esa siniestra forma de aferrarse a la vida, a mi vida, a las charlas sin sentidos y a los mates amargos. ¿La culpa me hizo entenderla? Que más da, pronto yo también voy a vivir de esas charlas, de esos mates, de alegrías ajenas, quizá de mis hijos o de un final feliz de alguna novela. Quién sabe, tal vez alguien encuentre debajo de esta ropa asquerosa a la mujer brillante que siempre fui.

Porque antes de tener a mis dos hijos, a los 16 años, pedía a los santos que nunca me convirtiera en mi mamá ni en las vecinas chusmas de sus amigas. Esas mujeres que tanta repulsión me generaban al saludarse deteniéndose una en la vereda de la otra, para intercambiar palabras vacías que a nadie podrían interesar; mi cuerpo se anclaba entre la escoba de mi mamá y la manguera de mi vecina. Era un cuerpo tieso, que por un supuesto respeto magnético, no podía retirarse.
Perdían horas hablando del tiempo, de la novela, del programa de Tinelli y bla. Mi adolescencia se acurrucaba en un rincón para imaginar entre rezos una vida exitosa.
¡Ojalá nunca fuera como ellas! Pero Amelia logra de a poco que yo ceda a la conversación. Logra casi por un juego de manipulación siniestro y de cansancio mental, introducirme en su mundo.
Mientras tanto sigo tocando mi cuerpo frente al televisor, deseando al galán de turno. Viendo como me besa apasionadamente por la espalda. Mi sexo de cara al piso, mis dedos cansados de autosatisfacerme; o apretar botones; o lavar la ropa.

Y luego, cuando ya sacié mi ser: nada…o tal vez alguien…

-¡¿Nena?! ¡abrime la puerta!
-Si, Amelia. Ya voy.
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Un moreno con piel de chocolate se cae a un pozo color azul y negro. Termina de caer y se encuentra con San la Muerte. El moreno para la lengua por el filo de la guadaña, pero no se corta la lengua; entonces, sin éxito se despide comienza a marchar por un camino empedrado co adoquines de miel sólida.

Hacia el final del camino hay un paisaje sublime, pero el moreno no lo vislumbra porque sus ojos son tan blancos y, por eso, su ceguera es tan fuerte que se le imposibilita la mirada desde tan lejos.

Transitando va el moreno, cantarín, con una galera de etiqueta en la cabeza hasta que una pequeña oruga gorda con corbata de moño en el cuello se lo interpone en el camino.

- Bienvenido, mi negro-moreno.
- Muchas gracias.

Y cordialmente, el moreno baja su galera y sigue su camino.

Pero mas adelante, un conejo le interrumpe el transito pidiéndole referencia.

- Pero Sr. Conejo, yo estoy mas perdido que usted, intento llegar al final del camino.
- De veras que esta teniendo Ud. Un gran sueño. Nunca llegara al final del camino Sr. Moreno.


Horas más tarde; un moreno dominicano se despierta en una humilde pensión de algún sábado por la mañana; con todo el sol de febrero golpeándole el rostro. Él se levanta y abre un paraguas de terciopelo rojo con adornitos dorados y sale a la calle a protegerse de los rayos ulltravioletas que atraviesan la plaza de once.
O alguna otra.
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Por aquello que fueron nuestras grandes victorias, hermano,
brindemos una vez más.
Hagamos fiestas por las viejas fiestas,
y volvamos a festejar
por aquellos instantes eternos, hermano…
Venga el tiempo a encontrarnos juntos en las calles,
siendo peligrosos para la gente otra vez.
Escondiéndonos de la policía.
¿Te acordás, hermano?
Y aquella era d(r)o(g)rada de los rocanroles:
todo antes de que la herida se nos abra;
todo antes de dejar ir a los pibes;
todo antes de terminar la secundaria.
Y no me vengas con que “demasiada nostalgia”.
¡Eran de oro esos momentos, hermano!
Y no se si nos mataron o los matamos
pero ahí siempre van a estar esperándonos que los queramos recordar.
Yo digo que volvamos un rato para allá, hermano,
que la vida nos tenga miedo de tanto vivir.
Brindemos una vez más.
Con las mismas copas, con los mismos vinos;
en las mismas noches hasta los mismos soles;
y el mismo dolor de ojos,
¡una vez más hermano!
¡una victoria más hermano!
¡Otro rocanrol!
Quiero morir festejando que mi vida fueron nuestras fiestas,
un instante más para la eternidad,
una noche de olvidos para recordar.
Y VICEVERSA.
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Sé que si no escribo hoy voy a morir.
y que si me quisieras ya estaría muerta.
mañana consumida.
mañana descartada.
me niego.

Anoche comimos la última dulzura que nos quedaba,
después te burlaste de mi forma de hablar.

Me tomé el palo,
el tren a alguna parte,
con la boca sucia de amor
y la misma remera de ayer.