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[Micro-excursiones] es un cuestionario que va en busca de escritores, con el fin de conocer sus ficciones personales. Es una adaptación, algo transgredida, del cuestionario Proust. Las preguntas son simples e impersonales, pero a la vez pretenden ser un disparador. Es el primer cuestionario en donde las preguntas no importan. El merito y la inventiva corre por cuenta de los escritores.

[Autosemblanza

Admirador del silencio y de la verborragia. Lector empedernido, escritor siempre en formación y dibujante obsesivo. Organiza Festín Mutante, ciclo mensual de poesía y narrativa contemporánea desde el año 2010, pensado no sólo como una forma de difusión alternativa de la literatura actual y de emergencia para nuevas voces sino también como hecho artístico, instalación visual con cruces de lenguajes, obra sonora participativa y punto de encuentro.


[Micro-excursiones]

1. ¿Qué condiciones se tienen que dar para que empieces a escribir?
Cuando el momento llega no importa nada, a veces hay como una necesidad urgente de plasmar una idea que después se trabaja. Cuando ese momento de trabajo se busca es diferente, necesito tener a mano todo lo que me gusta: objetos, discos, algunas imágenes, y saber que no voy a tener interrupciones, la noche se presta más para eso.

2. ¿Cuál es tu héroe o antihéroe de ficción favorito?
Todos los personajes interpretados por Bill Murray o Rick Moranis son siempre mis favoritos, hasta en las películas que pueden resultar malas para algunos…Larry David haciendo de Larry David en Curb Your Enthusiasm es muy bueno también. Todos héroes y antihéroes a la vez.

3. ¿Qué talento desearías tener?
Hacer todo lo que me gusta como Messi juega a la pelota, pura magia y humildad.

4. ¿Cuál es tu posesión más atesorada?
Un autógrafo del Loco Gatti, año '95.

5. ¿Cuál es para vos la manifestación más clara de la miseria?
Vivir del trabajo de otro o de las desgracias ajenas.
  
6. ¿Cuál es la cualidad que aprecias en los seres humanos?
Toda nuestra debilidad, nada como la osadía de quienes se saben débiles.
  
7. ¿Cuál es habitualmente tu estado mental?
eeeehhh?… aaaaaaahhhh sí!…  pará! cómo???

8. ¿Cuál es tu idea de felicidad?
Real: asados y cervezas con amigos; Ideal: helados y chocolates gratis a toda hora y en cualquier lugar.

9. ¿Cuál es tu mayor miedo?
No presenciar la mejor revancha de la naturaleza. 

10. ¿Cuándo y dónde fuiste más feliz?
Espero no saberlo aún… Pero hace poco fui extremadamente feliz bajo el cielo estrellado del desierto, vi toda la galaxia y me sentí por primera vez parte de un universo gigante. También soy muy feliz cada vez que veo a mis amigos, aprendo mucho de ellos. Y ser hincha de Gimnasia me hace trágicamente feliz, siempre y en todo lugar, aunque no todos sepan entenderlo.

11. ¿Qué libro que hayas leído te hubiera gustado escribirlo vos? 
Muchísimos. Es difícil elegir uno y además no podría hacerlo mejor que sus autores entonces para qué escribirlo yo; pero supongamos que cualquiera de Libertella, Calveyra o Carlos Ríos, por ahí pasa la literatura que me atrapa y me gusta. De los más mencionados, Aira, Houellebecq, Bolaño… Hace poco leí "Literatura Argentina" de Pablo Farrés, el tercer capitulo de la segunda parte comienza: "Como a todos, lo único que verdaderamente me asusta es el dogmatismo: ahora mismo estoy muerto pero de un modo no dogmático. Nunca me avergonzó mi pasado porque en todo caso sería avergonzarme de una parte muy grande, acaso travestido, quizás oculta y secreta, de mi vida actual; no sólo nunca me avergonzó sino que aprendí muchas cosas y entre ellas la más importante de todas: aprendí a no ser, en todo caso aprendí a ser en el modo de no ser"…es muy bueno, entra en la lista definitivamente. Y podría seguir con varios más.

12. ¿Cuál es el peor libro de la última década?
Todavía no se escribió y lo pienso hacer yo, "el peor libro de la última década" suena atractivo y letal.

13. ¿Qué texto (cuento, libro o nota periodística) no volverías a publicar? ¿Por qué?
Estas respuestas entran? me arrepiento al toque de todo, todo el tiempo.

14. ¿Qué disco te hace sonreír?
Todos los discos de El mató me hacen sonreír de felicidad y amor.

15. Si sufrimos un ataque de Godzilla y tenés la oportunidad de salvar de sus garras a una banda o músico, ¿a quién salvarías?
Al que además tenga la mayor cantidad de horas en videojuegos, ese nos salva a todos…sé que algunos de El mató andan bien para eso también.

16. Si después de muerto volvés convertido en zombie ¿a quién morderías primero?
Iría de una por Messi, lo quiero siempre en mi pandilla sea como sea. 

17. En tu última obra ¿encontraste la palabra justa para decir lo que querías?
Por suerte sí, era ktmsdubajsnd

[Contacto]
https://www.facebook.com/FestinMutante.
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[Sobre el artista]

neurona cósmica 
Mi nombre es Emir (Neurona Cósmica) y soy una especie de dibujante, entre otras cosas que disfruto hacer,
como salir a pintar las calles y hacer un poco de música insensible..
Vengo de la ciudad de Viedma, sur pat-agónico.
Dibujo porque es unas de las pocas formas que encuentro para expresar algo que da vueltas por mi cabeza.
Me gusta explorar entre los colores e inventar personajes todo el tiempo.
Participé en diversas muestras tanto colectivas como propias en la patagonia,
También fui parte de un grupo muralista con el que recorrí varios lugares.
Actualmente estoy realizando pinturas e ilustraciones, y algunos comics que están por llegar.


[Contacto]
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por Enrique José Decarli

“…se quedaba pensando, los ojos fijos atravesando la pared y yéndose,
yéndose más lejos y más lejos,
tratando de encontrar algo, una esquina posiblemente,
o una noche entre muchas noches,
o un; algo, algo más importante que instantes o tropiezos…”
Angélica Gorodischer.

Al Rafa lo conozco desde la secundaria. Hicimos juntos de primero a quinto. Todo hicimos juntos, en realidad. Al menos todo lo importante y cuando nos pasó por primera vez. Por eso me entristece pensar que pronto se va a ir.
El fondo de su casa da a un terreno baldío. Ahí debutamos con dos chicas del colegio. El Rafa siempre tuvo debilidad por el baldío: pasa la mayor parte del tiempo. Cada vez que voy a buscarlo a la casa, la madre se asoma por la ventana, corre las cortinas y dice, A la vuelta, está a la vuelta. Dice a la vuelta como si el brazo en alto, trazando un semicírculo hacia la derecha, después de veinte años, no fuera suficiente y yo me pregunto por qué sigo yendo primero a la casa en vez de ir primero al baldío. Entonces doy media vuelta manzana, y encuentro al Rafa tirado boca abajo, entre pastos altísimos. Los codos apoyados en el piso. La cabeza sostenida por las dos manos, mirando el tránsito de las hormigas, despejándoles el camino al hormiguero. También puedo encontrarlo parado, abstraído. Cortando caña tacuara con la navaja. El Rafa todavía hace las mismas cerbatanas que hacía para llevar al colegio y tirar papel masticado contra el pizarrón.
Durante la primaria el Rafa rodó, año a año, de colegio en colegio. En el `86 llegó al colegio que iba yo y ahí se quedó, supongo que porque se hizo amigo mío, pero esto sólo lo supongo, en verdad no lo sé, nunca se lo pregunté. Después rodó otro tanto, de facultad en facultad, que fue abandonando sin terminar primer año. Y sigue. Rodando, ahora, de trabajo en trabajo. La semana pasada volvió a renunciar. Por eso creo que pronto se va a ir.
Cumple años el primero de abril. Dice que tiene mi edad, y en la torta que le hizo la madre para el último cumpleaños, dos velas celestes ―un tres y un seis― formaban el número treinta y seis. Yo no estoy tan seguro. El Rafa carga un cansancio que parece de otra vida, de otro mundo. Lo noto en la manera de caminar. En la mirada, se le nota. Si me dijeran que tiene novecientos años como Yoda, lo creería, pero él dice treinta y seis. Antes de que apagara las velas le dije esto de Yoda. Se rió. Se acomodó el mechón de pelo que se le cae sobre los ojos. Acercó la cara a la torta y sopló. En medio del canto de feliz cumpleaños y los aplausos, con las luces todavía apagadas, al oído, me dijo: Yoda es sabio, ¿sabés? Y yo no aprendí a vivir. Lo abracé y le di el regalo. Visions, el cd de Stratovarius. Me agradeció y dijo que era una lástima. No podíamos escucharlo porque se le había roto el minicomponente.
Me quedó eso de que no aprendió a vivir. Creo que es verdad. No se amolda, el Rafa. Nunca nada le viene del todo bien. Ni las mujeres ni la familia ni las facultades ni los trabajos. Lo domina, digamos, una especie rarísima de ansiedad. A veces me dice que el tiempo se le va de las manos. Que se le agota. No entiendo mucho qué quiere decir y trato de no preguntar. Sólo en el silencio el Rafa se abre, me cuenta, de su vida y su búsqueda. Igual se encarga (o le sale) de hablar, en términos muy ambiguos, de viajes, equivocaciones, cosas que si me contara no le creería. Una vez le recomendé un psicólogo. Me miró hasta el fondo. Me partió en dos como diciéndome: No entendés nada, chabón. Y es en esa ambigüedad. En ese No entendés nada, chabón, donde aflora el secreto de Rafa, el que todavía no se anima a confiarme y quizá nunca me confíe pero yo sueño.
Hubo otra vez que me perforó con la mirada. La intensidad fue la misma aunque sin desprecio. Sin ese No entendés nada, chabón. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la boca insinuó una sonrisa. Tomábamos mate, en la plaza, sentados contra un árbol. Al pasar, le había dicho:
―Rafa. A veces pienso que sos de otro planeta.
Se quedó cabizbajo. Un palito de helado entre los dedos revolviendo la conchilla. Cuando los ojos se le secaron, el ensayo de sonrisa se borró. Levantó la cabeza.
―Sí…, claro ―me dijo―. Si me arrancás la piel, abajo soy un lagarto. ―Y sacó la lengua doblada en punta.
Nos quedamos hablando de V, Invasión Extraterrestre. A él le gustaba Lidia, la rubia; a mí, Diana.
―Qué boludez ―le dije―, Rafa.
―¿En serio crees que es una boludez? Lo de los extraterrestres…
Tendría que haber aclarado que lo que me parecía una boludez, ahora, a los treinta y seis años, era el programa, V, los lagartos esos. Pero le dije qué se yo, y la conversación quedó ahí.
Sobre el tema del otro planeta volví un par de veces porque el Rafa, por ejemplo, vamos por la calle y, de repente, se frena. Todo lo alto que es se queda mirando algo aparentemente lejano. Los ojos se le llenan de lágrimas. La sonrisa quiere volver a asomar. En una aproveché, la imagen era exacta. Le dije que me hacía acordar a Rantes, el loquito de Hombre mirando al sudeste. Me dio la impresión que no había escuchado. Cuando volvió del ensimismamiento, me miró. Me mandó a la mierda. Creo que porque nunca le gustó el cine argentino. Pero yo sé que un día voy a ir a buscarlo a la casa y el sueño va a ser real:
La madre se asoma por la ventana. A la vuelta, dice, a la vuelta. La voz del Rafa llega desde el fondo del cañaveral. Como en trance, llega, por lo lenta. Y como poseída, por lo grave. No entiendo lo que dice. Abro las cañas y las hojas secas crujen bajo mis pies. Cada vez que el Rafa deja de hablar, me freno. Despacio, penetro el cañaveral y el secreto del Rafa, el que todavía no se anima a confiarme y quizá nunca me confíe pero yo sueño. El cañaveral da lugar a un claro abierto a corte de navaja. Rafa, sentado en posición de loto, de espaldas a mí, no nota mi presencia o no le importa. Toda su atención parece puesta en una especie de radar hecho con el minicomponente, invadido de hormigas que miran hacia arriba. Al cielo. El brazo derecho del Rafa levantado. El índice señalando, la primera estrella de la tarde.
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Tree Art Print
by Nick Douillard

Cualquier viento
agita el árbol
al que trepamos
para que todo quede atrás

Allí los días duermen
como manzanas
que en su cansancio
se dejan caer

Parte de esa quietud
sembró un olvido
del que hoy brotan
ramas
y ramas.

[Accidente]

La tarde es un pájaro
que me arrastra
en su descenso

Quisiera ser su impacto
una sensación plácida
cuando golpee la tierra

Ser todo este parque
entre tanta gente
en calma
intenso

Y temblar así
de frío
como si fuera
la capital de Islandia
una ciudad
sin otras aves a la vista

Anhelo mi propia caída libre
yo, el accidente
nadie más querría saber
cómo logré llegar tan alto.

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Crónica de una de esas noches de invierno en el bar Pura Vida, el semillero del indie platense.

por Matías Fernández Feldman 

En esa pequeña brecha que divide lo real del sueño más profundo  pude entenderlo todo. Y ahí estaba yo, junto a los músicos, los fotógrafos, los diseñadores, periodistas,  hippies, locos; y todos querían abrazarme  para contarme en que se estaban metiendo ahora, de que iba esa nueva aventura demencial  y artística que los había atrapado para hacerlos perder la noción del tiempo. Me levanté, deje el pijamas bajo el jean gastado, y comencé el recorrido hacia la reunión de las almas románticas que me esperaban en el bar de siempre, frente a Bellas Artes, con su fachada ajada por los años y la humedad en las paredes colándose sin pagar la entrada. Me esperaban, y yo no los quería hacer esperar.

La ciudad de La Plata no es una más, es un lugar donde lo raro es normal y lo normal busca desesperadamente transformarse en algo más. Es la ciudad donde los jóvenes-y no tanto-  tienen una historia en común, un romance con la metrópoli que los vio nacer o que los recibió como estudiantes En este lugar mágico  todavía permanece vigente esa rara manía de fermentar la música en el aire. Como una bebida espirituosa que mejora su sabor en la soledad de un mono-ambiente sin limpiar; una parte importante del rock producido en la ciudad que aún mantiene la distinción de saberse independiente en lo creativo y poco sumiso a los dictados del negocio musical. Hay que entrar al cuadrado y no salir de él ( como se dice popularmente al que se encuentra “desconectado” del mundo), para ver qué es lo que está aconteciendo. La imaginación vuela por las diagonales, subida al 214 hacia el centro de Plaza Moreno y vuelve, multiplicada, con el brío de lo miles de jóvenes que en su seno deambulan  en bicicletas viejas, gambeteando con maestría  los adoquines rotos que amenazan filosos a las llantas,  esas piedras castigadas por el tiempo y que, para la tristeza del paisaje, son continuamente reemplazadas por el pavimento.

Quiero que comprenda el lector de éstas líneas que significa aterrizar con 17 años en esta tierra donde lo creativo se respira en el aire, en esa voluntad de querer ser autónomo y destacarse por instinto en lo que uno hace, de querer mostrar, sobresalir por encima de la media costumbrista  que los padres pretenden o alguna vez soñaron, por el solo hecho de no conocer como son las reglas de este mundo cada vez mas aburguesado y demandante de éxitos impalpables y efímeros. Buscando un estatus social absurdo que nada tiene que ver con la realidad que se vive, carente de amor y rebalsada de egoísmo.

Del Sur de la Patagonia a la ciudad en que años atrás brillaron Los Redonditos de Ricota, La Cofradía de la Flor Solar, Virus, Los peligrosos gorriones, Estelares y tantos otros artistas que dejaron su sello en la historia de la música y las artes en general. Porque el rock siempre se caracterizo por estar en permanente tensión con otras disciplinas que surgen del corazón.
Allá, en General Roca, todo era diferente. El hermetismo de la gente que se codea con la naturaleza agolpándose por las bardas rojas de “nuestra” cordillera y el Rio Negro   perdiéndose en el horizonte. La nieve que solo es nieve más allá de Bariloche y que ahí, en General Roca, no pasa de un par de copos aguados de un color desteñido. Las siestas post almuerzos que dejan a la ciudad que vio nacer a Teté Custaro sumergidas en una quietud que asusta y sorprende a los turistas de la capital. Aquellos porteños que vagan intermitentes por los hoteles tres estrellas de la ciudad de las rotondas, radicales corruptos y la Fiesta Nacional de la Manzana. Quizás esa sorpresa fue proporcionalmente inversa a lo que yo sentí hace 6 años, cuando me mude a un minúsculo departamento cerca de Plaza Paso.

 Allí en mi ciudad no existe, todavía,  esa inquietud por lo nuevo. Lo artístico carece de una impronta novedosa y cae en la repetición de una formula vencida que, sorprendentemente, gusta y conforma a aquellos que no pudieron, o no quisieron, salir a explorar más allá de su barrio, conformándose con “lo que hay”, sin proponerse nuevos horizontes, nuevas culturas, frescas ideas.

Y en el sueño todo, pude darme cuenta del significado de ese bar que mira con su pecho apuntando a Plaza Rocha, con sus puertas altas partidas al medio color marrón y el portón, a un costado, negro, salvador en la desesperación de una emergencia edilicia o placentero en las noches de verano, cuando abre sus puertas para repartir el aire a los personajes que transpiran la pista de baile y mojan el parquet. Ese piso de madera que guarda miles de historias,  lastimado por los “pogos” de la gente de los jueves, los zombies de los viernes y los guapos que llegan al sábado con la energía ficticia que producen las drogas. Pura vida lleva de nombre propio, antes Flamingo, antes no se qué calificativo Punk. Distintos nombres para un espacio que, para mí, representa lo que esta ciudad es en su esencia y que nunca cambio su objetivo: difundir y generar arte.

Cruzando las puertas de de Pura Vida se pueden ver las paredes adornadas por espejos  que reflejaban el verde brillo de las estrellas y lunas fluorescentes colgadas del techo, quizás con la intención de generar la controversia  de ver un cielo abierto sin sentir el aire fresco de una tierra desierta, con la idea de subir al cosmos sin una nave espacial. Todo se vuelve confuso y entre el humo de tabaco y porro se alcanza a leer un cartel sobre el escenario que no hace mucho bautizaron con el nombre de Federico Moura, que rezaba “Toda mi pasión se elevara viéndote actuar”. Conciso y directo.

Y sobre las tablas de ese espacio suena una de las bandas más platenses de todas, los 107 Faunos. Grupo de amigos que se conocieron  en los pasillos de Bellas Artes, ahí en frente, cruzando la plaza de los lápices, a menos de medio tema en la consola del dj. “Fluo destello 1990, serpenteando la 52,
el sol rosado de la periferia ilumina guinches y palas mecánicas. El arrullo de eslabones de cadena, pedaleando por 56, en un túnel de hojas verdes, árboles torcidos que flamean.” Cantaban esos Faunos  con la furia  de un condenado,  hinchando las  venas del cuello al punto máximo de su elasticidad, antes de hacerlas explotar y salpicar de sangre las caras del público más fiel que arenga con una sonrisa homogénea la frase que describe fielmente a la ciudad que todos aman.

El olor siempre fue el mismo en esta fiesta de los desconocidos y los muy amigos, fresco y limpio al principio, cuando todo está impecable y la gente todavía no se hizo presente. Luego va mutando con el correr de las horas y la noche, transformándose en humedad mezclada con el pegajoso olor de desodorantes baratos. Pero en este lugar el sentido del olfato queda en un segundo plano cuando la música  se dispara por los parlantes puestos  estratégicamente por todo el lugar y te llena los oídos dando comienzo el entretenido juego de señas y muecas, con la esperanza de una comunicación fluida que nunca llega a serlo.

Templo de vanguardia y semillero del sonido indie, no por nada es vitoreado hasta el cansancio por los músicos que lo frecuentan, Pura Vida se expone como deseo de felicidad y se erige como augurio para una nueva y mejor vida. Escoltando con sus emblemáticas calaveras en lo alto de su entrada, en esas puertas de la percepción de las que hablaba Aldous Huxley, el signo de una nueva alianza.
Magos, fuego, wisky, putas rock, todos se mueren por ir a la fiesta de todos los días en este lugar. Lesbianas, punks, metaleros y el pelado que vendía panes calientes a la salida de la Facultad de Humanidades, todos están presentes en esa situación dual en la que no sé bien que es verdad y que es lo inventado por mi cabeza ya aturdida.

Con un aire de nostalgia de lo que acababa de pasar me voy caminando por esa bohemia diagonal que horas antes me llevo al comienzo de todo. Todos deben sentir lo mismo que yo en ese momento, cuando el Sol se está desayunando algo caliente y lee el diario orgulloso de su responsabilidad. Alguien con la boca llena por un choripán con excesivo chimichurri  y totalmente desalineado gritaba algo: “Dios, el día fue tu error” y todos se largaron a reír dibujando gestos raros en sus caras, con las pocas fuerzas que aún guardaban bajo la piel fría del amanecer en invierno. Otros prenden un fuego al costado del único árbol de la plaza, todavía no se ha acabado la fiesta para ellos. Y mientras busco el norte que me lleve a mi cama un auto me acorrala contra una pared. El grafitti de Mariano Ferreyras me mira con los ojos perdidos y es testigo del atropello de aquellos borrachos que se pierden buscando, casi con seguridad, algún lugar que polarice su festejo, por lo menos un par de horas más.