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[Sobre el autor] 

Santiago Fredes (1985). Nació, vive y trabaja en Tigre, Pcia. de Buenos Aires. En su niñez aprendió viendo a su padre trabajar , Dago Fredes Zuñiga. Está finalizando la Licenciatura en Artes Visuales, IUNA. Es Ayudante de Cátedra en el IUNA, da clases de dibujo en Zona Imaginaria e integró la Red de Murales de la Municipalidad de San Fernando. Desde 2007 integra Niños, grupo multidisciplinario y proyecto de autoedición junto a Darío Fantacci y Pedro Mancini, publicando la revista Ultramundo y participando de la FLIA. Seleccionado para la becha FNA-ECUNHI / 2010. Análisis de obra con Luis Felipe Noé. Actividades recientes: Salón Nacional de Artes Visuales 100°, Palais de Glace; Parque Colonizador, La Dársena; VI Bienal Internacional de Arte SIART, La Paz, Bolivia; El último libro, Zurich, Suiza, curado por Luis Camnitzer; El Famatina no se toca, ATE-CTA, Capital y Chilecito, La Rioja; 1er. Premio XIV Salón Primavera de San Fernando; 1er. Premio Salón de Arte Contemporáneo de San Isidro.

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Dicen que el sol era naranja,
y las mariposas rojas y amarillas

La naríz le sangraba
pero no sangre
sinó poesía

Sin embargo no le dolía

Rodaban las rodajas de sandía

En el cenit del sueño
me las comía

Había un cuadro gigante
hecho con calcomanías

El payaso falopita reía

 
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En los bordes, un gesto: Atada a la reacción. Una vista previa de la antología de poesía unisex de la editora Nulú Bonsái.

Por Nadia Sol Caramella

Atada a la reacción, más que una antología es un gesto poético donde las ánimas de toda una generación se autorepresentan evocando las contradicciones de la existencia contemporánea: devenir poema a pesar de una ciudad opresiva, a la vez que fascinante.

Todos estos poetas son bichos de ciudad, pero reniegan de ella; por eso revitalizan desde la palabra cada mínimo rasgo de naturaleza, que encuentran entre tanto ladrillo. Como una flor nacida en una grieta del pavimento, subsistiendo a pesar de las miserias urbanas, el imaginario que recorre la mayoría de los poemas se ancla en el rescate de cualquier pedacito de naturaleza, de vida: “el árbol de enfrente de mi casa/ lo es todo” escribe Sebastián Goyeneche. Unas páginas antes, Julia González advierte: “Si ves que está lloviendo, no pongas música al palo. / Menos si es reguetón. / Porque lo lindo de la lluvia es escucharla. / Ni hablar si la ventana está sobre la cabecera de la cama y el comportamiento de las sábanas es agradable”. En semejante escenario, una bocanada de aire fresco: una hojita de menta asoma casi imperceptible. El poema se tambalea en el ambiente hostil, rosa lo natural y dice con la voz de un pequeño aullido: “La menta se pone grande y en los días más calurosos las hojas miran la tierra”.

En medio de la ciudad aturdida y aturdidora, del encuentro con las mínimas expresiones de la naturaleza nace la poesía: “Un árbol se muere/ y nadie lo entierra. /  Su único hueso queda ahí/ desnudo todo el año”; estos versos del poema “Jardinería cero”, de Carla Sagulo, van al recate de esas imágenes que casi siempre naturalizamos, creyéndolas obvias. 

Pero también salir de la zona urbana es una promesa de creación poética. 1900 kilómetros más allá Patricia Pietrafiesa se encuentra con el silencio norteño, tierra fértil para el poema, que muere diciendo “El destino perdí el 6 de enero en Retiro, / ahora contemplo las piedras solitas que se consuelan en silencio esperando el anochecer/  y el cardón sin flor revienta…/ En el mismo silencio nos callamos los dos.”

Atada… es un encuentro de miradas algo desencantadas, sí,  pero sin ningún vestigio de tragedia. Al contrario, ante tanta maquinaria opresiva estos poetas son conscientes de que su única venganza es ser felices. Y la poesía es el abismo a donde van a parar todas sus insistencias.

Los poemas remiten al hoy, una época en la que formas de vida emergentes se contraponen a viejas hegemonías. Sebastián Bruzzese ilustra esto en su poema “Ciencias duras”, donde con cierta ironía se bufa de las reglas de los seres vivos, que nacen, crecen y se reproducen, evidenciando es sus versos lo tontas que pueden ser las reglas y las fijezas del imaginario capitalista: “yo, / como todo ser vivo, /debo atenerme a las reglas (…) reproducirme/ y morir / para reproducirme/ debo reproducir mis condiciones materiales de existencia, / pues a un hijo hay que alimentarlo/ con el devenir pan del trabajo alienado/ la muerte será un juego/ y mis hijos/ testigos de un cuerpo que se irá marchitando/ con las estaciones del año/ o sin ellas.“

Esta antología/gesto, tal como su nombre lo indica, más que una acción es reacción. Por un lado, reacciona frente a los estímulos contemporáneos. Y por otro, es una respuesta a incógnitas y acciones previas, un homenaje a Patricia Pietrafiesa, activista de la ideología punk, icono del “Hazlo tu mismo” en el Río de la Plata. Atada a la reacción es la continuación de una acción y de un pensamiento.  

Estas ánimas no buscan ser vanguardia, sería estúpido si así lo hicieran, más bien son el símbolo escrito de un arte que quiere transgredir ese arte sabiéndose arte. Se trata de una poética apilada, yuxtapuesta, una reacción colectiva y contemporánea, que escribe como el río, que inunda sus costas desdibujando sus propios límites, es puro gesto y ahí radica su mayor logro.  


 [Más sobre Nulú Bonsai]

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Jonas Carping, cantautor sueco, sorprende con Underground, el EP adelanto de su primer disco solista.

Por Joel Vargas

Varias voces enamoran por su caudal, registro y, sobre todo, por su personalidad. Podría hacer un listado extenso, pero mejor nombro algunos de mis preferidos: Eddie Vedder, Bob Dylan, Neil Young y Tom Waits. Si algo une a este grupo de músicos es el folk, todos son héroes de ese estilo, guerreros de las seis cuerdas de nylon. A esa lista sumo un cantautor que me atrapó por su garganta poderosa: Jonas Carping, oriundo de Estocolmo, Suecia. Acaba de editar Underground, un EP adelanto de su primer disco solista, All the time in the world, que va a salir en septiembre próximo. Carping no es nuevo en el universo del folk, ha editado varios discos con su banda The Glade, despuntando el vicio del rock y teniendo como referentes a Bruce Springsteen, Noel Gallagher, Leonard Cohen y, a los ya mencionados, Dylan y Young.

Las canciones de Carping son como pequeños sorbos de un buen whisky añejo. Tienen melodías que saben a madera noble y que remiten a esos guerreros legendarios del folk. Las letras parecieran escritas después de recibir una golpiza en el alma. Si no, vean como le quedó la cara a Jonas en la portada del disco. Ahí está él, sobre fondo blanco: un vikingo sueco con el ojo morado, dispuesto a atestiguar sus vivencias, como buen crooner de amores salvajes.

El tema que le da nombre al EP es, quizás, una de las más hermosas canciones que han sido compuestas en lo que va de este año. Los rasguidos son simples pero encantadores, junto a los arreglos de cello y violín terminan por encender el ruego: “don’t leave me underground”.

Underground sigue con “Sideways” que profundiza la senda folkie introspectiva, luego llega “Whatever Nevermind” en donde una harmónica tímida marca la atmósfera del track. El álbum cierra con una versión despojada de “Märk Hur Vår Skugga” de Carl Michael Bellman, un importante trovador y poeta sueco. Encontrarte con la música de Jonas Carping, es como irte a acostar en llamas por la noche y al día siguiente, querer contarle a todo el mundo sobre tu nuevo descubrimiento. 


[Más sobre Jonas Carping]



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[Sobre Fiura]

Fiura es un proyecto editorial sin ánimo de lucro que nace como colaboración entre dos amigos. Ni revista ni fanzine, Fiura es un contenedor de pensamiento y reflexión. Bajo el imperativo ético y estético de explorar lo desatendido y lo minoritario, Fiura aspira a dar voz a interrogantes pendientes y exponer las manifestaciones artísticas y tendencias de la contracultura actual. Esa cosa que llamamos fealdad es nuestro número piloto, una tentativa de lanzarnos al centro del volcán. Estas páginas son una oda a lo incómodo, lo sorprendente y, sobre todo, lo feo, quintaesencia y metáfora de la voluntad del proyecto. En ellas encontrarán una pluralidad de voces y opiniones que configuran un esqueleto de psicología, cine y la literatura, cirugía estética, filosofía o moda, entre otros. Una reivindicación de las vías del saber artístico, el académico y el moral. En el mejor de los casos, una conciliación de las tres.


[Muestra/adelanto de Fiura]

Un chocho = una revelación
Por Martín Rueda

Se irguió. Sintió el alcohol sacando los últimos trastos de la mudanza fuera de su cerebro cuando miró hacia abajo y la vio a ella, la chica de la noche anterior. Una mujer. Una mujer sin más, finas piernas largas bien depiladas y blancas, un cuerpo. El objeto de deseo de hacía unas horas, de su yo de unas neuronas menos y unas copas más. Y allí tirada, Eva –pongámosle Eva– no se hubiera imaginado en un millón de años que, injustamente o no, a Laura –pongámosle Laura, a la contempladora– le inspiraría la reflexión más fea que había hecho en años: en la naturaleza está toda la fealdad arraigada. Lo pensó así, de una forma si bien no muy lúcida ya sintáctica, en una estacada de palabras que de pronto le sobrevienen a una al levantarse. Miró fijamente su pubis –el de Eva– y se propuso que aquello, o algo muy parecido, era el origen del mundo. Planteárselo por segunda vez, décimas de segundo después, le costó. No sabía si achacárselo todavía a un cocktail de espesor matutino común con evacuación de toxinas alcohólicas o a la dureza con la que atiza por primera vez una realización genuina. Qué coño estoy pensando, pensó, esta vez no lingüísticamente, más bien como una intuición abstracta. En la naturaleza está toda la fealdad arraigada. De repente su imaginación se introdujo por el pubis de la chica. Comenzó a ver, y en la mente resacosa, space trooper a las siete de la mañana, se le empezó a elaborar un campo semántico (semen, sangre, orina) horrendo, natural y horrendo. Los orígenes de la vida eran un asco; el placer máximo, el deseo sexual –¡que impulsa el mundo!– era un asco. Toda la vida en la Tierra encontraba su germen, su origen, en las cosas que la Humanidad a posteriori había decidido encontrar asquerosas. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Es la naturaleza inherentemente fea, fea y desagradable? ¿O somos los humanos idiotas, alienándonos de nosotros mismos y de lo más básico de nuestra condición?
¿Existiría algún ser vivo que no produjera excrementos?, elucubró, de repente con tantísima vividez, cada vez más despierta a causa de esta rampante epifanía. Con la mano en su propio coño, gesto inocente, pensó en lo feo del parto (menstruo, excrementos, inflamación), lo feo del sexo, lo jodidamente lejos que había quedado el nacimiento de una planta, con sus raíces y su barro y sus lombrices, del glamour que totemizaba la época.
Y luego se le ocurrió la respuesta a lo de antes –porque la gente piensa así, no como intentan vender la moto otros escritores, que parece que sus personajes piensen en MSDOS; no, no somos putas máquinas, pensamos las cosas desordenadamente, cuando se nos ocurren; y eso si las pensamos, que muchos ni eso, pero luego cualquier narrador te cuenta y hasta el secundario más parco tiene unas reflexiones de la profundidad de Stephen Hawkins; la mía piensa esto y ya está–. Volviendo al caso, se le ocurrió que probablemente lo que sucediera es que al principio todos estaban hermanados con la fealdad, la fealdad de la mierda y los partos y los excrementos y el pis y la suciedad de los que no se duchaban, que eran casi todos, pero que luego llegaría un listo –un genio o un cabrón– y se le ocurriría que para diferenciarse de los demás lo que podía hacer era dejar de ser como ellos: alejarse de la fealdad de sus compadres. Y en ese momento hizo un quiebro en la historia de la humanidad. Es que alguien, alguien en concreto, tiene que haber inventado la belleza, pensó ya de bajón, inmiscuida en un sendero de regreso a lo soporífero, grogui.
Y sin concluir nada se tumbó de vuelta en el pecho de Eva. En la naturaleza....Se durmió imaginando unas mamas por las que salía una leche amarillenta. Un niño aparecía llorando con la cara manchada de marrón.

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