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Revista de literatura, fotografía, reflexión y dibujo. Creada por Karen Vergara y Cecilia Ananías, estudiantes de Periodismo UdeC. ¡El especial de verano tiene tres partes y esta es la primera! 
Twitter: @RLetraMuerta
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Le canté al sol aún en la noche

Los labios y las palabras
juntos en el hablar

Cuervos de la noche
extrañas deidades del hechizo

Los ojos miran el camino

Melodía del viento

Vagabundo de la luz y de la sombra

La espuma blanca del cielo flota

Del crepúsculo a la noche
de la noche al alba

Los hombres y el cadalso
el mar y los barcos

El vino tinto sagrado
los libros y el banquete

Viajero de la eternidad

Marinero del Mar de los Sargazos

Estaba loco
hasta que perdí la razón para estarlo

Sumergido en la extrañeza
me quema el deseo de lo nuevo

A veces lo más deseado
es lo más siniestro

Los corazones sufren
la anemia de sentimientos

¿Dónde está la libertad?
¿Dónde la fiesta?

El baile sin verguenza
de la vida

La herida dulce
de la perdición buscada

Jinetes de la noche
clavando sus espuelas
a los caballos de la madrugada

Espíritus ardientes
drogados por la belleza

Escribir no lleva a ningún lado

Por eso escribo
dijo el poeta del zen
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Una película que se ha llevado todos los premios y que demuestra que nuevamente lo retro está de moda. Si hace unos años Amy Winehouse fue una verdadera sensación en la música, durante el 2011 The artist lo fue en el cine. 

Por Esteban Igarzabal


El periodo de transición entre el cine mudo y el sonoro ha sido un tema de interés a lo largo de la historia del cine. Las dificultades técnicas y las penurias que sufrieron  los artistas de aquella época, han captado la atención no solo del público sino también de los mismos realizadores. Los ejemplos más notables, sin duda, son Cantando bajo la lluvia (Singin' in the rain 1952) de Stanley Donen y El ocaso de una vida (Sunset Boulevard 1959) de Billy Wilder. La primera narra la difícil transición que debe afrontar una productora de cine mudo al pasar al cine sonoro. La segunda muestra los estragos que dicha transición provocó a varios actores y actrices, sumiéndolos en la total oscuridad y el olvido. 

Durante este periodo comprendido entre 1927 con la aparición de la película El cantor de Jazz (The jazz singer) y 1936 con Tiempos Modernos (Modern times) de Charles Chaplin, las dificultades técnicas fueron enormes en cuanto a métodos de grabación y sincronización de imagen y sonido. 

La negativa de muchos actores y actrices a querer ser parte del nuevo cine y -otro factor poco mencionado- la falta de voces apropiadas para la pantalla, provocó que muchas estrellas desaparecieran. 
De eso se trata el núcleo temático de la película El Artista (The Artist) de Michel Hazanavicius y protagonizada por Jean Dujardin como George Valentin, un exitoso actor de la era del cine mudo que sufre las peripecias de la transición.

La película es, ni más ni menos, una película muda. Perteneciente a un género ya extinto y del cual se han llevado acabo algunas películas o experimentos tratando de imitarlo. Pocas son las que se arriesgaron a mostrar esa estética en toda su magnitud de la forma que lo hace El Artista. 

El guión es impecable. Respeta casi a rajatabla el paradigma clásico de los tres actos. El cine de los últimos años se ha caracterizado por romper esa formula o en todo caso, por solaparla un poco. 
La historia  es buena, sencilla, en mayor medida melodramática, pero no deja de lado la comedia, con pequeños toques humorísticos propios del vodevil. 

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Parece simple trabajar sin música
  
Cuesta mirar cuanto te acompaña
un incendio.

Cuando los discos viejos inundan la casa.
Cuando las paredes se vuelven gigantes
y estás parado en medio

y
de pronto las medias se te mojan
sin razón, y sin razón también la luz se acaba.
y un barro antiguo se asoma bajo las señales.

Cuesta no cerrar los ojos
en la necesidad de detener algo.

Los techos de calamina vibran al compás de la lluvia

Lo mejor que puede suceder es el agua
corriendo en la cañerías
pero pocas veces suceden cosas buenas
en mi casa. Con la palabra amor se acaban
muchas palabras. las canciones y los bailes
de moda. hendiduras imperceptibles en los dientes
como colinas como elefantes blancos;
porque ya es costumbre acarrear tangos
en los baldes de agua. El frío
que se filtra por las grietas me amuebla la casa.
Y aunque es un desierto lleno de espinos y tequila

las musas bailan en mi pecho
al son del carro basurero y se ríen de mi falta de agallas,
de mi inestimable pesimismo al prender los cigarrillos.

Every time we say goodbye revolotea por la casa.
Con el tiempo también aprenderé a reírme.
Pavlov tenía algo de razón en ello.

Cuarto epílogo

Ya no lucha por llegar hacia las cosas.
Resbala por encima de su forma y su uso.
Dentro de los esqueletos hay claves
imposibles de percibirlas a contraluz.
Pueden ser un sonido, un eco giratorio.
Relojes amarillos alejándolo del amor,
ese invento centrípeto, entrópico, castrense.
Sueña como si fuese algo ya lejano
con la inquietud y el temor. Con el sabor.
Con el aire pesado de las sorpresas.
Dentro del océano de su incertidumbre
crece una burbuja a manera de idea.
La presiente, la acaricia, la paladea.
Si ensayase un movimiento los verbos
inquilinos de su dermis, dejarían de respirar.
Se propuso a si mismo abandonar en la orilla
las armas. Su revolución quechua.
Tiene filamentos fibrosos creciendo dentro
de su memoria, con forma de ataúdes
herméticos como poemas, etcétera.
Trata de olvidar, pero la certeza no es
como su amor, lo suficientemente angosta.
 De: Gavia

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[Sobre el autor]

Martín Zúñiga Chávez (Cusco, 1983)

Poeta, escritor y gestor de ideas. Realizó estudios en Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional del Gran Padre San Agustín en Arequipa donde fue parte del Círculo Poético Enroque. Su libro Gavia (Ediciones Fenit, Pamplona, España, 2009) obtuvo el “XXVI Premio Internacional de Poesía Ángel Martínez Baigorri” en España. En el año 2010 obtiene el Premio Internacional de Poesía Cope de Plata por el poemario Pequeño Estudio sobre la Muerte (Ediciones Copé, Perú, 2011).
El año 2011 gana el Premio Internacional de Poesía Joven “Martín García Ramos” en España y es reconocido en Perú con el Premio Nacional Juvenil de Poesía 'Javier Heraud'. Es miembro fundador y presidente del Centro de Recursos para la Poesía, entidad que agrupa a destacados artistas y gestores con la finalidad de crear espacios y sinergias entre los diferentes actores culturales y las instituciones públicas y privadas para trabajar proyectos de rescate y puesta en valor del acervo literario peruano. Dirige urbanotopia catálogo de poesía peruana contemporánea que puede ser consultado en el blog.

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Crónica en primera persona del momento en que Lucas se hizo canción.

Por Luís Pisani

Había empezado como una discusión. "Yo no lo conocía, pero era amigo de Romi. Ella lo encontró esa mañana en la estación de Padua y no tomó el tren por casualidad. Se había olvidado algo en casa. Pero él sí y pasó lo que pasó. También era amigo de Mercedes. Y de los chicos de Casa Frida. "No digás "era". Lo estás matando así", me dijeron en el tren. Estábamos yendo para Once, tarde. La manifestación empezaba a las siete. Yo contesté, sólo por pedantería: "Está catalogado como Desaparecido. Es un vacío, una no-persona. Ese es el sentido de la definición. Sólo encontrando su cuerpo recupera su condición de sujeto. Pero yo tengo fe, lo van a encontrar." Más tarde me sentí culpable por lo que decía.
     Recién un rato más tarde entendí que la que estaba usando era una máquina de muerte. Es decir, lo sabía. Fue una frase típica, de siempre. Pero fue recién ahí que de verdad lo entendí, cuando las puertas se abrieron y hubo gente que salió y gente que entró en ese bicho enorme que se seguía moviendo, como siempre, andando, alimentándose, jugando, la vida de las cosas, con su gemelo maligno muerto a un costado, su hermano, su imagen en el espejo, y sin embargo, ojos sordos, oídos ciegos y a otra cosa mariposa. Me dio asco, un asco doble. No se puede confiar en una criatura que no respeta a sus muertos.
     Once, estación. Una funda enorme ocultando el cadáver del titán: Cronos empachado. Y adelante estaba el hombre siendo ritual: rito de dos caras, las dos caras de la pena. De un lado la furia, el disconformismo y la voluntad de negar una impotencia aceptada. De ahí venía el ruido. No sólo de las chispas de las manos y las chapas y las voces que pronto arderían en plena estación para ser reprimidas por la fuerza policial. Del otro lado la esperanza que es espera, exhausta espera, y un amor y un apoyo que resuena en todos porque, como todo amor sincero, viene de un corazón roto. Los familiares, los amigos hechos desde antes y los que se hicieron después, todos compartiendo ese amor sin palabras, en un silencio de bocas que no saben qué decir porque lo que se tiene que decir, todavía no llega. Todos en el círculo esperando llenar la ausencia. Todos sumábamos Lucas.   
     Entonces ocurrió lo de la televisión. Eran las 19:40. Su foto estampada en plena pantalla y un subtítulo que lo volvía la víctima 51. Lo habían confirmado, pero a nosotros nadie nos dijo nada, y luego de tanta mentira inflando el aire no estábamos dispuestos a creer. Alguien vino y nos dijo que nos teníamos que mover. Habían dado la orden de desalojo, iban a reprimir. La estación se llenó de policías y todo perdió su orientación. Entonces algo se rompió. Un sello, algo. Los fantasmas de Once se liberaron. Una mujer se me acercó. Era la mamá de una nena, víctima de la tragedia de Cromañón. Un dolor actualizado y una herida que se abre. Demasiado cerca, demasiado ahí. Doscientos metros. La miré y me miró y un mismo dolor nos cruzó. Así como vino se fue. Para ese momento yo ya había perdido una amiga y otra que estaba del otro lado, en el andén 11, donde los policías nos prometieron que estaríamos bien. Gente iba de un lado a otro con la sensación de algo a punto de ocurrir. Corrí a la puerta, tironeo y afloje, tironeo y afloje y la policía me hizo pasar. Cerraron la puerta con mi amiga afuera. Los policías, amigos del blanco y el negro y las cosas claras, no entendieron. Discusiones sin llegar a nada y mi amiga se perdió. Entonces caímos todos en una calma extraña. Los ruidos se escuchaban distantes. Y luego el humo, el gas, las siluetas corriendo, gente saliendo por los andenes para respirar y escupir y llorar. Un policía  apareció ensangrentado, otro le pegó a un chico en el piso. Nosotros lejos. Ahí mismo y pero lejos. Con la espera encima. Finalmente trajeron la noticia. Para nosotros, recién entonces. Eran casi nueve de la noche. Me acuerdo que fue ahí que noté lo mucho que éramos, juntos, una pequeña multitud y una gran familia. No escuché las palabras pero sí la tristeza y así fue como me enteré. El llanto, los abrazos, los gritos y la bronca y la tristeza a flor de piel y en todos. El nudo en la garganta y un balbuceo general. Todos mal. El aire era de agujas que pinchaban los ojos y las lágrimas caían. Yo no lo conocía y los ojos me picaban de sal. Romi se puso a llorar por Lucas y por su otro Yo muerto en un tiempo paralelo, casualidad que simplemente se dio en no darse. "Yo me iba a subir a ese tren de mierda". Algo en ella moría también.
     La cosa en la estación se calmó y la policía nos pidió que abandonemos el andén. La calle estaba rara. Las patrullas y las ambulancias con sus luces nos iluminaban las caras. Nos mirábamos pero como secos. Todos secos. Lo dicho estaba dicho. Me senté en la vereda mientras miraba el resplandor de lo que de lejos parecía una batalla campal. Sobre Pueyrredón todavía latía un agite. Más tarde vería otra cosa en eso, el acontecimiento duplicado en su farsa: gente usando banderas que no eran las suyas, la policía exagerando y gendarmería desplegando su propio show de saltimbanquis. Entonces una chica se desarmó en lágrimas al lado mío. "Que vayan ellos a decirle que el padre está muerto. Ahora tenemos que ir nosotros. Cómo hacemos, Cómo hacemos". Me sentí una mierda por no saber qué decirle, por no poder decirle nada. Cómo emparcharle la herida si yo también estaba roto. Todos rotos. Aplaudiendo tristemente a ese familiar roto que se va. Pero también al amigo, al chico, al vecino roto que se fue, y también a nosotros: los rotos.  


Fotos: Lucas Poladian