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Señor tiene que traerme: el primer orín de la mañana, y venirse en ayunas ¿sí? A lo sumo café, mate o té, nada de sólidos, menos en su estado. Y no se olvide el carnecito de la Mutual y la papeleta roja a la que le va a tener que adherir una foto 4x4 en el cuadrito que tiene en la parte superior. Si es antigua mejor. Mírela un poquito para tener presente cuál era su cara antes de todo esto, se puede llevar una sorpresa. El Formulario de Admisión lo pide en el segundo piso, tercera puerta a la derecha, pregunte por Liliana. Los días y horarios que puede retirarlo son: martes, miércoles y viernes de 12:45 a 13 hs. Por favor, complételo sólo con sus datos, no nos interesan los de su ex.

Déjeme decirle algo, en realidad, tampoco deberían interesarle a usted… ¿Quién soy yo para darle consejos?, me va a decir ¿verdad? No es que una quiera opinar así por opinar nomás, pero sinceramente, podría cambiar esa caríta, que como su caso, se imaginará que hemos visto miles, y a la final, como dijo la Mora Furtado, el tiempo lo cura todo. Ya va a ver. Además es joven, pintón … tiene toda una vida por delante.

Ahora que lo veo en detalle, hasta desahuciado parece atractivo. Que llamativo ¿no?

Esto que yo le digo es un pálpito, porque el diagnóstico se lo va a dar el dotor cuando vea los resultados de los análises, pero no le doy mas de dos o tres añitos de duelo. Es lo normal en estos casos.

De todas formas, eso es harina de otro costal.

Sigamos.

Además de la papeleta roja, el Formulario de Admisión, el orín y la fotito 4x4, tiene que traer: las cartas que nunca le escribió, las fotos de esos viajes no hicieron nunca, y si tiene alguno de los correos electrónicos que se enviaba con el otro, del que tampoco nos interesan los datos de filiación, y por lo tanto denominaremos durante todo su tratamiento como El Tercero, ¿esta claro?. En un sobre papel madera, debe adjuntarme los TDK60 esos que me dijo que le grababa con música que le gustaba sólo a él.

Después, con todos los resultados de los analises, me llama y saca un turno para el dotor. Dígale que viene a cerrarse el plexo.

Que lo dejó su chongo y que no para de llorar. Descríbale lo síntomas, más que nada lo que me contó a mí. Supongo que si le aclara que llora cada vez que ve una foto de Baby Etchecopar, lo interna sin preguntarle tanto. Y déjese de moquear mijito, que ya se va a poner bién.

Una última cosita. Al dorso de este formulario va a encontrar unas palabras que escribió nuestro primer recuperado. No las tome muy en cuenta, porque tampoco es tan real que se haya recuperado recuperado. Preferimos decirle así, sino se nos vienen encima los de la Auditoria del Ministerio de Salud a preguntarnos que qué hacemos con nuestros pacientes, y no es cuestión. Hay muchas familias que comen de estos subsidios, ¿me entiende?. Así que sin chistar me lee todas esas palabritas inspiradoras. Es una simple formalidad, la psicóloga seguramente le pregunte algunas cositas del testo.

Que tenga buen día. ¿Familiares de Robledo? 



Ya no quiero leerte…

o en todo caso, descifrar que.

caer en la cuenta que

no tenerme es

como empastillarte para no desear,

no vaya a ser cosa que te lo permitas y el INADI te sancione por puto. 
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CURRICULUM
 
Maldita loser
De las avenidas orinadas
Paseando en la edad de la inconsciencia
Como “La” como “Él”

¿Y qué más le puedo decir?

Soy tan buena
Voy por la calle prestando mi hombro

Soy tan amigable
Me dicen hola
Les doy la fe

Soy tan romántica
Dejo mi amor sobre la mesa
Y miro con ojitos de quiltro
Esperando su respuesta

Soy tan fiel
No tiene que ponerme una correa
Yo corro a su lado meneando la colita

Soy tan alternativa
Voy al cementerio a beberme la sangre de Chinaski

Soy tan especial
Me morí en abril y desperté en diciembre

Soy tan sensible
Lloro por todos los que lloran en el mundo

¿Recomendaciones?



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Por Jaime Araya Miranda

La modernidad refuta a la tradición, de la misma manera en que el tiempo crea una nueva tradición en lenguaje poético, la esencia de la modernidad se evidencia en el trabajo literario de tres grande poetas: Baudelaire, Rimbaud y Apollinaire, debido a que no solo ponen en cuestionamiento la modernidad que se formaba en sus épocas respectivas, sino que además de hacer un trabajo que evidencia su realidad, estamos en presencia de los tres autores fundadores de una tradición eterna de la ruptura. La llegada de las vanguardias arrastran toda una tradición de la ruptura inserta por estos tres autores. La modernidad aparece como una fractura o corte profundo en el tiempo.
En los poetas románticos podemos apreciar tres características esenciales a la hora de analizar la tradición de la ruptura asociada a sus obras. Primero, que la melancolía se sitúa como el mal del siglo, un siglo drogadicto y torturante, esotérico y polémico. Segundo, que los románticos, junto con su crítica, van fundando una anti-tradición, o un “no” a la tradición, lo que a la larga va a constituir una nueva tradición. Tercero, que su noción del presente cambia, dejando de ser algo detenido y simple resultado del cíclico devenir histórico, para ser un presente único e irrepetible, fundamentado en el porvenir. La poesía de los románticos, lejos de ser mimesis, va “por delante de la acción”, como afirma Rimbaud, siendo una anticipadora y productora de la realidad; la poiesis desoculta el porvenir y el poeta debe ser un vidente.
Baudelaire, a quien se atribuye la acuñación de término modernidad, plantea que siempre hay modernidad en el arte, aún en las obras que están en función con lo eterno. Lo moderno se identifica con lo propio del devenir humano, lo fugaz, lo efímero, lo transitorio, lo inmanente. Es decir, propone el cambio. La analogía de la tradición imperante era la episteme como eternidad o cimiento eterno; la nueva analogía impuesta por el moderno Baudelaire es el carácter efímero del hombre, el carácter histórico del hombre. Baudelaire es un trasgresor de la tradición, quiere adentrarse “hasta el fondo de lo desconocido”, que es la imagen del Abismo, “para encontrar lo nuevo”, que es el porvenir. A través de la ironía en la poesía, rompe la analogía, por ejemplo, de la belleza en el poema “La Carroña”, o de la propia visión del poeta dentro de la sociedad convirtiéndolo en un anti-héroe identificado con “El Albatros”, una ave cuyo vuelo es sublime porque pertenece al cielo, pero no a la tierra, donde su andar es torpe y desgraciado. Lo bello para Baudelaire está dado por la posibilidad de la belleza, que es tan propia del ser humano ya que es efímera, así como el amor es transitorio. Propio de todas las modernidades, el poeta no pertenece al mundo donde vive, es desintegrador y por tanto es exiliado de la ciudad; sin embargo, como un albatros, vuela por lo desconocido, lo otro, lo nuevo, lo incógnito. Y las figuras retóricas que utiliza Baudelaire para “decir lo otro” son básicamente dos: el oxímoron y la sinestesia, especialmente en su poema “Correspondencias”, en el que podemos destacar la importancia del símbolo o unión de dos mitades, y solo a través de la escisión (ruptura) se puede causar la unión de ambas; en el fondo, a través de la ironía (que separa lo unitario, destruye del cosmos) se propone construir una realidad nueva, pasar del caos nuevamente al cosmos. La poesía deconstruye, pero a la vez construye algo nuevo; éste es el verdadero sentido de la ruptura.
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Fernanda Zentner
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Con el paso de los años se produjo lentamente, sin que yo percibiera el proceso, la homogeneización de mi departamento. El living y la pieza, a pesar de estar divididos físicamente por una pared (ya bastante destartalada), se fueron unificando en un espacio único y uniforme, cuya abertura de separación pasó a ser un detalle burgués, un ornamento barroco que entorpecía mi andar. Tanto era así que en el último tiempo no la utilizaba de forma consciente: uno se da cuenta de que hay una puerta cuando la atraviesa, cuando es uno mismo quien transita y conecta las zonas que ella delimita. Pues bien, desde hacía varios meses, yo sólo atravesaba la puerta gateando, arrastrándome a tientas para manotear el cenicero, algún libro a medio leer, una media o, si hacía frío, una frazada. La cocina (en tanto que ambiente), simplemente, dejó de existir. Inconvenientes relativos a la instalación de gas me obligaron a deshacerme del artefacto, las alacenas empezaron a resultarme poco confiables ante la invasión de insectos de toda clase y la heladera había pasado a formar parte del amoblamiento básico del living. El baño era lo único que se mantenía medianamente fiel a su función prefijada, más que nada por los cuidados que le brindaba Marina las pocas veces que venía -cuando me enojaba con ella, siempre le terminaba gritando que quería más al baño que a mí y que podía probarlo sometiendo a cualquier desconocido a la prueba de mirar el fondo del inodoro, por un lado, y mi cara, por el otro.
No siempre viví de esta manera. Tuve trabajos, estudié una carrera, tuve novias con sus padres vivos. En fin, fui un hombre decente hasta que una sucesión de supuestas tragedias me fue llevando, paulatinamente, al hacinamiento. Debo confesar que, a pesar del aislamiento inevitable del que viene acompañada, la pobreza es liberadora. Por lo menos para mí que, al menos, tenía un techo.
Repisas, bibliotecas, mesas, sillas, cama: vendí todo. Sólo me quedaba la heladera, un colchón y el televisor con una vieja videocasetera; todo a mano, en el living. ¿Qué había entonces en la pieza? Más desorden y otro colchón. El sueño sucedía tan escasamente que, si no lo aprovechaba en el momento justo en que aparecía, lo perdía hasta quién sabe cuándo. Innumerables ocasiones me había invadido el cansancio en la pieza y, cuando llegaba al living para recostarme en el colchón, la modorra se había ido para no volver. Me cansé  de no dormir y me conseguí un colchón adicional, gentileza de Marina. Cuando el sueño sucedía, fuera en la pieza o en el living, me arrastraba hasta el colchón correspondiente y lo dejaba invadirme.
Por eso me costaba tanto salir; me había acostumbrado a vivir por debajo de los ochenta centímetros: me la pasaba sentado, de rodillas, acostado y, si por alguna razón de fuerza mayor necesitaba trasladarme, lo hacía a tientas como los chicos, arrastrando la ropa cada vez más deshilachada (se atoraba con clavitos e impurezas del piso o de los zócalos, que mi anfibio andar no evitaba en lo más mínimo).