Cómo hallar algo de brillo en la reiteración
cuando me he negado tanto a la redundancia.
Truncada,
en un constante retorno a vos,
no consigo el decir de lo justo y necesario
pronunciado en un hueco inadvertido
para no volver jamás.
Maldigo dormir en la misma noche,
en las mismas palabras.
Desconfiarme de madrugada
y atarme toda ante tus ojos.
Tan a merced de tu acecho involuntario,
tan presa fácil de tu esencia escrita,
tan erosionada a dispar tuyo,
tan asimilada a saberte mi refugio.
Cómo pesa una devoción traicionada.
Carente de inventiva para escapar
de estos conversadores versos
que se repiten
y te repiten.
Alguien advierte: "la poesía no es un filtro".
Habrá que romper la página
y, el uno frente al otro,
decantarnos el cuerpo.
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| un poco más de
Visuales
intenté no acostumbrarme
pero la realidad me colmó
superándo·me
y tuve que inventar nuevas máscaras
para resistir frente a todos
frente a vos
mis disfraces ya no me alcanzan
y cada vez que te veo
soy capaz de correr todos los velos que me cubren
con tal de que adviertas mi presencia
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| un poco más de
poesía,
Sofía
En la tempestadad se me añaden muchos juguetes que corren y gritan por no llorarse a si mismos. Ellos contemplan el gran ojo de la gran tempestad que me sacude y maneja como si fuera un juguete de titere más, como ellos.
No hay más que juguetes alrededor mio que me miran y me piden piedad por lo que ellos fueron ayer y miran mi triste sacudida; por lo que soy hoy. La temporalidad obtusa que me embotella en un cubo de cristal color verde vino. Es la temporalidad que me arrastra hasta el fondo de la botella; la parte más verde y más oscura.
Es una caida.
Caida del sol.
Caida del atardecer.
Caida del anochecer.
Caida del nuevo crepùsculo.
Repertición.
Circularidad de lo que no cambia.
Y en todo ese descenso a los infiernos de Dante es la experiencia del infierno de los días; el infierno del tiempo y de la decrepitud del cuerpo.
Aquel viaje de caida en paracaidas de viento me permite mirar tu rostro desde el descenso. Y está arriba, lo veo por el agujero de la gran botella verde. Y mientras atrae la superficie las facciones se amplian y distinguen; primero la punta del menton, despues veo la nariz, las mejillas se ven con más claridad.
El rostro me está mirando llegar al final; a los más ondo y osuro. Mirando mi cambio y mis juguetes de pendejo que ahora lloran desde arriba; escucho ese llanto para que vuelva a jugar con ellos.
Y tu rostro me mira; parece una casa americana color gris. Tal vez, pensando en lo que voy a ser cuando termine de caer.
No hay más que juguetes alrededor mio que me miran y me piden piedad por lo que ellos fueron ayer y miran mi triste sacudida; por lo que soy hoy. La temporalidad obtusa que me embotella en un cubo de cristal color verde vino. Es la temporalidad que me arrastra hasta el fondo de la botella; la parte más verde y más oscura.
Es una caida.
Caida del sol.
Caida del atardecer.
Caida del anochecer.
Caida del nuevo crepùsculo.
Repertición.
Circularidad de lo que no cambia.
Y en todo ese descenso a los infiernos de Dante es la experiencia del infierno de los días; el infierno del tiempo y de la decrepitud del cuerpo.
Aquel viaje de caida en paracaidas de viento me permite mirar tu rostro desde el descenso. Y está arriba, lo veo por el agujero de la gran botella verde. Y mientras atrae la superficie las facciones se amplian y distinguen; primero la punta del menton, despues veo la nariz, las mejillas se ven con más claridad.
El rostro me está mirando llegar al final; a los más ondo y osuro. Mirando mi cambio y mis juguetes de pendejo que ahora lloran desde arriba; escucho ese llanto para que vuelva a jugar con ellos.
Y tu rostro me mira; parece una casa americana color gris. Tal vez, pensando en lo que voy a ser cuando termine de caer.
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| un poco más de
Leandro,
narrativa
En la tardanza de los ojos de los dos se mueve
rápido la nieve que cava, el acorde
rotoso de una luna que no. Fuimos
de pie en la intermitencia
una misma canción en colchones errados
de tiempo: ayer o pasado, nunca acá: lejos
al unísono. Capás las escaleras se tuercen
para tocar la tarde que nos anduvo
arañando el miedo, la nuca: sus garras
que saben del hambre en las cuevas frías,
del agua arrinconada que no supimos cruzar.
(qué se le va ser
si estamos mal dormidos
en la ciudad de las navajas indecisas, este invierno
hecho un nudo en la garganta)
rápido la nieve que cava, el acorde
rotoso de una luna que no. Fuimos
de pie en la intermitencia
una misma canción en colchones errados
de tiempo: ayer o pasado, nunca acá: lejos
al unísono. Capás las escaleras se tuercen
para tocar la tarde que nos anduvo
arañando el miedo, la nuca: sus garras
que saben del hambre en las cuevas frías,
del agua arrinconada que no supimos cruzar.
(qué se le va ser
si estamos mal dormidos
en la ciudad de las navajas indecisas, este invierno
hecho un nudo en la garganta)
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| un poco más de
cristian,
poesía
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