Sobrevolaste mi colchón una vez, tenías garras y un hedor fétido en la entrepierna. Soltaste jugos viscosos sobre mí. Fui un diamante flotando en un río obsceno, brille como nunca.
Pasaste bello sueño, paso…te busco. Pero en tu lugar encuentro una nenita rubia, pequeña por lo sutil de sus movimientos. Era una lolita de boca roja y pechos blancos, dos pétalos de yeso, colocados perfectamente en su pequeño tórax. Ella llevaba una expresión ingenua en el cuerpo, quería desgarrarle sus piernitas para encontrarte a vos en el fondo.
Vuelvo a mí tras estos pensamientos y vos no, ni siquiera te asomas por la ventana ¿Qué pasa que no entras?
Metéte despacio entre las sábanas sin que lo note, aparece de golpe por mi espalda, besame la sien. El cuello estaría erecto de sangre, mandando sensaciones al cerebro, dispuesto a explotar. ¡Hacelo!
De nuevo en mi cama, este gatito ingenuo yace a mi lado -¡la muy princesita de cuentos!-.
A vos te sobran las garras, el sabor fétido, pero jamás los besos. No te gusta besar, y eso, eso me excita. PUTA, TE DESEO.
-¿Qué? ¿te gustan mis besos? La princesita está despierta, osa interrogarme con preguntas insípidas, cómo te podría ella imaginar. Le digo con un gesto sencillo, ¿estas cómoda? Ella responde: -¡si bebé, abrazame un poco más! La abrazo. Miro al techo y espero. Espero que vueles en él, no entras en la escena aunque pague más, no entras.
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Me estoy quemando.
Eran los tiempos felices los del arte. Ibamos a la casa de Graciela a pintar y a dibujar; ella era muy buena, casi no nos cobraba un mango por estar en su "taller del arte". Su casa era de lo más linda: largas mesas llenas de pomos sangrando de pintura al óleo mezclado con un fuerte olor a aguarras viejo. Más y más pinceles que nos volteaban de colores alegres. La enrredadera entraba por la ventana de madera y ayudaba con nuestra labor. Y Graciela corria feliz por todas partes y al saltar parecía que el aire la elevaba para llevarla hacia donde ella quería. Resultaba fabuloso contemplarla caminar sobre el viento. Todo eso y más acompañado de un total desorden de papel crepe, lápices de colores mojados, pinceles y algunas temperas.
Parecía adecuado para vivir y nosotros admirábamos ese fabuloso y estrellado cuadro deseando parecernos a Graciela y a sus amigos alguna vez, en algún tiempo no tan lejano. Poder percibir el mundo a través de esa hermosa palabra llamada ARTE; flameando nuestros largos cabellos rojizos para destrozar de color un gran bastidor de metro gigantesco. O hasta poder llegar a algo parecido al arte tachista y, con suerte ser aclamados; pero nosotros teníamos nuestros límites con la técnica, Graciela nos enseñaba.
Así nos imaginabamos el vivir cuando los dos teníamos dieciocho años, yo casi entrando a los diecinueve.
No pensé que todo iba a resultar diferente.
Yesica y yo seguiamos fabulando en ese mundo que lograba eficazmente mantenernos apartados de los contenidos superficialmente sociales. Nos imaginabamos exponiendo nuestros trabajos de artistas en museos de barrio o en centro culturales municipales; en eso eramos humildes. Queríamos tener en nuestras mesitas de noche una foto abrazando a Graciela, en agradecimiento por habernos dado la oportunidad de conocer aquel mundo alterno; desprovisto de prejuicios y despreocupaciones verdaderamente odiosas.
Pero no fue así. Duro poco.
Nos cortó el tiempo y la vivencia. No sé en que momento fue para Yesi, no sé si fue antes o después que el mío. Creo que fue después, si no fue simultáneo.
. . .
Corrí una noche. Huí de mi hogar y nunca más volví. Orgulloso salí una noche de verano, en diciembre, con la percepción de lo que fue bien alta. Nunca más volví y destruí una parte de la percepción que tenía del arte píctorico. Ahora soy un vagabundo de los dos espacios: soy un vagabundo del arte y de las letras. Trato de probar la validez perceptiba de aquel espacio al que alguna vez pertenecí y ahora solo puedo opinar sobre él.
Graciela hoy sigue intentando mantener ambiguo el pasaje que se debe mantener entre los dos lados, para poder existir y resistir en el medio del límite: ni realidad ni ficción; ni arte ni vida. Los dos, algo de los dos, más momentos de uno que de otro lado de la frontera entre los dos mundos.
Nos había tocado esa dualidad. Un instante arrancado de la totalidad del mundo nos permitía fantasear y fabular toda la semana y así resistíamos.
Yesi hoy sigue acompañandome; en los momentos que podemos. Su gracia tampoco es mejor que la mía. A veces, contemplamos nuestra habiatación llena de cuadros y bastidores gigantes; lloramos por lo que no fue.
Hasta ahora no puedo tomar un pincel con mi mano, me está quemando.
. . .
Eran los tiempos felices los del arte. Ibamos a la casa de Graciela a pintar y a dibujar; ella era muy buena, casi no nos cobraba un mango por estar en su "taller del arte". Su casa era de lo más linda: largas mesas llenas de pomos sangrando de pintura al óleo mezclado con un fuerte olor a aguarras viejo. Más y más pinceles que nos volteaban de colores alegres. La enrredadera entraba por la ventana de madera y ayudaba con nuestra labor. Y Graciela corria feliz por todas partes y al saltar parecía que el aire la elevaba para llevarla hacia donde ella quería. Resultaba fabuloso contemplarla caminar sobre el viento. Todo eso y más acompañado de un total desorden de papel crepe, lápices de colores mojados, pinceles y algunas temperas.
Parecía adecuado para vivir y nosotros admirábamos ese fabuloso y estrellado cuadro deseando parecernos a Graciela y a sus amigos alguna vez, en algún tiempo no tan lejano. Poder percibir el mundo a través de esa hermosa palabra llamada ARTE; flameando nuestros largos cabellos rojizos para destrozar de color un gran bastidor de metro gigantesco. O hasta poder llegar a algo parecido al arte tachista y, con suerte ser aclamados; pero nosotros teníamos nuestros límites con la técnica, Graciela nos enseñaba.
Así nos imaginabamos el vivir cuando los dos teníamos dieciocho años, yo casi entrando a los diecinueve.
No pensé que todo iba a resultar diferente.
Yesica y yo seguiamos fabulando en ese mundo que lograba eficazmente mantenernos apartados de los contenidos superficialmente sociales. Nos imaginabamos exponiendo nuestros trabajos de artistas en museos de barrio o en centro culturales municipales; en eso eramos humildes. Queríamos tener en nuestras mesitas de noche una foto abrazando a Graciela, en agradecimiento por habernos dado la oportunidad de conocer aquel mundo alterno; desprovisto de prejuicios y despreocupaciones verdaderamente odiosas.
Pero no fue así. Duro poco.
Nos cortó el tiempo y la vivencia. No sé en que momento fue para Yesi, no sé si fue antes o después que el mío. Creo que fue después, si no fue simultáneo.
. . .
Corrí una noche. Huí de mi hogar y nunca más volví. Orgulloso salí una noche de verano, en diciembre, con la percepción de lo que fue bien alta. Nunca más volví y destruí una parte de la percepción que tenía del arte píctorico. Ahora soy un vagabundo de los dos espacios: soy un vagabundo del arte y de las letras. Trato de probar la validez perceptiba de aquel espacio al que alguna vez pertenecí y ahora solo puedo opinar sobre él.
Graciela hoy sigue intentando mantener ambiguo el pasaje que se debe mantener entre los dos lados, para poder existir y resistir en el medio del límite: ni realidad ni ficción; ni arte ni vida. Los dos, algo de los dos, más momentos de uno que de otro lado de la frontera entre los dos mundos.
Nos había tocado esa dualidad. Un instante arrancado de la totalidad del mundo nos permitía fantasear y fabular toda la semana y así resistíamos.
Yesi hoy sigue acompañandome; en los momentos que podemos. Su gracia tampoco es mejor que la mía. A veces, contemplamos nuestra habiatación llena de cuadros y bastidores gigantes; lloramos por lo que no fue.
Hasta ahora no puedo tomar un pincel con mi mano, me está quemando.
. . .
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| un poco más de
Leandro,
narrativa
TOILETTE
Cuando llegué, todavía no había llegado. Elegí una mesa y proseguí a ubicarme. Comencé a observar el lugar: oscuro, lúgubre y tétricamente desagradable. Hacia mucho calor y por eso elegí una mesa en la parte de afuera, sobre la vereda concurrida y mugrienta, como todo el habitad del espacio.
Como siempre, tuve que esperar, al menos, treinta minutos. Destemporable y desfavorable en lo que me toca. Tenia todas las de perder en ese sitio inmundo; y pensando en seco, en aquel encuentro también perdía mi valioso tiempo. Así fueran dos horas.
Llegó con una sonrisa apetecible. Pero me vinculaba a percibir una subjetividad incógnita. Había un cierto manejo de extrañeza en todo eso. Tal vez era solo por un momento.
YO HABLE.
ÉL HABLO.
NOSOTROS HABLAMOS.
De alguna situación o de alguna anécdota que no recuerdo con claridad en este momento. Lo más curioso (y digno de narrar) vino después. AHORA.
Fue al baño, dejándome solo unos instantes y me permití volver a las ensoñaciones que me eran frecuentes cuando tenia muchas ganas de huir de algún lugar como aquel... Mientras esperaba volví a observar: MESA, SILLAS, TRAPO, VASOS, TAZAS Y RECIPIENTES VARIOS. Ninguno se salvaba de la mugre.
Volvieron a pasar casi treinta minutos. Mi histeria estaba hasta los cielos y los relojes se comenzaron a suicidar antes de que empezaran a mirarlos. Había muchos relojes de todo tipo que marcaban muy claramente el tiempo.
Ya había asumido que me había dejado solo; entre tantos relojes. Era mejor que pagara la inmundicia y me fuera de ese lugar. Intente pasar al baño a husmear. Y lo hice. Paredes sin revoque, entubaciones comidas por el óxido dejaban caer grandes gotas de agua que hacían mucho ruido al caer y resonaban muy fuerte. Seguí entrando.
Estaba sentado en el vaso sanitario respectivo y electo, sin puertas de frente, ni de costado. Es el momento mas indigno de la vida de un hombre. Estoy narrando su defecación.
Por supuesto que no permití que me viera viéndolo, aunque no sé si me vio. No insistí, Salí enseguida corriendo, dejándolo con su inmundicia para siempre.
Cuando llegué, todavía no había llegado. Elegí una mesa y proseguí a ubicarme. Comencé a observar el lugar: oscuro, lúgubre y tétricamente desagradable. Hacia mucho calor y por eso elegí una mesa en la parte de afuera, sobre la vereda concurrida y mugrienta, como todo el habitad del espacio.
Como siempre, tuve que esperar, al menos, treinta minutos. Destemporable y desfavorable en lo que me toca. Tenia todas las de perder en ese sitio inmundo; y pensando en seco, en aquel encuentro también perdía mi valioso tiempo. Así fueran dos horas.
Llegó con una sonrisa apetecible. Pero me vinculaba a percibir una subjetividad incógnita. Había un cierto manejo de extrañeza en todo eso. Tal vez era solo por un momento.
YO HABLE.
ÉL HABLO.
NOSOTROS HABLAMOS.
De alguna situación o de alguna anécdota que no recuerdo con claridad en este momento. Lo más curioso (y digno de narrar) vino después. AHORA.
Fue al baño, dejándome solo unos instantes y me permití volver a las ensoñaciones que me eran frecuentes cuando tenia muchas ganas de huir de algún lugar como aquel... Mientras esperaba volví a observar: MESA, SILLAS, TRAPO, VASOS, TAZAS Y RECIPIENTES VARIOS. Ninguno se salvaba de la mugre.
Volvieron a pasar casi treinta minutos. Mi histeria estaba hasta los cielos y los relojes se comenzaron a suicidar antes de que empezaran a mirarlos. Había muchos relojes de todo tipo que marcaban muy claramente el tiempo.
Ya había asumido que me había dejado solo; entre tantos relojes. Era mejor que pagara la inmundicia y me fuera de ese lugar. Intente pasar al baño a husmear. Y lo hice. Paredes sin revoque, entubaciones comidas por el óxido dejaban caer grandes gotas de agua que hacían mucho ruido al caer y resonaban muy fuerte. Seguí entrando.
Estaba sentado en el vaso sanitario respectivo y electo, sin puertas de frente, ni de costado. Es el momento mas indigno de la vida de un hombre. Estoy narrando su defecación.
Por supuesto que no permití que me viera viéndolo, aunque no sé si me vio. No insistí, Salí enseguida corriendo, dejándolo con su inmundicia para siempre.
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| un poco más de
Leandro,
narrativa
EL PRINCIPAL PROBLEMA DEL ESCRITOR: Tal vez sea el de evitar la tentación de juntar palabras para hacer una obra. Dijo Claudel que no fueron las palabras las que hicieron La Odisea, sino al revés.
LITERATURA Y PROSTITUCIÓN: ¿Cómo vivir? De cualquier modo que la creación no sea manoseada, bastardeada, abaratada: poniendo un tallercito mecánico, trabajando de empleado en un banco, vendiendo baratijas en la calle, asaltando un banco.
E. S.
Ya no tengo la edición maltratada -segunda o tercera, no me acuerdo- que compré una vez, hace por lo menos ocho años, en algún puesto del Parque Rivadavia, sin saber muy bien dónde me estaba metiendo. Hasta ese momento solamente había leído de ese libro (y de su autor) apenas una mala fotocopia de uno de los apartados, titulado “Sobre el castellano que empleamos”. Esa fotocopia -que sigo guardando, ya amarillenta- empieza así:
Parte de los defectos lugonianos se deben a la manía de probar que un americano puede escribir una lengua tan rica y castiza como la de un español. Este sentimiento de inferioridad presionó catastróficamente en nuestros escritores. De la forma y medida en que presiona sobre muchos maestros y profesores de enseñanza secundaria, mejor es que no hablemos"
Lo que sigue es una de las tantas diatribas polémicas que Sábato dispara, cambiando varias veces de objetivo, a lo largo de “El escritor y sus fantasmas” (1963).
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cristian,
ensayo,
escritor
¿Qué piensa el árbol de tus llamas cuando todo esta por pasar? En el segmento errático de tu locura se empalma un recuerdo libidinoso de reyes ebrios y tuercas peludas… con la calma de un cerdo se levantarán tus cenizas.
La cirugía del diente enrollado y la galantería de una cremallera abierta, la patada y el álamo, el secreto y los cajones que te guardan. El dios despeinado de tu indiferencia se aburre... se aburre acariciando gatos.
Los domadores en la tele agitan el látigo blanco pero te reís igual como el más bobo de los payasos. En el encuentro de la oscuridad bélica y el héroe que rasca su barba se encierran todas las alternativas, y queda tu paciencia retratada en un cadáver.
Robale un beso a cada monito hambriento que en algún momento serán todo lo que te va a quedar.
La cirugía del diente enrollado y la galantería de una cremallera abierta, la patada y el álamo, el secreto y los cajones que te guardan. El dios despeinado de tu indiferencia se aburre... se aburre acariciando gatos.
Los domadores en la tele agitan el látigo blanco pero te reís igual como el más bobo de los payasos. En el encuentro de la oscuridad bélica y el héroe que rasca su barba se encierran todas las alternativas, y queda tu paciencia retratada en un cadáver.
Robale un beso a cada monito hambriento que en algún momento serán todo lo que te va a quedar.
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martin,
poesía
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