
Hacía dos años que lo alquilaba, pero cada vez que Omar entraba en su monoambiente, sentía un intenso olor a encierro, como si allí, en realidad, no hubiese vivido nadie durante décadas. Dejaba la canasta con las brochas y el rodillo en un rincón junto a la pequeña ventana, se sacaba las zapatillas y el overol y luego se quitaba todo lo demás a excepción de los calzoncillos y se acostaba en su cama y prendía un cigarrillo, y luego otro. Observaba cómo sus dedos aún manchados de pintura sujetaban el cigarrillo y cómo el humo subía hasta el techo. Aquel estado contemplativo le gustaba; lo prefería a la televisión o a la lectura. Bajo su cama guardaba una botella de whisky para cuando se cansaba de pensar.
Algunas tardes las pasaba junto a sus amigos en la estación de trenes de Tolosa, a unas diez cuadras de su departamento en el barrio de Ringuelet, La Plata. Ellos también tenían trabajos esporádicos y vivían en departamentos sucios y desarreglados, alejados de la ciudad. Compartían los cigarrillos o la cerveza o la marihuana mientras recorrían el puente de hierro o se refugiaban dentro del galpón abandonado. Hablaban de la estructura del espíritu humano y se divertían pronosticando cambios fundamentales a producirse en el futuro. No les interesaba el rigor científico, más bien se basaban en lo que habían vivido en los días recientes.
- En el futuro se va a poder sentir el amor del otro.
- ¿Por qué?
- Porque es más práctico y así debe ser. ¿No te parece?
Nadie respondió.
Verónica lo visitaba por las noches. Habitualmente comían en silencio y luego Omar tocaba la guitarra mientras Verónica permanecía callada mirando la televisión sin volumen. Se conocían desde la primaria y lo que los mantenía enamorados era el recuerdo de los hermosos momentos que habían vivido juntos. A Omar le bastaba con eso para extraer de la pareja la cantidad de felicidad que le resultaba aceptable. Por esa razón no se detenía a pensar en el presente frío y distante. Muy dentro de sí sabía que era como estar enamorado de un fantasma, pero no le importaba mientras que lo que sintiese fuese genuino, y Omar no tenía dudas de estar genuinamente enamorado de lo que Verónica había sido.
Cansado de pasar encerrado, en su departamento, el invierno más helado y húmedo que la ciudad de La Plata había vivido en años, Omar se puso todo el abrigo que tenía y salió a caminar. Pasó por calles donde los árboles se arqueaban formando una bóveda que los rayos fríos de sol atravesaban mientras se movían como reflejados por una bola de espejos; pasó por debajo de túneles en los que podía escuchar el ruido de los autos sobre su cabeza como si fuesen aviones a punto de despegar; pasó por plazas desde las que podía ver las nubes de gas tóxico entrelazarse y gravitar hasta desvanecerse.
Cuando llegó al centro de la ciudad, sin saber cómo, se encontró dentro de una multitud que lo arrastraba a su merced, sin que Omar pudiese dominar sus movimientos. Todas las cabezas estaban por encima de él y no tenían rostro. Mezclado con el ruido del tránsito, escuchaba un coro de voces graves y ásperas, que no sabía si era producido por la multitud o por otra cosa que no alcanzaba a ver; y, entre el coro, una hechizante voz de mujer que transmitía calma y comprensión en medio de tanta locura. Omar luchó por llegar a la voz pero estaba estancado. Entonces dejó de luchar y comenzó a bailar con los cuerpos anónimos que, tras varios giros y vaivenes, lo llevaron frente a una chica de cabello negro y brillante que continuaba cantando la bella canción. La chica, que no parecía reparar en el caos que la rodeaba, tomó las manos de Omar y lo guió en un baile lento por entre los cuerpos que se apartaban a su paso. Su pelo estaba recortado a la altura del mentón, le tapaba las orejas y se curvaba hacia adelante sobre sus mejillas muy redondas y blancas. Omar acercó la cara, llenó su pecho de su olor dulce, un olor que lo relajaba y lo hacía sentir como en un refugio de montaña junto al fuego.
Cuando volvió en sí, se encontraba en un barrio silencioso, donde las hojas de los árboles caían suavemente sobre las veredas amplias. Vio a la chica alejarse despacio, caminando distraída. Omar corrió y la alcanzó.
- ¿Cómo te llamás? - preguntó.
Ella no lo miró y siguió su camino. Omar la siguió manteniéndose unos pasos por detrás. Se sentía bien haciéndolo.
Luego de un largo recorrido, la chica levantó un papel del suelo, sacó un lápiz del bolsillo de su campera y comenzó a escribir, sin que Omar pudiese ver qué era lo que estaba escribiendo. Cuando terminó, caminó algunos pasos, enrolló el papel, lo dejó en un hueco de la pared y siguió su camino. Omar se detuvo, esperó que la chica se alejara lo suficiente, sacó el papel y lo abrió. En él estaba escrita una de las más hermosas cartas de amor que Omar había leído jamás. Por las cosas que decía, parecía que la chica estaba viviendo una profunda relación con el destinatario, pero el nombre de él no figuraba por ningún lado. En cambio, la carta llevaba firma: Lucía.
Omar se sintió incómodo. Consideró la idea de olvidar todo el asunto. Pero finalmente corrió y la alcanzó.
- Lucía- dijo.
La chica volteó y lo miró tiernamente.
- Bailamos hace un rato- dijo Omar- ¿Te acordás?
- Claro. No parabas de pisarme. Tuve que patearte para que dejaras de hacerlo.
Omar se rió, aunque no se acordaba de que ella lo hubiese pateado. Luego se presentó.
- Hola, Omar- dijo Lucía, dejando un silencio antes de volver a hablar- Acá cerca es mi casa ¿Me querés acompañar?
Omar aceptó y cuando llegaron, ella dijo:
- Esta es mi casa. Tengo que entrar. ¿Nos vemos el próximo sábado?
- ¿No hay nadie a quien le pueda molestar?
- No. Nadie. Los sábados mi mamá no está.
- ¿Vivís con tu mamá?
- Sí.
Luego Omar pensó que una semana sería mucho tiempo.
- ¿No podemos vernos el miércoles?- preguntó.
- Sólo puedo salir los sábados- dijo Lucía- Nos encontramos en esa esquina, al mediodía. Preparo sánguches. ¿Tenés un mantel?
- No.
- Bueno, yo consigo.
Entró en la casa.
A los pocos pasos, Omar encontró un papel enrollado dentro de un agujero de un árbol. Se trababa de otra hermosa carta de amor, pero esta vez, por los detalles que describía, parecía dirigirse a una persona distinta de la anterior, aunque aquí tampoco se revelaba su nombre. Sin embargo, la firma era la misma: Lucía.
El sábado siguiente, tras una semana en la que se sintió particularmente inquieto, Omar se encontró con Lucía a la hora y en el lugar acordado. Ella llevaba puesta una campera de plumas celeste en cuyo cuello alcanzaba a esconder su nariz, guantes de lana azul y un gorro también de lana azul que le cubría la frente y las orejas. En su mano sostenía un bolso de tela. Mientras lo levantaba dijo:
- Hice los sánguches.
- Qué bien- dijo Omar- ¿A dónde vamos?
- Seguíme.
Omar la siguió manteniéndose unos pasos por detrás. Cruzaron el Parque Castelli y continuaron por la Diagonal 74 hasta que se encontraron frente al cementerio. Luego siguieron por la Calle 131 y atravesaron la entrada por entre las columnas de orden dórico.
A Omar no le resultó extraño el lugar a donde Lucía lo había llevado. Le gustaba la calma del cementerio.
- Vení- dijo Omar- Hay un amigo al que quiero visitar.
Esta vez, Lucía lo siguió a él por los estrechos senderos. Rodearon la tumba de Almafuerte y se adentraron en las zonas arboladas hasta que Omar encontró la tumba que estaba buscando. Desplegaron el mantel junto a ella y se sentaron a comer.
- ¿Sabés?- dijo Lucía- Mi hermano murió ahogado. Se había ido a vivir a Paraná, allí había conocido a una chica de la que se enamoró. Con ella pasaba varias tardes a la orilla del río, tomando sol y besándose. A mi hermano le divertía lanzarse desde una piedra alta y hacer que el agua salpicara lo más lejos posible. Siempre estaba animando a su novia para que lo intentara pero ella no se decidía. Una noche, ambos subieron a la piedra, mi hermano comenzó a animar a su novia para que se tirara. Finalmente, ella se tiró, salpicó poquito, y desde el agua alentó a mi hermano para que él también lo hiciera. Mi hermano dio un fuerte salto, sujetó sus piernas en el aire, inclinó su cabeza y penetró en el agua salpicando lo más alto y lo más lejos que había salpicado. Pero no salió a flote. Su novia lo buscó, lo llamó, pero mi hermano no apareció hasta el día después, ahogado.
Lucía contó varias de estas historias. Omar, si bien comprendía la desgracia que había detrás de ellas, por la forma en que Lucía las contaba, le parecían adorables. Entonces aprovechó para hablar sobre la muerte de su amigo. Hizo el relato de los últimos meses de su lucha contra el cáncer, retratándolo como a un héroe, Lucía escuchó atenta y entusiasmada mientras comía su sánguche. Omar también aprovechó, cuando Lucía no miraba, para esconder un papel en blanco dentro del bolso de tela. Cuando Lucía terminó de comer, buscó la botella de agua en el bolso y encontró el papel. Entonces sacó un lápiz del bolsillo de su campera y se puso a escribir. Al terminar, enrolló el papel, se levantó y lo metió en una pequeña grieta que se abría en la lápida del amigo de Omar. Luego se sentó otra vez sobre el mantel.
- ¿Por qué hacés eso?- preguntó Omar.
- ¿Hacer qué? – dijo Lucía, realmente no parecía saber de qué le estaban hablando.
- Nada – dijo Omar, se levantó y dejó un pedazo de sánguche sobre la tumba de su amigo.
El resto de la tarde lo pasaron observando las formas de las nubes.
- Esa es un caballo- dijo Omar.
- No. Es un perro- dijo Lucía.
- Esa es una bandera de Suecia.
- No. Es un felpudo que dice Welcome.
- Esa es un escribano.
- No. Es un director técnico enojado. Mirá esa. Es la cara de mi abuelo.
- …
La ceniza del cigarrillo de Verónica cayó sobre la cama de Omar. Omar se levantó, limpió la ceniza. Luego tomó la mano de Verónica:
- Vení. Vamos a bailar.
Puso el canal de música y subió el volumen. Verónica se levantó sin demostrar una pisca de entusiasmo. Aun así, tomó la otra mano de Omar y bailó. Afuera era de noche. Llovía tenuemente.
Omar no lo sentía como bailar; lo sentía como morir. De alguna forma, era la persona enamorada del pasado la que allí estaba muriendo, la persona enamorada de aquellas noches en que los dos se leían cuentos antes de ir a dormir. Le dolía, pero podía adivinar el alivio en el futuro.
Continuó bailando a pesar de sus músculos entumecidos, del calor de su frente.