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De gamuza, color negro, elegantes, guardados un su caja, en un rincón del placard. Los miraba cada tanto, sin poder mostrarlos.
Me hacen sentir distinta, por un lado bien, pero por otro no digna de ellos.
La ropa linda era solo para fiestas, no se podía usar en otro momento, y a la hora de comprar algo, tenía que ser delicado pero económico. La ropa cara y buena no era para nosotros, no podíamos, era para gente de otro nivel. No era cuestión de aparentar.
¿Aparentar qué?
Tenía un vestido negro, sencillo, me quedaba muy bien, pero lo que más impactaba en mí eran los elegantes zapatos.
No podía mostrárselos a mamá. Me sentía culpable, pero ¿de qué?
No entendía esa rara sensación y esos pensamientos tan molestos.
A veces, la bronca se apoderaba de mí por no poder compartir con mamá esa gran adquisición.
Días antes a la fiesta, vino a tomar unos mates, y por supuesto, salió el tema de qué no íbamos a poner esa noche. Cuando estaba por contarle lo que me había comprado, surgió de su parte un comentario,
-No se qué ponerme, no tengo nada. ¡Será posible que uno nunca tenga un mango!-
Cuando escuché esto, apenas pude tragar el agua del mate.
A medida que pasaban los minutos, se acercaba el momento de decir lo que yo iba a vestir.
-¿Y vos, qué te vas a poner?
Titubeando, le conté que me había comprado un vestido y un par de zapatos.
-¡Ah bueno! Si podés, me parece bien. Yo no puedo. Qué se va a hacer, es lindo comprarse cosas.
Terminamos de tomar mate y la acompañé hasta la puerta, por supuesto con comentario de por medio:
-Voy a ver si alguien me presta algo.-
Se fue, cerré la puerta, me senté y me fumé un cigarrillo.
Llegó el día de la fiesta y me arreglé para la ocasión, me sentía hermosa, me imaginaba bailando y luciendo mis elegantes zapatos.
Llegamos al lugar, bajé del auto y acercándonos al salón, mi esposo me dice
-¡Qué linda estás! -Mis ojos brillaron aún más.
En la sala de estar, se encontraba el señor que recibía a los invitados.
-Los zapatos, me dice.
¡Qué emoción, se había dado cuenta!
-Son nuevos, le contesto.
-Lo siento señora, es una fiesta japonesa. Quedé desconcertada, un frío recorrió mi cuerpo. Dejé los zapatos, fui hacia la mesa, saludé a todos los que en ella se encontraban, incluyendo a mamá.
-¡Estás muy elegante!, le digo.
-¡Gracias, estoy de estreno!
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En la noche del funeral de su esposa, cuando Hilario apenas tenía 30 años, descubrió una faceta que jamás había visto en él. Fue velando a la difunta en la única habitación de la casa, se dirigió al dormitorio marital (para ello corrió la cortina, una sábana sucia que dividía los espacios), abrió el baúl de los recuerdos y sacó el vestido de boda de su amada, lo miró, lo acarició tristemente e inmerso en una gran nostalgia la recordó envuelta en esos trapos corroídos por el tiempo. Luego bailó el vals por toda la habitación, abrazando el vestido con una dulzura casi natural. Pensó que jamás había tenido tal demostración de cariño con su mujer, al contrario, había sido demasiado rudo con ella. Recordó el día de su boda, un día de lluvia, barroso, oliendo a cloacas, cuando un pastor evangélico, también pri­vado de libertad, unió sus almas en la capilla de una penitenciaria donde él cumplía su pena. Volvió a mirar el vestido blanco, avejentado y amarillento que todavía guardaba salpicaduras de barro y pensó, lo desgraciada que había sido esa novia, tan pobre, tan humilde, tan miserable. Dio dos giros y siguió bai­lando con un semblante serio. Luego dejó el vestido sobre la cama, lo observó a la distancia con duda y con ansiedad también. Al cabo de unos minutos se animó y sin remordimientos se lo puso, le entraba perfecto. Tomó con sus dedos la punta de cada costado de la falda e hizo unas reverencias, como si fuera una dama aristocrática. Sonrió de felicidad y fue a la letrina corriendo a sacar unos maquillajes añe­jos, que su mujer guardaba dentro de una bolsa plástica colgada detrás de la puerta. Mirándose en un espejo pequeño y rasgado, se pintó los labios de rojo carmesí y los parpados de azul marino. Después volvió donde yacía el féretro para dar el último adiós. Era un funeral muy apagado. Ella no tenía parientes ni amistades y el perro que estaba en un rincón de la covacha era un recién agre­gado. En la casa, sólo se encontraba su padre y un linyera desconocido que jugaban al truco y tomaban alcohol puro en el fondo del patio, demostrando poco interés en velar muertos a la manera tradicional. Luego Hilario despidió a su mujer con un beso, dejándole una marca de rouge en la frente, la situación le provocó gracia, y para quitárselo le refregó el dedo humedecido con saliva, mientras a él le daban unas risitas picarescas de complicidad entre amigas. Hilario se inclinó hacia ella, le susurró al oído el único secreto que guardaba y le prometió que se vestiría de mujer para recordarla siempre.
En la actualidad, Hilario se tiñe el pelo con agua oxigenada, viste blusas, faldas, batones, cría culebras en el fondo de su casa y colecciona revistas de moda que recolecta en el basural donde trabaja.

[ Publicado originalmente en Desvío Cósmico ]
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Recuerdo perfumes,
de mi infancia lejana.
Cuando todo era sueño.

Cuando armaba castillos,
 Inexpugnables
Con un juego de naipes.

Y una pava gigante
vertía su amor
en un fuenton de lata.

Y la tele era en blanco y negro,
pero era mía.

Recuerdo el misterio,
de haber ido creciendo
en un mundo, que no entendía.

Recuerdo tu beso, Gabriela.
El primero de todos.
Robado en un pasillo, a las corridas.

Y sentirme hombre,
y ser feliz.
Y creer que el mundo también era mío.

La complejidad de los años negros.
Con su oscuridad suprema.

Y mi alma, amando a tientas.

También recuerdo haberte encontrado,
Una vez,
Para perderte miles.
Y nunca retornar  a la magnificencia
Del primer encuentro.

Ahora, recuerdo perderte.
Como si estuviera pasando.
Y no me quejo por nada.

Evidentemente, ese niño
ya no habita mi alma.

Y las pavas se secaron.

Y para mi no queda nada.
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Spleen o
[los del pueblo le colgaron igual, porque era un negro. Su pantalón seguía formando en la entrepierna un bulto irrisorio]


No todos pueden darse el lujo de tomar un baño de multitud
Baudelaire – Las turbas.



hay días que me gustaría
de pie
al comienzo de 21 de mayo (esa mala copia de paseo ahumada o jirón de la unión)
gritar OPTIC BLAST!!!
como Summers en el children of the atom
y reducir
a carne chamuscada,
huesos y polvo
a miles de putos ciudadanos… 
todos masa de cemento, vidrio y piel fundida…
sus cochinos gelatos y risas sabatinas
la ropa veraniega, los nuts 4 nuts, las promotoras de parís
y las estatuas vivas…
Behold!!!


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Open publication - Free publishing - More literatura

 
[ desvío cósmico ] (fanzine quincenal interactivo) es una propuesta de interacción sociocultural que combina la distribución de 1000 ejemplares repartidos gratuitamente en bares, teatros, centros culturales y cines de la ciudad de Mendoza, con el soporte virtual del blog.
Este es un espacio interactivo de literatura, comunicación, sociología, medio ambiente, cultura, humor y todo lo que pueda caber en tan breve territorio de ideas y fantasías.
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quise decir/como
brillarás silencio/decir
un poco adentro sin                / decirte/perfumes que
obturen anciana oscuridad
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El adiestramiento del deseo homo erótico a través de la pornografía y la mercantilización de los cuerpos sin goce.

Hipótesis alarmista

Enamorarse, se enamoran los bellos. O sobre ellos se filman las historias que se pretende que consumamos bovinamente, mientras las carcajadas de quienes generan esas imágenes, prefiguran los límites de la opresión de los cuerpos. A riesgo de sonar alarmista y pecar de obvio, arriesgaré a decir que hay un mensaje implícito en dichas decisiones estéticas; una voz monocorde que repite como un mantra: “Esta es la felicidad, tal cual nosotros te la mostramos. El resto, es un simple transcurrir. Adapt or die”. Nada que ya no se sepa, o que no se haya dicho antes.
Pero en cuanto al goce sexual, este esquema se repite. Y aquí es donde no creo que sea tan evidente el discurso que propaga la pornografía a través de la estandarización de cuerpos que gozan.
Gozar, gozan privativamente aquellos que realizan las poses del contorsionista dislocado en los devenires catódicos circenses del porno, y es sobre ellos y sólo sobre ellos, que existen registros fílmicos que validan tal decisión estética tomada por los programadores de lo bello.
¿Quiénes son ésos programadores? ¿Qué otros que los mismos que determinan el resto de nuestros placeres? ¿Por qué creeríamos que nuestro deseo, (o lo que de él quede luego de la alienación) iba a escapar a esta lógica?

La pornografía es, a la vista de los acontecimientos, y es lo que intentaré teorizar, un aparato más dentro de la cadena de control con que el poder arremete en contra de los cuerpos, metiéndose en sus orgasmos, diciéndoles con el dedito aleccionador, a qué deben llamar placer, cómo, cuándo y dónde nuestros espasmos deben ser considerados manifestaciones del deseo.

Aclaraciones que vienen a cuento.

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Mercedes Galperin
(Oleo s/tela)
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31/10/10
Las noches de difuntos mi madre ponía aceite en una cazuela de aluminio muy gastada y luego echaba a la superficie de ese mar oscuro unas lamparillas que, cuando estaban encendidas, producían unos reflejos muy lentos en las paredes y en el techo de la cocina. Lo hacía con la luz apagada, quizá para que nos diésemos cuenta de la trascendencia del hecho: una comunicación respetuosa con el más allá, una conferencia de las antiguas en las que se apretaba mucho el auricular en la mano y se elevaba el tono de voz para contrarrestar la distancia. Las llamas diminutas ondeaban en la cazuela, cada una por alguien que ya no estaba: su padre, su madre, puede que sus abuelos a los que no sé si llegó a conocer, también a lo mejor por alguien que se me escapa y de cuya existencia no haya tenido noticia a lo largo de los años. Pero las llamas estaban allí dentro, haciendo que el aire se llenase de un olor temible que desde ese momento he asociado a la muerte. El fin de la vida huele a aceite quemado. El más allá es un espacio oscuro con siluetas que se reflejan en las paredes, con sombras de cuerpos que ya no están en ninguna cocina la última noche de ningún octubre. Mi rostro de mirar esa cazuela sigue siendo el mismo que lo miraría después todo. El que, por ejemplo hoy, contemplaba a mis hijas disfrazadas una de bruja y la otra de vampira o vampiresa antes de ir a una fiesta de Halloween. Ya no sé qué muerte preferir, si la anglosajona con calabazas y aroma de gran superficie o la antigua de los difuntos que flotan en una cazuela. Lo terrible es que es la misma. Pero esto no se lo digo a mis hijas. Prefiero hacerme el asustado cuando se ponen los dientes de plástico y se inclinan hasta mi cara para asustarme. Tengo que seguir el guión de esa obra y fingir un espanto que avive el fuego de esa chimenea que llevamos todos dentro y que sabe Dios cuándo se apagará. La muerte usa dentaduras falsas también. Las compra en un chino al que nunca entra nadie pero que está abierto siempre. La muerte y sus tiendas. La muerte y sus bufonadas para pasar el rato mientras el tiempo lo afila todo con su cuchillo roñoso. Esta noche cerraré los ojos y volveré a ver las lamparillas de mi infancia. Me gustaría pensar en mis muertos sin tener que leer el prospecto de la fe: primero porque lo he perdido y segundo porque siento gran desapego por todo tipo de ceremonias. Pero contaré mis muertos cuando esté en la cama y ya todo sea noviembre y mi memoria me lleve otra vez en su coche alquilado a esa cocina en la que mi madre botaba las naves funerarias en el mar denso. Después trataré de ser empujado al sueño como esas barcas luminosas que sigo viendo cuando todo se apaga.
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1
He venido del mar
y no de la boca de los hombres
que engendraron mis hijos
con la brutalidad de sus gestos.

Han enterrado mi presencia
no sé quién soy

Regreso a la ternura de la ola.


2
Quien ha visto llanto al mar
cuando sueña el naufragio

Quién ha visto sollozar al mar
tras la roca

Quien ha visto lágrimas al mar
para dar de beber al navegante

Quién ha visto llover al mar
junto al ahogo del amante

Quién ha visto salibar al mar
la piel de sus dios

Quién ha visto sudorar al mar
la posesión de su cantor

Quién ha visto traicionar al mar
ante la mirada de otro espejo

Quién ha oído al mar
La perpetua orgía de su voz.

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Me alimento de palabras en la noche

Yo también
soy el dueño de los muros
donde se lee tu nombre

Cerró los ojos e imaginó
un campo lleno de girasoles felices

Abrir la puerta
salir a la calle
y descubrir (todavía con asombro)
que los árboles florecieron
aún sin la lluvia de tu rostro

Solo veo
dolor en la belleza
desierto de caricias
locura y violencia
repetidos como un mantra
solo eso

Respirar
de nuevo sentir
como las manos
se adueñan de los vasos
y de las pieles

Mientras esperamos
que la sangre llegue al río
deshojando margaritas

Cuando salga el sol
la verdad seguirá durmiendo
desnuda sobre la cama

Igual sigo del otro lado
todo el tiempo estoy
entretejiendo palabras
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¿Cuál es el defecto propio que deplora más?
La terquedad.

¿Cuál es el defecto que deplora más en otros?
La hipocresía.

¿Cuál es habitualmente su estado mental?
¿Inquieto? Planificando todo el tiempo cosas que generalmente nunca hago, pero me parecen ocurrentes.

¿Cómo le gustaría morir?
Sin sufrimiento. Supongo que dormido sería lo ideal. Escuchando Björk. Quiero que ése sea mi último recuerdo. No sea cosa que haya otra vida y me agarre desprevenido. Para entrar en otra vida, quisiera tener un soundtrack emotivo.

Si después de muerto debe volver a la Tierra, ¿convertido en qué persona o cosa usted regresaría?
No me gusta demasiado la idea de "debe volver a la tierra”. Volvería siempre que fuera una idea mía, convertido en la bajista femenina de una banda indie, similar a Belle & Sebastian.

¿Cuál es su mayor extravagancia?
No creo tener extravagancias. Ese es un parámetro que pondrán los otros cuando observan, supongo.

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O la lucidez metonímica

Es más bien un despertar a tientas. Ese momento en que lo que estamos leyendo comienza a dibujarse en nuestro espacio imaginario pero todavía no se ha formado del todo. Con ciertos autores experimento una extrañeza agradable, un placer en eso oscuro e indefinido que no ha cobrado su forma transitoria ni definitiva. Esas primeras páginas que no parecen nada, donde no sabemos quién habla ni cuándo nació, ni qué edad tiene ni en qué idioma está hablando con quién. Esas calles sin extras y sin nombre, casas que son tal vez una pared, o un techo solo, partes de muebles y de cosas que apenas aparecen porque son nombradas por una voz que todavía no asumió sexo ni tono de gravedad. Su volumen es el de una hoja apenas desteñida por el tiempo.
Quisiera que esta novela no empiece nunca. Que nunca sepa cómo se llama el que acaba de salir a esa calle. Que nada cobre su forma.
Que todo sea la inespecífica sugerencia que me incomoda amablemente.
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Antes de la juntada de cada noche vieja, sí o sí salgo a caminar. Antes de la reunión en familia, con amigos o con quién toque, elijo salir a patear y hacer mi especie de pre temporada. Es una necesidad, una buena necesidad. Las calles están desiertas. Solo hay pocos, somos casi nadies, apenas existimos, como en un justo antes de la lluvia, los sin paraguas, los menos.
Y camino, y saludo y cabeceo de lejos a una cajera que recién cerró la caja en algún supermercado, a un sereno, en una esquina, en su garita decorada y luces que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan. Un adicto a la nicotina busca un kiosco para poder comprar sus cuatro Camel fat box Special Pack Navideño o Lucky New Year Nicoteen.
Uno sale a trotar, porque no sale a correr. Es la mejor hora, no hay nadie y nadie compite. Corre para él mismo. Los que corren desesperados corren buscando un lugar en alguna mesa para no quedarse afuera. Una ama de casa agobiada sale a pasear a su perro y a pasearse ella misma y que en su casa se arreglen un rato sin ella y que las uvas se cuenten solas.
Los skaters no quieren llegar a casa, no tienen más de quince y la estiran, la demoran y eskatean más porque saben que llega un nuevo año y qué chucho man, eso sí que da miedo. ¿Quién les asegura que un once sea mejor que un diez? Las bicicletas pedalean en el mismo lugar, tampoco quieren irse y celebran bailando un valcesito en una llanta. Sobran los buenos deseos muchas felicidades multicolor y cuánto rompeportón. Pedimos paz entre petardo y metralleta y viva la guerra, yeah!.
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Puede ocurrir cualquier cosa en un aula. El peligro está presente; eso me gusta. Uno prepara con dedicación una clase magistral y los pibes te la pueden destrozar sin culpa. Otras veces llegás tarde, con las manos vacías y la improvisación no se nota, todos participan como si realmente les importara: esas pueden ser las mejores horas del año. Pero esa situación de eterna sorpresa no siempre es agradable.

En una clase, hace poco, una nena le dice a un compañero una palabra cargada de bronca, defendiéndose y a la vez intentando dañar: boliguayo, le dice. Supuestamente era un insulto, sonaba así. Y además al pibe seguro que le sonó horrendo, porque se paró con toda la furia dispuesto a convertir el bello rostro de la nena en carne picada. Evidentemente lo sintió como una agresión verbal de esas que te nublan las ideas y te hacen contestar a los cabezazos. Tuve que intervenir para que el pibe guardara esas manos preparadas como armas para un duelo. Son pibes que están acostumbrados a arreglar así las cosas: piña y sangre, y a ver quién tiene razón. Quise hablar con la nena, pero no hacía más que culpar a su compañero. Ella tampoco se achicaba, sacaba pecho y con el mentón le decía vení, vení. La saqué afuera del curso y estaba por empezar a darle el sermón sobre la tolerancia y la aceptación del otro, pero vi que su actitud reflejaba hastío. No le interesaba en lo más mínimo. Sentate, nena, le dije con impotencia, mientras me preguntaba cómo se enseña a aceptar al otro. Cómo se le hace ver que somos parte de lo mismo, que las diferencias ayudan a ver las cosas mas claras. En fin, todo eso que creo es importante para la vida.


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La luz arrebataba de tus pechos, como látigos, muy dulces por cierto, las sombras más tiernas. La habitación respiraba de nosotras todo el humo del mundo, la humanidad entera, sabés. Pero, aún así, teníamos una paz compartida que se nos enredaba a la piel con cada abrazo, porque teníamos que abrazarnos con fuerza entonces, para no dejarnos nunca. Pero el tiempo tiene sus cosas, y nosotras también.
Hace tiempo que no venís por casa, dicen que te mudaste bien lejos, como para no verme ni por casualidad, y conociéndote, seguro que te fuiste más lejos de lo que cualquiera podría imaginar.
Esa noche jugamos a los pececitos, te hundiste en tu Pelopincho y entre la oscuridad de la noche, y luminosidad de la luna, asomaste húmeda, brillante. Para no dejarte sola en semejante escenario me desnudé, me acerqué al borde de la pileta y me hundí bien adentro, con las manos, el cuerpo, toda y también en partes, porque había que salir por un poco de aire. De tanto en tanto la boca la usábamos para respirar.
Desnuda, te fuiste apagando, enmudeciendo, desfigurando, pero era otro escenario, que de tan oscuro, hoy es indescriptible.
A tu Pelopincho, este año la arma tu hermano para tu sobrinita. Desde mi edificio, tu piletita es sólo un rectángulo celeste; ¿cómo nos veríamos desde acá, aquella noche, seríamos formas azules oscuras, moviéndose, brillando, frenéticas?
Yo no sé a quien le vendí el disco ese que escuchábamos seguido, tampoco sé por qué lo vendí. Era de Sublime y no practicamos santería, no porque no supiéramos sino por falta de tiempo, es que el amor es algo muy intenso.
Me sorprende que después de tanto juego una de las dos se borre del mapa. Para aplacar la sed de la otra, qué queda.
Es verano, el ventilador gira con un ruido infernal, casi no puedo/no quiero dormir. Sobra el cemento de la calle, los mosquitos también, sudo, brillo. Estoy mojada de recordar y de tanto calor, Buenos Aires es cruel en verano, ante mi pobreza lo es, por suerte hay una brisita que me corta la respiración y sigue. Una ducha fría.
Estoy sola bajo la lluvia, la luna asoma por la ventanita del baño, puedo verla recortada por la mitad, abajo algo pareciera chapotear, el ruido viene de tu pileta. Salgo desnuda toda mojada y no hay nadie, sólo una pelotita que cayó y ahora se mueve con el viento.
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Carver / Tres Rosas Amarillas

Leo realismo en la tapa, en la solapa, en la biografía de su autor y lo pienso como una torpe nomenclatura. El texto trata de cuidar por todos los medios la forma en que fueron dichos los hechos. Cuando la realidad no se plasma sino que se construye. Se forma con relatos. No es que el cuidado de Carver en las citas y la austeridad de las descripciones reflejen la realidad, por el contrario: generan realidad, como conglomerado de textos, construyen a partir de las formas del relato, incluso de esas formas elididas de las que se alimenta el minimalismo.

Publicado en La Comunidad Inconfesable Nº 19 (Enlace)

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El recuerdo de tu voz viaja endulzando la brisa que llega hacia mí.
Ya no te siento lejos, siempre hay algo que te trae aquí, conmigo.
Vienes en la tibia presencia de un rayo de sol,
cuando el mundo enloquece de hastío,
para señalarme tu sitio de magias simples y adorables
como un juego de niños.
Vienes en el tímido ocaso de la temprana noche de invierno
para dormir a mi lado,
suave como una nube, perfumada de sonrisas,
leve como una gota de rocío en la gramilla.
Yo te veo.
Yo sé que estás aquí, conmigo.
Vienes en el intrépido corcel de la noche serena, misteriosa y subyugante,
con el cabello revuelto y el corazón agitado.
Te acercas despacio hasta mí
y dejas que el embrujo de tu mirada hechize la inocencia de mis ojos,
sorprendidos de verte;
vienes todavía más cerca de mí,
puedo saber que buscas que te abraze,
que te refugie dentro de mi pecho hasta que la luna se vaya.
Estás aquí conmigo y no hace falta más nada.
El silencio nos oye respirar apenas.
Las últimas luces finalmente se callan adentro y afuera de la casa.
Mis labios apagan tus temores, tu boca enciende mi ser.
El tiempo, ave rapaz de los días, detiene su vuelo
y este lugar ya no tiene espacio en el universo;
somos nuestro propio mundo.
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Jorge Salinas, cantautor del Oeste del gran Buenos Aires.
Después de haber transitado varios proyectos musicales está presentando su primer disco solista "Nuevo Lago".
Realizado entre julio de 2009 y febrero de 2010 en estudio Monstruoverde, San Antonio de Padua, Buenos Aires, Argentina.
Producido por Juan Graña
Ingeniero de grabación, mezcla y master en estudio Monstruoverde: Germán Kobiec
Arte de tapa: Verónica Vivanco - Rojo Ramona
Diseño gráfico: Nacho Alfaro – Lluvia de ideas
Fotografía: Luisina Colombo – Descubrilaimagen


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(Y no sos vos la que escribe, sino esa loca que encerraste en tu altillo, que en realidad es tu fondo más profundo.)

La verdad es que ahora te entiendo un poco más.
Y sí…El tema es que, como te decía, yo me hago la guacha pistola y creo que en el fondo soy una Susanita cualunque. Y no me gusta, pero bue…

Encima que hacía un frío tremendo hinchaste las bolas para que te acompañara a ver al pibe éste que te gustaba, y me dio cosa y te dije que sí para hacerte la gamba pero estaba cansada y con frío y con muy poca onda y cuando lo veo al pibe no sabía si reirme o llorar…¡¡¡¡Dios!!!!
Sos una hija de puta, boluda. No podés comerte a un flaco que tiene una banda tributo a Motley Crue!!! Todo el combo: pantalones de cuero ajustados, botas tejanas, pañuelo en la cabeza, pelo batido… ojos delineados y labial… Siiiiii… labial rojo…y llegaste y te agarró y lo besaste.  Yo estaba ahí re perdida y el nabo del amigo vino a chamuyar y te quería matar. De repente dejaste de apretarte al tipo y te vi toda manchada de labial -y ni siquiera era tuyo porque vos no usás- y pensé ¡Qué triste! Fuiste al baño a limpiarte y te cagabas de risa y me decías… “Te maté con éste, eh, lo saqué de donde vos sacás a tus chongos”…Y vos que me criticabas al rasta que al lado de este esperpento era un príncipe…No tenés derecho… ¿Qué te gusta del tipo? ¿Comparten el maquillaje? ¿¿Lo ayudas con el peinado??  Y encima se le veía el borde del slip rojo gastado asomando y no tenés derecho boluda…Te habrá llegado de última en alguna hora de bagartero que agarrabas lo que venga porque te querías llevar un hueso…Pero, ¿seguir viéndolo? Noo… estos muertos hay que dejarlos en el fondo del placard…Y me mirabas desencajada en el espejo y te reías y yo que te hice la gamba para venir a este boliche del orto y ahora me largás para irte con esto… No podés…
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Alguien apuñala la almohada
en busca de su imposible
lugar de reposo
(Alejandra Pizarnik)




No hay testigos
no hay testamentos
los recovecos son laberintos que parten desde tus ojos
hasta cada una de las caras del miedo

A fin de cuentas en este invierno todo es invierno
las muecas de la sombra
se apoya en el filo de la navaja
se gastan ruidos y goteras
sábanas agotadas
y música metal

la boca sesgada
se cubre con las manos
que dicho de paso
ya no piden revancha

y en el vaivén de la noche
la habitación es una esfera
que puede reventar
y revienta

prende un faso
no se le ocurre llorar.



la foto fue sacada por Rita Larossa.
el poema lo escribí después
o en el mismo momento en que el flash hacía de las suyas.
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Timothy es una banda de San Vicente (provincia de Buenos Aires, Argentina). Se formó en febrero del 2008, y está integrada por Max Ramírez (voz y primera guitarra), Felipe Pardo (bajo), Hernán Zanetti (segunda guitarra), Nando Lugo (batería) y Mariela Peralta (voz y coros). En su trayectoria musical han compartido escenario con Cuentos Borgeanos, Fabiana Cantilo y Jordan, entre otros. Timothy cuenta con tres demos y un EP de nombre “Hasta que despierte el sol”, que fue grabado con sello independiente en La Jauría de los Viernes. En la actualidad, están próximos a lanzar un nuevo EP llamado “Colores nuevos”, que incluye seis canciones inéditas, grabadas y masterizadas por Alejandro Fernández.
Con la pretensión de expandir la música joven y hacer vibrar los sentimientos de las personas… ¡Timothy los está esperando!


Contacto de Prensa:
Julio Martín Fridman - Prensa y Management Pinta tu aldea!
Email: pintatualdea@gmail.com
Tel: +54-011-15-5820-3476


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Fati Maggio
(pintura - Oleo s/tela)
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Hoy no vino el heladero, 
 bicicletea 
pero no pedalea hasta mi calle. 
-heroe del frigor – no se lo maldice aunque falte,. 
Se lo respeta. 
Y más en verano seco de patio, de baldosa pelante 
y pies descalzos bajo manguera. 
Persianas bajas, televisor sin novela 
y falta el grito: hay tasita palito bombón helado. 
Dicen que lo vieron,
dicen
Se reza la aparición cíclica, 
torpedo, laponia, esquimal, 
Conogol para la más galante
hasta que la frescura nos suceda. 
¿Donde está el cofre?
 Tela gomosa porosa, 
el hielo seco, el humo, la niebla, 
efectos especiales, hollywood en castellano 
y los tesoros, 
la magia, el cante: 
hay tasita, palito, bombón, helado 
y el verano vacio, caluroso 
y distante.
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O la experiencia cíclica en el mundo chato
Su abrazo también es imposible: la serpiente carece de brazos. Sólo le queda, no como única opción, sino más bien como destino fatal, perseguirse a sí misma y autocomplacerse. Saborear su propio cuerpo enroscada en el círculo perfecto a partir del cual el Infinito encontró su forma. El placer de su boca venenosa es también lo indiferenciado; volverse una consigo misma, recurrirse, recomenzarse, y de esa manera, nuestro reptil sin patas, consigue la inmortalidad. Sin dios mediante, sin ídolo y sin verdad última, la serpiente se basta por sí sola para ser infinita, para ser completa.
Dirán sus detractores que el veneno en su dentadura fue puesto ahí por el Demiurgo –aquél cínico omnipotente–, con el único fin de que, al encontrar el placer de lo eterno, la propia serpiente se envenene a sí misma y muera. ¡Pero morirá eterna! Dirán sus espléndidos defensores.
Yo, por mi parte, ni acusador ni abogado, sostengo que no morirá. Y que aunque sus dientes lograran introducir el veneno en su cola, la inmortalidad ya habrá surtido efecto. Porque lo indestructible y lo indiferenciado tienen lugar gracias al placer de alcanzarse uno mismo.
¡Benditas sean las colas de serpiente, porque de ellas es el reino de lo infinito!
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Se dió vuelta
me miró
con los ojos pensativos
casi dulces
y me dijo:
nos vemos en Japón


Y ante el hecho
irremediable
insalvable
imposible de cambiar
le respondí:
está bien


Aunque Japón queda tan lejos
que es como que no existiera


Estas cosas
(y algunas otras)
son las que duelen