Don Orione es un barrio ordenado, sus cuarenta monoblocks idénticos lo vuelven una isla  perfectamente simétrica al costado de la avenida Monteverde. Es extraño que los efectos que produce una isla sucedan aún en espacios continentales y carentes de agua, pero pasa y el barrio es muestra fiel de eso.
Los vecinos hacen su vida ahí dentro, salen a trabajar, claro, pero en general el barrio termina en sí mismo. Desde y en él confluyen los circuitos de comercio, de entretenimiento, de arte y de amor. Es sobre todo este último, casi siempre más triángulo que círculo, el que muestra con gran fidelidad la mayor característica del barrio, su especialidad, lo que de él genera aprensión a la vez que atracción en sus amantes y detractores -sus habitantes-: la violencia.
Seba es obrero en una maderera de Solano, tiene veintiuno y es devoto del Gauchito Gil como toda su familia, año a año peregrinan hacia la ciudad de Corrientes en donde éste santo pagano, mezcla de delincuente y mano santa, recibe ofrendas a cambio de favores: se le pide trabajo, protección para la familia, salud, etc.
La actitud de Seba cambió bastante desde que Gladys llegó al barrio, y eso no es todo, porque además este enero, el Gauchito Gil no aceptó la ofrenda familiar de caña con ruda, la tierra donde está el santuario no absorbió el chorro vertido a su salud. Mal presagio.
Gladys es una piba un poco más grande que él y está juntada con Rodrigo. De ellos se sabe lo justo y en este caso, como en casi todos en el barrio, lo necesario.
Necesario es saber que vienen del barrio de La Pepsi, que Rodrigo es un pibe que tiene la chispa, como dice Gladys, lo que en lenguaje conurbano quiere decir que, además de ser extrovertido, con la misma risa que baila cumbia, mata a quemarropa a una persona, de hecho, por eso se mudaron, Rodrigo discutió con un amigo y: palabra-va-palabra-viene-le-puso-el-arma-en-la-cara-y-según-él-se-disparó-sola.
Gladys le cree, pero como en La Pepsi nadie le iba a creer esa misma tarde se fueron al depto que tiene la tía de Gladys en el barrio.
Por la devoción al Gauchito, inmediatamente hicieron amistad con la familia de Seba. La chispa de Rodrigo, junto con la amabilidad y habilidad del papá de Seba para tomar cantidades industriales de vino sin perder el hilo de la conversación —habilidad compartida— produjeron algunas horas del asado del domingo en las que Gladys y Seba charlaban masomenos a solas.
Tenían muchas cosas en común, a los dos les gustaba la tranquilidad, ninguno tomaba alcohol así que elegían el mate en la sobremesa, los dos preferían el silencio, mirar el sol irse, Aventura.
—¿Ves amor? Así te tenes que vestir vos.
Decía Gladys a su novio refiriéndose al cantante de ese grupo. Seba sabía que ese reclamo era, en el fondo, su forma de decirle cuánto le gustaba su onda, ya que él mismo se vestía a lo Romeo Santos.
El primer domingo que pasaron juntos, Seba le mostró cómo se ponía el sol si se lo miraba desde la avenida Monteverde. Como la avenida baja toda la especie de loma que es el partido de Florencio Varela —el barrio está a la misma altura, sobre el nivel del mar, que la punta del obelisco— el sol, visto a las siete de la tarde en verano, es una pelota de fuego gigante que rueda avenida abajo, hasta hundirse definitivamente apenas pasa la cancha del Deportivo Claypole.
Esa vez ninguno dijo nada, pero los dos sintieron que ver sumergirse el sol fue el vaticinio de algo tan grande como la oscuridad que ese irse provocaba y les encantó, lo hicieron ritual.
El mismo ocho de enero que el Gauchito no consumió la caña que se le había ofrendado, Seba le pidió una moto, en febrero se compró una Gillera 110 y el padre temió que aquel desprecio del santo tuviera que ver con un accidente. Ya los hechos le harían ver que la realidad es más compleja de lo que nos viene primero a la cabeza. Los componentes pueden ser los mismos, pero el orden de los factores siempre altera el producto; y el producto se vuelve factor y se pone en relación con otros factores y… en fin, vería que se equivocaba.
Un domingo de abril, el sol empezó a irse más temprano, la calle estaba desierta por el frío; el olor a pasto húmedo los envolvía, el sol no parecía la pelota del verano sino un perro mediano de fuego que a un determinado horario se va al patio a velar el sueño de sus amos, cuidando la casa durante la noche. Cuando la luna se impuso finalmente con su olor a tréboles, Gladys le agarró la mano y, mirándose en silencio, supieron que habían nacido el uno para el otro, que se cruzaron a destiempo pero que iban a arreglar ese desajuste. Se dijeron que Rodrigo tenía que morir, era la única forma de lidiar con un asesino cuando se  pretende contradecirlo enamorándose de algo que él cree suyo.
Dijeron que tenían que ser pacientes y decirlo era confirmar que tenían que estar juntos, incluso ante un asesinato los dos preferían la calma.
Sin embargo ese tiempo desfasado que les había jugado una mala pasada, al día siguiente les regalaría una porción de su cuerpo para que ambos sean plenamente felices.
Rodrigo cayó preso en ocasión de robo. Gladys citó a Seba urgente a su casa.
Cuando llegó le escupió la noticia y ambos visitaron muchos estados en un fragmento corto de tiempo, fue como subir un ascensor, o mejor, un funicular que estuviese ubicado en medio de una ciudad hecha toda de vidrio, donde ambos pudiesen ver las cientos de miles de realidades simultáneas a medida que iban subiendo. Pero en este caso, ellos eran la ciudad y lo que pasaba en simultáneo eran sus sensaciones, el funicular, lo que subía, era una certeza, la posibilidad única: lo que subía era el sexo; y el sexo era clandestinidad y la clandestinidad era un estado que, como la luna o la posibilidad de la muerte de Rodrigo a manos suyas —o viceversa— los terminaba de unir.
Entonces:
—Rodri cayó en cana.
—¡¿Qué?! ¿Cómo?
—Robando, todavía no sé qué le encontraron, o si mató a alguien, pero me llamó desde la cuarta de Solano.
—Qué cagada, vamos.
—Para… ¿Qué vamos a hacer?
—¿Con qué?
—Con el plan.
—No podemos matarlo en cana…
—Pensé que el Gauchito nos regaló una oportunidad de irnos a la mierda.
—Nos va a encontrar apenas salga. O matar a toda mi familia, vos sabes que está loco, no sabe perder.
—¿Entonces?
—Lo ayudamos, le llevamos cigarrillos, lo atendemos piola, todo muy normal, mientras nosotros…
—Nosotros ¿qué?
Aunque se acercaron tanteando el aire como si buscaran la llave de la luz de un rancho en la más cerrada de las noches, esa tarde hicieron el amor con toda la sed que era posible en dos cuerpos humanos. Después se ducharon y en un satisfecho silencio fueron a ver a Rodrigo.
No era tan grave, pudo descartar el arma antes que lo agarraran, solo le encontraron porro y una rodaja de cocaína. Pasaría unos quince días adentro nomás.
Seba pidió las vacaciones en el trabajo y esos días se los pasaron teniendo sexo desde la primera mañana hasta las cinco de la tarde, hora en la que se bañaban e iban a visitar a Rodrigo.
Eran felices viendo a la criatura que tanto miedo les produce alegrarse con su visita, aconsejándoles que se tranquilizaran, que él estaba bien. Decía: miren las ojeras que tienen, descansen que yo acá estoy piola, les van a hacer mal los nervios.
Seba se reía —por dentro— pensando en lo genial que sería decirle que era un salame, que las ojeras eran por la cantidad de polvos —múltiples en el caso de Gladys, largos en su caso— que se echaban y ofrendaban a la memoria del Sol, del Tiempo y del Gauchito Gil.
Pero prefería callar y, con la cara de preocupación responsable que lo caracteriza, mirar fijamente a Rodrigo que contaba a los gritos cómo tenía a todos de gato en la taquería.
Como todo lo bueno, también el tiempo sobre la tierra pasa y sus quince días no eran la excepción. Rodrigo volvió al barrio y era, para ellos y para todos, más insoportable que nunca.
De la misma forma que los jóvenes pequeñoburgueses después de un viaje a Europa, también los lumpen del sur del conurbano se vuelven monotemáticos después de una estadía masomenos feliz en cana. No paran de hablar de mini hazañas, de nuevas relaciones, de historias que escucharon, de nuevos negocios, del progreso que les esperaba después de la enriquecedora experiencia.
Era hora de pronunciarse o callar para siempre y los enamorados no hacen silencio, porque habían garchado demasiado como para callar, sabían que ya no eran hombre ni mujer, porque si no mataban no había un nosotros posible y entonces sí, el sexo verdadero es la muerte, como dice Osvaldo Lamborghini, y ellos dos lo son y Rodrigo también lo es, él tenía que terminar para que ellos pudieran ser.
Ahora bien, una cosa es fantasear con matar a una bestia y otra muy distinta es sentir que la tierra por sinestesia suena en cada paso del animal, otra cosa es que ese animal tenga ojos en lugar de círculos, dientes en lugar de conos, olor, baba: otra cosa es la realidad.
Lo insoportable de Rodrigo impregnó todas las cosas de olor a peligro, después de estar preso ya no le importa nada, se la pasa diciendo que está re jugado ¿qué hacer?. Para matarlo hay que meterse en la jaula, y meterse en la jaula es ser también un animal y oler de cerca al animal más feroz del conurbano. Entonces no, toca seguir otro camino.
Seba estuvo tres días seguidos sin ir a la casa de Gladys, sin responder mensajes ni atender llamadas, ella se empezó a preocupar y Rodrigo por su parte, como buen merquero, empezó a sospechar: Seba lo vio todos los días mientras estuvo en la cárcel, llegaba con Gladys todas las tardes, lo que quiere decir que a quien veía todos los días era a ella. Las sospechas, junto con la cocaína lo pusieron nervioso.
—¡Decime la verdad hija de puta!
Dijo al tiempo que le dio vuelta la cara de un cachetazo. Gladys no entendía mucho e imaginaba lo peor, que Rodrigo le hizo algo a Seba, que se les adelantó y descubrió el plan, que lo había terminado antes de que empezara.
—¡No sé de qué me hablas boludo!
Volvió a pegarle y sacó del bolsillo el teléfono al mismo tiempo que el arma. Llamó a Seba, que contestó al primer tono, había estado esperando esa llamada toda la vida.
—Qué hacés Romeo Santos.
Dijo, sarcástico Rodrigo, el otro, seguro, respondió:
—Escuchame una cosita forro, si tanto te da la sangre, vení al pasaje Gilguero y vamos a batir fierro, vos y yo, mi cuatro y medio y tu nueve, a ver si tenes huevos, el que queda en pié, se queda con la Gladys.
Por primera vez en su vida se calló. Sintió en el alma un encargo de verdugo medieval, no quería solamente que muera, quería exprimirlo, en todo el cuerpo le pesaba la ambigüedad que siente quien después de no comer durante todo un día, se sienta frente a su postre preferido, quería matar a Seba combinando la fuerza de un toro con la elegancia y el sadismo de un gato, de modo que presencie su propia muerte hasta el último detalle.
Agarró un bisturí, un encendedor, cargó la nueve milímetros y salió.
Cuando llegó a Gilguero, una encrucijada formada por cuatro monoblocks, uno de los cuales ocupaban Rodrigo y Gladys, Seba lo esperaba. Avanzó hasta que quedaron a cinco metros de distancia respectivamente, ambos armados y apretando los dientes, Seba no había disparado nunca, Rodrigo lo sabía y por eso esperaba. Era poco probable que lo lastimara un principiante, apenas Seba levante el arma, él se iba a adelantar. Pero no pasó.
Seba dejó caer el arma al piso, el otro se empezó a reír, gritó mirando al balcón en donde Gladys lloraba.
—¿Con este muñeco? Se le cayó el fierro del miedo y con este te pensabas que me ibas a cagar a mí ¿A mí?
Cuando volvió la vista al lugar donde estaba su enemigo, encontró al papá de Seba junto con el padre del pibe que había matado en La Pepsi. Se hizo de hielo. Levantó el arma y sintió ruidos detrás suyo y a los lados, miró y por los cuatro caminos estaban los amigos del muerto que debía. En total eran ocho armas apuntándolo.
—Sos pollo.
Dijo Seba y todos abrieron fuego al mismo tiempo. Rodrigo quedó parado muerto durante unos segundos por las fuerzas contrarias de las balas, hasta que cayó y todos desaparecieron; Gladys y Seba quedaron mirándose, serios y felices, mientras que en ese momento, que no es más que el coito eterno entre el tiempo y el espacio, en Corrientes se terminaba de consumir el cigarro y el chorro de caña que Seba dejó en el suelo del santuario para la salud del Gauchito Gil.

Sobre el autor |
Matias Ávalos, (Buenos Aires, 1989). Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y Dramaturgia en La SEDE, espacio de investigación  escénica de esa misma ciudad. En el año 2013 escribe y monta su primer obra dramática Pibitos Furiosos. Al siguiente año incursiona en la poesía publicando una serie de fanzines Todos Juntos Estamos Solos y Él amor, Él terrorismo ruso. Actualmente vive y trabaja en la ciudad de Valparaíso, donde termina de corregir su primer libro de cuentos Todo lo que queda.

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