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por Gabriel Torrelles

Amanda Mocci
Era un buen día para quedarse en casa con todas las cortinas echadas viendo todas las cucarachas que siempre ves de noche con las patas arriba moviéndose como versos sin escribir. El sol era lo de menos si mantenías los ojos entrecerrados y el volumen de tu respiración bajo.
Encendiste el ordenador y escribiste un par de saludos sin ganas. Aspiraste los cigarrillos engurruñados que todavía cuidabas con recelo tras tu última resolución de no volver a fumar. Sudaste frío aunque te morías de calor. Te relamiste los labios recordando la última vez que besaste aquellos labios perlados que de vez en cuando se posaban en tu pecho cuando tenías suerte.
Levantaste el teléfono y hablaste con los cinco amigos con los que querías hablar desde hace tiempo y que no llamabas por pereza. Viste algún que otro buen video en MTV, pero no fue la mayoría. No apagaste tu teléfono móvil porque querías ver si se caía de la mesa cada vez que vibraba. Rezaste algunas oraciones que consideraste verdaderas después de mucho tiempo.
Te duchaste y decidiste quedarte desnudo para dejar las huellas un rato de tus pies marcadas en el piso de madera oscura.
Quisiste aprender a bailar pero volviste a convencerte de que tienes dos pies izquierdos.
Esperaste un poco antes de abrir el refrigerador y ver la botella de vino viejo que no pudiste beber cuando quisiste.
Te caíste y no te levantaste.
Apagaste todo menos tu ipod.
Y escuchaste la suave voz de Emily Haines susurrando “If you find me, hide me, I don’t know where I’ve been/ When you phone me tell me everything I did/ If I’m sorry you lost me you’d better make it quick/ Cause this call costs a fortune and it’s late where you live/ It’s late where you live”.
Te pareció una historia vieja. En tal caso, no una historia por la que puedes atiborrarte de pastillas ahora como antes. El dolor es el mismo, eso sí. Así de grave, así de denso. Como el día aquel cuando no te quisiste parar hasta que hiciste tus maletas y volaste durante horas a otro continente sin darle explicaciones a nadie, para sentir que también viajabas en el tiempo a encontrarte con lo que fuera que te estuviera esperando.
Siete años después de la sobredosis que sólo un reducido grupo de personas conoce y el intento de arrojarte a un coche para experimentar el golpe seco que te dejaría temblando en el asfalto, entre la vida y la muerte, vuelves a tener las mismas dudas que te hicieron dejar de usar medios insólitos para quitarle el velo a las mentiras del mundo y la TV.
¿Será que después de todo sigues allí con los ojos entrecerrados, la cara ensangrentada, entre los vivos y los muertos?
¿Será que la transición nunca es tan rápida como se cuenta? ¿Qué siempre quedamos flotando y sin respuestas, ya sea porque no estás haciendo las preguntas correctas o porque la mágica respuesta que esperas en realidad no existe?
Era un buen día para quedarse en casa preguntándote eso, un buen día para no despedirse y ver si el mundo milagrosamente gira hacia otro lado, donde no hace falta dinero, ni un techo donde vivir, ni el amor que te empeñas en conseguir.
Por eso no llamaste a mamá ni a papá ni a tu chica y tampoco dijiste nada a tus amigos, de los que únicamente querías preservar sus voces para reconocerlos cuando todas las luces estén apagadas y tú puedas escucharlos pero ellos no a ti.
Aunque grites, te has quedado mudo.
Era un buen día para quedarse en casa y vestirte de nuevo y pensar hasta que te doliera la cabeza.
Pero llegarías a la misma conclusión de siempre.
Nunca te dirán nada, importa bien poco cuánto preguntes.
Era un buen día para arrojarte por la ventana y viajar a un futuro donde nadie te conocerá pero te sentirás igual que ahora.
Un buen día para sentirte feliz lejos de los vivos viendo el último cuadro que pintaste, con ella en technicolor, diciéndote cuánto te extrañará cuando, por fin, la vuelvas a encontrar.
El día de tu muerte fue un día maravilloso.

(Octubre 2007, aquí)



[Sobre el autor]

Gabriel Torrelles (Caracas, 1978) es periodista y escritor. Cursó estudios de Comunicación Social en Caracas y Creación Literaria y Humanidades Contemponáneas en Madrid. Ha publicado cuentos en la revista española El Nido del Escorpión y en las antologías Sexo a 62 manos (2008) y Tiempos de Ciudad (2010), fue ponente de la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana y autor de la novela Peor que tú (2008). Colaborador en distintos medios, director editorial de unos y fundador de otros, semanalmente firma la columna #postdata en la revista Dominical del diario Últimas Noticias y en la actualidad prepara su segunda novela mientras comienza a dirigir algunas cosas y escribe sobre el futuro en su blog.

[Contacto]

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Ataque de poesía pánica
Big Bang Gladesh
Gang Bang Gladesh

Tsunami de 32 bits
de Konami

Te voy a poner
los puntos suspensivos
...
y vos pensá después
lo que quieras

Quiero penetrar
tu orto doxia

Dicen que soy versero
que escribo cosas
muy raras y locas

Puede ser
a veces me engancho
a la red wi fi
del infinito


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[Mormones de la canción] 

Cuando un amigo te hace escuchar su canción favorita.

Por Rodríguez

by Marco Puccini

Situación de mierda cuando un amigo cebado (recontra cebado) te muestra una canción y te dice, -te obliga-, a que la escuches, a que la escuches entera, de pe a pa. Te exige a que dejes lo que sea que estabas haciendo y pongas todos tus sentidos a su disposición. Diciendo cosas como: “¡Escuchá, escuchá!... escuchá la letra,... ... mirá, mirá esta parte … ...” acompañado de un gestito con el dedo índice sobre su oreja.
Y después lo que pensabas que no podía pasar, canta a la par, con cara de loco te mira a los ojos y canta la parte de la letra que más lo conmueve, alternando la cara de loco con una “sentida”, entrecerrando los ojos. Y para colmo la canción no termina más, es el tema más largo del mundo. Vos lo único que querés es salir de esa situación, querés escaparte, querés salir corriendo, pero no, por respeto, por la estima que le tenes, te quedas. Te quedas y resignado escuchas la canción entera. Quizá hasta te gusta. O sea, el problema no es ese, es muy probable que el tema esté bueno, lo que resulta insoportable es la situación, que te fuercen a escucharla, y no a escucharla así nomás, no! Tenes que prestarle atención, estando en el barullo de un asado medio “picados”; o en una fiesta entre mucha gente, humo y poca luz; o lo que resulta más incómodo, estando solos, solos en SU casa. Él cantándote a vos. Y vos con la presión de que te guste, con la presión de asimilar la canción de un momento para otro. Teniendo que poner cara de atención, y prestarla de verdad. Teniendo que poner cara de “que buena”, cara de “sentir” la letra.
Demasiado para mi.

Las cosas pasan cuando pasan, hay momentos distintos para cada uno.
La imposición de cualquier cosa en realidad te tira para atrás. Como los mormones o los evangelistas que van casa por casa queriéndote meter la palabra de dios, estos amigos te quieren convencer que ellos escuchan buena música, mientras que vos estás en la boludes, ellos tienen la posta.  

Es un problema que tenemos, en general, no sólo recomendar sino “obligar” al otro a que escuche una canción, a que mire tal o cual película. ¿Por qué cuando hablamos de películas, le decimos al otro “¿¿no viste esa película?? ¡¡Tenes que mirarla chabón!!”
¿Por qué esa cosa de querer imponerle al otro sus “temas”? ¿Por qué? Es pedante, creemos que nos la sabemos todas, recomendando películas raras, de países exóticos, o del año de jopo. Nos gusta saber algo que el otro no, y lo usamos como un arma, como nuestro caballito de batalla. No estamos solamente recomendando, estamos poniéndonos por encima, diciendo “mirá que capo que soy, mirá que películas copadas que veo, y que canciones comprometidas con la causa que conozco papá”.

Somos despreciables.

Pero el peor en su especie es el recientemente mentado amigo que te acorrala  “invitándote” a escuchar su canción favorita.  

Publicado en Bigote Falso 

[Sobre Bigote Falso] 

Bigote Falso es una entrega de todo un mundo interno, cotidiano, neurótico y obsesivo. Nada de lo que digamos tiene que ser tomado muy enserio, sin embargo nunca fuimos tan sinceros como acá. Gritos de guerra, análisis y estudios seudo socioculturales, cuentos, tiras cómicas, algunas verdades y demás miserias disparamos con la noble intención de levantar en peso a quién lo merezca (ponele).    
 
Una combi sin papales y medio abollada que avanza, a velocidad crucero, con gente joven, apuesta y desopilante que la mayoría de las veces mira para otro lado en las fotos. Ah y que escriben, claro. Escriben, juegan al senku y están incursionando en el ala delta.
Ninguno de ellos es rubio.
Al menos una vez en su vida se comieron una Vauquita
Nunca aprendieron a dividir.
A veces piensan en Michael Jackson.
Bigote Falso, una nota mental, un papelito cualquiera pegado así nomás en la pantalla de tu monitor.

[Contacto] 
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Micro-excursiones es un cuestionario que en va en busca de comiqueros e ilustradores, con el fin de conocer sus ficciones personales. Es una adaptación, algo transgredida de cuestionario Proust. Las preguntas son simples e impersonales, pero a la vez pretenden ser un disparador. Es el primer cuestionario donde las preguntas no importan. El merito y la inventiva corre por cuenta de los entrevistados.

[Mini-Bio o Auto-semblanza]



Nací el 19 de Marzo de 1985 a la medianoche por eso siempre fui un poco vampiro, dormir de día, vivir de noche. Desde que tengo memoria me gusta dibujar y pintar, mi mayor orgullo es que incluso en el jardín ya pintaba dentro de las líneas. Como todo niño fui azotada emocionalmente en el primario por el grupo de las populares liderado por el diablo en persona, Lucila Mengide. Los veranos eran mi salvación, iba al campo con Jorgito el amigo del barrio, nadábamos sin malla…era graciosos salvo por el hecho de que yo tenía 9  y el 15. En el secundario todo maso menos igual sólo que más depresivo y negro. Y más Belén tambien, otra persona horrible. Y lo dejo ahí porque hablar de ella sería casi como invocarla. Escribía muchísimo ( en maquina de escribir, me negaba a usar la tecnología ),historias horribles que ni yo entendía, tambien tenia diarios intimos donde dibujaba y pegaba cosas. Fue ahí maso menos ( 15 años ) que me interesé realemnte en la pintura, mi ídolo mayor era Van Gogh sobre todo por la vida que había tenido, una existencia de fracaso. Me sentía identificada con eso porque todo siempre me costaba mucho. Tambien leí mi primer hisotrieta ¨ seria ¨, MAUS. Luego vino la universidad, el IUNA, pinté, hice collage, assamblage, escultura, cerámica, grabado….construí todos los cimientos de lo que soy hoy. También me sentía aislada ahí, era la rara entre los raros. Luego vino Jorge Ernesto que, en pocas palabras, me salvó ( con eso ya digo todo ). Y las historietas que no llegaron tanto de accidente porque de niña y adolescente leí muchsimo, Mafalda, Asterix, Lucky Luke, Pato Donald, pero nunca había considerado hacerlas, asique la carrera de historietas fue como aquel niño no planeado. Y el resto es historia como dicen, conocí al grupo de gente con el cual hago cosas hoy, emepcé mi fanzine Cocolín, mi blog, eventos, conocí profesores a los que les debo mucho en cuanto a conocimiento y empecé una tercera etapa en mi vida que fue inesperada pero grata a la vez. Y sobre todo cuando creía que todo estaba cantaddo. Ahora espero poder encontrar un lugar en el mundo historietil ya sea acá o en cualquier parte del mundo.

1. ¿Qué condiciones se tienen que dar para ponerte a dibujar?

Tengo que tener todo ordenado a mi alrededor, los pinceles donde van, los plumines donde van y el vaso de Pepsi Max y algo para comer como galletas.  Siempre limpio todo antes de dibujar, es como un ritual que me genera la sansación de que si lo hago, lo que vaya a dibujar me va a salir y quedar bien. Hay mucha superstición en el proceso.

2. ¿Cuál es tu héroe o antihéroe de ficción favorito?

Hay muchos. Para héroe tendria que decir  Sailor Moon. Tiene todo, trasnformaciones bellas y estéticas, trajes de marinero, sufrimiento innecesario, gatos, armas fenmeninas, vestidos.
Y para el antihéroe diría Freddy Kruger.  Es creativo en los ataques y el arma, tiene un dejo de perversiñon sexual y a la vez es gracioso.  Cuando era chica me daba mucho miedo. Fue quien comenzó mi obsesión con los asesions seriales. Aparte el sueter me encanta.

 3. ¿Qué talento o superpoder desearías tener?

Controlar el tiempo. No tanto como para volver al pasado o saber el futuro sino para detenerlo cuando yo lo requiera. Soy una dibujante muy lenta entonces eso me permitiría tomerme todo el tiempo del mundo si quisiera para hacer una historieta, ilustración o lo que sea. El tiempo es mi mayor enemigo y tambien sus secuaces, la obesisón y el perfeccionismo.
Tambiém podría ser controlar los climas tipo tormenta de los X men. Pero eso ya como para hacerme la canchera.

 4. ¿Cuál es tu posesión más atesorada?

Ahora son unas estatuillas de arcilla que hice. Me llevaron mucho trabajo y las tengo en una cajita con trapos abajo para que no se ensucien o rompan. Eso y mi carpeta con todos mis originales de hisotrietas/ilustraciones. Es la muerte para mi si a eso le pasa algo. A veces sueño que se prenden fuego o se mojan o como haría si hubiera un tsunami, las pongo adentro de un baúl hermético o algo así. Eso en cuanto a posesión eomocional. Para un objeto material tendría que decir una muñeca de felpa del personaje de hisotrietas Becassine ( casi nadie la conoce pero es muy parecida a un Tintín pero versiñon mujer ). 

5. ¿Cuál es para vos la manifestación más clara de la miseria?

Los animales abandonados. Terrible.


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Los Espíritus dan cátedra de misticismo en su último EP, El Gato.

Por Joel Vargas

Los griegos tenían una concepción cíclica del tiempo, todo se repetía. Primero llegaba una época de esplendor donde los dioses estaban radiantes en el Olimpo y los pequeños mortales bebían de la providencia del buen vino. Luego se sumergían en una era oscura, trágica, llena de parias y de dioses enfurecidos. Cuando volvía la luz otra vez desencadenaba  la oscuridad y así sucesivamente. El Gato, último EP de Los Espíritus, tiene esa magia: todo termina donde comienza, o comienza donde termina.

La canción que le da nombre al disco es la que abre el juego temporal. “El tiempo pasa lento para mi” canta Santiago Moraes y desnuda las sombras felinas. No está de más decir que Maxi Prietto quizás sea el último guitar hero de la escena independiente vernácula. Sus yeites y arreglos marcan a fuego el ritmo de todas las canciones. Si la consigna en Prietto viaja al cosmos con Mariano es experimentar y viajar con/por los sonidos, en Los Espíritus es “tripear” por la historia del rock clásico. En “El blus” Prietto se calza el traje de un viejo blusero y deslumbra con sus punteos en una pequeña suite demencial de doce minutos.  

El trip amarra en “Aunque nos vayamos” donde Moraes, la otra cara de la moneda,  ameniza con sus violas acústicas la épica western de Prietto.  El gran finale es “La sombra del gato”, Maxi demuestra su fuego sagrado con un solo místico y la rueda vuelve a girar. Un hechizo cíclico. 

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[Meditaciones de baldío

Bebiendo
y fumando
dulces noches
de verano
con mis amigos perros
en el baldío
adivino
por qué me siguen
como mi propia sombra.

Yo también soy
un lobo domesticado
con un fuerte instinto natural
de asesino


[Don Vicente]

Armado hasta los dientes
vivía en el barrio de mi infancia don Vicente
era un anciano flaquísimo y chiquito
parecido al que aparecía en Benny Hill.

Con mis amigos
cascoteábamos su portón
y esperábamos que salga
para escondernos
en la oscuridad del pasillo
de los departamentos.

Desde el fondo
densamente negro
veíamos aparecer su silueta
recortada en la noche
con la escopeta
colgándole del brazo.

Conteníamos la respiración
en sólido silencio
hasta que don Vicente
seguía de largo
luego de aguardar algunos minutos
como un cazador
en la entrada al pasadizo.

A falta de un Italpark cerca
esa era
nuestra montaña rusa. 

[Poemas Febriles]

             I

Desde que descubrí
que tomando sólo
un poco de frío
podés cruzar
desde el polo norte al amazonas
en una misma noche
trepado al lomo de un jabalí salvaje
la fiebre me cae mucho más simpática

Lástima el hospital
y este olor a arroz que detesto.

[Poemas de la destrucción]


                   I

Sentado en medio de la arena
Me zumban los oídos
Ya nada existe
Salvo un niño
Hambriento y desnudo
Jugando con granadas.


                  II

Imagino y pienso
que sueño
un mundo
de destrucción y explosiones
con mis pies sumergidos
en la orilla del río
oyendo
los insectos en la tierra

desde el cielo
celeste y quieto
vendrán aviones
a romper
el silencio de este tiempo.

 

            III

Un gran pájaro sobrevuela
el océano de fuego
y lanza sus rayos
luminosos
sobre lo que queda de la costa
dorada
ya carbónica.

La desesperación animal
no sólo es la del ave
violácea
como las nubes y el humo
que la metamorfosean
son aún más salvajes
los gritos humanos
atolondrados
e incongruentes

no quedan aviones ni camiones sanos
no quedan torres ni antenas inútiles en la arena
o todo estuvo mal pensado durante siglos
o era esta la causa de toda humanidad

sin sitio para salvaciones ni arrepentimientos
no hay nada más que hacer
salvo contemplar con solemnidad
y parsimonia
el fin de las noches y los días.



[Sobre el autor]


Juan Rux, desastre prematuro del balompié refugiado a tiempo entre turbinas de colores, laderas de lápices, pinceles y tintas, valles sonoros, melodías como senderos, madrigueras de palabras. Casi campeón de metegol una vez. Amante de los experimentos fallidos. Admirador del silencio y de la verborragia. Alpinista urbano, aunque ya no. Apasionado de los misterios. Aprendiz y errante de todas las cosas. A veces fatalista y a veces esperanzador. Hincha de Gimnasia, siempre. Organizador del Festín Mutante.

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[Micro-excursiones] es un cuestionario que va en busca de músicos y compositores, con el fin de conocer sus ficciones personales. Es una adaptación, algo transgredida, del cuestionario Proust. Las preguntas son simples e impersonales, pero a la vez pretenden ser un disparador. Es el primer cuestionario en donde las preguntas no importan. El merito y la inventiva corre por cuenta de los músicos.


Foto: Natalia Motorizada
[Mini-Bio o Auto-semblanza]

Hola soy Tom. Vivo en el barrio de Boedo, Ciudad de Buenos Aires. Soy hincha de Racing. Toco la guitarra y canto en Bestia Bebé y la batería en Go-Neko! Sólo miro tres programas: El Fútbol para todos, Estudio Fútbol y El Show del fútbol con Ale Fantino y su banda letal. La mejor película que vi en mi vida se llama Duro de Matar 3.

1. ¿Qué condiciones se tienen que dar para que empieces a componer?
Ninguna en especial, cuando sale, sale. Casi siempre cuando estoy al pedo y me pongo a tocar más tiempo.
2. ¿Cuál es tu héroe o antihéroe de ficción favorito?
Tengo muchos héroes, tener uno sólo es muy difícil.  Juan Salvo creo que es uno de los más grandes “antihéroes”.
3. ¿Qué talento desearías tener?
La suerte de Maxi López.
4. ¿Cuál es tu posesión más atesorada?
Y, no lo voy a poner acá. Igual seguro es una gilada.
5. ¿Cuál es para vos la manifestación más clara de la miseria?
El jefe de una empresa millonaria dedicada a la música, que no ama la música.
6. ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en una mujer?
No lo sé, nunca lo pensé. No creo que haya diferencia entre hombre y mujer.
7. ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en un hombre?
Tampoco sé la verdad. Está bueno que sepa jugar bien a la pelota. Cuando falta uno viene joya.
8. ¿Cuál es habitualmente tu estado mental?
No entiendo.
9. ¿Cuál es tu idea de felicidad?
Un asado interminable. No dejar de tener hambre y que la comida no se acabe nunca. Que no dejen de venir platos y seguir comiendo. Hermoso.
10. ¿Cuál es tu mayor miedo?
Que venga un marciano y nos obligue a todos a ver handball.
11. ¿Cuándo y dónde fuiste más feliz?
Hace 15 minutos, cuando el mate todavía estaba caliente y pensaba que iba a poder responder de forma interesante estas preguntas.
12. ¿Qué canción que hayas escuchado últimamente te hubiera gustado componerla vos?
Las canciones que me gustan mucho, me gustan porque las hizo otra persona, si la hubiera compuesto yo no sería lo mismo. Si tengo que poner uno, elijo ese que dice: “Johny, la gente esta muy loca”. Salvaba a toda la familia.
13. ¿Qué canción que hayas incluido en un disco o interpretado en vivo  no volverías a tocar? ¿Por qué?
Varias. Por ejemplo una que se llama “Máscara de la muerte”. Simplemente porque no me gustan más.
14. ¿Cuál es el peor disco de la última década?
El último de 50 cent.
15. ¿Qué libro te hace sonreír?
Yo soy el Diego.
16. Si sufrimos un ataque de Godzilla y tenés la oportunidad de salvar de sus garras a una banda o músico, ¿a quién salvarías?
A todos los amigos de LAPTRA menos a Marcos Antonio.
17. Si después de muerto volvés convertido en zombie ¿a quién morderías primero?
A Ricardo Iorio, lo quiero de mi lado.
18. En tu último disco ¿encontraste la forma justa de expresar lo que querías?
No, nunca me sale.

[Contacto]
bestiabebe.bandcamp.com
goneko.bandcamp.com
facebook.com/bestiabebe

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Jarabe de tu saliva
en la boca de un beso

Frasquitos de esperanza
en la mesa

Como cáscaras tiradas al suelo
tus ilusiones estaban

Alambre de púas
arañando tu espalda

Malparido
malparido
en formol y aldehído

Abrete seso con sésamo
(de lo) vernáculo y oráculo

En cada teta (que chupo)
busco la leche elemental
del principio

Cáscara máscara de banana
para que resbale tu cara
detrás de ella

Carajo
carajo
me subo al escarabajo
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Alegría y nostalgia tras el reestreno de Locos ReCuerdos, la obra de Hugo Midón y Carlos Gianni. 


Por Lucía Cholakian


En 1995 Hugo Midón presentó por primera vez en la sala del Teatro San Martín la obra Locos ReCuerdos, una compilación de números de sus exitosas creaciones previas: “Vivitos y Coleando” 1, 2 y 3. Su partida en marzo del año pasado dejó un vacío enorme en la escena teatral infantil, y en especial, entre en sus colegas y alumnos de la escuela “Río Plateado”.

Después de un año de ausencia, Locos ReCuerdos se reestrenó en el Teatro Nacional Cervantes. La obra está colmada de magia, produce alegría y nostalgia. Se ofrece para todos, grandes y chicos, y se expresa de manera enérgica en todos los planos, palabras y movimientos.

Son siete los payasos reunidos para brindar, con una gran carga de belleza, una obra que aborda temáticas tanto del mundo fantástico como del real, en la que se incluyen alusiones (y críticas) a la sociedad de consumo, metáforas sobre el amor, la amistad y el sentido de lo colectivo por sobre el individualismo presente en la vida cotidiana.

“Locos Recuerdos me vienen a la memoria, surtiditas emociones, de aquellas que no se borran” entonan los protagonistas en el número principal. Le siguen las conocidas escenas de Locos por la Limpieza (hilarante número en el que cuatro payasos desquiciados expresan su pasión por la higiene y el orden) y, se destaca entre otros, el número de la Cenicienta que busca nuevos amores. El final de la obra llega con una de las canciones más bellas del universo midoniano, La Historia Interminable: “Vaya usted a donde vaya, estará siempre acá”, con esta frase de alguna manera se mantiene vivo el espíritu del maestro Midón. La puesta en escena es una forma de continuar con su historia y sus enseñanzas. Un “cierre” impecable, porque las obras de Midón nunca culminan en el último número, sino que continúan fuera de la sala, a partir de la reflexión y el diálogo de los chicos con sus acompañantes.

La belleza y el encanto de la  payasa Karina K, el carisma de Osqui Guzmán y la imponente presencia de Omar Calicchio (acompañados por Marcelo Albamonte, Denise Cotton, Mariela Kantor, Jorge Maselli y Pilar Menendez) sostienen en escena la estética del autor, como si los personajes hubieran sido creados para ellos. No puede dejar de mencionarse la impecable labor de la directora Lala Mendía y todo su equipo técnico. Está clarísimo que el objetivo principal de esta obra fue de mantener y respetar la forma de hacer teatro de Hugo Midón y, nadie, excepto ellos podría haberlo hecho con tanta perfección.

El teatro infantil hoy en día, al menos en ámbito comercial, está colmado (si no contaminado) por obras vacías de contenido, espectáculos que no confían en la capacidad fantástica de los chicos de entender, aprehender, aceptar y abordar los mundos que se les presentan. Midón creó una escuela teatral que desafía ese preconcepto, porque los chicos tienen una capacidad exclusiva para ver lo increíble en el mundo. Esto se ve reflejado en el público. Dos generaciones, padres e hijos, redescubriendo su infancia. Se produce un encuentro interior, que se hace visible en los gestos y en las caras. El rito se comparte, un verdadero regalo para estos días. 


[Ficha técnico-artística] 

Autor: Hugo Midón
Dirección: Lala Mendia
Con: Omar Calicchio, Karina K, Osqui Guzmán, Marcelo Albamonte, Denise Cotton, Mariela Kantor, Jorge Maselli Y Pilar Menéndez
Música: Carlos Gianni
Coreografía:Diego BROS
Vestuario: Mónica Toschi
Escenografía: René Diviu
Iluminación: Leandra Rodríguez

 [Funciones]

Sala: Teatro Cervantes, Libertad 815
Funciones: sábados y domingos, a las 15.
Entrada de $15 a $40

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por New York

No sé. Había algo en él que me gustaba. Cómo se expresaba, con la cintura, con los brazos, con las manos y, sobre todo, con los labios. Habíamos ido con un grupo de amigos a Down Town Matías en Recoleta. Yo no lo conocía (era amigo de Malena) pero nos llevamos bien, hablamos de Pasolini y luego de Hitchcock y fumamos y tomamos cerveza casi a la par (él tomó más. Tomaba rápido, impasible). Entrada la noche, nuestros amigos se fueron y quedamos solos y pedimos más cerveza y me convidó un cigarro persa (así lo llamó él. Era fuerte y picante). Lo observé chupar el humo, contenerlo, encarar hacia la luna y soltarlo por la boca y por la nariz. Llevaba una camisa azul de cuello blanco arremangada hasta los codos. Dijo que tuvo un sueño en el que le organizaban una fiesta sorpresa y allí estaban Jimmy Stewart y Janet Leigh y Cary Grant y Grace Kelly y Kim Novak, todos con bonetes y silbatos, abrazándolo y besándolo; se rió mucho de ello. Pedimos otra cerveza y yo me notaba más liviano y me gustaba eso porque era lo que estaba buscando, todo parecía ser una buena idea y me sentía muy relajado.
Así pasó y fue algo nuevo para mí (no para él) y decidí que no me había llamado la atención y que no me apetecía volver a hacerlo.

Unos años después viajé a Italia, mi plan era quedarme un tiempo. Tenía 25 años.
Busqué trabajo en Pésaro pero la cosa estaba difícil. Para ahorrar dinero les pedí alojamiento a unos amigos que vivían allá (Daniel y Gastón). Me habilitaron un cuarto que no usaban, que solo tenía un armario y una ventana que daba a un muro y el piso era de cemento. Allí tiraron un colchón muy fino y yo me instalé como pude.
Día a día salía a buscar trabajo.

Daniel y Gastón estaban bien conectados y asistían a fiestas en la parte rica de la ciudad, en pisos enteros, generalmente muy ornamentados, donde muchas personas hablaban unas con otras y el servicio se escabullía entre ellas sirviendo champagne y ofreciendo bocadillos. Daniel y Gastón me invitaban a veces, decían que era una buena oportunidad para practicar mi italiano.

Era un piso en la Viale Trieste. Habían unas sesenta personas de entre veintitrés y cincuenta años, todas sosteniendo una copa o un vaso. Todos parecían conocerse entre sí. Gastón se entretuvo con una danesa que sujetaba una pequeña cartera roja como si fuese uno de sus órganos vitales. Daniel me presentó a un grupo de jóvenes escritores y luego subió junto a Anna (su chica) a la terraza. En el grupo de jóvenes escritores había uno fornido y peinado con esmero que se llamaba Francesco y que dirigía el curso de la conversación. Hablaba de Ítalo Calvino.
- ¿Cómo se entiende? –dijo- Uno no puede vivir y escribir en esas condiciones.
Según Francesco, Ítalo Calvino nunca había pisado el Museo del Prado ni contemplado un original de Velázquez por lo que quedaba inhabilitado para escribir o para realizar cualquier tipo de arte, incluso para vivir.
- El artista debe interesarse más bien poco por el arte de los demás -disintió uno de anteojos de grueso marco rectangular-  El auténtico artista hace foco en su arte y en nada más.
Hasta ese momento yo no había dicho mucho y todos me miraron esperando que diga algo y me las arreglé para seguir la conversación. No estaba muy de acuerdo con la forma en la que habían abordado el tema pero no era momento de iniciar una discusión. Expuse una pseudo-teoría que elaboré en ese mismo momento y la teoría tuvo éxito y cada uno del grupo dio su opinión y luego cambiamos de tema. Era fácil conversar con esas personas. Eran animales sociales.
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¿Por qué “picnic”? Un picnic es una actividad lúdica y colorida, pero requiere de un planeamiento minucioso para que salga bien. Es necesario que en un picnic convivan el afán por divertirse y el buen juicio que sepa identificar qué es necesario y qué prescindible.
Por eso nos pareció propicio el concepto. Estamos buscando darle más sustento
y estructura a la cuestión lúdica que nos sale naturalmente.

Todos los escritos del blog utilizan este procedimiento:
*La inclusión de 3 frases (pensadas a priori)
*Una condición.
*Y una imagen que acompañe al texto.

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Dos mil doce (por Paula Manzano)
Vi que sus piernas no terminaban nunca, que un colmillo le sobresalía cuando se reía, que su piloto beige poco la había protegido de la llovizna molesta y que su hebilla roja hacía juego con sus zapatos brillantes de punta redonda. Vi que tenía cara de invierno. Hermosa. La deseé tanto que me di vergüenza.
Que estuviéramos recibiendo la primera noche del dos mil doce significaba que la suerte estaba de mi lado, de eso estaba seguro. El festejo de año nuevo siempre es excusa perfecta para tomar riesgos y volverse un poco estúpido. Me acerqué a ella justo cuando se largó la tormenta y fue a la cocina para rellenar su copa. Como me sabía la casa de memoria –que el festejo se ubicara en la casa de mi mejor amigo a solo tres cuadras de la mía, también era un buen augurio- le aseguré que no había que desanimarse: además de las toneladas de New Age que colapsaban la heladera, mi amigo Ramón guardaba en la alacena superior lo mejor del alcohol. Atrás de las cacerolas, aseveré. Dejé que ella misma lo comprobara para que no me creyera demasiado vivo. Nos servimos el whisky del secreto, enseguida encauzamos conversación, me dijo que se llamaba Lorna y yo supe que la amaba porque solo ella podía llevar con gracia un nombre tan espantoso. A la media hora estábamos caminando esas tres cuadras hacia mi casa. La besé y fue, sí, criminal.
Yo, que se podría decir era un tipo romántico, me veía superado en todas mis usanzas cuando a las cinco semanas nos mudamos juntos. Tenía cierta tendencia al enamoramiento pero era siempre pasajero, en cuanto encontraba una mujer con mayor o mejor encanto que la anterior, no dudaba en cambiar de vía. Con Lorna, como es de prever, fue diferente. La amé a ella. Y ese fue el quiebre, me había caracterizado hasta ese momento por un signo por demás común: me apasionaba tenazmente por alguna mujer, pero ese fanatismo se reducía al veinte por ciento de la misma, amaba -con mucho ahínco, eso sí- solo determinada cualidad de mis compañeras. Así que todo duraba poco. Lorna en cambio me liquidó hasta en su cocinar tóxico, en lo mucho que desafinaba al cantar cualquier cosa (algo que hacía en todo momento, y qué mal lo hacía), la cantidad de gripes que la tumbaban a mi merced y acto seguido las millones de carilinas por toda la casa, lo mucho que arriesgaba en sus comentarios de fútbol sin el más mínimo entendimiento. Me gustaba el buen humor con el que se levantaba, su buen humor en general ahora que lo pienso. Su inclinación por todo lo que era matemático, su desplazamiento certero entre las multitudes de recitales y otros conglomerados, la seguridad con la que se proyectaba al hablar, y entre todo eso, difícil olvidar los terremotos carnales que eran esas caderas.
Se podría decir entonces que todo iba bien. Encajábamos de una manera que me sorprendía, vimos cómo se fue armando un mundo común y logramos el amor. Ahora lo veo de lejos y casi puedo revivir lo sosegado que me sentía, porque no era otra cosa que una sensación íntima de bienestar, amén de las batallas poco campales que de vez en cuando sorteábamos. Pero obviamente no duró. Intento distinguir en qué momento exactamente la cagué y creo que fue por septiembre. El clima empezaba a templarse y como dije, todo iba regio. Tanto que Lorna dejó de tomar pastillas, los dos sabíamos que queríamos un hijo de eso que formábamos juntos, y sus hombros otra vez al descubierto por la nueva estación me violentaban a la búsqueda. Pero de repente y sin exordio alguno, la flipé. Estaba enloquecido por un ensayo que estaba terminando de escribir, y en medio de todo eso las expectativas de Lorna, que no se habían distanciado de las mías, me iban haciendo de a poco un nudo en la garganta. Admito que me asusté, con terror y como el más idiota de todos.
Aproveché lo del ensayo y le dije a Lor que me volvía por un mes a mi depto –ahora sé que por algo no lo había puesto en alquiler- hasta la fecha de publicación. Que lo hacía por ambos pero sobre todo por ella, el diseño gráfico la tenía para suerte de nuestra economía doméstica muy atareada, y no quería volverla loca con mi exaltación de ánimo. Le incomodó la sorpresa pero no sospechó ni un poco. El problema fue que una vez instalado no pude volver a nuestro techo. La ansiedad por mi obra era una excusa irreprochable para Lorna que era la más respetuosa de mis silencios, pero la verdad es que no tuve ganas de responderle ni uno solo de sus mails, ni una de las tantas salidas que semanalmente me proponía. Lo único que hice fue mandarle un mensaje de texto diciéndole que no se preocupara, que era lógico que estuviese un poco trastocado con lo del “primer libro”. No hubo un momento en que dejara de extrañarla, no. Pero lo cierto es que no podía verla y se me complicaba adivinar la luz al final del túnel.
En la presentación nos vimos y como esa primera noche de año nuevo, me volvió a liquidar. Cuando la vi sentada entre el público por un minuto no me importó el libro ni todos los invitados que por cierto superaron en cantidad mis pronósticos un poco pesimistas. La noche, por cierto, fue memorable; hubo un clima de aceptación general y todos se mostraron festivos, avivados. Yo la miraba a Lor y me la quería llevar a casa, cogerla hasta el mareo. Se me fueron las nauseas, mis manos dejaron el temblequeo y agradecí por primera vez en un gesto cristiano, juntando mis palmas, por tener a una mujer como Lorna queriéndome después de semejante salida de tono. Es que me había olvidado que esos ojos negros estaban a la mira con esa mezcla tan cruel para mí, de intriga y dominio. Qué idiota me había puesto. La solución había sido siempre una y muy sencilla: suspender el tráfico de mi cabeza y verla.
El mes que le siguió fue olímpico. Volver a casa fue volver a la mansión de los bienaventurados. En mi escritorio encontré un conjunto de regalos que me había hecho durante esas cuatro semanas: todos envueltos tenían pegados un papel blanco que decía: “Para Simón de Lorna”. La falta de comas hizo que empezáramos a llamarme así, Simón De Lorna, como un segundo apellido adoptado. Vi colgadas en la ventana de nuestro dormitorio tres enaguas como de encaje, de un estilo naif que en otro momento hubiera odiado. Pero transparentes, de solo pensar en sus tetas metidas ahí adentro se me avivó el cuerpo.
A lo largo de ese mes, cada una de las expresiones que se me iban presentando, se multiplicaban para recordarme ese todo terrestre que era Lorna.
Por esos días le salió un proyecto para una revista en el que tendría que estar seis meses en Madrid, de enero a julio. Tranquilamente podía acompañarla para empezar a escribir un nuevo ensayo que estaba perfilándose. Pero el que la caga una vez, la caga dos veces. Esos días los pasé todo el tiempo que pude afuera. Llegaba muy tarde a casa y casi ni me la cruzaba. Le dejaba notas en la heladera diciéndole que andaba en algo importante, que ya le iba a contar con detalle, intentando de varias formas disimular que estaba otra vez entregado al pánico. Le aseguré que tendría una respuesta para todo y que era menester mi retirada temporaria. Algo de esto era real: a pesar de lo bienvenido que había sido mi libro en la presentación y en las críticas, las ventas no reflejaban ningún tipo de conquista. Según mis editoras, no había mucho que esperar. Yo no sabía cómo explicárselo a Lorna porque no sabía cómo explicármelo a mí mismo. Me sentía bajo la peor de las pestes. Pero mi revelación detallada, la que le prometía día a día en diversos colores pegada en la heladera, nunca llegó. El quince de diciembre volví a casa y Lorna se había ido. Le adelantaron el viaje y se había cansado en exceso de mi ausencia. Yo me la veía venir, por supuesto, pero no lo pude creer.
Me calmé y empecé a buscar pasajes aéreos. Toda esa semana la llamé para decirle que en cualquier momento me iba para allá. Ella no me creyó, claro. Pero algo se interpuso en mi plan, algo que no esperaba ni en la más agitada de las pesadillas.

Fue un martes. Me levanté un poco antes que de costumbre y me fui a hacer un café. Agarré la taza violeta, empecé a batir el Arlistán mientras buscaba los fósforos y todavía en bóxers sentí frío en mis pies: estaba parado sobre un charco. Lo seguí y me condujo a la heladera. Fui a secarme los pies y a ponerme ojotas antes de abrirla deseando que no se hubiera roto porque el viaje a Madrid me iba a costar unos cuantos pesos. Pero al abrirla vi que no tenía nada raro, excepto que no funcionaba. Me fijé el cable, perfectamente enchufado. Qué boludo, no debe haber luz, pensé. Así era, no había luz. Fui a llenar la pava para seguir con el café pero tampoco había agua, sospechoso. Salí al pasillo para ver si los otros PH corrían con mi misma suerte. Lo hacían. Me asomé al balcón para ver si era en toda la manzana. Abrí las ventanas y ahí vi que estaba todo negro, negro absoluto. No había autos, y los pocos transeúntes que pasaban lo hacían corriendo a las picadas, desesperados. Había un olor raro, como si faltase el oxígeno. Me asusté. Fui a llamar a mi familia y nada, el teléfono muerto. Me vestí en milésimas de segundos y corrí hasta lo de Ramón. Se vino todo abajo, me dijo.

Nosotros, que nos habíamos reído con Lor hasta largas horas de la noche acerca de los vaticinios del dos mil doce de “se acaba todo”, nos enmudecimos cuando el veinte de diciembre llegó, finalmente, el apocalipsis.

El mundo se volvió negro. Nunca más salió el sol y los mares se quedaron quietos.

Nadie murió ni aparecieron zombies, pero todos sabíamos sí, que estábamos viviendo el fin. Todo estaba como en ese estado de la atmósfera cuando no hay viento. Como si el apocalipsis fuera el de las fachadas de las salas de cine, que en manada y de un hondazo se volvieron todas viejas. Lorna desde Madrid y yo desde acá, intentábamos un encuentro desesperado. La falta de luz solar trajo muchos infortunios y fue una navidad sin regalos. Con el tiempo se crearían otras formas de energía y la vida seguiría su curso. Los aviones volverían a volar, pero después de cientos de mensajes agónicos en los que condensábamos todo nuestro fervor, fijados para siempre en los trastos de Gmail, a partir de mediados de enero no supe nada más de Lorna.

Seguí con mi vida, tuve la sensación amarga de que no había adonde ir, excepto a todas partes. La mía fue irme a Madrid, por si el universo se dignaba a devolvérmela y porque muchos de mis amigos terminaron ubicándose allá. El apocalipsis nos restituyó a España. Me hice cronista de un diario y me volqué de lleno a la escritura. Con el tiempo me acostumbré a la noche de olor rancio y al aspecto de telemarketers que todos supimos adoptar. Me olvidé que alguna vez hubo perros en las calles. Ahora solo se ven arañas gigantes, peludas e inofensivas.
A veces me despierto llamándola. Voy hasta las tres enaguas y siento su olor.

Todas las noches sueño que me pega el sol en la cara.

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[Micro-excursiones] es un cuestionario que va en busca de escritores, con el fin de conocer sus ficciones personales. Es una adaptación, algo transgredida, del cuestionario Proust. Las preguntas son simples e impersonales, pero a la vez pretenden ser un disparador. Es el primer cuestionario en donde las preguntas no importan. El merito y la inventiva corre por cuenta de los escritores.

[Autosemblanza

Me llamo Lalo Barrubia, el que sostenga otra cosa debería revisar sus fuentes. Me dedico a la poesía y variaciones de la misma como la narrativa, la traducción, la performance, el canto, y otras que vendrán cuando tenga tiempo. Soy sueca, ya que la nacionalidad no es más que un pasaporte y el pasaporte uruguayo es complicado de conseguir. Crecí en una dictadura y me hice mujer en una crisis económica endémica. Soy trabajadora social y me gano la vida produciendo programas y actividades culturales para chicos y jóvenes de barrios marginados en la ciudad de Malmö. Me llevó cuarenta años llegar a la clase media.

[Micro-excursiones]

1. ¿Qué condiciones se tienen que dar para que empieces a escribir?
Ninguna en particular, puedo empezar a escribir en cualquier situación. Lo difícil no es empezar, es terminar.

2. ¿Cuál es tu héroe o antihéroe de ficción favorito?
La mujer maravilla de George Pérez.

3. ¿Qué talento desearías tener?
El ritmo, el don de bailar.

4. ¿Cuál es tu posesión más atesorada?
Un par de lentes de plástico de la primera (y única) película que vi en 3D.

5. ¿Cuál es para vos la manifestación más clara de la miseria?
Supongo que es la ignorancia, la ignorancia de la propia miseria.

6. ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en una mujer?
La honestidad. La honestidad es la forma más valiente de la valentía. Otras formas de la valentía no me parecen tan importantes.

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Con dramaturgia de Adriana Tursi y dirección general de Laura Montes de Oca, Los cómicos peregrinos explora las pasiones y desventuras de una compañía de actores nómadas perdidos en la pampa desértica.

por Cristian Franco



Resumir el argumento de la obra es relativamente fácil: hacia fines del siglo XVIII, cuando la destartalada carreta en la que viajan sufre un accidente, un grupo de mustios pero ambiciosos cómicos de la legua quedan varados en medio de la pampa hostil y vacía. Obligados a punta de pistola por el guardia que los escolta, llevarán a cabo —temerosos y astutos, hábiles y desconcertados— la representación de su acto principal: los Misterios medievales de la virgen y el pastor.
Fácil.
Ahora lo difícil: traspasar esa primera aproximación superficial y hablar de una obra que se sostiene en una complejidad secreta y sutil. Porque detrás de su fachada grotesca, de su humor leve, por momentos casi infantil, Los cómicos peregrinos nos ofrece una conmovedora y terrible fábula acerca de seres humanos frágiles y desorientados enfrentándose a una situación límite, definitiva.
Como toda buena apuesta teatral, la obra se abre a múltiples interpretaciones. De entre las muchas lecturas posibles, elijo, para dar una idea del efecto que me produjo, equiparar Los cómicos peregrinos a los absurdos y siniestros aparatos narrativos de Kafka. Creo que en la obra se entreveran varios ingredientes de eso que solemos denominar lo kafkiano: hay el encierro en ese laberinto sin paredes que es para los viajantes la pampa infernal, un desierto verde, infinito, inhumano; hay también la autoridad arbitraria e inapelable del guardia, sus designios incomprensibles, su violencia estúpida; pero sobre todo hay esa absurda esperanza que los actores-viajeros ponen en su travesía hacia un destino inalcanzable, tal vez inexistente: esa marcha inútil —pero heroica— signada por la periódica repetición de un acto que es para ellos su único momento de esplendor.
Y  dando unidad a esas  sustancias kafkianas, delicadamente entretejido en ellas, está el eje que estructura la obra de principio a fin: la ficción como precario medio de supervivencia. No un mero recurso para la evasión, sino una forma extrema de habitar una realidad enemiga para no dejarse devorar. Encallados en el calor y la nada de la pampa, los actores deben sobrevivir recurriendo a lo que mejor saben hacer, lo único que saben hacer: montar la ficción de los Misterios medievales —aggiornados al ambiente pampeano— con lo poco que les queda. Y por eso, entre la labor de aquellas humildes compañías errantes y el delicado trabajo escénico del grupo que ha llevado a cabo esta puesta, podemos pensar que hay una estrategia en común: en la pampa desolada de hace doscientos años y en la escena independiente actual la eficaz utilización de recursos dramáticos mínimos es fundamental.
Es ahí donde se pone de manifiesto la profundidad del trabajo integral del grupo El abrojo: el procedimiento de la puesta en abismo (la escena dentro de la escena, los actores interpretando a actores) requiere de incesantes desdoblamientos del espacio, de los cuerpos, de las voces; la obra se construye —explotando con suma inteligencia mínimos recursos— mediante el cruce fluido de dos lenguajes y dos gestualidades que se entrelazan y se contaminan mutuamente en esos actores maltrechos encarnando La Fe, La Gracia, El Destino. Y nosotros, como espectadores a la segunda potencia, asistimos al agitado detrás de escena, a las oscilaciones y tensiones ocultas de una representación que se lleva a cabo para un único y despótico guardia-espectador.
Parecería que no hay más que eso, y es suficiente; porque así, ágil y exacta, con esa compleja y descarnada sencillez de los mejores relatos de Kafka, Los cómicos peregrinos nos habla conmovedoramente del patético y absurdo y maravilloso destino de los seres humanos de todo tiempo, de cualquier lugar.


[Ficha técnico-artística] 

Dramaturgia: Adriana Tursi
Dirección general: Laura Montes de Oca
Elenco: Nerio Tello – Hugo Mouján – María Núñez Casal – Natalia Villar – Luciana Bava – Laura Montes de Oca – Luisina Fernández Scotto – Facundo Adamo
Asistente de dirección: Federico Bramati
Música original: Sebastian Zanetto
Escenografía y vestuario: Mónica Lazatti
Operador de luces: Mariano Retorta
Fotografía y diseño: Hugo Mouján
Prensa: Thelma Demarchi


[Funciones]

Domingo – 19:00hs.
Sarandí 760
Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Teléfono: 4308-3353
Entrada Gral. $40 (descuento para jubilados y estudiantes)