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¡Pungueame que me gusta! Javi Punga vuelve a hacer de las suyas con Rock And Roll Punga, su última producción.

Por Joel Vargas 

Es difícil escribir sobre los artistas de la Plata sin caer en lugares comunes del periodismo de rock: “Los músicos platenses son pibes de barrio, que en sus momentos de ocio libran batallas por el universo. Son los nuevos Eternautas. Sus  guitarras galácticas viajan en el tiempo y se materializan en el bondi, ahí donde estás, colgado de tus auriculares”. Exagero, pero por ahí va la cosa.  Voy a intentar no caer en esa tentación.

Rock and Roll Punga es el nombre del nuevo trabajo de Javier Cereceda, alias Javi Punga. Este prolifero cantautor platense no para de grabar. El año pasado editó El Tiempo del Amor y ahora  vuelve a sorprender.

Alguien nombró el disco pero por alguna razón no captaste lo último, solo escuchaste el nombre del álbum, inmediatamente pensaste “es otro disco de unos pibitos amantes de Pappo y del tren de las 16”. Cuando por fin ves la tapa, quedan pocas dudas, hay algo de los Jóvenes Pordioseros en todo esto. Pero no, las apariencias engañan, mejor  dejar esos prejuicios de lado, esas categorías impuestas por el imaginario social.  Entonces miras mejor y ahí lo ves, en la punta de la lengua: un cartoncito sonriente… Huele a espíritu psicotrópico, ¿no?

La santísima trinidad del rock alternativo se hace carne en las violas y en las melodías del universo Punga. Sonic Youth, Pixies y Pavement dicen presente en todo el disco y especialmente en  “El amor es todo II” y “Campos de Cristal”.  Aunque  no es ninguna novedad, Cereceda  formó parte de la mítica banda Ned Flanders, fieles amantes del trío alternativo. También hay otros guiños, más obvios: “The Cure”, una suerte de “Friday In Love” bien pungueada: “otro viernes más yo me quiero enamorar”.  Ojo, las citas no terminan ahí: “Sandwichs naturales” parece una alusión al Carpo y sus benditos triples de miga.

Si rebobinamos un poco en la carrera de Javi, nos encontramos con “Chica Cheta” y muchas canciones folkies. En esa etapa él jugaba con las palabras. Era un bardero profesional, bien punk, un elegante stone. Sigue así, solo que ahora le sumo una banda a esa identidad, que por momentos reluce algo de Perdedores Pop, sobre todo en “Brilla y sueña”.  Lo más folkie que encontrás en el tracklist es “Vamos a estallar”, una de esas canciones románticas con pandereta incluida.

“Otro día está naciendo, todo puede volver a empezar de nuevo” canta Punga en “Rock para Volver al Futuro”,  como si fuera un Stephen Merritt distorsionado. El saxo del final paga la noche.  Y si querés algo más garagero en clave  “guacho martinfierrista” de Oscar Fariña  escuchá “Rock de la China”. Un poguito con Tadeo Isidoro Cruz no viene nada mal. Mientras el saxo sentencia el final, la china le dice “A vos punga ¿qué te pasa?”. Hermoso.

En “Rock del Tren”, la locomotora platense no deja nada a su paso. Las guitarritas hacen pequeñas explosiones como las del polvo de los chupetines con forma de pie. Te estalla la lengua: “vamos llegando como un tren”.  A esta altura el saxo del final es un leiv-motiv punguero.  Pero, hay una excepción que confirma la regla “Rock de Aladino”, con sus notas  guerreras  llenas de mugre sónica y un “te quiero ya”.

Con “Niños de dios”, Javi Punga, el nuevo Eternauta, va a defendernos de Godzilla (uy lo estoy haciendo). Un viaje galáctico (ahí va de nuevo) con ruido de Zeitgeits y Spiderman 2. Un broche final acorde al rock punga. Y sí, la vanguardia es así.

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Muchas veces la ví
copulando con los ángeles
revolcándose en la hierba
hasta morir la pequeña muerte
bajo el sol

Puedo tomar el jugo
de tus pomelos
sentir el gusto en mi boca
mirar el patio
y sonreír sincero


También la ví
en la calle
ríendo, aún con dolor
y ahora sé
que no es más
que otra princesa triste
camuflada con alcohol

A Dios tomando en las botellas
y con el vaso dando y dando

Parece extraño
el pasto afeitado al ras
las caras flotando en el espejo
las manos buscando un poco de calor

La belleza de la caricia
y también del golpe inevitable

Así de pronto
como una lluvia en verano
como un viaje inesperado
en mitad de la mañana

No importa
quedarse así
en el lugar exacto
donde no sucede nada
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por Martín

Kris Tate
Ella se toma el tren desde la estación terminal hacia los suburbios (y así los nombraba, ya sea para imprimirle alguna cualidad de otro, o simplemente como continuación -en lo semántico- de la segregación geográfica). Lo hace como todos los martes y jueves, junto a una ventana abierta, inmersa en aquél espectáculo. No sabe si es la vuelta luego de una prolongada ausencia o algo relacionado a la serie «clima-fisiología humana-bichos de primavera», pero efectivamente se siente sola y repulsiva.
Ella nunca creyó en los encuentros casuales, estaba convencida de que su entendimiento tan extenso y último acerca de cómo funcionan las relaciones entre las personas arrastraría desde un primer momento cualquier posibilidad de. Y ella estaba orgullosa. Y ella era eso, se decía, tanto pasar penas y desencuentros unilaterales para qué, al menos dejame estar conforme con mi criterio de clasificación. Ya vi cada gesto, cada sonrisa. Todas las miradas, ya las vi. Los accidentes. Los suspiros. Sólo me quedan las palabras y esos diálogos inconducentes. Pero la gente es tan obvia.
La villa miseria quedó atrás: desde la ventana del lado izquierdo, y a esas horas, pasa desapercibida, como un caserío salpicando algunas lomas a una distancia prudente del camino principal. Pero no, estámos en medio de una ciudad, la ciudad no puede ser el monte, y menos en el año 2011. Qué es ese ruido. Qué olor más particular. No se si la capacitación nos hace más útiles o simplemente nos hace ignorar lo que para una persona normal sólo puede significar un peligro de muerte. Debería agregar eso a mi currículum: “Tercermundista”.
Le llegaban ahora los frentes de la Av. del Libertador, cruzando ese fresco y oscuridad que sí, prudentemente esta vez, había sido establecido tiempo atrás. Esos frentes le inspiraban una suerte de contradicción. No es como durante el día, pensaba, no son la fachada boba de una ciudad que se persigue su propia cola. No, ahora esas ventanas iluminadas bajan la mirada del horizonte, se encorvan y nos interpelan. Pero qué valor.
De tanto en tanto y bajo el influjo de las emociones que le producía la expectativa de un encuentro, ella se abocaba a la tarea de describir y explicar meticulosamente un aspecto de la realidad a quien fuere su próxima presa. Naturalmente, lo hacía dentro del marco de su propia imaginación: Yo te digo, lo que me pudre de la gente (como vos) es que siempre caen en lo mismo. Mirá, ¿Ves los arcos de ladrillo? Ya no hacen cosas así, porque... ¿Te das cuenta de lo precioso de este momento? Justo antes de que se ponga el sol, pero de verdad. Para ellos ya es de noche, pero ¿qué les pasa? Bueno, te explico, es cuestión de diez o quince minutos se suceden una tras otra más tonalidades del mismo color que en todo el resto del día. Por lo menos el cielo lo intenta.
En todo esto se detenía Victoria cuando el tren atravesaba la avenida, penetrando en la intimidad urbana. El espacio abierto desaparece en ese punto, los muros replican cada ruido y uno se ve inmerso en otra cadencia. Para ella no fue sólo otra cadencia: el nuevo escenario la arrojó nuevamente a la realidad con una violencia tal que sus párpados se abrieron más allá de lo esperado, haciendo público algún tipo de indisposición general. Fue allí cuando pasó revista -sin detenerse demasiado- al lenguaje corporal de las personas que, a su pesar, la acompañaban. No eran muchos. Su vagón parecía un vagón con cositas pintadas, bastante alejado del que ella recordaba como arquetípico: un mar de carne, gestos y publicidad corporal con pequeños detalles de vagón asomando aquí y allá. Entre las cositas pintadas había una pareja de señoras pelocorto, perla y telas negras que mostraban lo que nadie parecía demandar. Sus conversaciones me salpican. Qué fastidio. No. No quiero meterme en esto. Mirá ese pibe, ¿estará yendo o viniendo? Meh, nunca nos entenderíamos. ¿Me desea? ¡Qué manera de toser, señor! ¿Señor? Tuvo que desviar la mirada. Ni un instante pudo sostener el contacto visual con él. No se sintió incómoda al respecto, simplemente ¿cómo, al día de hoy, puedo ser tan evidente? Pidiendo atención a gritos. Qué necia. Y esa manera que tengo de abrir los ojos. ¿Qué hace mi uña del dedo anular entre mis dientes? Desaparecer, aquí y ahora. ¿Entiende usted, señor encanecido? Lo que me pudre de la gente es que siempre caen en lo mismo. Vuelven siempre al mismo recorte, y si no logran ponerlo en boca, dan vueltas alrededor. Siempre. Quiero saber qué pensas al respecto. Creo entender que la gente piensa cosas al respecto de las cosas, pero me vas a prestar atención, vos, viejo rosa, deseando que aunque sea una vez en la vida, tu día termine de otra manera. ¿Me ves cara de fesche Lola?

De algún modo, Victoria terminaba tocando la pianola para todos y nunca para ella misma.

Johnny,... wenn du Geburstag hat?
Faltaban unos minutos para las siete, se abrieron las puertas: primero el aire escapando, luego el golpe seco. Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Esta es la estación, una antes que la mía.
Komm doch mal zu mir.

Se apuró, anticipó el cierre de la puerta que casi le toma la carpeta o el tobillo. El silbato, el ruido agudo del aire nuevamente y toda aquella escena de discontinuidad (que ella juzgaba como la ejecución deliberada de un homicidio a ella-tren, ella-posibilidad), la situaron en otra ciudad, hace 55 años. Victoria encontraba seguridad en eso. Encontraba el referente de aquello que muchas veces escuchó salir de la boca de su padre: sentirse parte de la historia. Claro está, nunca le quedó muy claro a la historia de qué o quién se refería.
Cuando vió el puente de hierro fundido y supo -por parte de un quiosquero- que tenía cruzarlo, se sintió contenida. Hace mucho que no siento esto, la última vez fue en san telmo. Yo te explico, en san telmo no hay ochava... porque,... lo que quiero decir es que los lugares reconocidos públicamente como relevantes, te ayudan a tapiar ese hueco que es el hueco de no tener vocación, llamale como quieras. ¿Me entendés, Facundo?
Mientras cruzaba aquel puente, pintado y repintado a falta de mejor idea, lo vió. Sentado allí abajo, con el pómulo sostenido por una mano y el codo sobre un tablero de ajedrez, que también funcionaba como tablero para otras partidas. Facundo se llamaba. Su foto de perfil no miente, es tan lindo como lo imaginé anoche. Las hojas del ombú que nacía en el centro del asunto le impidieron seguir con la mirada aquel intercambio que había entablado hace apenas un instante. El sonido que hacía al caminar por el puente era notorio, incluso más que eso: resonaban los pasos a esa hora.  Ese recuerdo habría de retornar en lo sucesivo de la vida de Victoria. Los golpes del herrero, lo sentencioso de ese martilleo.

-¿Cómo hacemos para que esto marche más que un paso? Se introdujo ella. Pensó que hablar así hubiese sido, en otra ocasión, un pase directo al anecdotario de los “fracasos fugaces”, pero dado que Facundo poco había hecho más que mirarla e insinuar una sonrisa velada, le pareció lo justo y necesario. Tampoco se olvidó ella del precioso detalle que encontró al darse cuenta de que él prefirió no anudar, a esa atmósfera que bordeaba lo patológico, ninguna parsimonia introductoria del orden del “¿cómo estás?, yo soy...” o alguna evidencia pública tal como “llegaste”, “acá estamos”.
Él no respondió inmediatamente. Él-responsable, él-tres-años-más-grande. Suspiró.
-Vos, ¿realmente no te das cuenta de lo difícil que te la hacés? Su voz era contenida. Ella creyó percibir una cierta dificultad para construir la pregunta. Se irritó, golpe directo.
-¿Perdón? Sentenció.
-Creés ser lo que pensas...
-Ah, no!-interrumpió con indignación de cotillón.
-...sin darte cuenta de que eso no existe.
-Adiós.

Victoria se alejó en dirección a la calle Rivera, dejándolo a sus espaldas. Lo último que protagonizó Facundo fue el ruido de la chispa de un encendedor que, tal vez, haya encendido un cigarrillo. No se volvió. Pensó y le pesó lo que ya conocía en esta vida. Fue suficiente el peso para no arrepentirse. Los adoquines húmedos le devolvían la imagen de ella-héroe. A pesar de tanta altura, no le alcanzó para volverse y ver el cigarrillo que ahora ella posaba sobre sus labios. que. reían. y repetían.


[
Sobre el autor]

Martín, tiene 20 años y estudia psicología en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, está buscando algo mejor para hacer con su vida.

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Las manecillas del reloj internas que poseo me impiden rotar el nivel de sucesos.Por mas que eche una gran manta negra sobre su jerarquía, las manecillas rigen ante todo y por sobre todo. Aquello no tiene nada que ver con el tiempo, sino con la forma. Con las múltiples formas en las que yo, considero, debo desangrarme. Ellas justifican y perpetúan, también bostezan, pero nunca buscan. Ellas reciben el tiempo para amasarlo y meditar de que forma será conveniente devolvérmelo. Jamás lo piensan demasiado, pues detestan todo el tiempo que reciben. De esta forma me gobiernan y yo no puedo hacer nada para impedirlo, ellas tampoco.
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Hasta este domingo se estará presentando "Señorita Julia" en la sala El extranjero. La puesta dirigida por Marcelo Velázquez protagonizada, entre otros, por Gustavo Pardi, da cátedra de cómo representar el ayer en el hoy.


por Lucía Cholakian  y  Nadia Sol Caramella

Escribir sobre teatro puede presentarse como un problema, sobre todo cuando la obra a la que uno quiere referirse está tan cargada de contenido y profundidad, abordarla verbalmente puede resultar una minimización.

“Señorita Julia” es uno de los textos más famosos del escritor y dramaturgo sueco August Strinberg, afamado precursor del teatro de la crueldad y del absurdo. La obra narra en un solo acto, la historia de dos amantes: Julia, la hija de un conde y Juan, su sirviente. Todo trascurre a finales del siglo XIX, en la noche de San Juan, una festividad de la antigüedad ligada al fuego y a la purificación.  Entre copas, ardor de alcohol e indirectas colmadas de seducción, el deseo y su consumación no tardará en manifestarse.

Julia responde a una insatisfacción de clase, necesita saciar sus instintos más bajos y eso es Juan: lujuria, que desacartona la inmovilidad y el aburrimiento aristocrático.  Josefina Vitón es la encargada de encarnar este personaje que intenta ejercer poder, sometiendo a su criado a la histeria. Porque desea, pero como en un acto de protección de las normas que bien había aprendido como mujer de la nobleza, intenta persuadirse, refugiarse de sus deseos.  Aún así, no logra sobrepasar el estigma de la prostituta que transgredió la moral de su clase, volviéndose una victima más de la misoginia imperante de la época.

Esta pieza deja entrever el deseo de experimentar el punto más alto y más bajo del orden social y la crueldad de utilizar al otro para conseguirlo. Gustavo Pardi le da vida a Juan, el sirviente que vive agobiado por pertenecer al escalafón más bajo de la sociedad. Se esconde para amar a quien no le corresponde y vive deseando ocupar un lugar que nunca le será dado. Está en pareja con Cristina, la cocinera, que no le brinda más que una vida mediocre. Todos desean un afuera, y esta relación secreta, representa algo de esa exterioridad.

La escenografía y vestuario son claves en esta puesta: la sensación de austeridad (la obra se desarrolla en la cocina de los criados) y a su vez, la virginidad de un espacio que es corrompido por el encuentro “pecaminoso” entre dos sujetos de ordenes sociales distintos. La luz es cálida y todo sucede bajo esa intensidad. La obra seduce. La provocación de Julia incita al espectador a querer saber más, a indagar sobre aquellas luchas internas  que vivencian los personajes.

El director Marcelo Veláquez logra poner en escena de manera admirable, cómo la presencia de la relaciones de poder y de clase obstaculizan el deseo, para devenir finalmente en una tragedia acida, que deja el sabor amargo de lo irresuelto.   


[Ficha técnico-artística]

Director: Marcelo Velázquez
Autor: August Strindberg
Versión: Enrique Papatino
Interpretes: Josefina Vitón (Julia), Gustavo Pardi (Juan), Paula Colombo (Cristina)

[Funciones]

Valentín Gómez 3378 
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4862-7400
Domingo – 18:00 hs  
Entrada: $ 60,00 / $ 40,00  
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A tres meses de la tragedia de once, una reflexión en primera persona.                                                                  
  
    Por  Nadia Sol Caramella

Hace tiempo que me rehuso a poner en palabras esto que siento cada vez que piso la estación de Once. Sin embargo, cuánto tiempo más puedo negar lo que me pasa. Quiero hablar desde mí, sin pretensiones de biografismo. Quiero describir la imagen temblorosa que veo apostada sobre el andén: los molinetes enfundados de  fotos, corazones que todavía parecen tibios, y esos nombres escritos con trazos fuertes como anclando las letras al presente, con todo el amor y la esperanza del mundo.  Entonces la gente va, viene, son tantos que no puedo contarlos, ellos no me ven. En realidad estamos ahí pasando, no hay nada que ver, solo pasar. Nos olvidamos de que estamos hechos, de humanidad señores/as, humanidad que se duele por sus propios errores. Hablo de “la consecuencia de años de abandono y desidia" como dijo la mamá del Chimu.

Sabes, se me retuerce el estomago cuando estoy ahí, tan cerca de esa vía. El otro día vi que el tren no estaba más. ¿Y qué, ya está? Sacamos el tren y nos olvidamos de todo. No, por suerte, ese altar de corazones tiene un fin más inmediato: memoria activa.


51 muertos y 703 heridos, numero fríos, tristes. Me da miedo el olvido. Tenemos cuentas pendientes, lo sé hace tiempo. Muchos como yo, somos de la generación de la Amia, de Lapa, de Cromañon y de la tragedia de Once. Cuando voy a buscar a los culpables y las resoluciones de la justicia en los diarios, se me escapan, quiero nombres y apellidos, pero veo que algunos son intocables, hasta innombrables para la justicia.

Esta vez, las pericias del tren dieron como resultado que hubo fallas en todos los estamentos, ¿la justicia podrá sacarse la venda de los ojos y poner nombre y apellido a la desidia, al abandono? Inmediatamente se me viene la imagen del Chimu, el pibe tocando en la Flia del Oeste en la plaza del vagón de Castelar, me imagino como su voz  traspasa el recuerdo, los bordes del tren y canta a los gritos: “Arrastrame hasta donde puedas, no me canso de insistir, o practicar, mostrarte heridas. Sin que las veas se corren, y cantan poesías, mientras su azar recicla promesas viejas, suma experiencia se junta y empieza a andar. No llores mas, vos por mi no sufras, tenés que aprender a caminar, hoy faltan pasos en tu camino”. Qué decir, faltan pasos, miles. Es una batalla del día a día, que no solo es tema de los familiares de la victimas, sino de la sociedad entera.  


No me olvido el día de la estación de Once, cuando todo se desmadro gracias unos cuantos oportunistas.  Me acuerdo que más temprano nos habíamos sumado a pegar carteles con la cara de Lucas y alguien se acercó y nos dijo: “chicos dicen que lo encontraron, está muerto”. Entonces la bronca, sensación de impotencia. Cuando llegamos al hall de la estación, los amigos más cercanos nos dijeron que todavía los padres no habían confirmado nada y que, una vez más, los medios habían maltratado el dolor ajeno. Tuvimos que esperar, fue la espera más larga de todas.  Efectivamente, el cuerpo sin vida era Lucas. El grito de los amigos y familiares me quedó tatuado en el pecho, eso no me lo borra nadie.
Lloro, me da bronca tanta mierda suelta. No puedo. Juro que quiero dejar de escribir, todo parece inútil. Pero no, esto es algo mínimo que me debo, escribir. Escribir para no olvidar.

Alguien me puede decir, ¿a dónde van todos esos abrazos, caricias, besos que las 51 victimas no les van dar a sus seres queridos? Que alguien me diga  como hace Maria Lujan Rey, Paolo Menghini, Lara y la pequeña paz, para besar y abrazar al Chimu en la distancia, hoy que cumpliría 21 años.

Condenar a las 51 victimas al olvido, es como matarlas de nuevo y ser cómplices de la desidia . Esos corazones de la estación de Once no pueden ser carcomidos por la mirada de la cotidianidad, del automatismo de andar como zombies sin ver al mundo, con tal de ir, quién sabe a dónde. Me niego, con todo de mí, a la tarea vil del olvido, que como marea gigante pretende borrar las heridas y el amor de los que ya no están. Todavía quiero creer en la humanidad, “i believe in miracles”…



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[acá hay dos poemas]


lo que se esperaba de vos.
de todo lo que se suponía que ibas a hacer
de todo lo que soñaron que seas
no fuiste nada de eso.
a veces es espantosamente aterradora la hora de pensarlo
la soledad viene más violenta por los lugares en los que te moves,
(jugas fuerte el juego único)
sabes, a veces siento que estás en el no-lugar,
y que sos magia frente a tanta puerta cerrada
vos te haces sola
pero la chica que te transpiraba la piel y hablaba del tao
decidió quedarse con su novio esta noche
y muchas personas le tienen una extraña alergia a la palabra lesbiana
y la poesia no tiene mercado
quizas sea por eso que te pongas a escribir,
no me sorprendería.
a mí me da miedo que te deshagas
no soy tan valiente
yo te escribo un poema para resistirte,
y me hago poema yo
porque esta noche se viene dura
y el tiempo es un concepto relativo.



[Contacto de la autora] 

http://elprimeroteloregalo.blogspot.com.ar/
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[Sobre la autora] 

Se llama Luz María. Estudió periodismo, es fotógrafa y canta en el Coro Kennedy desde los 9 años. Se define como curiosa, ansiosa y soñadora.
Nació en 1989, un día antes del comienzo del invierno y vive en Pilar.


[Contacto] 

Flickr: /happyandreal
Facebook: /luz.dangelo
Blog: mentegranizada.blogspot
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Por Juan Manuel Strassburger

dice dale, ¿venís?, y yo no sé si quiero, aunque en realidad sí quiero, por supuesto que quiero, me muero de ganas de ir, voy a hacer cualquier cosa por no perderme lo de esta noche, aunque me cueste buscarla y contarle todo, no guardarme más este secreto, para olvidarlo, para matarlo, pero claro, primero hay que comprar una coca, o una sprite, pero mejor una coca que es lo que casi todos llevan, coca, no pepsi, las chicas se ocupan de las papas fritas o los chicitos y nosotros de las gaseosas, pero antes también llamarlo a matías, che al final voy, sí, me dieron ganas de golpe, tenés razón, sino me voy a preguntar toda la noche cómo habrá sido, quiénes fueron, qué vestido se puso ella, te paso a buscar tipo nueve, ¿sí?, bueno, dale, sí, quedamos así, y entonces lo paso a buscar y llegamos y es una casa vieja, de esas que ahora no sé si hay, con habitaciones grandes, sillas a los costados de la pared y canciones que suenan fuerte, todas divertidas, todas tontas, todas hermosas, un poco de rick astley, algo de madonna, los pericos, little respect de erausure, just can't get enough de depeche mode, y también los cadillacs, mucho cadillacs, los diez temas del yo te avisé más algunos del ritmo mundial, casi todas rápidas, casi todas hablando a cada uno de nosotros, a nuestras aventuras de once y doce años, bailar sin saber, bailar con vergüenza, desprolijos, bailar como tontos felices pero al final bailar contentos, tropezándonos, demasiado temerosos de nuestra propia torpeza como para fijarnos en la torpeza del otro y así se hacen la once, las doce, los vasitos de plástico ya están sucios, no queda nada de comer y entonces matías me llama a un rincón y me dice ¿y?, ¿para cuándo?, hoy se lo decís, ¿no?, ¿cómo que no sabés?, dale, es ahora o nunca, vienen los lentos, ella siempre deja que la saques, para mí que le gustás, y ahí ponen la canción, nuestra canción, the eternal flame, que tantas veces bailamos en silencio, cuando no te miraba a los ojos porque si lo hacía te enterebas del secreto y bailábamos despacio, en cada fiesta más cerca, la última vez más cerca que nunca, con miedo, con una alegría silenciosa, los ojos clavados en la pared porque preferíamos mirarnos así, desde la pared, recordar desde ahí todas las charlas de los recreos, desde tercero en adelante, porque desde tercero que te conozco ¿y sabes qué?, desde esa época me gustás, sí, me encantó que entraras al grado, que fueras la más nueva, la más misteriosa, tan tímida vos, tan bonita, que justo la maestra te hiciera sentar adelante mío, eso fue lo que más me gustó, estabas tan cerca que para mí era como si ya fueses mi novia, en serio, ya desde el principio supe que nos llevaríamos bien, vos mi mejor amiga, yo tu mejor amigo, por eso ni me sorprendió que en ese primer recreo te acercaras despacio, que fueras vos la que se acercara, vos, la nueva, no yo, y me dijeras estoy triste, yo no quería cambiar de colegio, mis papás me obligaron, estoy muy triste, y estabas tan linda cuando me hablabas que no supe qué decir, sólo te dí la mano y te invité a jugar al poliladron, allá en el fondo del patio, sí, allá, ¿ves?, donde están todos, les va a parecer bien que vengas, dale, yo te invito, ¿sí?,
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Por Juan Manuel Daza

Un fin de semana, durante el invierno del 2009, decidí escaparme a Córdoba para pasar un par de días con Vicente Luy y tener la posibilidad de entrevistarlo en su lugar, en su casa. Llegué un viernes a la noche y en su casa Vicente me esperaba con una heladera llena de Coquitas de restaurant (esas de 350 cm3), cervecitas Negra Modelo, un kilo de muzzarella y una prepizza.
Lo único que sobrevivió a aquella primera noche, fueron las coquitas. Porque la cerveza, la prepizza y el kilo de muzzarella, nos lo comimos todo. Y es que Vicente era así, generoso a su manera. Te recibía bien, siempre te recibía bien. Aunque no estuviera en su casa, siempre se advertía en él una caballerosidad y una atención realmente interesada.
Vicente había estado durante unos meses trabajando con Hernán (poeta, compañero de Los Verbonautas y mejor amigo) para compilar su nueva y más ambiciosa antología. Porque eso era lo que hacía Vicente en esos tiempos: tenía ganas de crear el set perfecto, con sus mejores poemas. Descartaba viejos poemas que le parecía que no funcionaban, se ponía cada vez más selectivo e incluía también unos pocos poemas nuevos que representaban algo de todo lo que le estaba pasando en aquel presente.
Con Editorial Casi Incendio La Casa, tuvimos la suerte de ser los editores de esa última antología que Vicente preparó: “Poesía Popular Argentina”. De la que dijo, en algunas entrevistas, que había sido el primer libro por el que no había tenido que poner un solo centavo. Lo cual, lo hacía muy feliz. Porque todo el dinero que tenía y que había usado siempre para tratar de impulsar su obra, se le había acabado.
Este momento, en el que transcurre esta entrevista que a continuación van a leer, lo encontraba un poco así: acabado. ¿Por qué? Porque el espíritu de Vicente siempre estuvo tullido. Su historia, desde su nacimiento, así lo había marcado. A escasos meses de su nacimiento, sus padres mueren en un accidente aéreo. Vicente pasa su infancia vagando a través de diferentes familias adoptivas hasta que comienza definitivamente a vivir con su abuelo Juan Larrea, famoso poeta, ensayista y escritor español, con el que estuvo hasta su muerte (que ocurrió cuando Vicente tenía 20 años). Y de su abuelo era todo el dinero que él había heredado y que le permitió, de alguna manera, dedicarse de lleno a la poesía hasta su propia muerte: ese suicidio que había intentado construir tantas veces, sin éxito, y al que pudo acceder luego de unos cuantos años de sufrimiento e internaciones en psiquiátricos. Vicente buscó hasta el último momento dos cosas: amor y reconocimiento. Pero no tuvo mucha paciencia, no pudo con sus fantasmas. Se suicidó el pasado 23 de Febrero de 2012 saltando desde un piso siete en Salta.

¿Por qué “Poesía Popular Argentina”?
Porque mi poesía, básicamente, es de cabotaje. No usa metáforas, sino ejemplos. Entonces, me meto con la argentinidad para dar ejemplos. Y luego, es una poesía que muere rápido y que afuera de este lugar, no sería entendida. No es una poesía para ser producida o que vaya a perdurar. Trabajo en la construcción del ahora. Por eso, es tan interesante esta propuesta de publicar el libro allá (en Buenos Aires).
¿Por qué escribís poesía?
Escribo porque me es natural, como lo era jugar al futbol… cuando podía. Y… tengo un complejo mesiánico que va y viene porque soy medio bipolar o algo parecido. …Me perdí…
¿Por qué escribís poesía? Decías que porque te era tan fácil como ir a jugar al futbol…
No sé si fácil. Ahora me está costando escribir, no estoy pudiendo escribir. De casualidad, anteayer saqué un poemita que me dio una gran alegría porque estoy llenando cuadernos sin sacar nada. Pero lo mismo, yo me siento un poeta: esté escribiendo o no esté escribiendo. Trato de que mi realidad se vea reflejada en la poesía. Es decir, trato de mostrar un alma verdadera, con sus contradicciones y demás. Mostrar la búsqueda, la luz. ¡Es una enfermedad, como te darás cuenta!
(risas)
Porque no hay ese halo de luz. No sé, yo quisiera dejar de odiarme y estar en paz. La vida es hermosa aunque los ojos no puedan verlo.
(suena el teléfono)
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The Quindimils retrata, en clave electro-punk, el imaginario outsider argento con su primer EP: La caravana de la lealtad.
Por Joel Vargas
En la era del peronismo 2.0 llega desde Lanús la última sensación justicialista: The Quindimils. La banda de zona sur se apropia del nombre de Manuel Quindimil, uno de los más famosos caudillos del Conurbano Bonaerense, y lo vuelve suyo. La ironía es más que obvia.
The Quindimils es el nuevo proyecto de Nicolás “Yonki”, un viejo guerrero de Cemento. La caravana de la lealtad es el primer disco de la banda y tiene la particularidad de ser en vivo. Fue grabado el 3 de abril de este año en el ya extinto Le Bar.
El Yonki es un pequeño napoleón, con sus letras disecciona el imaginario outsider, la densa realidad. Su  voz de niño punk te invita a saltar sobre bases que remiten a un minimalista Devo. También forman parte de su universo musical teclados ochentosos y bases a lo New Order
“Pinche Navidad” es la mejor prueba del drum and bass furioso y divertido que proponen.  El hit es “Como Hank”, un relato oscuro que se escapó de una mañana verde de la gran ciudad. La personalidad de ese Hank contagia  “y no vamos a parar, tampoco maniatar”. Y si vamos a hablar de personajes siniestros, “El hombre bolsa” te rompe los dientes con una vorágine de samplers.  Mientras El Yonki, junto con Fok de Electrochongo, te cuenta las fabulas de los que tienen pasta de campeón, esos cerdos y peces que pueblan las calles porteñas. 
“Siempre quise ser tu amigo, no me importa que seas nocivo” esa frase de “Tolueno” es un culto a la amistad y revela otra de las facetas del Yonki. También hay romance en “Te Acordas?” y el anuncio del fin de locura  (¿o el comienzo?) en “El Principio del Final”. The Quindimils es una nueva forma de encarar la “Densa Realidad”
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El director Mariano Stolkiner, que el año pasado puso en escena la poética de Sarah Kane, esta vez presenta Shopping and fucking del dramaturgo ingles Mark Ravenhill, una obra fundamental del  “In-yer-face theatre”.

Por Nadia Sol Caramella

Casi en penumbras. La luz sobre una mesa y tres sillas. La escenografía no avanza sobre la escena, apenas aparece delineada. Entonces el despojo, la falta. Tres personajes: dos hombres, uno maduro, otro joven y una chica, están cenando, la acción se inicia cuando el viejo vomita. El vómito violenta, genera repugnancia, es el primer indicio de lo que vendrá. 

A esos tres los une un triángulo amoroso. Al común de la gente no le gusta la asimetría, porque genera caos, desconcierto, los entristece. Sin embargo, estos outsiders maman vida del caos, de eso se trata vivir en la periferia, de rebotar de un lado a otro para encontrar algo, cualquier cosa que los salve un poco. El relato de esta familia queer parodia el mecanismo del consumo que hace de los afectos una mercancía. El viejo había comprado a los jóvenes, a su antiguo dueño, en un supermercado. En la acción de comprar y pagar por relaciones de amor y de sexo, el cuerpo adquiere estatuto de objeto. El consumismo remplaza toda moral, aliena y reproduce una sexualidad opresiva que lastima. El cuerpo se transforma en un arma de autodestrucción. 

El viejo decidió dejar la cocaína y repite sin cesar “quiero estar limpio”, porque  quiere liberarse de su necesidad de amar, de poseer, de esa dependencia del amor como del consumo de drogas. Esta salida del hogar desencadena en conflicto, los jóvenes deben salir a la vida a buscar trabajo para sobrevivir, en el camino se encuentran con un hombre nefasto, con aires de sabio, que les abre las puertas al tráfico de drogas.  

Un jovencito, una especie de Rimbaud que no escribe poesía, cede al sexo por plata y algo de cariño. Entra en escena abriendo aquel triangulo amoroso, entablando un relación comercial con el viejo. Para este personaje una mancha de sangre en el calzoncillo se convierte en el fundamento de su vida. El dolor que le sube desde el ano hasta la garganta, es profundo, porque se le anuda al cuello y lo termina matando. Con solo catorce años, su padrastro le había enseñado que la paternidad era cosa del flagelo, la subordinación y el abuso del otro. Así subsiste en la trama, dejándose hacer, decir, tocar, chupar para sentir algo de la vida externa, porque ya estaba muerto por dentro. 

El dramaturgo ingles Mark Ravenhill decidió hablar de ese tipo de personajes y hacer foco en la marginalidad contemporánea, exponiendo de manera crítica la exclusión social. Es curioso que esta obra se haya escrito en el contexto de los años noventa en Inglaterra y que aun así este tópico suene tan actual y universal, que bien podría desarrollarse en Buenos Aires, en Montevideo o en Pekín.  

Ravenhill experimentó, junto con Sarah Kane, y otros genios británicos, un teatro que se inscribe en el autoproclamado “In-yer-face theatre”, un juego de palabras, que significa “teatro en la cara”, pero también, “teatro por atrás”. Se trata de una dramaturgia signada por el desarrollo de las nuevas tecnologías y el descreimiento del capitalismo. La palabra en esta obra adquiere un valor fundamental, el autor utilizó la crudeza lírica del realismo sucio y la palabra como construcción profunda que sirve para desenmascarar las vilezas de la sociedad de consumo y del espectáculo. Shopping and fucking es una ironía del capitalismo. Deja al espectador shockeado y herido de realidad. Lo enfrenta a su naturaleza. 

Estamos ante una obra que, por suerte, es indigerible. A la que nadie, que se precie amante del teatro y del arte en general, puede dejar de ver. Porque se alimenta de la miseria de este sistema, de comprar y coger, de esos outsiders que no son otra cosa que la resaca de una sociedad de mierda, en la que todos accionamos forjando esto que somos. Los sujetos quedamos presos de un entramado de dependencias y de violencia constante. Algunos viven en las periferias de la sociedad, robándole minutos a los días para sobrevivir. Hay vagabundos, chorros, drogrones, putas, taxi-boys, dealers, que pasan inadvertidos ante la vista hipócrita del buen burgués. Esta obra nos devuelve la mirada, una mirada maldita de la ciudad contemporánea y sus bajezas.  


[Ficha técnico-artística]

Autoría: Mark Ravenhill
Traducción: Rafael Spregelburd
Actúan: Eugenia Blanc, Lucas Lagré, Luciano Ricio, Daniel Toppino, Alfredo Urquiza
Diseño de vestuario: Merlina Molina Castaño
Diseño de escenografía: Santiago Badillo
Diseño de luces: Julio López
Diseño sonoro: Fernando Sayago
Video: Santiago Badillo, Mariano Stolkiner
Música original: Fernando Sayago
Fotografía: Guido Piotrkowski
Diseño gráfico: Santiago Badillo
Asistencia de dirección: Julieta Cajg, Mathias Sassone
Dirección: Mariano Stolkiner

[Funciones] 

Valentín Gómez 3378 
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4862-7400
Viernes - 21:00 hs  (Hasta el 29/06/2012)
Entrada: $ 60,00 / $ 40,00  

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Florecer y fosforecer
brillando en la noche

Poema vudú
hecho con tus palabras

Poema vudú
pinchado por agujas de silencio
para hacerte decir lo que fingís

Sinfonía de esqueletos
percusión de huesos

Turbulencias de ultramar

Despiertan las espigas
otra vez

Fosilizo mis palabras
y solo hablo con miradas

Profundo resplandor
en la cornisa

Tu corazón brillaba rojo
como un zafiro gigante

Yo volvía a nacer en la visión
del paisaje pintado con sylvapen
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I
De cómo se supo por primera vez de su existencia

por Rubén Blasco 

Connected Generation Art PrintNunca nadie había oído hablar de ellos. No se conocía de su existencia. Ni siquiera tenían nombre. Como si nada a lo que nadie se hubiera molestado en poner nombre fuese capaz de existir por sí mismo, al margen de las palabras.

La gente, por las mañanas, iba a sus trabajos en sus coches con las malas noticias de la radio como obligada sinfonía. O en trenes, recién lavados pero sin alma, donde la gente bostezaba y bostezaba tratando de tragar los últimos alientos de sueño. Todos ellos habían olvidado sus rostros en sus casas, o en otra ciudad, o en otro país…

Y ninguno de ellos sabía todavía que pudieran existir.

Una mañana, los primeros que marchaban hacia sus obligaciones como quien acude al matadero, aún de noche, vieron al primero. Con una pierna y dos muletas, cerca de un semáforo.

Al día siguiente había otro en el semáforo de en frente, ya estaban este y aquel. Otro día más y ya eran este, aquel y el de allí.

Con el paso de los días laborables, sin contar puentes ni fines de semana, donde había dos luego eran cuatro, después ocho y no mucho mas tarde dieciséis, como una progresión maltusiana.

Se acercaban a la ventanilla del conductor, enseñaban un vaso vacío del McDonald´s, que por supuesto no habían apurado ellos. Entonces les decías que no y ellos lanzaban un maleficio indescriptible.

Jamás se supo que idioma era aquel tan extraño que hablaban. Los filólogos más importantes se pusieron frente a ellos y no pudieron sacar nada en claro. Como los unos no daban monedas, los otros no daban palabras.

Tampoco nadie les había visto irse a dormir; recoger sus bártulos y monedas en una sucia bolsa de deporte e irse a descansar hasta el día siguiente.

Lo que nadie sabía era que dormían dentro de los semáforos acomodando sus miembros a la infraestructura. Por eso a veces aparecían con una extremidad de menos que el día anterior lucían. Si para dormir a gusto les sobraba, yo que sé, pongamos que un brazo, lo apartaban para siempre de su anatomía como si nunca antes lo hubieran tenido. Sin apego, ni remordimiento alguno.

Una mañana  uno de ellos, con un brazo de menos, al día siguiente fue la pierna contraria. Después fue el otro brazo y finalmente la única pierna que le quedaba. Por eso todos se empezaron a reír de él ¡en que semáforo tan pequeño debía de dormir!

Por las noches los colores del semáforo lucían según el estado de ánimo de su inquilino.

El verde brillaba si habían obtenido una buena recompensa durante el día o si de repente se sorprendían tarareando una canción que creían olvidada. Cuando recordaban algo y tenían morriña de otros lugares y sus gentes resplandecía el naranja, por que los hombres que vivían dentro de los semáforos no sabían si eso era bueno o malo. Por una parte les entristecía el hecho de que hubiese cosas que echasen en falta, pero por otra los recuerdos les anclaban a la vida. Sin embargo, ¡que cuidado había que tener con el semáforo en rojo! Sus vasos de cartón no tintineaban lo suficiente, o las tripas les rugían y querían arrancarse el ombligo. A veces su furia llegaba tan lejos que las bombillas rojas habían llegado a estallar.

Cuando algún semáforo se rompía durante el día esperaban pacientemente sentados en un bordillo hasta que llegase el operario y les devolviese su medio de vida mientras la circulación se volvía loca. Pero si este tardaba en llegar, o simplemente no llegaba, ellos, sabiendo que aquella no era su competencia, se metían dentro del semáforo cuando nadie los miraba y arrancaban las venas de sus brazos, si es que aún conservaban alguno, para unirlas a los circuitos y cables y dejar allí fluir su sangre. Cuando el luminoso volvía a tener pulso volvían a pedir monedas con cara de no haber hecho nada.

Alguna vez al llegar el operario se había encontrado su trabajo hecho y había pensado que se trataba todo de una broma.

Y así fue como la gente supo por primera vez de la existencia de los hombres que vivían dentro de los semáforos.

Publicado  originalmente en  Falsaria

[Contacto del autor]
rblasco1985@hotmail.com


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La revista que reunió a numerosos poetas salidos de la caldera de los 90 y logró consolidarse como un mito de la resistencia político-cultural de la producción literaria de aquellos años. 


por Ezequiel Landaburo

Empecemos desde el lugar común. ¿Qué ocurría en la Argentina en el año `90?
Para el mes de marzo se producían las últimas olas de saqueos comenzadas en mayo del `89: crisis generalizada; un año antes se había sido editado ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado;  Hora Clave ganaba el Martín Fierro a mejor programa periodístico; aparecía brutalmente vejado el cuerpo de María Soledad Morales, desnudando la corrupción catamarqueña y el deliberado encubrimiento del poder político nacional de turno; Chaco For Ever lograba la permanencia en la Primera División del Fútbol local, ganando el desempate a Racing de Córdoba por 5 a 0, River sería el campeón; el menemismo arrollaba con la Ley de Reforma de Estado, sancionada un año antes; Franja Morada hegemonizaba los espacios políticos universitarios; en la generalidad de la juventud política se desvanecía aquella ilusión de la primavera alfonsinista; el asalto a Tablada era un hecho reciente. “Algunos pibes de los que fueron a Tablada vos los habías visto en la puerta de Cemento”, dice el poeta Martín Gambarotta[1]. En noviembre de 1990 se edita el primer número (doble) de la revista literaria 18 whiskys, nombre atribuido al récord de Dylan Thomas. 

----Hay quienes pretenden hablar de una generación de poetas del 90. Para ellos sería indispensable 18 whiskys, allí no solo encontramos poemas de los entonces jóvenes de los 90 sino también el armado de un campo de pertenencias (no tanto de legitimaciones, para ello estaba el Diario de Poesía) en el que se dejan ver la conformación de un campo cultural-artístico específico. Tanto el neobarroco perlongheriano como las influencias de la poesía objetivista norteamericana de Williams Carlos Williams, que por continuidad tenía algo del imaginismo de Pound, no eran canónicos ni de circulación masiva. En una entrevista, Damián Ríos dice al respecto de esta generación: “Me parece fundamental la relectura que hicieron muchos poetas de autores como Zelarayán, Joaquín Gianuzzi, Arnaldo Calveyra, Andrés Caicedo, que en aquel momento circulaban casi exclusivamente en fotocopias y hoy se puede acceder a ellos a través de obras reunidas”[2]

Este grupo representó su propio canon y optó por una resistencia político-cultural de la producción literaria. Si se asume esa resistencia como un acto más o menos deliberado es otra discusión (por ejemplo Punctum, de Martín Gambarotta que, reeditado hace pocos meses, toma una posición crítica consciente respecto a ese momento político).

El grupo de 18 whiskys reúne una parte de los numerosos poetas salidos de la caldera de los 90, y establecer entre ellos caracterizaciones demasiado generales puede ser arriesgado; en ese sentido es preferible delimitar las relecturas de esta generación que sirvieron a la conformación de un nuevo canon, o bien encuadrar el fenómeno en el cambio en los modos de producción, la difusión de las obras y la ruptura de cierta concepción individual en pos de una producción colectiva. Sin dudas, estos factores afectan la actualidad literaria. Los ciclos de poesía, por otra parte, otorgan hasta el día de hoy nuevos espacios de circulación de saberes, muchos menos dogmáticos y más populares, una sutil forma de sacarle la careta a la poesía.

18 whiskys es muy difícil de conseguir. Sus dos números, ambos dobles, son de los años 90 y 93 (hay un tercer número del que lo único que se sabe es que no fue publicado). El grupo editor comenzó a formarse entre integrantes de la carrera de Letras, entre ellos Daniel Durand, José Villa y Rodolfo Edwards, a quienes se sumaron Darío Rojo y Fabián Casas, Juan Desiderio y Gerardo Foia y otros. Ya a fines de los 80, algunos de los integrantes de este grupo publicaban La Mineta, un órgano de poesía de una sola hoja, diseñado especialmente para su circulación y con un concepto sustancialmente colectivo; cualquiera que estuviera interesado en publicarlo, no tenía más que pedírselo a su director Edwards.

Decíamos, la dificultad de conseguir la revista la convierte en una especie de mito, se sabe fundamental para la época pero no son muchos quienes la leyeron. Dice el mito que Juano Villafañe, por ese entonces a cargo de Liber/arte, fue uno de los principales motivadores, haciéndose cargo -en parte- de la financiación de la revista. Se dice también -en aquella época, los noventa, pasaban tantas cosas y tan pocas a la vez- que la recepción, entre los iniciados, fue deslumbrante. 

En el primer número, se destacan la conversación sobre Girri y una entrevista a Jorge Alucinio y Arturo Carrera. Este último, vinculado con el neobarroco que, según José Villa, fue punto de coincidencia en cuanto a disconformidad por parte de los integrantes de la revista[3].

Por el contrario, y de eso va la segunda entrega de la revista, hay una toma de partido por el objetivismo, pero para evitar, nuevamente, riesgos de encasillamiento, digamos que la toma de partido es por el lema de Wiilliams “no ideas salvo en las cosas”. De ahí la nota de Fabián Casas sobre Joaquín Gianuzzi y el dossier de Williams en donde se presenta la relación de éste con Pound, una traducción de fragmentos del Paterson, a cargo de Sergio Raimondi; más un reportaje inédito traducido por Teresa Arijón y una críticas de Durand a un poema. Sobre el final de esta segunda entrega hay una recomendable (aunque probable-seguramente no consigas la revista) entrevista a Diego Maquieira titulada por su escandalosa declaración: Se puede ser barroco sin ser maricón.
También conforman este número una antología de poesía japonesa, un poemas de Villa y de Ainbinder, una aguafuerte de Edwards y poemas de Juan Desiderio y Daniel Durand, entre otros.

Las producciones y discusiones que se dan en torno a estos dos números marcan un camino significativo para parte de una generación de poetas, escritores, editores y traductores que recién comenzaba a imponerse. Pasarían muchas cosas de ahí al final de la década, digamos que se empieza a abrir el partido a los ciclos de poesía, concursos y otras revistas literarias (entre ellas, quizá las más conocidas sean Vox y La novia de Tyson) que se fueron perdiendo o encontrando como hoy 18 Whiskys, que probablemente no exista y sea parte de una esquizofrenia colectiva que dejó la década neoliberal. Y así  pasamos las tardes de invierno leyendo revistas que ya no existen y tal vez nunca existieron.     


[1]    Martín Baigorria, “El poema es un medio de comunicación”, en Ni a Palos, 5/02/2012, pág. 6 
[2]    Mercedes Halfon, “Poesía eres tú”, en Radar Libros, Página/12, 27/12/2009
[3]    Osvaldo Aguirre, “José Villa: Busco que el poema tenga una ondulación musical”, en Diario de Poesía, diciembre de 2011 a mayo de 2012, pág. 4