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3 Pecados y Las Ligas menores debutaran en la 12va edición del Festipulenta, uno de los eventos más importantes de la escena independiente actual.

Por Joel Vargas

Este jueves 1 de Marzo arranca  Festipulenta Vol.12, una edición que se viene con todo y tendra lugar en El Zaguán (Moreno 2320, Once). El festival nació de la cabeza de Nicolás Lantos y Juan Manuel Strassburger cuando volvían de un recital de Viva Elástico y 107 Faunos en Pura Vida, allá en localidad de La Plata. Ellos se preguntaban cómo no había más seguido recitales así, por eso pusieron manos a la obra y crearon este clásico de la movida indie capitalina.

Durante los cuatro días del festival, habrá bandas para todos los gustos, desde Acorazado Potemkin, pasando por Mujercitas Terror hasta Javi Punga. Uno de los platos fuertes será 3 Pecados. Estos hijos pródigos del Uruguay tienen un pasado hardcore y rabioso que se puede apreciar en su primer LP: Pesadillas para niños y travestis dadaístas (2007). En esa época se hacían llamar “3 Pecados, es una mierda”. En el 2011 editaron su tercer LP: Diciembra, uno de los mejores discos del año pasado, plagado de canciones pegadizas. La voz de Pau O’Bianchi (cantante y guitarrista) es droga para los oídos. Su manera de cantar y de estirar las frases es lo que embellece aun más a las melodías. La música no es tan rabiosa como antes, es más introspectiva con arreglos simples y efectistas. El formato guitarra, teclado y batería da lugar a una intensa experimentación del sonido. ¿Qué decir de las letras? Hay versos hermosos en “Encandila”: La reina de la luz, apareció / mezclando los colores de la habitación / con sus dientes gigantes me encandiló / usando su sonrisa como un reflector. / Ella anda en skate y en soutien. / Me regala dibujos que me hacen bien. / Te pido oscuridad no la espantes, / aunque me electrocute sos el amo rey.  También hay tiros en el pecho, palabras que se vuelven canción, la que le da nombre al disco: “Año nuevo y todo sigue tan viejo. / Esperando el primer amanecer con tres amigos en un sillón. / Yo te quiero acá, regando el humo de tu cigarro. / Yo te quiero acá, contigo todo es tan extraño. / Hoy estoy más dormido que drogado, amiga buen fin de año.”  No hay dudas, verlos en vivo será  hipnótico.

Las Ligas Menores también debutará en el escenario pulenta. Hace poquito editaron, a través de Laptra, su primer EP: El Disco Suplente, con seis canciones herederas de la escuela de Rosario Bléfari. Este disco suplente, como bien dice su nombre, viene a llenar el vacío que uno siente después de una separación. El disco empieza con “Accidente” y una constante musical que se repite a lo largo de todas las canciones: guitarras simples con un ritmo bien marcado por el bombo de la bata y las cuatro cuerdas del bajo que envuelven la canción, produciendo como resultado un efecto minimalista. La voz de Anabella Cartolano destila esencia femenina y frases filosas como: Cuando termine todo /  y cuando yo pueda hacer bien lo que yo quiera / voy a salir sin llamarte /  y voy a gritarle a todos en la calle / que todo terminó / no te necesito, / ya no hay mas nada que cantar hoy, / voy a escuchar un disco. También hay nostalgia y, por momentos, se derrochan sonrisas porque la premisa es recordar “de la manera más linda y más feliz”, como dice Anabella en el punkito  “El Baile de Elvis”. En “Buscando” el encargado de las voces es el guitarrista Pablo Kemper, y se vuelve un fauno oscuro dando lugar a la búsqueda desesperada de ese alguien que ya no está más.  El momento del pogo llega con “De la mano”, que por momentos recuerda a “Churrasco Violento” de Superuva por la melodía pegadiza. La tranquilidad vuelve con “Movimiento” en la voz de la bajista María Zamtlejfer y un teclado que ilumina. Todo concluye con “Crecer”, una canción que le hace honor a su nombre y va creciendo en intensidad a lo largo de los dos minutos y medio de duración. Hace unos días, escribieron en su facebook: “¡Vayan preparando esas gargantas para cuatro días de himnos, gritos y coritos!” Que así sea.



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El dolor del mundo
Como hundir 
la cabeza en la almohada
como soñar en paz
cuando muchos mueren
antes del alba
con la panza vacía
la cabeza anestesiada
el futuro desangrado

Cuando despierte
esto habrá acontecido
nunca sabré sus pasos
los nombres 
habré desconocido
y luego
como volver a dormir
conociendo
que todo esto sucede
una y otra vez
sin orgasmos

Duele tanto
no poder demorar 
el dolor del mundo
con una sola mano
mientras 
hacemos silencio
el agua baja turbia
esto es tan efímero

Injusticia
es un cuerpo violentado
que se duerme frío
sin haberse acostado
los sueños llenos de esquirlas
de una bomba que estalla
haciendo agua en el fuego
de tan ciegos 
no escuchamos 
el ruido de la mecha
que se enciende
haciendo bulla de metales
en medio de la mañana




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Azúcar quemado
azúcar marrón

Pequeña lava dulce

Caricias guardadas
en bolsas de alpillera

Te cascotean el alma

Karma con gusto no pica

Silban las ánimas
del ánimus

Comiendo vidrio
sin cortarse la lengua

Paseando al corazón felíz
en carretilla

Soldaditos de plomo
luchando en el recuerdo
la guerra de la infancia

Pequeños dolores cotidianos
como fibras de mango entre los dientes

La lengua del deseo
no sirve para lamerte las heridas

Confites psicoactivos
alterando la percepción

Buscando día tras día
los puntos que coincidan
con las fichas de tu dominó

Sintiendo tu perfume azulado
como el rico olor de la nafta súper

Tatuajes de virgencitas
con tinta de birome

Y tu carnecita roja
y jugosa como una sandía
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Moscas en Rosas de Chimu y sus chimeneas

moscas en rosas
como el hombre que busca miel
lo miro y no lo entiendo
puedo querer correr
mientras
no
me
veas

Esta no es
Mi verdad
Esta no es
Mi verdad
Ni naciones
Ni banderas

¡no!
no nos pueden comprar
no deben corrompernos
informaciones falsas
que empañan la visión
madera noble,
roble es mi corazón

esto no es un gran Teg
ni naciones, ni banderas

ey, hoy
sos animal
aunque te duela 
sos
igual
como un perro
una cebra
como chimango
una pantera

hoy no hay
pilares
que sostengan
bendiciones o estrategias

ey, hoy
sos animal
ooh, no hay
…hoy sos animal,
aunque te duela
sos igual
como un perro
una cebra
como chimango
una pantera







Buen viaje loco, a donde estés que seas feliz... 
Escrituras Indie
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por Gastón Malgieri


Desearía haber probado con enhebrarme los pliegues de este llanto y hacerle voladitos a la enagua de este insomnio. Hacerme una mantita de moronganda que cubra el lacio trans/currir de los días, la pesadillesca sensatez de algunas contusiones. O aprender, de una vez por todas, el dobladillo y el pespunte, así los hilos ayudan a contener  la verborragia de esta lengua malherida. Pero no llegué a tiempo. Y ahora tengo nudos en mis tres gargantas. Desvelo, furia y pesadillas.

Negada para el bordado, el zurcido y la prudencia, taconeo desbocada por los pasillos de los lugares a los que nadie me ha invitado nunca, pidiendo ungüentos y apósitos para este tajo extremadamente doloroso. Nadie puede darme consuelo. No necesito consuelo. Necesito escurrir la inercia. Así, herida y a los tumbos. 

No estoy dispuesta a contar cadáveres con el ábaco perverso de la costumbre. No estoy dispuesta a que la congoja sea titular mañana en el periódico de las culpógenas redacciones amarillistas. Ni a pedir disculpas por querer armarme hasta los dientes y arremeter contra el estado que asesina, y luego decreta duelo nacional, con bandera a media asta y cara de circunstancia para la foto.

No soy impermeable. No tengo humor para jugar a la dicotomía. Ni este cuerpo tiene fuerzas para enarbolar el cinismo que deviene metástasis en el anonimato de lxs comentaristxs de las páginas de noticias.

No quiero el hábito de la muerte, la vuelta de hoja, el dato duro, o esos cartelitos impunes que chorrean de las bandejas frías de las morgues.

No quiero volverme inconmovible, o conmoverme solo cuando se les ocurre a los noticieros, musicalizando mi angustia (y la de tantxs) a toda orquesta, como si todo, finalmente, se tratara de una mala película épica.  

No quiero explicaciones técnicas. Los tecnicismos no exculpan al Estado de la responsabilidad por las décadas de desdén con las que manipularon nuestra suerte, jugando a la ruleta rusa con los cuerpos.

No quiero la indignación contenida y empaquetada en el clickeo pasivo de las redes sociales. Ni pretendo que vengan a explicarme que esto es parte del mecanismo del Capitalismo Salvaje que nos asesina. Lo tengo claro. Y aún, a costa de tenerlo claro, no puedo racionalizar el desdén. Me niego a racionalizar, a intelectualizar el desdén.

No quiero millones de rostros iluminados catódicamente, mientras lxs responsables desde sus despachos minimalistas ven de qué manera abaratar costos, acrecentar ganancias, con la certeza de que soy (somos) números que suben o bajan. Pura intangibilidad, signos abstractos,  a merced del destino y la contingencia.

No quiero volverme una indignada que dice “qué barbaridad, me podría haber pasado a mí” y sigue sin hacer nada al respecto.

No tengo claro qué hacer, pero confío en que la bronca me levante de una buena vez de esta silla y me saque a la calle, para hacerles saber a quienes programan mi vida como un índice numérico, que acá estoy, que acá está este cuerpo dolido, embroncado, dispuesto a no sumarse en la inercia que nos lleva a estar cada vez más cerca de la apatía.  
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Necrospectiva II (Cinosargo 2011): Cuentos de gore, de locura y de muerte

Hedor santificado in nomine Patris

La densa atmósfera que satura las páginas de estos relatos está cruzada por el hedor que llena todos los espacios reales e imaginarios y se apropia del lector, invadiéndolo como una plaga de insectos, hasta querer asfixiarle de modo que el suicidio sea su única salida. Obsesiva tendencia que busca en lo nauseabundo, un intersticio para atormentar al lector, hurgando en sus íntimos temores, interpelándolo casi con rabia: “me das pena… me repugnas… mírate… te regocijas con el hedor, te regocijas con la carne”, y en otra parte: “ya te lo dije una y mil veces… perfórate la cabeza, escapa, huye, es la única forma de afrontarlo, la enfermedad poco a poco te consume, la infección se ha apoderado de tu organismo por completo… la degradación de la carne ha comenzado”. El protagonista principal es el cuerpo humano, ese templo sagrado que todos cuidamos y evitamos su ruina, al que buscamos perfeccionarlo a fuerza de prótesis y cirugías, evitar su degradación, inmortalizarlo… el cuerpo es, pues, nuestro último refugio. La degradación de la carne es algo que no quisiéramos siquiera concebir como idea. Sin embargo, este libro nos desafía, nos horroriza, nos somete a un espectáculo grotesco al cual asistimos para ver nuestros cuerpos mutilados como en una escena teatral del Gran Guiñol o una película gore extrema.

El mundo como un inmenso muladar, los cuerpos en descomposición y el hedor como telón de fondo, puede leerse como la simbolización de una realidad decadente que nadie se atreve a descubrir, como el depósito de excrementos que enterramos en el patio trasero o la fosa de cadáveres que algunos gobiernos ocultan; preferimos vivir una realidad encubierta, cómoda y sin sobresaltos; sin embargo, como dice el autor, “la realidad es otra, es algo más bien oscura, bastante triste y también grotesca”. La búsqueda de una realidad más allá de los tabúes que nos autoimponemos, esa parece ser la clave de este libro; todo en él está consagrado a la estética de lo grotesco donde el hedor es como un bálsamo que purifica los cuerpos luego de la descomposición. Desde la cita al final del primer capítulo que dice: “Alimentándome con pedazos de putrefacción, los dientes se desintegran, los dedos de los pies se desprenden, nos arrastramos igual que las lombrices que las ratas y aves comerán…” (Dies Irae, Devil Doll), las escenas se suceden como en un film de serie B: Un tipo que asalta una carnicería para comer carne cruda; otro que se arrastra en el basural hurgando bolsas de comida podrida junto con las ratas, gusanos, cucarachas y moscas; aquél que unta un trozo de pan duro y hongueado con la materia purulenta que chorrea de su brazo, para saborearlo con repugnante placer; éste otro que exclama: “En ocasiones siento el deseo de beber el agua de los frascos que deja la gente en el cementerio” y aquél otro que dice: “La materia purulenta se desprende de mi cuerpo… soy un dios mutante, decadente, un dios preocupado por las cartas de desalojo, de pagar cuentas atrasadas, un dios despreocupado de la vida que ha creado”; son como escenas de gore explícito y visceral. El lenguaje es eminentemente visual, cinematográfico. Uno de los capítulos está dedicado a Albert Fish, el famoso asesino en serie que, según estudios psiquiátricos, fue homosexual, masoquista, voyeurista, coprófago, fetichista, pedófilo, caníbal, sádico… en fin, un tipo que se ufanaba de haber matado a más de cien niños y que antes de morir, exclamó: “qué alegría morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío, el único que todavía no he experimentado”. En personajes siniestros como el viejo Fish o Anatoli Onoprienko uno puede hacerse la idea de cuán endeble es la frontera que nos separa de nuestra naturaleza animal, ese instinto asesino que aflora cuando menos lo esperamos.

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Un breve análisis de las anacrónicas costumbres culinarias del escritor Marcelo Birmajer.

Por Cristian J. Franco


Publicada hace unas semanas, la sintomática columna del escritor argentino Marcelo BirmajerA mí sí me gusta la SOPA” desencadenó una especie de lapidación digital cuya polvareda a esta altura ya se ha disuelto casi por completo. Sin embargo, y condenándome a ser mero furgón de cola del justo repudio generalizado de que fue objeto su cruzada pro-SOPA, me gustaría hacer un breve (e incompleto) desmantelamiento de las opiniones de Birmajer: su anémica línea argumental, su resplandeciente rejunte de lugares comunes, su enfática ignorancia, su perfección en la acrítica naturalización del status quo, pueden sernos didácticamente muy útiles para reflexionar una vez más acerca de los nutrientes de esa SOPA que a él tanto le deleita el paladar.
Comencemos, pues.

Según Birmajer, por culpa de las “descargas ilegales” y la “disminución instantánea de las regalías por derechos de autor” que estas provocan, los artistas “no podrán dedicar su tiempo completo a sus vocaciones” y esto generará, a largo plazo, “el deterioro en la música y el cine”. La primera y más ingenua pregunta que surge de inmediato es ¿cuántos músicos, cuántos directores de cine, cuántos escritores viven de esas supuestas regalías por derechos de autor que garantizarían la dedicación plena a su arte? ¿Alguien lo sabe? Sin necesidad de recurrir a estadísticas, podemos arriesgar que el porcentaje (absoluto o relativo) no debe ser excesivamente elevado. ¿Será esto culpa del “tráfico gratuito e indiscriminado en Internet de películas y canciones” como parece creer Birmajer? ¿Es a partir del surgimiento de la piratería digital que los artistas han empezado a tener serios problemas para parar la olla? ¿O quizás el problema sea un mercado cultural dominado por empresas multinacionales millonarias a las que poco y nada les importa el bolsillo o el estómago de los artistas? ¿Tendrá algo que ver la ausencia de políticas estatales serias que protejan y alienten el trabajo artístico genuino? Un artista tiene el derecho a poder vivir de su arte, quién puede negarlo. Pero habría que preguntarse si la verdadera amenaza para los artistas y para el arte no proviene de los diversos sectores y representantes de una monstruosa industria cultural dedicada a hacer miles de millones de pesos y dólares y euros mediante la explotación de esos mismos artistas a los que dicen querer proteger cuando en realidad lo único que les preocupa son las ganancias astronómicas que desembocan como por un tubo en las cuentas bancarias de unos pocos empresarios globales.
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Andrea Balency Trío te invita a nadar por su océano artístico en Lover, su segundo EP

Descubrir grandes artistas es algo que no pasa todos los días. Uno como periodista tiene que estar poniendo el ojo en la mira para pegar un tiro certero y encontrar algo que valga la pena. Andrea Balency es más que un tiro certero: te sorprende en cada canción, te lleva a su mundo cosmopolita donde las veredas del DF mexicano se cruzan con las calles de París. La torre Eiffel se vuelve por momentos el Obelisco y las melodías parecen abrazarse a Julio Cortázar, otro artista que mostraba que no existían fronteras y todos somos parte del mismo mundo, del mismo cielo.

Mientras sigue grabando su esperado primer LP en New York, Andrea Balency Trió nos regala su última producción: Lover, un EP de ocho canciones. El disco arranca con “El desorden”, track que formó parte de nuestro Compileft Vol. 1; y como escribió mi amigo poeta c J. en el booklet: la melodía, segundo a segundo, se va haciendo humo en tus venas. Apenas un vientito seguido de una sensualidad y una frase “hay algo que no me deja respirar”. ¿Quién no tuvo alguna vez una agonía clavada en el medio del pecho? Los asuntos pendientes vuelven una y otra vez, y Andrea sí que los sabe expresar. En “Lover”,  hay un equilibrio preciso entre el inglés y el español, y la voz de Balency se convierte en un instrumento más en ese mar de arreglos.

Seguimos buceando y nos encontramos con varios remixes de canciones de Mizraim (2010), el primer disco del trío. El primero es “Petepre”, hecho por Datapuntobeat: los sampleos y synthes agregados le dan un vuelo más ambient a la canción. El venezolano Algodón Egipcio, gracias a sus llamas digitales,  vuelve oscura y tenebrosa a “Mizraim”: el acordeón deja de existir y los loops gobiernan la melodía. El último encargado de darle otra cara a Balency es Caballero Elegante que, primero despojándola y después sobrecargándola de sonidos envolventes que parecen de otro mundo, torna más mística a “Laila tibia”. También hay lugar para la lengua materna de Andrea —ese francés que enamora en cada palabra— en otra versión de “Mout”, con mucha más orquestación que la original, donde lo minimalista prevalecía. 

El EP se completa con covers de dos canciones de artistas admirados por Andrea. Una es “Lycra Mistral”, del español El Guincho, que deja de ser “pop negro” para volverse una confesión desgarradora e íntima en la voz de Balency. Y la otra es “Pez”, de nuestro Lisandro Aristimuño, que se transforma en una pequeña suite moderna que no tiene nada que envidiarle a la versión original. Andrea se apropia de las dos canciones y las vuelve parte de ese mar que no para de dejarnos marcas, en la piel y más adentro.




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Ser latinoamericano e independiente es todo un tema. La falta de oportunidades y de recursos en el séptimo arte es una constante de nuestro territorio y por lo mismo este tipo de cine es una bandera que flamean directores como el peruano Eduardo Quispe. A continuación reproducimos su manifiesto. 
Manifiesto: ¿Qué es el cine Independiente?
Por Eduardo Quispe
En simples palabras; ver una película que me produce la sensación de deberse a sí misma; que no está parametrada a ganar un Festival, a gustar a cierto típico crítico que cree que ver crecer la hierba es cine, o que mostrar a dos personas tener sexo explícito es ser arriesgado, que se esfuerza por ser “interesante” entendiéndose esto como mostrar historias bizarras (reales o ficticias), con personajes lunáticos, caricaturizados a lo MTV o Locomotion, que se introducen tubérculos al cuerpo, o marginales que beben su propia orina, que se tatúan con sus propias uñas arrancadas de raíz o que son adictos al insecticida para hormigas.
Las poses pop art cholo, las citas de escritores “malditos”, los embustes de intervenir un registro documental para ficcionalizar, la estética reality show, porque eso está de moda. Esas tonterías de manipular la imagen con filtros cochinos, o de colorcitos sicodélicos que ya son anacrónicos, de buscar ser la versión peruana y autárquica de Bresson, de intentar, y sólo eso, ser Tarantino trasnochado, Gonzales Iñarritu en ayawasca.
Darle giros a la historia, todo ese desmadre saturnino de que los malos sean buenos y los buenos no tan buenos y las fruslerías al estilo Christopher Nolan sin genio.
Osea, no hacer una película furcia que postule a que dentro de cuatro años le caiga financiamiento para el “transfer”, una irrumación de productor o financista que siempre busca “mejorar” algunos aspectos formales y narrativos a fin de “vender mejor” la película.
Hago aquí un paréntesis: si haces una película para venderla, entonces eres más comerciante que cineasta, no sé hasta qué punto pero, no podrás negar que haces la película para que determinado público la consuma, y utilizarás determinados códigos y parámetros de venta, algo que haga tu película “aceptable” para muchos o algunos muchos.

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Con su novela Trampa de luz, Matías Capelli da un prometedor primer paso en el género.

Por Nadia Sol Caramella  

¿Y si un día viene tu ex a devolverte la plata de las últimas vacaciones que pasaron juntos y te dice que espera un hijo de otro? Así  arranca Trampa de luz. La sorpresiva visita hace volar por los aires todo tipo de conjetura acerca de lo que ocurrirá en la novela. Desde el inicio sabemos que será la historia de un perdedor que transita por las calles de una posible Buenos Aires y que entre malabares de subsistencia va ir evidenciando las ruinas de una relación y los escombros de la debacle económica de su familia paterna.

Todo ocurre durante un día caluroso mientras la basura fermenta en calles desconocidas y el Chevette (tan protagonista como su dueño) se pudre encallado en el cordón. Capelli decide narrar esta historia borrando referencias y nombres, produciendo así una intriga deliberada: sin ser llamada por su nombre, una Buenos Aires apocalíptica se nos presenta como un retrato impresionista.

El ruido, el desorden y la mugre del paisaje urbano son el lenguaje del caos y el reflejo del estado de ánimo del protagonista. La ciudad se convierte en un personaje más,   un testigo  del devenir del joven, que a la vez modifica. A través del diario y la radio, los acontecimientos externos se van intercalando en el relato y el discurso periodístico aparece deglutido por los pensamientos del personaje. Mientras, todo lo demás ocurre: el velorio del abuelo paterno, el plan para desfalcar a sus primos ricos, la aparición de Ariadna –su ex novia chilena-, la noche con Nadia -una especie de amante irresuelta-, las changas con Silas, el portero.

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[Sobre el autor]


Darío Fantacci nació en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. A los cinco años fue a vivir a San Marcos Sierras, un pueblo de Córdoba. Desde los 15 años estudia dibujo. Los últimos 7 años de su vida los dedicó a la historieta. 

Trabaja en el Grupo Niños como editor y junto a sus compañeros Pedro Mancini y Santiago Fredes editan la revista Ultramundo,  dedicada a la historieta. 

Publica Niños de la basura y otros comics en Ultramundo Gorgonzola. Realiza El fou, historieta a color de formato Webcomic. 

Hace un año inauguró, junto a Isabel Loyer, Niños Golondrina, una pequeña casa editorial independiente ambulante, dedicada a la edición de historieta y libros de imagen en general. Actualmente hace base en Francia, con el Nombre de Les enfants Hirondelle

Hoy vive en Montreuil, Francia, con poca plata, dedicado por entero al proceso creativo. Su fantasía es que si se va de Europa la actividad económica del lugar volverá a la normalidad.

[Contacto]








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F. Bacon
Crucify 2


que casi nada
sabemos de las aguas
que nos esperan
A. B.

hasta acá
lo único seguro es el recuerdo
machucado
de las ruinas y su temperatura:
más después apenas un viento, un dibujito que
respira
sobre la tierra reseca y quieta
eso, esto:
nuestro impecable, imprudente
círculo
de cenizas y arena

(cuando digo yo
todo cruje y se
oscurece)

porque
es sabido que
hay que
elegir:
tensarnos
como una pobre rama de
sauce y luego
quedar
como desasidos pero
alertas y
enteros en el agua
adoptar, pues, quiero decir,
la forma invisible y procaz
de un pájaro subterráneo

(cuando digo yo
todo cruje y
se oscurece)

y sí
tenemos los dedos
ya sin uñas
sin huellas casi y
una o dos palabras en
idioma extranjero
que, susurradas,
vuelven,
nítidas, hermosamente
incomprensibles
como una viejísima plegaria:
opopupávo tape
opopupávo tape[i]

(cuando digo yo
todo cruje
y se oscurece)

pero si entonces
mojada de luz[ii]
intacta
nos rodea:
esas manos que llamean en lo invisible[iii]
cuando es noviembre por última vez
y los tilos
florecen o secándose
su olor y sed,
humo también
contra estas pieles
que a veces nunca mueren
pero pudrir
lo que se dice
pudrir
igual se pudren, si bien
lo hacen
digámoslo así
lentas, elegantes
pestilentes se demoran en nuestro
cuerpo amargo y paciente
que no sangra ya no
supura
curado al fin?
¿endurecido
al fin
oh! quizás quizás tal vez
este nuestro cuerpo
esta carne triste
titubeante, inútil e
ilegible

(cuando digo yo todo
cruje y se
oscurece)

y luego las aguas
que roerán
nuestros huesos impecables
pero antes
un día y otro día y otro
acá: entre cuatro paredes ciegas
con esta botella por la mitad
y el silencio brotado
de paranoia:
sombras temblando, escondiéndose en las
fisuras de la luz
y tan urgidos
del óxido que se filtra
hacia lo hondo hondo
—donde los gusanos blancos
rondan, prudentes y obscenos,
nuestras raíces—
seguimos esperando que llegue
la última noche de las moscas



[i]  “Consumido el hervor de los caminos”.
[ii] J. Dávalos.
[iii] J. L. Ortiz.
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Una historia de amor.
por Walter Lezcano

1

Había una pequeña disquería en el centro de Solano a la que yo le tenía mucho cariño. Ocupaba un pedacito de esquina, en la 893 y 898. Al vendedor, un pelado muy parecido al legendario baterista Pomo, parecía no importarle si vendía o no. Te podía dejar varios minutos con tu compra sobre el mostrador mientras hablaba por teléfono o con alguna mina. Un forro maleducado, pero en ese momento creía que tenía una personalidad tremenda y admiraba su desinterés por los clientes. Fue ahí donde compré los discos, así los llamaba él y me transmitió ese respeto, que dieron vuelta la taba de mi existencia. El primero fue Transformer de Lou Reed. El segundo fue Surrealistic Pillow de  Jefferson Airplane. Llegué a esos discos por unos suplementos de la Historia del rock que sacaba el diario-sábana La Nación. Cuando fui a comprar el tercero de mi humilde colección, Pomo me preguntó mientras yo miraba las bateas:
—¿Escuchaste a Spinetta?
Yo había ido a buscar The Slider de T. Rex. De pronto me emocioné que se dirigiera a mí. Y al toque me puse mal.
—No— le dije sin mirarlo.
—Tomá, llevá éste— y tenía un cuadrado verde en la mano.
—¿Qué es?
—Llevalo, nene.
—Bueno, gracias.— lo agarré y lo miré. Venía de Pomo así que seguro era bueno. Tenía en un extremo una fotito en blanco y negro de un viejo. Me di vuelta con ganas de estar en casa y ponerlo.
—¿Adónde vás? Pagame antes, pendejo.
Y cuando estaba saliendo del local vi el título: Artaud. Yo tenía catorce años.

2

Cuando sentí vibrar el celular estaba saliendo de Constitución en el 148 camino a casa leyendo los Diarios de Alejandra Pizarnik. Terminé la página, puse el señalador y saqué del bolsillo el teléfono. Qué mierda que se murió Spinetta, ¿no?, decía la pantallita. Era un amigo que asumía que yo ya estaba al tanto de la noticia. El sol caía, eran las siete y algo. Todos a mi alrededor tenían caras de cansados. Cuarenta minutos después, frente a la computadora vi un montón de páginas de internet hablando de lo mismo. Apagué todo y me fui a comprar una cerveza.

3

 Creo que todo empezó con la voz. Después con lo que decía esa voz. ¿De qué carajo estaba hablando en las canciones? No importaban las explicaciones, los sentidos convencionales estaban de más. Había todo un mundo por descubrir, algo mucho más importante que los significados de las palabras o por qué las acomodaba así. De esta manera, con esa onda, temas como La sed verdadera, Por, Cantata de puentes amarillos (¿hay algo más increíble y cercano a lo celestial que esa canción?, y con ese mantra siempre a mano: Mañana es mejor), fueron tan entendibles, tan fáciles, tiernas y le ponían respiración a lo que yo pensaba.
Almendra vino después. Aunque Muchacha (Ojos de papel) ya lo había escuchado en algún lado. Al lado de Pescado Rabioso me parecía una banda menor (con el tiempo entendí que era otro tipo de belleza la que se jugaba ahí), casi una etapa de preparación. Incluso Color Humano y Aquelarre me parecía mucho mejor. Pero necesitaba escucharlos, saber qué pasaba cuando esa música a la que le ponía todas las fichas  de mi delgada billetera era un boceto, salía al sol.
Con Invisible, la evolución fue innegable. Demostró que la idea de power trío  arrastra los poderes terrenales hacía otras dimensiones. Sí, El Anillo del Capitán Beto puede ser un botón de muestra, una pastilla salvadora en tiempos mugrosos para despejar el clima y ver desde otro lugar el concepto de revolución en el mundo de la música.
La etapa jazzera, circa Spinetta jade (escuchar Alma de diamante cada vez que las esperanzas dejen lugar al más profundo cinismo, te salva), y la solista me la perdí porque me ocupé de otras cosas que no vienen al caso. Hasta que llegaron Los socios del desierto y Carolina Peleritti. Ese disco fue uno de los últimos originales que compré.
Hace un rato vi en un cajón todas las entradas de las veces que los fui a ver en vivo. Siempre traté de estar lo más cerca que pude de él y aprender algo de su voz.   

4

Prendí la computadora de nuevo. Era muy extraño pensar que alguien como Spinetta dejara de hacer discos, de tocar, de mostrar que se podía tener dignidad, amor por la familia y seguir produciendo magia. ¿Ya no lo iba hacer más? ¿Eso era todo lo que tenía para ofrecernos este puto planeta? ¿Sólo un verano y ya fue?
Me puse a ver fotos de él. Un tipo sencillamente hermoso. Eso no hace falta decirlo porque esas facciones parecían corporizar su música, algo conceptual que se metabolizaba con su delgadez extrema y la ausencia total de gravedad. Sabía tener humor, y poner los puntos también (“no panikeen”). Ser grandes, parecía decirnos, es dejar de lado lo terrenal, es decir lo pasajero, y ocuparse de lo trascendente, dejar de luchar contra el tiempo, una batalla perdida. Tratar de hacer de este mundo algo menos doloroso.    

5

Y, sí, cuando las puteadas a Dios terminan o se gastan, uno llega a la devastadora certeza: Spinetta se murió. Es tiempo de crecer y seguir con uno menos, sin lugar a dudas el mejor de los nuestros. Y al final se trata de lo mismo, seguir poniendo sus discos, que es la única luz que nos queda.